05 abril 2011

De una noche en Kailua (Oahu, Hawaii)

Esa noche me estaba costando mucho dormir. A pesar de haber sido un día agotador y de sentirme terriblemente cansada, había dormido tan sólo tres horas y mis ojos parecían no querer permanecer cerrados más de cinco minutos seguidos. Di vueltas en la cama durante dos horas más, repasando mentalmente todo lo que me había sucedido desde hacía unos días. Movía el pie inquietamente, cada vez más rápido, signo inequívoco de que para mi cuerpo esa no era la hora de dormir. Por la ventana se colaban los sonidos de las ramas de las palmeras mecidas por la suave brisa nocturna del Pacífico. Había luna llena; su luz se colaba por las rendijas de la persiana. La temperatura era perfecta. Pero yo no podía dormir.

Me levanté y me dirigí a la cocina, con mucho cuidado de no hacer ruido para no despertar a mis compañeros. Como aún no conocía bien la casa, tuve que caminar despacio y tanteando mi alrededor para no chocar contra nada. De hecho tardé bastante en encontrar el interruptor de la luz de la cocina. Abrí la nevera y me serví un vaso de agua bien fría. Eso pareció relajarme, pero seguía sin sueño.

Me entró hambre, así que cogí unas galletas de esas enormes con trocitos de chocolate, de las que sólo se ven en las películas y series americanas. También cogí una lata de café Mocca y un par de servilletas y me dirigí al patio trasero; si no podía dormir, esperaría el amanecer con calma.

Un estrecho camino unía el patio trasero con la pequeña piscina climatizada. Allí me dirigí sin necesidad de luz alguna; la luna parecía alumbrar más de lo normal en esa zona del Pacífico. “O quizá soy yo que estoy demasiado cansada”, pensé mientras me sentaba en la tumbona y abría la lata de café con mucho cuidado. Y me tumbé y observé el cielo estrellado, y me asombré de la claridad con la que podía ver la Vía Láctea, y entonces me di cuenta de la cantidad de años que hacía que no la veía, y eso me entristeció ligeramente porque me hacía pensar en el paso del tiempo, pero me alegró por el hecho de estar allí, en aquella parte del planeta, en aquel preciso instante, observando la luna y las estrellas. No quería que el tiempo pasara.

Lo cierto es que desconozco si me quedé dormida o no. Tengo un recuerdo borroso de hacerse de día, de ver a M (una de las otras tres personas con las que viajé) pasar hacia la piscina, de sentir una fina lluvia caer durante un breve lapso de tiempo, y de la noche volver a caer. Repito, no sé si fue un sueño o si realmente me quedé allí, paralizada en aquella tumbona, durante un día entero. Incluso creo recordar que mantuve una conversación con M, en la que hablamos sobre las personas y cómo nuevas situaciones hacen que éstas descubran algunas facetas y características de su personalidad que de otro modo habrían tardado más en conocer, y criticamos los pequeños y tontos detalles que nos habían molestado ese día, y también nos reímos de las situaciones ridículas y tremendamente graciosas que habíamos vivido. Y cuando volvió a ser de noche, salí de mi ensueño y decidí darme un chapuzón.

Así que me puse el bikini, me metí en la piscina y, haciendo el muerto, seguí observando la luna y las estrellas y la Vía Láctea, que se habían movido en el firmamento. El agua estaba templada y yo me encontraba completamente relajada. Pero en cuanto noté que los ojos se me cerraban, salí del agua y volví a acostarme en la tumbona, y de ese modo me quedé dormida.

Cuando desperté era plena mañana y hacía un sol cegador. Tras desperezarme busqué a mis compañeros por la casa pero sólo encontré una nota que decía que habían ido a la playa y que no sabían cuando iban a volver. Eso me sentó algo mal, ¿por qué no me habían despertado? O quizá me vieron dormir tan profundamente que no querían despertarme. “Bien”, pensé, “seguro que hay una forma de llegar a la misma playa a pie. Esto es Kailua, no es tan grande...”.

Pasamos tres semanas en la isla de Oahu, en Hawaii, y quizá os preguntéis por qué ahora hablo de una noche supuestamente insignificante y no de todas las anécdotas que nos sucedieron estando allí. Cuando queráis os puedo contar miles de historias, pero ahora simplemente me apetecía recordar esa noche tan extraña y borrosa, especial y única como el momento de mi vida y el lugar en el que me encontraba.

Una noche peculiar y maravillosa...

10 marzo 2011

De la Avenida del Ensanche y un (supuesto) secuestro

Habíamos quedado en un cruce de calles no muy lejos de mi casa. Yo había estado paseando por la ciudad, como suelo hacer cuando no tengo nada mejor que hacer y hay demasiadas horas vacías por delante, intentando localizar una tienda recomendada por alguien con quien había hablado aquella tarde. "Busca en la Avenida del Ensanche", me había dicho. Pero aunque el nombre me sonaba, no acababa de ubicar exactamente tal avenida. Me sentí bastante estúpida al pensar en lo estúpida que me sentiría al preguntarle a mi amigo. "Sé que queda hacia allí, pero ahora no sé si eso es Meridiana o no, ¿tú lo sabes?". Muy estúpida.

Llegué al cruce tres cuartos de hora antes de lo previsto, así que decidí dar una vuelta por los alrededores. Quizá encontraba la maldita Avenida del Ensanche. Me parecía raro que con ese nombre se encontrara cerca donde yo estaba, en una zona de calles de un solo carril, estrechos pasajes peatonales, edificios muy altos y peligrosamente torcidos, grandes aglomeraciones de gente y tráfico desordenado. Pero no perdía nada por caminar un rato. Siempre me ha gustado descubrir calles nuevas y cambiar periódicamente mis rutas, y ese día encontré un camino de tierra que llevaba a una parte más alta de la ciudad. Era una zona bastante despejada y me pareció extraño encontrar en plena ciudad descampados y terrenos por construir, más propios de urbanizaciones de interior. Y me extrañó también no haber visitado antes esa zona. "¿No había un colegio por aquí cerca?". Me sentí estúpida otra vez, avergonzada por no conocer mi propio barrio.

Cuando volví al cruce mi amigo no había llegado aún. Entonces vi que se acercaban dos chicos, uno alto y delgado y el otro más bajo y corpulento, y como todavía me sobraba algo de tiempo aproveché para preguntarles si sabían dónde estaba la avenida del Ensanche. El muchacho alto sacó una brújula del bolsillo izquierdo de su cazadora de cuero marrón, me miró y me dijo con una amplia sonrisa y mucha determinación: "Espera aquí, en seguida vuelvo". Y empezó a correr por las calles, deteniéndose en cada esquina a mirar la brújula y los carteles señalizadores, y entonces movía la cabeza y seguía corriendo en otra dirección. Su compañero lo miraba con las manos en los bolsillos, en una postura que indicaba paciencia y una ligera indiferencia, como si estuviera acostumbrado a ese tipo de reacciones. Y aunque al principio yo habría jurado que no había visto nunca a ninguno de los dos chicos, tuve la repentina sensación de conocer de algo al de la brújula. Lo observé fijamente mientras él seguía corriendo, y entonces recordé. Sí, nos conocíamos del trabajo. Hacía tiempo de eso, y él claramente me había olvidado. De hecho parecía haber olvidado muchas cosas. Su físico, sus gestos, su forma de vestir eran los de siempre, pero él parecía una persona totalmente distinta. Y me invadieron algunas dudas: ¿Qué podía decirle yo? ¿Debía confesarle que al principio no me había dado cuenta de quién era? ¿Le podía preguntar si se acordaba de mí? Y me pregunté también en qué habría cambiado su vida, si seguiría casado, si habría vuelto a viajar a Japón... Pero de algún modo supe que si me atrevía a preguntar, él simplemente me miraría, me sonreiría con ese aire de niño mayor y sacudiría la cabeza. No, él ya no era el mismo. Mejor no decirle nada. Pero me apenó enormemente el ser la única que recordaba que alguna vez nos habíamos llevado bien.

El chico volvió al cabo de un rato y, tras guardar la brújula en un bolsillo de su pantalón blanco, me dijo señalando hacia mi izquierda: "Creo que si sigues esta calle todo recto, llegarás a la avenida. Pero pregunta de nuevo por si acaso". "Gracias", le respondí yo, y él volvió a sonreír con una mueca traviesa. Y de golpe pareció que se le ocurría una idea, y paró un taxi que en ese momento giraba por el cruce hacia donde estábamos nosotros, y me dijo alegremente: "¡Mira! Si coges este taxi llegarás más rápido seguro. ¡Corre, rápido!". Yo me puse algo nerviosa ya que estaba esperando a mi amigo en ese cruce, y justo cuando me resignaba al hecho de que yo ya estaba dentro del coche y que las puertas ya se habían cerrado, cuando pensaba en llamar a mi amigo y decirle dónde estaba y lo que me había pasado, la puerta de la derecha se abrió y él entró, muy serio. "Hola", me dijo. "Hola", le respondí. "Estaba a punto de llamarte", añadí. Y él me dijo con tono sarcástico: "Ya no hace falta", y sonrió. Y eso me relajó.

El taxi era un modelo antiguo, de los años cuarenta. Estaba bien conservado, limpio y no olía a nada en particular, pero yo podía imaginar el humo del puro invisible que fumaba el taxista flotando en el aire enrarecido, el polvo aposentado sobre el plástico y el cuero granates, y las inexistentes colillas de cigarrillos de tabaco negro con marcas de carmín en el filtro apiladas en el enorme cenicero entre los dos asientos delanteros. Nada de aquellas cosas era real, pero ése era el ambiente. Poco acogedor.

"¿Dónde quieren ir?", preguntó el taxista ladeando ligeramente la cabeza y mirando de reojo por el retrovisor. Su voz era ronca y grave, perjudicada por muchos años de abusos. El hombre ocultaba su calva bajo una gorra de chofer profesional que desentonaba con su cara de marinero viejo. "Buscamos la Avenida del Ensanche, ¿usted sabe llegar desde aquí?", le pregunté yo amable aunque fríamente. El hombre movió de un lado a otro una pipa inexistente con los labios mientras pensaba y nos miraba de reojo, primero a mí, luego a mi amigo, luego a la carretera. Y entonces respondió: "Sí, sé llegar, ¡pero ahí no hay nada interesante! Queréis pasarlo bien, ¿verdad? ¡Queréis diversión! Este viejo sabe perfectamente dónde está la diversión. ¿Qué os parece un trío? En dos calles tengo a un amigo que os puede interesar". Y volvió a mirar por el retrovisor con una sonrisa torcida y una mirada que me provocó náuseas. "No", le respondí, "nada de tríos. Buscamos la Avenida del Ensanche". "De acuerdo, jovencita... Vosotros os lo perdéis", dijo él, y volvió a fijarse en la carretera, y nosotros pudimos relajarnos un poco y observar cómo se hacía de noche en el exterior. Parecía que estaba a punto de llover.

Empecé a preocuparme de verdad cuando me di cuenta de que ya había anochecido. Mi corazón se aceleró cuando vi que el viejo taxi subía por el mismo camino de tierra que yo había descubierto hacía un rato. "¿Seguro que es por aquí?", le pregunté al taxista. "¿Este camino no lleva a la montaña?", añadí. El hombre no respondió. Yo miré a mi amigo, y lo vi tranquilo, como si todo aquello no estuviera sucediendo. Justo en el mismo punto del camino de tierra en el que yo me había detenido durante mi paseo, donde empezaba una empinada pendiente con precipicios a ambos lados, el coche se detuvo y el taxista se apeó. Abrió mi puerta, cogiéndome del brazo y sacándome con fuerza; mi amigo bajó él solo por el otro lado. "¿Qué es esto?", pregunté yo, cada vez más nerviosa. "¿Dónde estamos?". "Hemos llegado", afirmó el hombre con una risa parecida al ladrido de un perro enfermo. Y me volvió a agarrar con firmeza del brazo derecho, subiendo la cuesta de barro.

Yo quise soltarme pero no pude, y busqué nerviosa la mirada de mi amigo, que caminaba con prisa detrás de mí. No parecía preocupado, pero supe por sus movimientos que prefería seguirle la corriente al hombre y no arriesgar nuestras vidas antes que hacer alguna tontería que nos pusiera en peligro a ambos. Fuimos subiendo por el camino de tierra, dejando atrás las farolas naranjas y el taxi con las luces encendidas, y cuando ya me resignaba a no pensar en nada y a esperar la progresión de los hechos, de entre los arbustos de la pendiente a nuestra izquierda surgieron tres rápidos fogonazos de intensa luz blanca, como los flashes de las cámaras de fotografiar. Eso me confundió profundamente, y por unos momentos no supe si eso era bueno o malo; me pregunté si significaba que alguien vigilaba al viejo y que al fin lo habían descubierto, por lo que estábamos a salvo, o si era una señal de algún compinche suyo, lo que implicaba que estábamos realmente perdidos. Y el miedo me invadió.

Sé que sonará decepcionante, pero no recuerdo nada más a partir de ese momento. Sólo los fogonazos de luz, y luego una espesa oscuridad a mi alrededor. Y que cierto tiempo después, no puedo decir cuánto, desperté en mi cama. No tengo marcas ni heridas en el cuerpo y mi ropa está limpia e intacta, pero no sé cómo llegué a casa, ni nadie me ha preguntado por el incidente. Mi amigo tampoco parece recordar lo sucedido. Es como si nada de aquello hubiera pasado.

Y sigo sin saber dónde está la Avenida del Ensanche...

02 marzo 2011

De mi viaje por otros mundos

Hay muchos mundos fuera de la Tierra. Mundos cuya existencia no todo el mundo quiere reconocer, y a los que no todo el mundo está dispuesto a arriesgarse a ir. El viaje es largo y agotador y las condiciones en cada mundo son extremas. Los pocos que viven la experiencia vuelven muy cambiados, y son vistos por los demás como personas excéntricas, raras y poco patrióticas. Pero en realidad es la envidia la que los etiqueta de esta manera.

Lo decidí de un día para otro. La idea me había rondado por la cabeza desde hacía meses, aunque nunca había pasado de ser más que eso, una simple idea lejana y borrosa. Pero esa mañana, al despertarme y mirar por la ventana, sentí que el aburrimiento me invadía: siempre la misma rutina, siempre el mismo paisaje, siempre la misma gente, siempre las mismas reglas.

