11 septiembre 2008

De mi secuestro

Os voy a explicar cómo llegué hasta aquí y el cambio brusco que dio mi vida en apenas unos segundos, mientras desgrano cada minuto, cada hora de mis pensamientos en busca de respuestas en esta sucia y polvorienta habitación que se ha convertido en mi hogar sin yo haberlo elegido. Desconozco todavía los motivos superiores que han movido a todas las personas que me rodean a estar aquí, y añoro todas las cosas que ya no podré hacer, pero aguardo expectante el nuevo día en el que quizá logre entender qué papel tengo yo en este gigantesco, aunque invisible, tablero de juegos subterráneo.

Era una soleada mañana de martes cuando me encontraba con mi madre en la cocina almorzando. Hacía bastante calor, y yo sólo llevaba, como cada vez que me levantaba, unos pantalones cortos y una camiseta de tirantes; el vestido caqui de mi madre me hacía cosquillas en las piernas mientras ella se balanceaba de izquierda a derecha, irritante costumbre que había adquirido cuando fumaba. Yo le daba vueltas ausentemente al café, sentada sobre el frío taburete de metal azul.

– Deberíamos vaciar el cenicero, ¿no? –dijo mi madre de repente con una sonrisa. Me quedé observando el recipiente repleto de colillas, en el que parecía no caber ni una mota de ceniza más, y con una sonrisa le respondí:

– No creo que haga falta… –Y continué con una mueca de humor:– Siempre podemos jugar a hacer figuritas e intentar interpretar qué son.

Mi madre se rió; últimamente se encontraba de buen humor, lo cual era todo un alivio para mi padre y para mí. Terminé el café mientras intentábamos explicarle tal tontería mañanera a mi padre para que se riera un poco, sin apenas conseguirlo; estaba demasiado dormido. Tras el café me preparé para otra larga jornada laboral.

No sé si fue debido a la maldita rutina diaria o a que ese día estaba absorta en a saber qué extraños pensamientos, que apenas recuerdo el viaje de tres cuartos de hora hasta la oficina. Ni siquiera recuerdo haber cogido el ascensor. De hecho me daba la impresión de no haberme movido de la silla; mi madre habría salido por la puerta de la izquierda y, con un barrido surrealista, la concina se habría convertido en mi lugar de trabajo: el ordenador delante de mí, y tras el cristal la sala técnica; el equipo de desarrollo a la izquierda, y a la derecha la puerta que da a la sala de trabajo de unos doscientos asesores telefónicos.

Mis compañeros fueron llegando poco a poco, cada uno preocupado por sus quehaceres: instalar un servidor nuevo, preparar y documentar un nuevo aplicativo, realizar pruebas de telefonía IP, reclamar incidencias a proveedores de líneas y, cómo no, controlar que todo estuviese en orden y que trabajásemos en equipo. Apenas cruzábamos un silencioso y somnoliento “Buenos días”, algo bastante extraño pues era común intentar empezar cada jornada con una sonrisa en los labios y explicando alguna anécdota graciosa para levantar un poco el ánimo. Pero ese día parecía haber bastante trabajo.

De hecho me sentí abrumada ante la cantidad de incidencias que se acumulaban en el software de helpdesk para ser asignadas a sus respectivos técnicos. Más o menos lo de siempre: leer incidencia, comprobar datos correctos, filtrar información, asignar (a mí o a cualquiera de mis compañeros del resto de sedes). Después de eso, resolver todas aquellas incidencias que me había asignado para mí, desde cambiar un ratón que no funcionaba hasta averiguar por qué motivo algunos correos no estaban apareciendo correctamente a los asesores de una conocida compañía de telefonía móvil, sin olvidar, por supuesto, de atender amablemente el teléfono, encontrándome a veces con la más estúpida de las preguntas, o quizá con un problema tan complicado cuya solución me llevaría semanas encontrar.

En tal vorágine de trabajo me encontraba inmersa que no me di cuenta de que algunos de mis compañeros bajaban a desayunar algo, mientras otros se reunían con algún directivo para dar, una vez más, explicaciones técnicas en un lenguaje lo suficientemente sencillo como para que pudieran ser entendidas incluso por la señora de la limpieza (con todos mis respetos hacia ese sector profesional, ¡qué sería de nuestra salud sin ellas! No quiero imaginar cómo olerían los cuartos de baño… Desde aquí os digo: “Gracias”. –Y añado: “Deberíais cobrar más por limpiar la mierda de los demás”.–). Cuando me quise girar a preguntar un detalle técnico a uno de mis colegas (este trabajo me recuerda en ocasiones al de los médicos: si no están muy seguros de si es lupus o sarcoidosis, nadie mejor con quien contrastar ideas que otro médico), vi que el despacho estaba vacío. Miré a través de las ventanas de cristal hacia la sala, girando antes la manecilla que regula las persianas interiores. Sí, allí estaba, hablando con otras dos personas. Supuse que volvería en un instante.

Ese día la sala no estaba demasiado llena. Quizá se debiese a la crisis de la que tanto se hablaba, pero mientras la plataforma de sudamérica estaba ocupada al cien por cien, la nuestra apenas llegaba al veinte por ciento (y aun siendo esto así, debo recalcar la cantidad de trabajo que llegaba siempre a nuestro centro, procedente de los otros cuatro). Cogí una llamada de Madrid: tras unas risas y facilitar la información que se me solicitaba, colgué por última vez, aun sin saberlo, el auricular del teléfono.

De repente escuché un golpe seco que provenía de la pesada puerta metálica de la entrada, seguido por