Así que decidí romper con todo eso. Sin preaviso, con una pequeña bolsa como equipaje. Y viajé.

El primer mundo que visité fue el de Agua. Es un planeta extenso y lo gobiernan desde los océanos más profundos hasta las ciénagas más tenebrosas y los lagos más tranquilos. Manantiales, cascadas, humedales, ríos y riachuelos; mares interiores y exteriores que bañan fangosas costas en un mundo de color verde oscuro y azul marino. Es un lugar peligroso pero sus gentes son amables y hospitalarias, aunque no demasiado habladoras.

Los visitantes tienen prohibido salir al exterior, y sólo unos pocos lo han logrado, pagando un alto precio por convertirse en una excepción. Dicen que no hay amigos entre los seres de los distintos mundos, y que si una persona llega a entablar una relación de amistad con alguno de ellos, está directamente condenado al destierro y a convertirse en uno de esos seres.

Yo me encontré con uno de ellos. Había sido un explorador marítimo en la Tierra y debía de rondar los cuarenta años. Al principio sólo cruzamos los gestos básicos que significan en lenguaje universal ‘Bienvenido’, ‘Gracias’, ‘Comida’ y ‘Adiós’. Pero una noche, mientras me encontraba tumbada en mi cama de musgo verde observando por la ventana la terrible tormenta que azotaba a todo el planeta en ese momento, el antiguo explorador picó a mi puerta y me pidió que le dejara pasar. Se sentó entonces a mi lado y me explicó su historia, en la que no voy a entrar en detalles, pero me pidió que le pusiera al día sobre las cosas que pasaban en la Tierra. Fue entonces cuando me di cuenta de lo poco que sabía de mi propio planeta.

Nuestras conversaciones secretas se volvieron una costumbre y cada noche hablábamos de cualquier cosa, intercambiando experiencias y conocimientos, riéndonos de todo y llorando por nada. Alargué mi estancia dos semanas más, e incluso me planteé anular la visita al resto de mundos para quedarme en el de Agua hasta que tuviera que volver a la Tierra, pero por culpa de un inquilino no deseado me tuve que ir, sin posibilidad de despedirme, en plena noche cerrada y con el corazón en la boca. Porque una de las noches en las que el antiguo explorador vino a hablar a mi dormitorio, se coló en la habitación un ser pequeño y avispado, un espía delatador del que era necesario huir. Nos habían descubierto. Y así me tuve que ir, sin poder despedirme como es debido, sin saber si algún día volvería, preocupada por el castigo que mi compañero podría recibir. Pero tuve que seguir mi camino.

El siguiente mundo que visité fue el de Fuego. Se trata de un planeta bastante más pequeño que el de Agua, y mucho más desagradable. En ese planeta es de día continuamente, y los visitantes necesitan llevar un traje especial para poder sobrevivir en él. Siempre hace un intenso calor, y en cuanto llegué tuve la sensación de estar padeciendo una fiebre muy alta. Mi garganta quemaba y la terrible sed empezaba a agrietar mis labios cuando me avisaron de que eso era un efecto secundario normal que pasaría al cabo de las horas, hasta que el traje especial se acostumbrara al entorno y yo al traje. Y así fue.

Esta vez no hablé con nadie del mundo de Fuego. Sus gentes, aunque hospitalarias, son ariscas y agresivas; no soportan el contacto físico y siempre parecen estar enfadadas. Son grandes cocineros pero sus platos siempre contienen especias picantes y sus bebidas son calientes. Eché de menos el mundo de Agua y a mi compañero explorador, y lloré añorando nuestras conversaciones y la comodidad de mi colchón de musgo, pero mis lágrimas se evaporaban a los pocos segundos. En un intento por olvidar, participé en excursiones a volcanes, géiseres y desiertos, siendo la visita más interesante el Jardín de Rocas, un lugar único en todo el planeta. Se trata una zona extensa llena de rocas y piedras de distintos colores y formas, pero lo realmente espectacular son las impresionantes lenguas de fuego que dividen el jardín de rocas en parcelas de distintos tamaños. Nadie sabe qué las provoca, y nadie se atreve a acercarse para averiguarlo. La belleza de ese jardín reside en su espectacularidad y su misterio.

Estuve poco tiempo en ese mundo. Era demasiado incómodo y me hacía añorar demasiado el mundo de Agua. Así que seguí viajando.

El siguiente mundo que visité fue el de Aire. En realidad se trata de un mundo con dos planetas: Aire, el más grande, y Cielo, algo más pequeño. En Aire reinan desde las brisas más suaves hasta los huracanes más feroces en una inestable y peligrosa atmósfera; Cielo, en cambio, es un tranquilo paraíso de color azul que nunca cambia. Las gentes de Aire son más atrevidas y extrovertidas, y las de Cielo son más propensas a la meditación y el estudio de las cosas bellas. Pero en ambos casos se trata de personas amables, sencillas y correctas.

Pasé unos días maravillosos volando libre como un pájaro, ya fuera flotando en una brisa primaveral como dejándome llevar por la violencia de los vientos más fuertes. Dormí sobre nubes y comí unos extraños granos que proporcionaban una energía y vitalidad increíbles. Fue una experiencia maravillosa.

Más adelante visité otros mundos: Hielo, un planeta terriblemente frío, totalmente opuesto al mundo de Fuego pero igual de extremo; Bosque, con sus frondosos y gigantescos árboles y sus millones de especies vegetales, a cual más pintoresca; Acero, con sus máquinas y su tecnología, uno de los pocos mundos creados artificialmente; y por último Luna, que no es un mundo en sí mismo pero que tiene su propio encanto. Esa fue la última parada antes de volver a la Tierra.

El día que volví caí en el océano, no muy lejos de la costa. Era una mañana soleada, el mar estaba en calma y no había nubes en el cielo. Los colores eran extremadamente brillantes y las figuras se distinguían más nítidas de lo normal. ¿Había cambiado realmente algo en mí? En la costa se preparaba un festival, e incluso los sonidos llegaban con más claridad a mis oídos: platos y cazuelas en las cocinas callejeras, niños gritando y riendo, música festiva y gente tarareándola, perros ladrando nerviosamente ante tanta agitación, cohetes y fuegos artificiales resonando a lo lejos. Cuando llegué a tierra firme me sentí diferente, muy alejada de las conversaciones mundanas de aquellos que me recibían entre tanta alegría y jovialidad. Estaba ligeramente mareada y me sentí terriblemente cansada, pero a pesar de ello mi corazón estaba contento por lo que había vivido. Y me sentí una extraña en mi mundo, pero feliz.

Y esta es la crónica de mis viajes por los distintos mundos. Realmente algo ha cambiado en mí, algo que ha hecho que aprecie más lo que tengo, pero que me hace sentirme diferente, como si no perteneciera a ningún lugar en concreto. Tened por seguro que volveré a viajar al mundo de Agua y visitaré a mi compañero explorador, y esta vez no me importarán los espías delatadores, y si es necesario me quedaré allí para siempre. Pero hasta entonces, si alguno de vosotros visita cualquiera de esos mundos, por favor, contádmelo; intercambiemos experiencias. Pero ante todo disfrutad del viaje.

16 febrero 2011

Del apagón

Siempre llovía, a todas horas. Los días se hacían bastante aburridos y melancólicos. Quizá suene un poco cruel, pero desde la enorme casa con porche donde me alojaba veía una parte de la ciudad y yo siempre esperaba ver algún accidente, alguna catástrofe que me sacara de la monotonía. Pero nunca pasaba nada. Sólo llovía.

Hasta ese día.

No fue gran cosa, cierto. La temperatura era fresca, la típica de las zonas más altas del Caribe, y gruesas nubes cubrían el cielo. Se podía sentir esa extraña quietud que precede a la tormenta, como si el tiempo se detuviese. El ambiente estaba cargado y era, de algún modo, sobrecogedor.

De todos modos yo era la única que tenía esa sensación. En la casa había otras tres personas: una chica y dos chicos. Ellos estaban tranquilos, pensando qué hacer de cenar, a qué hora levantarse mañana, dónde ir el fin de semana. Pero yo estaba inquieta, saliendo y entrado de mi dormitorio sin parar, comprobando que todo estuviera en su sitio: la maleta medio vacía, la ropa, los medicamentos, el libro que me estaba leyendo, mi netbook y el disco duro portátil, el bolso, las llaves. Toda mi vida cabía en una habitación de tres metros cuadrados, y todavía me sobraba espacio. Y de golpe tuve una infantil necesidad de dejar todas las luces encendidas: la lámpara del techo y la del escritorio, y la linestra sobre la cabecera de la cama. Incluso me aseguré de que el brillo de la pantalla del portátil estuviera al máximo para que diera toda la luz posible.

Llamadlo intuición, suerte, casualidad o sexto sentido. Pero tan sólo media hora después de que el atardecer finalizara, cuando el cielo es del mismo color a las seis y media de la tarde que a las dos de la madrugada, se fue la luz. No fue un apagón normal, de esos que viven de la luz de los ordenadores portátiles, las linternas, los teléfonos móviles y las velas. Hubo una sacudida, similar a una onda expansiva, cuando miles de electrodomésticos se detuvieron al mismo tiempo: lavadoras en pleno centrifugado, cepillos de dientes eléctricos, neveras, equipos de sobremesa, batidoras, televisores y radios, secadores de pelo, aires acondicionados. El mundo se volvió sordomudo durante la milésima de segundo que tardó en reaccionar tras entender que también se había quedado ciego. Entonces lo único que se oyó con total nitidez fue la lluvia.

Es realmente sobrecogedor el amplio espectro de sonidos que de repente éramos capaces de apreciar. Porque las gotas de agua producen un sonido diferente dependiendo de la superficie en la que caen. Asfalto o cristal, aluminio o plástico, madera o tierra. Y millones de gotas en el silencio dibujaban ondas de extensas gamas colores mientras los corazones se achicaban y los gatos callejeros buscaban refugio.

Yo no me asusté. Supongo que me lo esperaba. Lo había intuido, como dicen que les pasa a ciertos animales, que intuyen los terremotos. Por eso había dejado todas las luces de mi dormitorio encendidas, y por eso ahora ésa era la única luz existente en muchos kilómetros a la redonda.

Porque, como dije, no fue un apagón normal. Cuando salí al porche por la puerta principal y miré la ciudad, no la pude encontrar. Simplemente había desaparecido. Engullida por las tinieblas. Mis ojos tardaron un poco en acostumbrarse a la oscuridad; ese proceso extraño en el que uno pasa de creer que tiene un muro delante hasta que al fin es capaz de distinguir algunas sombras, como si el muro se fuese alejando lentamente. La muchacha que estaba con nosotros estaba muerta de miedo y se agarraba a mí temblando. No dejaba de preguntarme qué había pasado. "Un apagón", le decía yo. Y seguía escrudiñando el horizonte.

Entonces lo vi. Un poco a la izquierda, en el valle entre los dos montes más altos de la ciudad. Eran nubes espesas de color rojizo, de ese rojo apocalíptico que le hace pensar a uno que está soñando o que se ha vuelto loco, cuando lo más sensato es creer que se trata de un incendio. Pestañeé varias veces para asegurarme que mis ojos no me estuvieran jugando una mala pasada. Incluso le pregunté a la chica: "¿Lo ves? ¿Ese brillo rojo a lo lejos?". Ella afirmó con la cabeza. Lo sé porque estaba pegada a mí y pude sentir el gesto de asentimiento. Más a la izquierda, donde tenían que estar las casas más caras de la ciudad, no se veía ni un solo destello de luz. ¿Nadie encendía velas? ¿Y los ordenadores portátiles que tuvieran batería? ¿Y qué había de las linternas a pilas? Pero por más que buscaba, sólo había una oscuridad uniforme que parecía atraerme hacia ella. Miré a la derecha.

Allí tampoco había nada. Ni siquiera podía distinguir la casa más próxima, que había estado a unos cien metros. No podía ver la carretera ni los coches aparcados ni las farolas. Sólo la misma oscuridad que lo envolvía todo. Y en ese momento pude sentir la presencia de la montaña ante mí. Quiero decir que la oscuridad era tan penetrante que me hacía dudar de que allí hubiese habido jamás una montaña, pero ésta parecía gritarle a mi mente que allí estaba, que no me dejara convencer por las tinieblas. Y creí encontrarme en una surrealista lucha entre dos extraños mundos, sin pertenecer yo a ninguno de ellos. Pero nada se movía, nada cambiaba; sólo llovía. Y nosotros sólo podíamos observar sin ver.

Nunca supimos qué había pasado. Nunca supe por qué mi dormitorio fue el único que continuó con luz. Los dos chicos y la chica acabaron quedándose a dormir en la casa donde yo estaba alojada, todos en mi habitación, al abrigo de las bombillas. A la mañana siguiente el mundo se despertó perezoso y confundido, y se comentó en las calles lo que había pasado, y la noticia ocupó las primeras páginas de los periódicos, que habían sacado sus primeras ediciones con bastante retraso puesto que la energía no había vuelto hasta que salieron los primeros rayos de sol. Y cuando volvió a caer la noche ésta fue como otras tantas noches; nada extraño volvió a suceder. Con el paso del tiempo el suceso cayó en el olvido y ahora apenas se comenta como una leyenda más.

Y precisamente por eso yo contaré esta historia tantas veces como haga falta antes de tener que abandonar este lugar, y ahora te la cuento a ti mientras bajamos al pueblo con la multitud, pero aunque parezca que sólo tú eres mi oyente, en realidad hablo para todos aquellos que caminan a nuestro lado, para que no olviden lo que sucedió, para que se enfrenten a sus miedos y recuperen la curiosidad.

Porque eso es lo único que ha cambiado, y es que desde aquel extraño apagón ya nadie siente curiosidad por nada.

08 febrero 2011

De cuando tuve que cortar una pierna

¿Alguna vez habéis tenido que cortar carne humana?

Los cirujanos y bomberos están exentos de responder esta pregunta. Más bien va dirigida a la gente como yo; a ese tipo de personas que ni siquiera hemos tenido que rebanarle el cuello a una gallina, y que la única carne que hemos cortado es la de un buen entrecot o solomillo ("poco hecho" sería la mejor aproximación en este caso).

A veces imagino que lo más cercano a lo que yo viví es lo que hacen los carniceros en los supermercados. Si tienen que rajar y deshuesar ellos serán los que mejor entiendan lo que voy a explicar a continuación. Aun así su experiencia queda lejos de la mía. Digamos de momento que la carne que yo tuve que cortar todavía no había muerto.

Fue durante un día de playa, que había comenzado con una magnífica mañana soleada y una temperatura agradable, en parte gracias a una suave brisa marina que refrescaba la piel al salir del agua. Recuerdo que nadé muchísimo ese día, y que cada vez que me tumbaba en la arena me quedaba medio dormida. Mi única preocupación en esos momentos era calcular cuándo debía darme la vuelta para no quemarme, o si me apetecía más beber agua o un refresco, o qué prefería comer, si tapas o un bocadillo. Esos eran mis grandes dilemas.

Sobre las tres de la tarde aparecieron las primeras nubes. Eran gruesas y de color metálico, de esas que amenazan tormenta. En cuanto una tapaba el sol el mundo se volvía un lugar más peligroso; el mar era oscuro y amenazador, y lo que antes habían sido aguas azul turquesa se volvían turbulentas y espesas de color verde musgo. La arena dejaba de brillar y parecía volverse fango y el mundo era un poco más sombrío e infeliz.

La tormenta se desató a eso de las cinco. Empezó con una suave lluvia bastante agradable. Siempre me ha parecido inquietante la sensación que produce nadar en el mar mientras llueve. Quizá porque los colores son más apagados y tristes, y el mar entonces produce más respeto y resulta más amenazador, o porque en ese momento uno se da cuenta de que está a completa merced de la magnífica fuerza de los elementos naturales, y entonces ve lo insignificante y débil que es.

Pronto la suave lluvia se convirtió en un poderoso aguacero. Las gotas eran gigantescas y caían con fuerza, produciendo un estruendo ensordecedor que a veces era acompañado por potentes truenos que hacían temblar el suelo. Teníamos la tormenta justo sobre nuestras cabezas; debíamos buscar refugio. Y lo encontramos en un chiringuito de playa abandonado.

Todos estábamos bastante nerviosos. Debo decir que lo que más nerviosa me ponía a mí era precisamente el nerviosismo innecesario y sin sentido del resto. El histerismo de las chicas y el enfado y la poca paciencia de los chicos. Era impensable abandonar el refugio con el temporal que había afuera, y ellos discutían acaloradamente sobre qué hacer, si arriesgarse a ir a buscar el coche o quedarse allí sin hacer nada a la espera de que la tormenta cediera, hecho que por supuesto no sabíamos cuándo sucedería. Yo no me pronuncié al respecto, pero en mi interior ya había decidido que iba a esperar. El resto que hiciera lo que quisiera.

Y ellos quisieron irse. En el chiringuito sólo quedamos otra chica y yo. Apenas hablamos, pero no era necesario. Cada una se sumió en sus propios pensamientos, a la espera de que algo cambiara en el exterior.

No sabría decir cuánto tiempo pasó hasta que de golpe me despertó de mi ensueño el sonido de un claxon. Alguien lo hacía sonar insistentemente, provocando en mí algo más cercano a la irritación que a la urgencia. Así que cogí una pala (no preguntéis por qué) y salí al exterior. La tormenta había amainado, y empezaban a abrirse claros en el cielo.

Entonces lo vi. En la parte trasera del coche, cubierto por mantas llenas de sangre, se encontraba uno de mis compañeros. El conductor me miró nervioso. "¿Qué ha pasado?", le pregunté enfadada. "Le cayó un árbol encima cuando corríamos hacia el coche", me respondió al borde del llanto. "Creo que tiene una pierna rota, o no sé, no para de sangrar, tiene mucha fiebre...", siguió balbuceando. "Cállate", espeté. No tenía ganas de seguir escuchando sus lamentos infantiles. "No haber salido de aquí", murmuré para mis adentros. Y grité el nombre de la chica que se había quedado conmigo en el refugio.

Yo recordaba haber visto una sierra para cortar madera en uno de los armarios del chiringuito. Le pedí a la muchacha que me la trajera, junto con un cuchillo deshuesador que había visto en la cocina, una toalla, alcohol, una cuerda y un trozo de madera pequeño. En mi bolsillo llevaba un mechero. Y mientras ella buscaba los objetos que le había pedido, me subí al coche y observé a mi agonizante compañero.

"Esto te va a doler mucho", le dije fríamente. Él no parecía oírme. Sólo se retorcía de dolor y supuse que en su mente intentaba huir a algún lugar para no sentirlo. Suspiré y cerré los ojos.

Quizá estéis pensando que soy una persona con una mente fría y calculadora, sin escrúpulos ni corazón. No os equivoquéis; yo estaba aterrada. Me estaba enfrentando a una situación que jamás habría imaginado posible. La gente estaba recurriendo a mí para nada más y nada menos que salvarle la vida a un amigo. ¡A mí! No a un hospital ni a una ambulancia, sino a mí. Y esa responsabilidad me aterraba, pero más me enfadaba la ineptitud de mis amigos. De ahí que mi rostro fuera impasible y no mostrara ninguna debilidad. Pero os aseguro que por dentro estaba muerta de miedo. Estaba a punto de hacer algo que no quería hacer y que jamás podría olvidar.

Cuando abrí los ojos el cielo volvía a estar terriblemente oscuro y el viento soplaba con fuerza. La muchacha me había traído todo lo que le había pedido y miraba de reojo mis movimientos, como si estuviera viendo una película de terror. Le puse a mi amigo el trozo de madera en la boca, para que no se mordiera o tragara la lengua por el dolor. Rocié su pierna con alcohol y le hice un torniquete cerca de la ingle con la cuerda. Coloqué la toalla bajo el muslo y cogí la sierra.

Y empecé a serrar.

Al principio no estaba muy segura de la presión que debía ejercer sobre la carne. El primer movimiento apenas causó un arañazo superficial en la piel. Ya os he dicho que estaba aterrada, de modo que me temblaba ligeramente el pulso y respiraba con dificultad. Paré durante unos segundos, intentando calmarme. El corazón me golpeaba con fuerza el pecho, como queriendo escapar de la escena que estaba a punto de producirse. En mi cabeza resonaba el eco del grito que aún no se había producido. Me sentí acalorada, aunque el sudor se helaba rápidamente en contacto con el viento.

Cerré los ojos con fuerza, y lo volví a intentar.

Esta vez sí que brotó sangre. El primer corte debió ser de unos tres milímetros de profundidad. El segundo se hundió más de medio centímetro. A partir del tercero mi amigo comenzó a chillar y a convulsionar, lo que me obligó a pedirles a gritos a la chica y al conductor del coche que me ayudaran a agarrarlo. Seguí serrando, cada vez con más fuerza y determinación, mientras intentaba no pensar en lo que estaba haciendo.

La sierra era dentada, y hubo un momento en el que debí toparme con tendones o nervios gruesos, ya que se me quedó encallada. La sensación me produjo arcadas e hizo que algo se rompiera dentro de mí, como si me hubieran atravesado el pecho con una lanza. Tuve que forcejear para conseguir que la sierra volviera a moverse. No sé qué era peor, lo que estaba sintiendo al mover la sierra, o el sonido que esos movimientos producían. Aquella escena parecía sacada de una película gore; el sonido de la carne rasgándose, de la sierra cortando un tendón, de la sangre brotando… Todo parecía haber sido ampliado y magnificado para darle más realismo. A mayor profundidad, más costaba cortar. Un sentimiento de urgencia empezó a invadirme; no podía demorarme demasiado si no quería que mi amigo muriese desangrado. En cuanto acabase de cortar tendría que quemar la herida. Tenía que ser rápida.

Tras muchos esfuerzos llegué al hueso, que tuve que cortar con el cuchillo de cocina. Lo cierto es que no recuerdo ese momento con tanta claridad como cuando corté la carne. Creo que en mi mente no cabían más imágenes desagradables. O quizá el olor a sangre fresca que impregnaba el ambiente me había mareado y sedado. Simplemente seguí actuando como una autómata, con movimientos rápidos y certeros, y acabé mi trabajo sin apenas darme cuenta. Me pasé la mano por la frente para quitarme el sudor que me caía sobre los ojos, pero me llené de sangre y el mundo se volvió rojo y los gritos de mi compañero resonaban aún más potentes que los truenos de la tormenta que había vuelto…

Creo que entonces me desmayé. No lo recuerdo muy bien. Sólo sé que mi amigo murió. Y yo me pregunto si fue todo en vano.

Ni qué decir tiene que no he vuelto a probar la carne desde entonces. Y que me entran escalofríos cada vez que recuerdo la sierra encallándose en los tendones y en los nervios…

02 febrero 2011

Debería reactivar este blog

Debería reactivar este blog.

A veces uno deja de soñar. A veces el patrón del sueño cambia y olvidamos absolutamente todo lo soñado al segundo de despertar. A veces sólo se sueñan cosas que no se pueden compartir con nadie. Y a veces es posible recordar el sueño, y se puede explicar, pero las palabras simplemente no fluyen.

Esta noche he soñado con abejas. O avispas. O ambas, no estoy muy segura. En realidad el sueño ha sido tan corto (quizá es que sólo recuerdo esa parte) que no da para más de quince líneas, pero lo interesante es que los (aparentes) cinco minutos de sueño contienen muchísimos detalles sin ninguna relación real entre ellos, pero que al unirse forman unas imágenes y una historia que llegan a tener una singular cohesión. Nunca dejará de sorprenderme cómo la mente humana es capaz de manipular la información que recibe. Y hablo en general, no sólo de los sueños.

Mientras paseamos por un camino de tierra, una muchacha cita a Haruki Murakami, haciendo referencia al paso del tiempo y a cómo el mismo se evidencia más en unos seres que en otros. Me pone a mí como ejemplo, indicando que no es lo mismo el paso del tiempo en un humano que en una abeja: si observamos la abeja con nuestros ojos inexpertos no sabremos decir en qué fase de su vida se encuentra, pese a que ésta es mucho más corta que la humana. Paradójicamente la muchacha apunta que parece que el tiempo no pase para mí, aunque calcula que me quedan unos cincuenta años de vida. Y entonces, mientras me señala, aparece una abeja y se posa sobre mi brazo. Yo me pongo muy nerviosa; nunca he soportado las abejas o las avispas. Y cuanto más nerviosa me pongo más abejas aparecen, de distintos tamaños y colores, por lo que tampoco estoy segura de que fueran sólo abejas. Y entonces despierto.

Las referencias en este sueño son sencillas. Haruki Murakami aparece porque precisamente ayer día 1 de febrero salieron a la venta los libros 1 y 2 de 1Q84, novela que hacía tiempo estaba esperando y que, por supuesto, ya he comprado. La muchacha que cita a Murakami hace referencia a una antigua amiga con quien me reencontré hace unos días y que al verme exclamó: "¡Estás igual que siempre!". De ahí también el tema del paso del tiempo. Y por último el miedo irracional a las abejas: hace unos días también me encontré en una situación de la que quise huir (había un balón por medio, la gente que me conoce sabe de lo que hablo), al igual que quería huir en el sueño de las abejas, a las que también les tengo pánico.

Se trata de un sueño para pasar el rato, en el que no hay nada que rascar. Un sueño como otros muchos, fácilmente interpretable y sin más trasfondo que el mismo hecho de soñar y reinventar lo vivido cuando se está despierto.

Pero si eso quiere decir que puedo volver a recordar sueños, y lo más importante, a escribirlos, entonces eso es una buena noticia, por muy simple que éstos sean y por muy mala que sea mi prosa. He perdido la práctica y no puedo prometer nada.

Pero el caso es que me gustaría reactivar este blog.


... y dos días después me doy cuenta de que he publicado una entrada exactamente dos años después de la última que publiqué... un dos de febrero (mes dos)... a veces me doy miedo...

02 febrero 2009

Interpetación de los sueños: objetos y sensaciones

Después de muchos sueños escritos y otros tantos estudiados que se han quedado en el tintero, he descubierto que intentar interpretar sueños a partir de los objetos o imágenes que aparecen en ellos no sólo es una pérdida de tiempo, sino que además nos alejan del verdadero motivo por el que hemos soñado con algo en concreto.

Hace poco alguien me preguntó si sabía lo que significaba soñar con un cinturón roto, o si me atrevía a interpretarlo. Aquí aparecen dos opciones: ir a cualquier diccionario de sueños (como esos que nos dicen que soñar con arañas dentro de casa es símbolo de buena suerte, o que al soñar con la muerte de un conocido le estamos alargando la vida, o que soñar con que se nos caen los dientes significa que ganaremos dinero), o indagar un poco más en el ser único e irrepetible que es el soñador.

Sólo la persona que sueña puede llegar a entender por qué aparecen ciertos objetos en sus viajes oníricos. O quizá no lo entienda (y por eso pregunta) pero, sin saberlo, es capaz de crear una relación entre el objeto y lo que ese objeto significa en sí.

Para mí, que nunca utilizo cinturones y con los que nunca he soñado, soñar con un cinturón roto no tiene ningún sentido. Sí, algún avispado hará una rápida asociación de ideas: cinturón igual a atar igual a angustia; roto igual a romper lo que te ata igual a libertad.

Demasiado simple.

Le pregunté a esa persona si ese cinturón con el que había soñado tenía algún significado especial para él. ¿Había sido un regalo? ¿O lo había comprado por compromiso o porque se le había roto otro y no tenía más? Puede que el cinturón ni siquiera exista en la realidad, o puede que el soñador lo haya visto en alguna ocasión, aunque aparentemente lo haya olvidado (por supuesto, su mente sigue teniéndolo presente). Él me respondió que no se trataba de un cinturón especial: se lo compró porque a su pareja le gustaba mucho, y él aceptó comprarlo.

Debo dejar claro que apenas conozco a esta persona, y mucho menos el estado de su relación. Sí, algún otro avispado podrá decir que se siente atado a veces por la relación de pareja, y de ahí el simbolismo del cinturón roto. Bueno, quizá eso se acerca más a la verdad, aunque por supuesto no es mi intención saberla. Cuando alguien me pide que interprete un sueño simplemente le digo las cosas que podrían ser, y es única y exclusivamente esa persona la que hará su interpretación final a partir de esa pequeña ayuda.

De modo que le pregunté lo más importante: ¿qué había sentido al darse cuenta de que el cinturón estaba roto? Esta parte es muy interesante, porque de los sentimientos y sensaciones que despiertan los objetos (y también hechos) que soñamos es de donde sacaremos las conclusiones más acertadas. Podían darse varias actitudes: miedo y angustia al haberse roto, indiferencia al tratarse de un cinturón sin importancia, agobio por tener que comprar otro o por dar explicaciones, ansiedad por no saber cómo ni cuándo se había roto... He ahí el secreto del sueño.

En este caso, la persona no recordaba qué sensaciones había tenido cuando veía el cinturón roto. Basándome en mi propia experiencia, supe que efectivamente ese objeto no era demasiado importante. Con toda seguridad el soñador sólo había sido capaz de recordar ese objeto en particular (hecho que luego me corroboró), sin poder contextualizarlo de ningún modo. Si le hubiese causado algún tipo de incomodidad probablemente estaríamos hablando de una pesadilla, que recordaría con mayor facilidad. Probablemente sintió indiferencia y sólo llegó a preguntarse ¿por qué? pero nada más.

Luego le pregunté qué habría sentido si el cinturón se le hubiese roto en la realidad. Me contestó que nada en especial; una ligera indiferencia quizá, pero nada importante. Hay que tener muy en cuenta, y también hablo por propia experiencia, que a veces lo que en el mundo de la vigilia es irrisorio, en los sueños puede convertirse en un objeto de pasión, dolor e intensos sentimientos. En ese momento es cuando debemos averiguar qué es lo que se siente ante un objeto o hecho. Por lo tanto, esa única imagen recordada era sólo un detalle de un sueño más extenso, pero no por ello se trataba de la más importante.

En otra ocasión el sueño fue algo más complejo. Un hombre veía el cadáver de su padre, que había fallecido hacía algunos años, y una gigantesca serpiente que se acercaba a él y le producía un inmenso terror. Él sabía que su padre no podía volver a hacerle daño (la relación entre ambos no había sido buena), pero el mero hecho de ver la serpiente le provocaba un malestar que hacía tiempo que no sentía. En este caso no necesité más datos: la serpiente simbolizaba a todas luces las consecuencias de los actos del padre, quien aun estando muerto podía seguir haciendo daño por todas las cosas que había hecho en vida. ¿Por qué una serpiente? La imagen aquí no es extremadamente relevante: incluso los más valientes sentirán temor y respeto ante un gigantesco reptil capaz de matarlos. De todos modos, en nuestra cultura la serpiente simboliza el engaño, la maldad y el peligro, por lo que la relación es evidente. La persona que soñó esto me dio la razón al instante: la sombra de su padre, el miedo a que resurgieran fantasmas del pasado que debían estar enterrados, había vuelto. Quizá estando despierto no era consciente de esta preocupación, pero ésta seguía bien presente en su mente.

No pretendo demostrar nada con estas interpretaciones. De hecho, la gente se sorprende ante mi capacidad (bastante atípica, por lo que parece) de recordar mis sueños con todo lujo de detalles. Cada persona es un mundo, capaz de crear miles de mundos más cuando duerme, y del mismo modo que no existe ley alguna que pueda catalogarnos por nuestra forma de ser (ni siquiera la psicología, por mucho que intente aproximarse), los sueños siguen siendo únicos y exclusivos de su creador. Interpretar un sueño deberá ser una tarea de introspección y meditación, en la que no hay más leyes que la propia experiencia y los recuerdos.

23 enero 2009

De las hormigas


– Pero… ¿qué es esto?
– ¿Qué pasa?
– Hay hormigas.
– ¿Cómo?
– Pues eso, que hay hormigas.
– ¿Dónde?
– ¿Por qué no te acercas y lo ves tú mismo?
– Ya voy…

– ¡Pues es verdad!
– No te rías, a mí no me hace ninguna gracia.
– Pero si sólo son hormigas…
– Ya, sólo son cientos o quizá miles de hormigas que están entrando por la puerta de la terraza en hilera y que se dirigen directamente a la cama.
– Estarán buscando comida y todo eso que suelen buscar las hormigas…
– Pues yo no puedo estar tranquila con esa larguísima hilera de hormigas pasando bajo mis pies…
– No te preocupes, ya sabes que si no las molestas no te harán nada.
– No, si yo no me preocupo por eso. Me preocupo porque he leído cosas bastante desagradables acerca de lo que pueden llegar a hacerle a un cuerpo muchas hormigas juntas.
– Te lo he dicho ya muchas veces: ¡no leas tanto! Además, imagino que las hormigas comunes de jardín no harán ese tipo de cosas.
– ¿Y tú cómo puedes saberlo? ¿Es que acaso sabes distinguir entre las distintas especies de hormigas?
– Bueno… Si miro estas… Me parecen más bien normalitas… “Comunes”.
– ¿Te estás riendo de mí?
– No, sólo intento bromear un poco para que estés más tranquila. ¿Quién no ha tenido hormigas en su casa alguna vez?
– Cuando vivía con mis padres, alguna vez habíamos visto hormigas por el piso. Pero nunca más de cinco o seis, no toda una procesión. Era como si se hubiesen perdido o algo así. Además, los gatos siempre nos avisaban de dónde estaban… Quizá deberíamos tener un gato.
– No necesitamos gatos. ¿Y las hormigas pueden perderse?
– Bueno, las expediciones de hormigas como ésta comienzan con las que exploran el terreno. Luego las demás van siguiendo su rastro. Pero si pones un obstáculo en medio de una hilera, o la rompes empujando a unas cuantas, verás como las que vienen detrás empiezan a buscarlo rápidamente porque lo han perdido.
– Voy a probar entonces… a ver si vuelven para atrás y salen de casa.
– ¿Estás seguro? ¿No sería más fácil rociarlas con un insecticida y listo? Si rociamos la puerta seguro que no entran más…
– El insecticida dejaría manchas en el suelo y las paredes… ¿No ves que es todo blanco? Los muebles, las puertas… techo, paredes y suelo… Y luego recogerlo todo…
– Ya, y me gusta mucho la decoración, pero si vamos con cuidado no tiene por qué pasar nada… Pero… ¿¿qué haces??

– Vaya… nunca había visto nada igual…
– Esto no me gusta nada.
– A mí tampoco. De pequeño, cuando veraneaba en el pueblo de mis abuelos, los niños nos juntábamos y jugábamos con las hormigas. Cogíamos un palo y rompíamos las hileras que encontráramos. Las hormigas se esparcían un poco y tardaban bastante en volver a encontrar el rastro. Pero esto es increíble…
– Ya, yo de pequeña también hacía lo mismo. Es lo que te he explicado antes. Creo que todos hemos hecho algo así.
– Sí, pero definitivamente éstas no son hormigas comunes…
– No… Está claro que no. ¿Te has dado cuenta de lo rápido que han encontrado el rastro?
– No sé qué me preocupa más: que lo hayan encontrado tan rápido, o el modo en que lo han hecho…
– Nunca había visto tantas hormigas juntas en tan poco sitio. ¡Han hecho una bola rapidísimo!
– En serio… voy a por el insecticida…

– ¡Mierda!
– ¿Qué pasa?
– Aquí. Más hormigas.
– ¿En serio?
– Míralo tú mismo. Salen de debajo de la cama.
– ¿Pero cómo puede ser? Si hicimos obras hace nada. No puede haber ningún hueco por el que puedan entrar.
– Y mira, estas son un poco distintas… Parecen más grandes, ¿no?
– Sí. Voy a buscar en Internet…
– Internet no las va a sacar de casa. Pásame el insecticida que hay en el armario.

– Esto cada vez me gusta menos.
– Es realmente extraño…
– Ni se han inmutado con el insecticida. Sólo han movido las antenas como si les molestara algo y ya está. A ver, que miro el pote. “Mata hormigas, arañas y pequeños insectos domésticos”. Sí, sirve para las hormigas, pero pone que no es eficaz contra las cucarachas.
– Pues o esto son cucarachas con forma de hormiga, o acabamos de descubrir una nueva especie… Que para el caso es lo mismo…
– Yo sólo te digo que hay que hacer algo. No pienso dormir en esta cama… ni en esta casa… con estas hormigas tan extrañas correteando por ahí. No me gusta la idea de despertarme bajo una manta de ellas. Vi una película hace tiempo y no se me quita la imagen de la cabeza: no puedes moverte para que no te piquen, y tienes que tapar todos los orificios de tu cuerpo, orejas, ojos, nariz, boca, para que no entren dentro.
– Entre el cine y los libros…
– A ver, ¡es pura lógica! Son muchas y muy pequeñas. Pueden meterse por donde quieran. Y para colmo éstas ni siquiera son normales!
– Tienes razón… Pero entonces… ¿Qué hacemos?
– La verdad… No suena demasiado bien y me avergüenzo un poco de ello… Pero una vez…
– ¡Nunca dejarás de sorprenderme!
– ¿Pero me vas a dejar contarlo?
– Vale, vale, perdona… Prosiga, señorita.
– Muy gracioso… Bueno, ya sabes que mis abuelos tienen un terreno con una casa en Tarragona. Pues hace años, cuando la casa todavía no estaba acabada y ni siquiera había jardín y todo eran piedras y tierra, encontré varios hormigueros. Metía un palito por el agujero y todas las hormigas salían rápidamente. Lo que hacía era ponerles obstáculos alrededor para que se agruparan todas en un mismo sitio.
– Ya veo: una granja de hormigas.
– No, y déjame seguir. El caso es que rellenaba el sitio en el que las encerraba con paja y hojas secas… Y cuando ya había un montón les prendía fuego.
– ¿Cómo? ¡Qué grande eres! Lo dicho: ¡nunca dejarás de sorprenderme!
– Pues quiero que sepas que me arrepiento mucho de haberlo hecho. Cuando empecé a ver cómo pasaban poco a poco de color negro a rojo, como un hierro candente, ya sabes, y cómo se retorcían, me sentí muy culpable…
– Y de ahí tu afición por los animales, ¿no? Vale, no respondas. Lo que quieres decirme es que quieres que hagamos bolas de hormigas rompiendo las hileras y que las quememos, ¿cierto?
– Exacto…
– ¿Y no podías decirlo directamente? Algo así como: “¿Y si las quemamos vivas?”.
– No soy tan bestia.
– Sí lo eres, solo que lo has dicho muy fino. Voy a por unas cerillas… Tú busca algo que les obstaculice el paso.

– ¡Oye!
– ¿Qué?
– ¿Puedes venir un momento?

– Traigo las cerillas. ¿Qué pasa?
– Mira.
– ¿Pero qué…?
– Eso mismo.
– ¿Dónde están las hormigas? ¿Y qué narices es eso?
– A ver… Tranquilidad. La hilera que venía de la puerta de la terraza… La vimos los dos, ¿no? Y eran unas malditas y pequeñas hormigas aparentemente normales.
– Exacto.
– Vale. Pues que alguien me explique por qué narices han crecido tanto y de dónde les han salido las alas.
– Esto empieza a darme mala espina…
– Pero…
– ¿Qué?
– …
– ¿Qué pasa? ¡Dí algo!
– Que son bonitas, ¿no crees?
– ¡Pero…! Mmmm… Hombre, la verdad es que sí…
– Mira cómo son sus alas. Parecen de mariposa.
– Sí…
– Además, según como las mires parecen traslúcidas, y según como, de terciopelo negro con dos ojos mirándote. Parecen salidas de un sueño… ¡Auch! ¿Qué haces?
– Te pellizco para demostrarte que no es un sueño.
– En los sueños también puedes sentir dolor, listillo. Bueno, ¿intento coger una?
– ¡Pero qué dices! Hace un rato decías que no querías estar aquí dentro por culpa de una simple hilera de hormigas, ¿y ahora dices que quieres capturar un bicho de estos que ni sabemos lo que son, ni cómo se han transformado, ni nada?
– Bueno… Imagina que salimos por las noticias.
– Claro, sí, y los vecinos diciendo: “Nunca lo habríamos pensado… Parecían tan normales… Ha sido toda una sorpresa para nosotros, jamás lo hubiéramos pensado”.
– Bueno, ¿y qué quieres que te diga? Si las quemamos vivas y luego explicamos la historia, nadie nos creerá. Y si hacemos fotos dirán que es un montaje…
– Como tú veas. Pero a mí no me metas en esto. Cuando acabes avísame para quemarlas a todas.

– Sabes…
– Dime…
– Creo que no puedo hacerlo.
– ¿Coger una?
– Sí.
– Hace un momento estabas muy decidida.
– Ya, pero…
– ¿Pero?
– Pues que me da mala espina. Algo me dice que no debemos tocarlas.
– Claro. Ya te lo he dicho yo antes. Si no las molestas se irán solas y ya está. Pero como las hagas enfadar…
– ¡Que no son abejas!
– … Avispas…
– ¡Abejas, avispas, lo que sea! Son unas hormigas que se han convertido en hormigas enormes con alas de mariposa y mosca a la vez. Y no sé…
– Se me está ocurriendo algo.
– ¿El qué?
– Se está haciendo tarde y tengo hambre. Hagamos una cosa. Salgamos a comer algo, relajémonos, y luego volvemos y vemos lo que hacemos con ellas, ¿vale? Puede que incluso se hayan ido.
– Tienes razón…
– Bien. Voy a por las llaves.
– ¿Me traes mi bolso, por favor? No quiero entrar en el dormitorio…
– Sí, ahora voy.

– Creo que deberíamos dejar la puerta de la terraza abierta, por si acaso. Por si deciden irse.
– ¿Y si entran más?
– Si entran más… Pediremos ayuda a alguien. Pero si las encerramos aquí, seguro que están cuando volvamos.
– Sí, tienes razón…
– Anda, tranquilízate, ¿vale? Vamos a despejarnos un poco.
– Vale. Pero esta vez paga usted, señor mío, que menuda época llevo.
– Muy bien, señorita.

18 enero 2009

Del taxi a ninguna parte

Me había costado mucho dormirme. Necesitaba el sonido del televisor de fondo para no sentirme sola, pero la voz de Mercedes Milà me despertaba a cada rato con sus comentarios y equivocaciones. Podría haber apagado el televisor o quizá haber cambiado de canal, pero estaba demasiado atontada como para moverme, y por otro lado las sombras y luces de la pantalla me hacían sentirme algo más acompañada. Y entre sueño y sueño intentaba no pensar.

Desperté por la mañana con la sensación de no haber descansado en absoluto. El televisor se había apagado tal y como lo había programado, y el piloto rojo del standby me miraba paciente, como diciéndome servilmente que estaba a mi servicio para cuando volviera a necesitarlo. “La próxima noche”, pensé.

Como cada mañana, el mismo ritual: ir al baño, lavarme los dientes y darme una ducha. Tomar un café, preparar las cosas para irme. Miré el reloj un par de veces para darme cuenta de que se estaba haciendo tarde. Pese a eso me sentía bastante tranquila; me daba lo mismo no llegar puntual al trabajo. No quería prisas, agobios, carreras y nervios. Quería ir haciendo lo que tuviese que hacer y que cada movimiento requiriese el tiempo que fuese necesario.

Pero al final el tiempo se me echó encima. “No pasa nada”, pensé. “Cogeré un taxi y llegaré más rápido que en metro”. No sé qué me llevó a pensar así, puesto que a esas horas el tráfico probablemente sería denso, sobretodo en la zona de la ciudad en la que yo trabajaba. De todos modos cogí mis cosas y, antes de salir, pasé unos minutos frente a mis colonias y perfumes (¿quién me iba a decir que con el tiempo tendría varios?) intentando decidir cuál me pondría ese día.

Siempre he creído que los dos grandes acompañantes y peligrosos enemigos de la memoria son la música y los olores. Cada uno de nosotros crea su propia banda sonora en la vida, con sus distintas épocas y situaciones. Cuando al cabo de un tiempo, quizá años después, volvemos a escuchar una canción en concreto, una avalancha de recuerdos nos golpea en la mente como un martillo gigantesco, y las imágenes de aquella época pasan ante nuestros ojos haciéndonos revivir sentimientos, alegrías y decepciones. Y luego siempre queda esa horrible sensación de que todo aquello, después de todo, acabó pasando. Porque todo llega y todo pasa. En mi caso, todavía hay canciones hermosas que me prohíbo escuchar porque no quiero llorar más.

Con los olores el efecto es similar. Yo nunca había utilizado colonias ni perfumes en toda mi vida hasta hacía más o menos año y medio. Durante un tiempo estuve utilizando un dulce aroma diariamente, en una época llena de pasión, sentimientos positivos e ilusiones. Pero desgraciadamente esa época también había pasado, sin yo quererlo, y el bote de colonia seguía esperando a que volviese a utilizarlo. Sólo en los días en los que me sentía más fuerte era capaz de ponérmelo, y siempre volvían a mí las emociones de aquella época que tan intensamente viví. Inconscientemente asociaba un olor a unos recuerdos, o quizá ese olor me hacía asociar la colonia a una época, quién sabe.

Pero esa mañana no me sentía fuerte. Más bien todo lo contrario: una nube de melancolía y agotamiento me rodeaba y no podía evitar mirar cada bote de colonia e intentar decidir cuál de ellas sería la que menos daño me haría. La roja no; fue la primera que compré por una desafortunada recomendación. La media luna tampoco; fue la primera y única que me regaló, hace muchos años, una persona muy especial a la que sigo apreciando muchísimo y con la que todavía no sé cómo actuar. La dorada es demasiado fuerte y me gusta reservarla para ocasiones especiales, pero hace tiempo que las ocasiones especiales se terminaron. Además, fue otra desafortunada recomendación de quien después me dejó de lado. ¿Quizá la lila? Era la única que había comprado yo en un tiempo de mucha tristeza y lágrimas. Y por último la rosa, una oportunidad entre otras tantas, que había llegado a mí en un extraño momento de mi vida y que me arrastraba irremediablemente hacia algún lugar que me provocaba una extraña sensación de preocupación e intranquilidad.

Ese día elegí la lila, la única que yo había comprado. Pese a todo, los recuerdos de tiempos pasados e ilusiones no cumplidas me llegaron con la primera ráfaga de minúsculas gotas de aroma dulce que tocaban mi piel. Cada gota era un pequeño detalle que se había perdido, que había dejado de percibirse, que ya no era importante. De todas las colonias, ese día ésa era la menos mala.

Intentando controlar mis pensamientos y sentimientos acabé de prepararme y salí de casa. Ya era tarde y, mirando mi reloj (otro objeto que me traía demasiados recuerdos de una época mejor), calculé que llegaría una hora tarde al trabajo. Con la música en mis oídos y una bufanda protegiéndome del gélido aire, bajé hasta la gran avenida donde esperaba parar un taxi. Pero me apetecía pasear hasta que me cansara, de modo que seguí caminando en la dirección en la que me llevaría un taxi. Atravesé cinco calles y giré a la derecha. Allí había árboles y mucho tráfico. Volví a mirar el reloj, y decidí que era hora de ponerse en marcha.

Un taxi estaba estacionado en la acera. Corrí hacia él, aunque no tenía el piloto verde encendido, por lo que estaba ocupado. No me importó; sin pensármelo dos veces abrí la puerta de atrás y entré, sentándome tras el asiento del taxista. Pude ver que en el asiento del copiloto había una persona sentada, quizá quien había cogido antes el taxi. Me extrañó que no estuviera sentada detrás, como es normal. Pero cerré la puerta y me acomodé.

Nadie cruzó una palabra. De hecho el taxista se puso en marcha sin preguntarme mi destino. Yo tampoco creí necesario darle indicaciones. Era como si aquel hombre supiera a dónde me dirigía. O quizá sabía que yo misma no sabía hacia dónde me dirigía, y que el lugar al que llegara me era indiferente. El caso es que el automóvil se unió a la multitud de turismos que llenaban las calles, y poco a poco fue avanzando mientras yo miraba por la ventana y pensaba.

¿En qué pensaba? Más bien dejaba que mis pensamientos fluyeran sin control. Veía un árbol y luego otro y otro, y yo me concentraba en el verde de sus hojas perennes. Cuando nos deteníamos en un semáforo yo observaba un edificio a mi izquierda; vi un enorme bloque de oficinas con cristales oscuros en las ventanas y una sofisticada entrada de puertas giratorias por las que entraban y salían personas que sabían en todo momento quiénes eran, de dónde venían, a dónde iban y lo que querían y debían hacer. Seguramente aquellas personas ni siquiera podían imaginar que había alguien en el mundo que vivía sin rumbo. Probablemente, de saberlo, criticarían esa actitud. Y entonces el semáforo se ponía en verde y el coche volvía a arrancar.

Cruzábamos entonces amplias calles y girábamos en grandes rotondas, y yo miraba los coches que iban a nuestro lado. Coches caros y elegantes, y coches viejos y desgastados. Pero todos los conductores iban a algún sitio en aquella corriente de tráfico en la que yo me encontraba. Me sentía como un pez payaso que se hubiese equivocado de dirección e intentara remontar el curso de un río como un salmón, saltando y luchando con todas sus fuerzas. De vez en cuando me fijaba en las marcas y modelos de los otros coches, y eso también me traía recuerdos. Todo me traía recuerdos amargos. Y entonces me daba cuenta de que yo estaba en un taxi, en el que me había subido sin permiso y sin dar indicaciones, pero yo quería estar en otro coche completamente distinto, en el asiento del copiloto y escuchando una música que para mí ahora estaba prohibida, al menos durante un tiempo.

Al cabo de aproximadamente tres cuartos de hora el taxista detuvo el coche en una calle, y el copiloto se apeó tras pagarle la carrera. Pero el taxista no volvió a arrancar, y yo, que había estado sumergida en mis pensamientos, volví a la realidad cuando mi inconsciente se dio cuenta de que llevaba demasiado tiempo sin moverme. Miré entonces a mi derecha, y ahí estaba el hall de entrada del edificio de oficinas en el que yo trabajaba. Habíamos llegado.

Todavía no entiendo cómo pudo el taxista saber dónde tenía que llevarme, si yo no se lo había dicho. Yo también bajé del coche sin decir palabra, y no le pagué, pero el hombre tampoco hizo ademán de querer cobrarme. Llegaba una hora tarde al trabajo, pero al igual que a la hora de despertarme, eso no importaba. Durante todo el trayecto la nube de melancolía y agotamiento me había acompañado y seguía conmigo ahora, y sólo deseaba que el recorrido en taxi no hubiese acabado nunca, o bien que mi destino hubiese sido otro distinto, nuevo y desconocido para mí.

“Quizá en la próxima carrera”, pensé resignada, y entré en el edificio.

31 diciembre 2008

Del abrazo de arena (réquiem y cierre de año)

El fin de semana pasado quedamos para tomar unas copas e ir a dar una vuelta, ¿te acuerdas? Lo dudo, pero yo lo recuerdo a la perfección.

Como en la mayoría de las ciudades costeras, hay una zona de bares al lado del mar. No es posible llegar hasta allí en coche, y de hecho hay que recorrer multitud de estrechas y oscuras calles de adoquines, siempre llenas de gente joven de todo tipo. Y ahí estábamos nosotros, yo vestida de negro, como siempre, tú con tu cazadora marrón y tus tejanos azules. Te llevé por una zona apartada, y recorrimos el laberinto de calles en silencio, observando la luz de la luna reflejándose sobre los charcos de agua y los adoquines húmedos, pasando desapercibidos entre las oscuras paredes, sin que la luz naranja de las pocas farolas que había llegase a tocarnos. El camino, aunque más largo de lo normal, nos llevaría a mi escondite personal, un lugar que poca gente conocía, lejos de las aglomeraciones y del artificial ruido de la ciudad.

Y entonces divisé el mar, y supe que estábamos llegando. Solté una carcajada y sentí ganas de salir corriendo y mirar a la izquierda, para poder comprobar lo antes posible que el lugar no estaba ocupado y que habíamos llegado a tiempo. Me moría de ganas de mostrarte ese trocito de soledad del que me había apropiado; quería saber qué pensarías de él, qué sentirías al sentarte en ese sitio, mirando el paisaje que yo nunca me cansaría de observar y recordar. Y al girar a la izquierda, tras el último edificio, miré y sonreí, y riéndome te hice un ademán con mi mano apremiándote a venir, y mi corazón se alegró, pues aunque había gente sobre la arena, esa parte de la playa estaba prácticamente desierta, ya que la única forma de llegar hasta allí era el camino por donde habíamos venido, y la gente prefería no tomar esa ruta. Y cuando te paraste a mi lado, te cogí de la cazadora y te insté a que saltaras a la arena, y señalé el montículo de arena que se encontraba a pocos pasos de nosotros, y sin dejar de sonreír te dije "¡Vamos!". Y tú pareciste despertar entonces, y fuiste corriendo hasta el montículo en forma de asiento con cúpula, y te desplomaste en la parte de la izquierda riéndote, y yo me acerqué y me dejé caer a tu derecha, y observé contigo el paisaje.

La barrera de arena compacta y húmeda a nuestras espaldas nos aislaba del mundo y nos ayudaba a aislar al mundo de nosotros; la luz artificial de la ciudad no nos molestaba y el cielo y sus estrellas se podían ver a la perfección. Pues aunque de camino a ese lugar había llovido ligeramente y el cielo había estado completamente cubierto de nubes, al llegar nosotros parecía que la luna las había espantado, y brillaba grande y hermosa sobre el mar, y parecía que cualquiera podía alzar la mano y acariciar sus suaves arrugas de plata. El mar estaba en calma y las olas parecía que nos perseguían, y me levanté divertida y jugué con ellas intentando que no tocaran mis pies sin conseguirlo, y eso me dio miedo, pues el mar me produce un profundo respeto. De modo que me volví para sentarme a tu lado, y quizá por haber querido jugar con el mar la vista me jugó una mala pasada, pero lo cierto es que no llegué a verte: eras sólo un montón de arena con ropa de hombre y tu brazo se alzaba en mi dirección, invitándome a recostarme en la arena. Y justo cuando me senté a tu lado buscando una posición cómoda, pasaste tu brazo sobre mis hombros y me empujaste hacia tí, y reposé mi cabeza sobre tu hombro, y pude inspirar la brisa marina y tu calor, pero me sentí incómoda, pues no era eso lo que yo buscaba, de modo que me aparté de tí.

Nos quedamos en silencio, yo sin querer mirarte pero sabiendo que cada vez te confundías más con la arena de la playa, y las olas se acercaban a mis pies amenazantes, pero yo no osé moverme. Y de nuevo te moviste y me acercaste a tí, y entonces supe que tu cuerpo sólo era arena, pero tus manos eran reales, y me cogían fuerte, y tus brazos me arropaban y me acariciabas, y guardabas mis manos en las tuyas para que entraran en calor, y entonces me apretabas un poco más fuerte, y jugabas con mis dedos, con la palma de mi mano, con mis muñecas, y luego con mi cara, con mi barbilla y con mi cuello. Y yo no quería que pararas; no deseaba nada más, sólo quedarme ahí para siempre, sintiendo tu tacto firme y el calor de tu cuerpo de arena, sintiendo que me cuidabas y me mimabas, mirando siempre a la luna y al mar, y cerrando los ojos para perderme en tus caricias...

Y la luna se reía y las olas me perseguían, y desperté...

Desperté al calor de mi tan conocida habitación y no entendí cómo había llegado hasta allí, y quise volver a esa playa; pero cuando la luz del sol fue despejando mi mirada, entendí que esa playa no existía, que ese rincón de arena jamás había sido mío, que la luna no podía ser tan grande y que las calles jamás estarían vacías. Y enfadada con el rey del sueño por ser tan cruel, me levanté rápidamente y miré si estabas conectado. Y ahí estabas, tu nick de siempre, tu eterna presencia, pero no me atreví a hablarte; sólo quería preguntarte si era cierto, si de veras era cierto que todo había sido falso. ¿Recordarías cómo me abrazabas? ¿Recordarías esa luna sobre el mar? ¿Recordarías cómo me acercaste a tí en dos ocasiones? Pero entonces iniciaste tú la conversación, como si hubieses estado observando por un agujerito hasta verme ante el ordenador, y me preguntaste que qué tal, y te respondí que estaba muy bien, y que quería volver lo antes posible a esa playa, pero tú no entendiste nada de lo que dije...

Entonces lloré porque entendí que había sido sólo un sueño, y volví a meterme en la cama, intentando encontrar la postura en la que me había despertado, en la que había estado durmiendo ese hermoso sueño, y cerré los ojos, deseando ser quien te acompañara hasta volver a despertar...

Soñado durante la noche de Fin de Año de 2006, con treinta y ocho y medio de fiebre. Escrito durante la primera semana de 2007.

26 diciembre 2008

El momento de dormirse (invierno)

Es cualquier hora de la noche y me dispongo a dormir.

Como siempre sigo mi rutina. Me lavo la cara, me cepillo los dientes, meo, me pongo el pijama. Recojo un poco el dormitorio, dejándolo preparado para no tener que hacer gran cosa al día siguiente, si es laboral. Si es festivo, me da igual cómo o dónde estén las cosas.

Programo la estufa al mínimo para que la habitación no se enfríe durante la noche. La coloco de manera que el piloto rojo, que se enciende y se apaga cada ciertos minutos, no me moleste durante el sueño. No sería la primera vez que me desvela una intensa luz roja en medio de la oscuridad.

Apago el ordenador tras echar un último vistazo al correo y a mi gestor de descargas. No hay nada nuevo. Como casi siempre.

Dejo la bata sobre la cama, para tenerla bien a mano por la mañana. Compruebo que no hay nada cerca de la estufa para evitar cualquier percance. Todo está en su sitio.

Apago la luz. Hoy no me apetece leer, pero tampoco quiero quedarme a oscuras centrándome sólo en mi cabeza. Enciendo el televisor y lo programo para que se apague al cabo de dos horas. El volumen está al mínimo, pero en el silencio de la noche es audible y puedo seguir los diálogos. Emiten una película de acción en el canal autonómico.

Me meto en la cama y me tumbo sobre el lado derecho. Compruebo el móvil; no hay llamadas ni mensajes. Lo pongo en modo vibración. Luego en silencio. Al final lo dejo en modo normal; quizá alguien me llame o me envíe un sms. Desprogramo las alarmas. Mañana quiero despertarme cuando me lo pida el cuerpo.

Dejo el móvil sobre una de las baldas de mi estantería, junto al libro que estoy leyendo, mi Nintendo DS y el mando a distancia del televisor. Cierro los ojos.

Empiezo a mover rítmicamente el pie derecho. Cuando estoy agotada este movimiento surge espontáneamente. Significa que me voy a dormir dentro de poco.

Dejo que mis pensamientos fluyan. Básicamente todo gira alrededor de mi nuevo trabajo. Del estrés que me produce, de los nervios que paso. Es normal: hace tan sólo una semana que comencé. Bueno, en realidad eso no es del todo cierto. Empecé hace dos, pero unas anginas y más de treinta y nueve de fiebre me obligaron a coger la baja el segundo día. A eso lo llamo yo empezar con buen pie (y con ironía). Tengo ganas de seguir trabajando, de seguir aprendiendo. Quiero que el tiempo pase rápido y amoldarme a la nueva situación, y que la nueva situación se amolde a mí y deje de ser nueva. Pero me da rabia no encontrarme bien. En dos meses y pico de paro he pasado por costipados, anginas y cefaleas en racimo. Nervios, tensiones y mucha tristeza. Como siempre supe que el trabajo no me faltaría, no me costó nada encontrarlo. Pero me preocupa que mi estado de salud se resienta con tanta facilidad últimamente. Quizá debería hacerme algunas pruebas. Un análisis de sangre. Quedarme tranquila. Lo cierto es que ya no sé si me encuentro mal debido a la tensión y el estrés acumulados, o si la tensión y el estrés acumulados me hacen creer que me encuentro mal. Y entonces recuerdo los motivos, las causas de esa tensión y ese estrés. Y mi pie no para de moverse, pero sigo despierta.

Me doy la vuelta, y me apoyo sobre mi lado izquierdo. Si abro los ojos puedo ver la fría luz de las imágenes del televisor danzando sobre las paredes de mi habitación. Los vuelvo a cerrar; ahora me siento algo más cómoda. Y sigo pensando.

Me centro en la película que están dando. Desconozco el motivo por el cual el canal autonómico se escucha más bajo que el resto. No puedo seguir los diálogos con fluidez, pero al menos los disparos y gritos no me molestan. Me siento algo acompañada. Hay luz y voces al otro lado de mis párpados. Eso me hace sentirme menos sola.

De repente pienso que no tengo ganas de que nadie me despierte con un sms intempestivo por la mañana. Me giro de nuevo y saco el brazo de debajo de las sábanas de franela. Hace algo de frío. Cojo el móvil y programo el modo silencio. Ha pasado media hora desde que me acosté; ahora es imposible que alguien me de señales de vida. Cierro la tapa, lo vuelvo a dejar al lado del libro que estoy leyendo, mi Nintendo DS y el mando a distancia del televisor, y recupero mi postura sobre el lado izquierdo. Me siento más tranquila.

Cierro los ojos. Esta vez ya no pienso tanto. Más bien dejo que las imágenes fluyan ante los ojos de mi mente. Mi trabajo, mis amigos, mi familia, yo misma. Lo que he vivido y lo que no he podido vivir. Dependiendo de lo que veo se me escapa alguna lágrima. Rápidamente paso a otra imagen; prefiero volver al trabajo. A mi ordenador, al despacho, a los ascensores. Ese entorno que para mí ahora mismo es tan nuevo y extraño, incluso levemente salvaje, se convertirá dentro de un tiempo en un lugar conocido y amable. Poco a poco iré acostumbrándome a él y él se irá acostumbrando a mí. Del mismo modo que mi mente se acostumbra poco a poco al suave sonido del televisor.

En ese momento me doy cuenta de que durante unos minutos no he sido capaz de escuchar nada. Tengo la sensación de haber apagado mis oídos durante un tiempo; ahora, al volver a activarlos, noto que el televisor está encendido. No me he quedado dormida, pero parece que mis sentidos han ido apagándose lentamente. He sido completamente consciente de mis pensamientos, pero los estímulos externos (la luz y el sonido del televisor) han desaparecido.

Me parece bien. Apenas muevo el pie un centímetro y de forma muy suave. Vuelvo a tumbarme sobre el lado derecho, colocando las sábanas y el edredón de modo que la pantalla del televisor no me ilumine directamente. Prefiero presentir las sombras que produce su luz. Y sigo dejando que fluyan las imágenes.

Retomo el hilo de mis pensamientos donde lo había dejado hace un momento. El dinero que tengo y el que no tengo; lo que puedo hacer con él y lo que no puedo. Me siento extraña al no sentir esa necesidad compulsiva de comprarme algo, sobretodo en estas fechas de bombardeo consumista. “Mejor”, acabo creyendo. Ahora mismo no me ilusiona nada material. Quizá se deba a que mi vacío es básicamente emocional. Ya llegará el día en que quiera, desee algo de veras, y pueda conseguirlo. Otra de tantas certezas. Tampoco espero regalos, ni los quiero. Luego aparecen las personas con las que me he encontrado y reencontrado últimamente. Como si de una muerte pasajera se tratase, empiezo a hilvanar todas las situaciones que me han llevado a conocer a esas personas y las relaciones que hay entre ellas. Retrocedo y avanzo en el tiempo, y apenas conscientemente me hago preguntas imposibles de contestar. Tampoco busco la respuesta; simplemente me resulta interesante y apasionante el cómo y el por qué suceden las cosas, y las consecuencias de todo lo que pasa. Intento imaginar mi futuro, aunque no me preocupa prepararlo. Simplemente barajo diversas opciones, intentando aceptar la quietud, frialdad y monotonía de mi presente. Lógicamente el invierno acabará pasando. Ahora sólo puedo soportar el frío e intentar protegerme de él.

Y durante ese somnoliento y apenas consciente filosofar quizá se me ocurra alguna frase increíble que escribir, o tal vez un buen argumento para desarrollar una historia, pero no quiero desvelarme de nuevo. Pienso: “Acuérdate mañana”. Aunque luego nunca me acuerdo.

Y mientras salto de una cosa a otra sin ningún esfuerzo, mis sentidos se han vuelto a desactivar y mi mente actúa cada vez con menos rapidez. Poco a poco el pie se detiene y mi respiración se vuelve más suave y tranquila. Ya no oigo el televisor aunque sé que todavía sigue encendido. Puedo notar levemente mi mejilla contra la almohada, bendita sensación de bienestar, y eso me ayuda a hundirme más en un profundo sueño.

Y al poco rato, perdida en mí misma, ya estoy dentro.

04 diciembre 2008

Del santo que me bendijo

Primero debo dejar claro, para quien no lo sepa todavía, que no soy creyente. He sido criada en el seno de una familia agnóstica, aunque fui bautizada e hice la primera comunión, y me eduqué en dos colegios cristianos, uno de monjas y otro de curas. Quizá por eso ahora tengo la capacidad de poner tantas cosas en duda acerca de esta religión y de lo influyente que ésta puede ser, así como el resto. Las religiones mueven el mundo desde hace milenios, desde los egipcios politeístas hasta los más acérrimos seguidores de la Cienciología. Pero no voy a escribir un ensayo acerca de esta cuestión. Sólo voy a relatar un encuentro del todo sorprendente para mí, que aunque impresionante no me mueve de mis opiniones, aunque sí me provoca algunas dudas y preguntas, no sólo con respecto a la religión, sino también a los sueños, lo paranormal, la vida más allá de la muerte y las energías universales. Cuestiones muy New Age, dirán uno. Demasiado Iker Jiménez, dirán otros. Demasiado yo, pienso a veces para mí misma.

Era una fría noche de finales de noviembre. Los dos estábamos dormidos en mi cama, compartiendo nuestro calor humano cuales cachorros abandonados en una cuneta. Pero por desgracia desde hace demasiado tiempo mi sueño es frágil y fácilmente vulnerable, por lo que en un momento dado me desperté a la oscuridad y me moví levemente. Mi compañero se despertó conmigo.

– ¿Estás bien? –me preguntó en un susurro mientras me acariciaba el brazo.

– Sí, sí –le respondí yo soñolienta. Volvimos a cerrar los ojos, pero me costaba muchísimo conciliar el sueño. Y no era la única que no podía dormir.

– ¿Qué es eso? –me preguntó mi compañero, cuyo rostro me es imposible recordar ahora, mientras señalaba con el brazo izquierdo a la parte superior de una de las esquinas de mi dormitorio, por encima del ordenador, allí donde hacía un tiempo se había ahorcado un hombre.

– ¿El qué? –le pregunté yo dirigiendo mi mirada hacia el punto que señalaba.

– No sé, esa extraña luz roja. ¿Tienes algo conectado?

Me froté los ojos para descubrir que sí, era cierto, una especie de luz roja se reflejaba en la pared. Me quedé mirando con miedo, puesto que se trataba de algo extraño que no pertenecía a mi dormitorio y que no sabía cómo había llegado hasta allí. Mi compañero y yo conteníamos el aliento mientras el silencio golpeaba nuestros tímpanos. Yo no dejaba de observar la extraña luz en la pared, que cada vez se me antojaba más nítida. Parecía una especie de mandala budista proyectado hacia la pared con luces de discoteca, pero eso era imposible, puesto que no había absolutamente nada en la habitación que pudiera crear ese efecto. Mi compañero, al cabo de unos minutos, decidió salir del dormitorio y dejarme sola; quizá fue al baño a lavarse la cara o a la cocina a comer algo.

Yo seguía mirando fijamente el dibujo, que fue aumentando lentamente de tamaño hasta detenerse por completo. No había más que oscuridad a mi alrededor, pero por debajo de la imagen comenzó a aparecer de la nada una imagen nueva; una especie de cuerpo humano cubierto por ropajes blancos. Sin dejar de taparme con las sábanas, y sin atreverme a darme la vuelta y dejar de mirar, intentando relajar mi respiración y aguardar pacientemente a lo que pudiera suceder, la nueva figura se fue transformando poco a poco en un santo.

Mi sorpresa fue mayúscula. Sí, se trataba de un santo. El típico santo de estampa, con su túnica blanca y cinturón marrón, con un enorme libro en su mano izquierda y con la mano derecha alzada con los dedos índice y anular en alto. De su cabeza surgía una brillante luz dorada, como las coronas de los santos. Su cara era de hombre, surcada por arrugas y con una espesa barba rubia. Sonreía pacífica aunque enérgicamente. Él mandaba.

No sabría decir si estaba más asustada que sorprendida. Ese santo desprendía una cálida luz blanca que, aunque confería paz y sosiego, también me asustaba, puesto que noté cierto matiz aséptico que me recordaba a un hospital. El santo se acercaba con lentitud hacia mi cama, flotando en el aire y descendiendo suavemente, y sus ropas se movían a cámara lenta con cada centímetro avanzado. Cuando al fin estuvo a mi lado, se detuvo.

No pude evitar contener la respiración. Quería preguntarle muchas cosas: quién era, de dónde había aparecido, qué era aquella luz roja que había visto, a qué venía; pero no pude articular una sola palabra. Él seguía mirándome sonriente, y entonces se agachó y me saludó.

– Hola –me dijo con una voz que parecía salir de la nada y de todas partes al mismo tiempo–. No te preocupes –agregó–, no vengo a hacerte daño. Pero estás en peligro y te has debilitado demasiado, y por eso vengo a bendecirte y a darte fuerzas para que sigas adelante.

Dicho esto escondió su mano derecha entre sus ropajes, a la altura del pecho, para extraer luego un pequeño cuenco con lo que intuí que era agua bendita. Mojó sus dedos en el agua y me hizo la señal de la cruz en la frente. De ahí, de golpe, pareció desprenderse una intensa luz amarilla que me cegó durante unos instantes. El santo había guardado de nuevo el cuenco entre sus ropajes, pero hizo la señal de la cruz dos veces más sobre mis hombros. Luego colocó su mano sobre mi cabeza y amplió su sonrisa.

Yo sentía paz. Una paz no del todo completa, porque yo seguía sin entender. Lo más seguro es que tan sólo se tratara de una alucinación; quizá se tratase de un sueño. Pero me sentía sosegada. Mientras cerraba los ojos, una vez el santo había desaparecido tal y como había llegado, pude ver que la señal roja seguía proyectándose sobre la pared, cada vez con más intensidad. Yo seguía inquieta, preguntándome qué extraño fenómeno provocaba esas imágenes, y cavilando sobre estas cuestiones conseguí quedarme de nuevo dormida. Cuando mi compañero volvió al dormitorio me desvelé por unos instantes y pude ver que el símbolo rojo seguía en la pared, cada vez más pequeño y difuminado. Mi compañero no preguntó nada, aunque se le notaba asustado, y yo tampoco le expliqué lo que acababa de suceder. Sólo esperé a que la luz desapareciera para no volver a verla nunca, ya que quizá eso significaría que yo ya no estaba en peligro y que, por lo tanto, no necesitaba ser bendecida.

03 diciembre 2008

Del terrible dolor ocular

Un pueblo tranquilo y apacible; un día soleado y un agradable clima con una buena compañía. Las montañas recortaban el cielo como si de afiladas cuchillas se tratasen, y el imponente castillo medieval seguía lleno de vida a pesar de todos los siglos que corrían por sus piedras. Los preparativos para la fiesta estaban ya en marcha, y carruajes tirados por caballos se mezclaban con coches último modelo mientras la calle principal era despejada de transeúntes y vallada. Un equipo de operarios se afanaba por limpiar el lodazal que la fuerte tormenta de la noche anterior había creado a ambos lados del camino. Nosotros, en una posición privilegiada tras un muro, observábamos tranquilamente el devenir de los hechos cuando entonces noté algo en mi ojo izquierdo.

Me quité las gafas y froté suavemente el párpado para luego abrirlo y cerrarlo diversas veces con la esperanza de que el lacrimal funcionara y arrastrara con su agua el molesto objeto que se había introducido en mi ojo. Pensé que se trataría de alguna pestaña inquieta y demasiado pegadiza, y tras varios intentos sin éxito el malestar no remitía. Parecía que se había colocado en la parte superior del ojo cuando lo abría, aunque el dolor se trasladaba a la parte inferior cuando lo cerraba. El caso es que de ninguna manera podía librarme de tan aguda molestia, de modo que le pedí a uno de mis acompañantes que por favor le echara un vistazo a ver si podía detectar algo. Su cara me asustó mucho, y más todavía cuando me dijo, alejándose de mí poco a poco:

– Quizá deberías verlo por ti misma…

Nunca he sabido si poseo una alta tolerancia al dolor o si por el contrario es muy baja; desconozco dónde está mi límite, y aunque estaba nerviosa por lo molesto de un objeto en un ojo no podía creer que realmente fuera algo tan grave. Como mucho se me ocurrió que podía tratarse de un grano de arena. Saqué torpemente un pequeño espejo de mi bolso y me lo puse frente al ojo, y entonces los vi.

Cuatro pequeñas tachuelas para tapicería se encontraban clavadas en la parte blanca del ojo, cercana al lacrimal.

– ¿Qué mierda es esto? –pregunté en casi un susurro.

Miré a mi acompañante con cara de extrañeza. ¿Qué pasaría si sacaba las tachuelas? Probablemente me provocarían unas heridas por las que el líquido de mi globo ocular se iría escapando poco a poco. Sin contar, por supuesto, el terrible miedo a una infección que me dejara ciega. Pero me armé de valor y acerqué mis uñas a una de las tachuelas. Poco a poco estiré mientras observaba cómo el globo ocular se deformaba arrastrado por el pequeño objeto. En ese momento sólo notaba una cierta molestia. En cuanto pude retirar la primera de las tachuelas me di cuenta de cómo mi pulso se había acelerado. Estaba sudando y respiraba con rapidez. Tiré la tachuela al suelo y, cogiendo aire, repetí el proceso con las tres restantes. El dolor remitía a medida que las iba retirando. Mi acompañante se había alejado de mí y estaba vomitando cerca de un muro.

La última tachuela fue la que más trabajo me dio. Quizá porque yo creía que ya le había cogido práctica a retirarlas, o porque la tensión acumulada empezaba a hacer mella, me costó horrores conseguir pinzar entre mis uñas el pequeño objeto punzante, y eso provocó que el dolor aumentara. Lo malo es que aquella maldita cosa se me había clavado con mucha fuerza en el ojo, por lo que era necesario tirar más de él y, en consecuencia, la herida se hacía cada vez más grande. Cada vez que tiraba y mi ojo se deformaba se me nublaba la vista, y cada vez que dejaba de tirar el ojo volvía a su estado normal pero cada vez más dolorido. Tras varios intentos y algunas increpancias nerviosas conseguí extraer la mayor parte de la tachuela. El ojo parecía pura gelatina pegajosa, y no quería soltar su presa. Seguí tirando firmemente sin amedrentarme hasta que al fin conseguí sacarla por completo. El dolor desapareció al instante, aunque del agujero provocado por la tachuela manaba un poco de líquido viscoso y amarillento. Seguí observando con la respiración contenida hasta que vi que la herida se cerraba por sí sola. Pestañeé varias veces, miré a mi alrededor, moví los ojos de un lado para otro hasta que la molestia remitió por completo. Al fin me había librado de aquel horrible dolor.

Me acerqué a mi acompañante para darle la buena noticia. Él parecía ya haberse recompuesto y se alegraba por mí. Pero de golpe me detuve en seco.

– Oh, no –susurré enfadada mientras volvía a sacar el espejito de mi bolso.

El dolor había vuelto a mi ojo. Primero pensé que debía tratarse de un traumatismo provocado por las tachuelas que acababa de retirar. Luego recé porque sólo fuese una pestaña. Pero cuando volví a mirarme en el espejo, lo que vi me dejó paralizada.

Una pajita se encontraba clavada justo en el centro de mi pupila. Sobresalía unos tres milímetros sobre la córnea, pero desconocía cuán profunda podía ser. Me molestaba mucho cuando intentaba cerrar el ojo, y el dolor era insoportable cuando lo movía. Sin poder evitarlo me eché a llorar, lo que hizo que el dolor aumentara. Como me temblaba demasiado el pulso decidí utilizar unas pequeñas pinzas para las cejas para intentar extraer el nuevo objeto. Mientras rebuscaba nerviosa en mi bolso me pregunté por primera vez cómo podían objetos tan extraños y grandes haberse colado en mi ojo sin yo darme cuenta. Pero como nada de lo que me estaba pasando tenía demasiado sentido, sólo me concentré en extraer la pajita lo antes posible.

Nunca me había fijado con tanta atención en mi propio ojo. Al observarlo de cerca en el espejo pude ver cómo se reflejaba en éste todo el entorno; cómo la pupila cambiaba de tamaño dependiendo de la luz, cómo las lágrimas le conferían un extraño aspecto vítreo a todo el globo ocular. Si presionaba ligeramente un párpado el ojo se desplazaba un poco de su sitio. Entonces me di cuenta de la fragilidad de este órgano que me ponía en contacto con el mundo exterior. No quería perderlo. Cuando conseguí coger firmemente la pajita con las pinzas empecé a tirar de ella, viendo con el otro ojo cómo la córnea se deformaba de nuevo, arrastrada por el pequeño objeto. El dolor era insoportable pero intenté no moverme e ir tirando suave pero firmemente; sin prisa pero sin pausa. No quería desgarrarme el ojo en un tirón nervioso. Cuando la pajita, de aproximadamente un centímetro de largo, salió por completo de la pupila, toda la córnea se contrajo dolorosamente y luego volvió a su estado normal tras un movimiento ondulante, como un caldo espeso en el que cae una gota de aceite. Volvió a salir líquido vítreo por la herida, amarillento y espeso, y un olor putrefacto llegó hasta mis fosas nasales. Pestañeé un par de veces y con un pañuelo limpié los restos de líquido. El dolor había vuelto a desaparecer.

Cada vez me encontraba más preocupada. Con toda seguridad debería ir al médico y explicarle lo que me había sucedido. Me perdería aquel maravilloso día por culpa de algo que los médicos no acabarían de creerse. Si volvía a encontrar otro objeto clavado en mi ojo, ¿debía extraerlo o acudir a urgencias para que los médicos pudiesen ver lo que pasaba? También podía hacerme fotos. Y mientras estaba inmersa en mis cavilaciones, el dolor volvió.

Lancé un insulto al viento. ¿Me estaban haciendo vudú? Volví a mirar mi ojo en el espejo, pero esta vez ya no estaba asustada, sino más bien enfadada. Empezaba a desesperarme. Tres alfileres se habían clavado en diversas partes de mi globo ocular. Volví a quitarlos, repitiendo los pasos que había hecho hasta entonces. Más tarde se me clavaron dos tachuelas y otra pajita. Luego una aguja de coser atravesada. A los pocos minutos de extraer un objeto aparecía otro. ¿Era mi destino vivir siempre con un objeto clavado en el ojo? ¿Debía aguantar durante años tan terrible molestia? La vida me estaba cambiando en ese preciso instante. Yo jamás volvería a ser la misma. El dolor me irritaría y acabaría con mi paciencia. El malestar me volvería irascible e insoportable. Ya no podría disfrutar de nada en la vida, puesto que el dolor ocuparía durante cada segundo toda mi atención. No me preocuparía más por mis amistades, por el dinero, por mi futuro. Sólo viviría para y por el dolor, retirando con esmero cada nuevo objeto que apareciese clavado en mi ojo, y mis amistades y familiares acabarían alejándose de mí, puesto que nadie podría aguantar mi compañía. Acabaría loca y encerrada en un manicomio, atada de pies y manos y soportando para siempre el dolor. Mi vida acababa en ese momento y empezaba el infierno.

Y ante la certeza de esos pensamientos, fue entonces cuando todo cambió y yo jamás volví a ser la misma.

15 octubre 2008

Las doce

Son las doce de la noche y no puedo dormir.

Hace tiempo que no consigo controlar mi horario de sueño. Echémosle la culpa al estrés, o a los cambios de horario producidos por el trabajo o por la falta de él, o quizá a las pastillas que producen somnolencia durante el día e insomnio por la noche. Pero desde hace bastante tiempo siempre son las doce de la noche y nunca puedo dormir.

Enciendo el televisor con el volumen en un susurro. En algún canal darán alguna serie que me haga dormir, o al menos que me ayude a no sentirme tan sola mientras tengo los ojos cerrados. Programo el apagado automático para dentro de ciento veinte minutos. Espero haberme dormido antes. Lo malo es que puede pasar una hora y yo sólo he conseguido dar vueltas y más vueltas en la cama, ahora a la izquierda, ahora a la derecha, y entonces miro el temporizador y click! vuelvo a ponerlo a ciento veinte minutos. Como si el tiempo no hubiese pasado; de algún modo siguen siendo las doce de la noche y yo sigo sin poder dormir.

En las noches de verano también conecto el ventilador. Curiosamente el tiempo máximo del temporizador también es de ciento veinte minutos. Entonces programo televisor y ventilador, y automáticamente pienso: “¿Me despertará el ensordecedor silencio cuando ambas máquinas se detengan a la vez?”. Nunca me ha pasado, pero no puedo evitar hacerme siempre la misma pregunta. De hecho, creo que sería como cuando en una sala llena de ordenadores y con el aire acondicionado al máximo alguien estornuda y de golpe hay un apagón general. El silencio que se produce de repente es, me repito, ensordecedor. Como si alguien cogiera una cacerola y la golpeara junto a tu tímpano. O como cuando en una noche cualquiera no te despiertan ni el ladrido de los perros ni los truenos de una tormenta, pero sí el maldito zumbido de un minúsculo mosquito. Pero siguen siendo las doce de la noche, y yo sigo sin poder dormir.

A veces intento leer. Lo malo es que últimamente no me apetece demasiado leer, y el último libro que terminé (de un tirón, y a las dos y media de la madrugada) me hizo llorar y, la verdad, empiezo a estar cansada de llorar. Y miro mi estantería y veo los libros que me esperan ahí, pero todavía no es el momento. Me temo que es culpa del estrés, o de los cambios de horario producidos por el trabajo o por la falta de él, o quizá de las pastillas que te suben el ánimo pero que te rebajan el nivel de concentración. De cualquier modo siguen siendo las doce, como siempre, y no puedo ni leer ni dormir.

Lo malo de todo esto es el círculo vicioso que genera. Porque a la mañana siguiente no hay que madrugar, pero aun así uno se despierta relativamente temprano, y después de comer le coge ese sopor tan odiosamente agradable que lo empuja a dormir la siesta. Un par de horas o tres. Y al cabo de un rato vuelven a ser las doce. Y no hay quien duerma.

Pero a veces se produce un milagro (llámesele ciencia, química o drogas) y a las doce y cinco es posible conciliar el sueño. Pero ¡oh! Entonces vuelven las pesadillas. Cuanto más duermo más pesadillas tengo. Y se repiten. Puede que el entorno cambie, pero las personas suelen ser las mismas. Y las situaciones, las de siempre. Esas situaciones que me han quitado el sueño y que me persiguen cuando al final puedo dormir. Peleas, decepciones, gritos… Cuando no son las doce de la noche y puedo dormir, revivo situaciones dolorosas del día a día. Casi prefiero estar despierta; de cualquier modo esas situaciones siempre están en mi cabeza. Casi prefiero poder controlarlas. Casi prefiero no haberlas vivido. Casi prefiero no tener que pensar en ello.

El inconsciente es poderoso y traidor, pero hay que saber reconocer y entender las señales que ofrece. Por eso, a las doce de un día cualquiera, algo cambia y se toma una decisión. A veces las decisiones son borrosas y vagas como los sueños, o inquietantes y aterradoras como las pesadillas, y se quedan siempre flotando en ese etéreo que es nuestro pensamiento, tan lejos de la acción. Hasta que se decide tomar una decisión.

Ahora son las doce de la noche y sigo sin poder dormir, pero al menos ya no hay pesadillas. O no son tan recurrentes. Quizá se deba al estrés post-traumático, o puede que al síndrome de abstinencia de las pastillas de la felicidad, o tal vez a la seguridad y vértigo que ofrecen un millón de puertas cuando se abren y dejan pasar la luz. No lo sé todavía, pero pronto serán las doce de la noche y estaré durmiendo plácida y naturalmente hasta que el equilibrio vuelva. Hasta el momento en que las pesadillas se marchen y al fin los sueños vuelvan con fuerza...

11 octubre 2008

De un día de guerra

Un moderno avión de combate sobrevuela el frondoso bosque colindante a Ciudad. Ciudad es un mundo de máquinas y polución, un enorme laberinto de hormigón, acero y cristal monocromo que alberga en su interior todos los males del mundo, cual caja de Pandora sin abrir. Sus habitantes saben que hay guerra, pero la guerra queda lejos, allá donde crecen árboles milenarios que no les sirven para nada en su día a día. No les preocupa la destrucción del pulmón del planeta. Sólo quieren seguir comiendo basura y vendiendo sus vidas a cambio de dinero de plástico rígido. El resto no importa.

A lo lejos se divisan los Altos Picos, blancos gracias las fuertes nevadas del pasado invierno. La visión es espectacular: el azul radiante del cielo recortando los montes y las piedras, y a sus pies un gigantesco mar ondulado de miles de verdes. Es hermoso.

El avión despierta a la muchacha. Supone que se trata de un Vigilante. El enemigo no osaría volar tan bajo. Ha pasado la noche allí, en el gigantesco edificio abandonado, tras haber realizado la entrega para la que se la contrató. Ahora espera órdenes.

La chica se despereza con calma, aunque nunca está tranquila. No debe bajar la guardia. Recuerda con todo lujo de detalles la intensa jornada anterior: cómo se adentró en aquella frondosa jungla para llegar a pies del enorme edificio. Su misión era llegar a la azotea sin ser vista, y su camuflaje termo-óptico se lo puso sencillo. Cuando consiguió alcanzar su objetivo depositó el maletín negro en la marca que se había señalado. Una vez realizada la entrega recibió órdenes de mantenerse a la espera y pasar la noche oculta en la segunda planta de la construcción semi derruida. Para no ser descubierta, la muchacha no se despojó de sus ropas negras y se acostó cerca de uno de los enormes ventanales, con su rifle cerca de su cuerpo. El único calor que podía llegar a sentir era el de la pólvora.

A los pocos minutos de despertar recibe las nuevas órdenes. Un equipo especial de apoyo se reunirá con ella en las instalaciones para sacarla de allí. Al parecer las cosas se están poniendo bastante feas cerca de la frontera, y a pesar de que la zona parece ser segura, algún detalle ha puesto nerviosos a sus superiores. ¿Una emboscada, quizá? Aunque entrenada para las operaciones de sigilo, la muchacha sabe aprovechar cualquier ocasión para entrar en combate. Le gusta mucho esa sensación de la adrenalina recorriendo su cuerpo y la capacidad de reacción que posee ante cualquier situación de peligro. Nunca falla, nunca se equivoca. Siempre toma la decisión correcta en el momento oportuno. Por eso ella es demasiado valiosa como para perderla en una misión rutinaria.

El avión cambia el rumbo y se dirige a la azotea. Allí se detiene sin parar los motores. Se escuchan pasos rápidos y sonidos metálicos. Al instante entran cinco personas en la gigantesca sala en la que se encuentra la mujer. El avión inicia su despegue y se marcha.

Uno de los hombres se deshace del aparatoso casco que cubre su cara. Sudando, mira a la chica.

– La zona es segura, pero no por mucho tiempo. Hay que salir de aquí.

Ella lo mira desconfiada. No se fía del trabajo en equipo; no le gustan los espías.

– ¿Cuándo? –pregunta tranquila.

– En unas horas. Te avisaremos cuando esté todo preparado.

– ¿Quién os envía? ¿Es él? –vuelve a preguntar la muchacha clavando sus oscuros ojos en los del hombre, azules como el cielo sobre sus cabezas.

– Sí –responde el hombre, muy seguro de sí mismo. La mira unos instantes y continúa:– Nuestra misión es asegurarnos de que llegas sana y salva a Ciudad.

Ella suelta una risita descarada.

– No necesito ayuda, gracias. –Acto seguido se da la vuelta y se dirige a la posición en la que ha estado durmiendo. Pero el hombre la sigue y le coge de un brazo. Ella no tiene intención de pelear, al menos de momento, por lo que se gira con calma.

– Mira, nuestras órdenes son esas y vamos a cumplirlas, ¿entendido? –escupe sin miramientos. Tiene el ceño fruncido, pero su mirada refleja respeto.

– Entendido –responde ella sin perder los nervios. De todos modos está alerta. Es la primera vez en muchos años que le envían refuerzos sin haberlos solicitado o que no se le dan órdenes de manera directa. ¿Ir a Ciudad? Intentará ponerse en contacto con su superior para pedir explicaciones.

El resto de soldados han recorrido y asegurado el perímetro, pese a todas las trampas que ha colocado la muchacha. Ahora cada uno ocupa una esquina de la planta. No se pierden de vista, pero ella hace como si no estuvieran allí. Se prepara algo de comer y duerme un poco más. Ellos siguen vigilando, incluso cuando cae la noche. Preparan turnos de vigilancia. Y así pasan las horas hasta que se hace de día.

De repente se oye a lo lejos el motor de un enorme tanque. La chica coge sus prismáticos y observa: el enemigo debe haber cruzado ya la frontera. Aunque duda que consigan localizarlos, sí verán el enorme edificio y seguramente decidirán entrar para inspeccionarlo y quizá quedarse en él.

– Mierda –susurra. Se levanta y mira a los soldados. El hombre de ojos azules la mira y le da una señal. Ella asiente mientras él se comunica por radio con la central para informar de su situación. Pero ella siempre ha preferido el trabajo en solitario, de modo que no piensa quedarse escondida esperando atacar al enemigo por la espalda. Le gusta mostrarse ante el rival y hacer de la lucha un juego limpio y en igualdad de condiciones. Por eso se mueve rápidamente hacia su mochila y empieza a preparar su armamento cerca de la ventana. El hombre de ojos azules le hace más señas para que se esconda, pero ella lo ignora. Cuando al fin divisan el tanque, todos esperan inmóviles.

El tanque marrón avanza lentamente por el camino de tierra que lleva hasta el edificio. Cuando uno de los enemigos desciende del mismo, la muchacha entra en acción sin pensárselo dos veces, obligando al resto a hacer lo mismo. Puede escuchar a la perfección un grito a sus espaldas. “¡Mierda!”, está gritando el hombre mientras da nuevas órdenes a su equipo. Entre los sonidos de cristales rotos que provoca la colisión de una bala contra el ventanal se pueden oír también los gritos de alerta del enemigo. Saben que hay alguien que busca pelea.

La mujer dispara sin piedad y acaba con tres de los soldados enemigos. Otros ocho aguardan en el tanque, que mueve despacio su gigantesco fusil hacia la ventana rota. Pero la mujer es más rápida y ha previsto esta situación; ella y el resto de hombres, todos atados por la cintura con un arnés, se lanzan sin pensarlo sobre la pesada máquina y ella coloca una potente bomba lapa en uno de los costados. Su pelo lacio y negro se mueve con violencia con cada uno de los bruscos pero certeros movimientos de la chica.

– ¡Vamos, todo el mundo arriba! ¡Ya! –chilla tras accionar un botón que recoge el cable y la devuelve a la ventana. Los cinco hombres la imitan pero uno de ellos es alcanzado en una pierna por una bala enemiga. La bomba lapa estalla y la onda expansiva lo empuja hacia una viga de hormigón, en la que rebota con fuerza. El cable consigue recogerlo antes de que el fuego lo engulla, pero está gravemente herido.

– ¿Te has vuelto loca? –le grita de nuevo el hombre de ojos azules–. ¡Has puesto en peligro a todo mi equipo!

Ella no aparta su ojo derecho de la mirilla telescópica de su arma mientras le responde con calma:

– Dime, ¿cuántas bajas enemigas habéis conseguido vosotros cinco? –Y sonríe.

– ¡Me da lo mismo! ¡Nos han enviado aquí para protegerte y ahora tengo a un hombre malherido!

– No pienso discutir contigo. Pero tampoco os necesito.

Y dicho esto le lanza una bolsa negra a los pies. Él la recoge y se la tiende a uno de sus soldados, que se apresura en abrirla y extraer todo lo necesario para ayudar a su compañero herido: gasas, alcohol de quemar, inyecciones de antibióticos de amplio espectro y un bisturí. A ella no le perturban en absoluto los gritos de dolor del soldado. Probablemente tendrán que cortarle la pierna si el equipo de rescate no llega a tiempo. O quizá se le encharque antes un pulmón debido a una costilla rota. Pero no es su problema.

Entonces recibe una llamada en su comunicador. Es la coronel.

– Tienes que largarte de ahí. Ya hemos enviado un coche que recogerá a los otros cinco. No confiamos en la seguridad de la zona, de modo que ese coche hará de señuelo. Tú deberás pasar de largo del coche y seguir por el camino de tierra hasta que encuentres otro vehículo. No deberás preocuparte por nada; tenemos a todo un equipo de hombres especializados en misiones de este tipo que te estarán vigilando vayas a donde vayas.

– Espero que estén más especializados que éstos –responde ella mirando de reojo al soldado caído–. ¿Cuánto tardáis?

– La estimación es de seis minutos y medio. Cierro la línea. Por favor, cuídate.

Luego, silencio.

El hombre de ojos azules parece haber sido informado también de las nuevas órdenes. Por un instante se miran y el mundo parece paralizarse. Luego ella recoge todas sus cosas y roba algo de munición al soldado caído. Le da un par de golpes en el hombro y le susurra al oído:

– Te pondrás bien.

Y sigue mirando por la ventana, y durante cuatro minutos y veinte segundos observa la belleza del bosque que se extiende ante sus ojos. Se pregunta cómo es posible que exista algo tan terrible como la guerra en un mundo tan bello. Es difícil creer que a unos pocos kilómetros de distancia se yergue la mayor urbe del mundo; un bosque muy distinto a éste, y más peligroso aún. Entonces ve aparecer el coche blindado por el camino. Entre dos hombres han llevado al soldado herido a la azotea, donde supuestamente será recogido por un helicóptero de rescate. Bajan todos por la ventana y cuando se acercan al coche ni siquiera se despiden. Ella sigue corriendo por el camino de tierra.

Corre tres kilómetros hasta que aminora la marcha. No se oye ningún sonido extraño, pero tampoco ve ningún coche. Sigue caminando completamente alerta. Empieza a atardecer y no quiere quedarse sin luz. Las sombras se alargan hasta que llega a una avenida de diez carriles. Escondida entre la maleza, observa los modernos vehículos ir y venir, ajenos a todo conflicto bélico. Ajenos a una agente en misión especial que los observa desde la cuneta. Ajenos a cualquier problema que vaya más allá de sus cuadradas y miserables vidas.

Un vehículo negro, similar al anterior, aminora la marcha. Ella mira y al instante corre hacia el asiento del copiloto. Ya está a salvo.

El conductor es un hombre negro, de aproximadamente dos metros de altura. Sus gafas de sol ocultan sus ojos y su cabeza desnuda brilla con el sudor.

– Bienvenida –le dice con voz grave y una media sonrisa indicadora de satisfacción.

– Ya pensaba que no vendríais a por mí. Tengo hambre.

– En la parte de atrás hay comida caliente. Un par de perritos y pizza; no es demasiado. Lo siento.

– Ya me sirve –responde ella mientras se gira a por la comida.

La autopista es larga y no hay demasiado tráfico a esas horas. A los veinte minutos la muchacha ha comido y se siente descansada. El paisaje se mueve veloz a través de las ventanas y las figuras se deforman y pierden su color lentamente a medida que el sol cae. Ella cierra los ojos y piensa que parece mentira que esa misma mañana haya acabado con la vida de diez hombres. Ahí dentro, arropada por el calor de una persona a su lado y por la comida, tiene la sensación de haber tenido un mal sueño; la guerra no va con ella, no tiene ni idea de qué va, y jamás ha sido agente especial. Ahora sólo se dirige a casa a dormir y a seguir haciendo una vida normal. Despertar por la mañana y…

Tal pensamiento le produce vértigo, y un suspiro sale de su boca cuando abre los ojos y se incorpora en el asiento.

– Te quedaste dormida. ¿Una pesadilla? –pregunta el hombre con pinta de gángster.

Ella no responde. No puede imaginarse el vacío al que se enfrentaría de tener una vida normal. No sabría qué hacer. Mira por la ventanilla y ve que el tráfico ha aumentado. A lo lejos se dibuja el artificial horizonte de Ciudad.

– Estamos llegando –le informa él.

A medida que se acercan a Ciudad el tráfico se vuelve cada vez más denso y todas las arterias principales de la urbe sufren continuas retenciones. Ellos se dirigen a la zona Oeste, tal y como les indica el GPRS del vehículo. Cuando se detienen ante un semáforo en rojo el hombre se quita el cinturón.

– Tengo que dejarte. A partir de ahora conduces tú. En cuanto el semáforo se ponga en verde recibirás una llamada con las indicaciones de tu destino. Tienes preparado un alojamiento. Ha sido un placer. Cuídate y llega a vieja, ¿querrás? –y dicho esto, se baja las gafas de sol y le guiña el ojo.

Sale del coche y ella se mueve al asiento del piloto mientras ve cómo el gigantesco hombre se aleja perdido entre la multitud que está cruzando el paso de peatones. Luego mira el volante y por un momento tiene la sensación de no poder conducir aquel vehículo de última generación. Quizá se deba a que hace demasiado tiempo que no pilota un turismo, por muy militarmente preparado que éste esté. O quizá es una duda mucho más interna; por un momento piensa en que nunca sabe qué va a hacer hasta recibir órdenes. Siempre esperando, siempre cumpliendo. Cuando el semáforo se pone en verde y el comunicador comienza a sonar, ella espera unos segundos antes de responder, mientras se imagina a sí misma entrando en cualquier habitación de cualquier hotel, metiéndose en cualquier cama y durmiendo como cualquier persona normal para despertar por la mañana y...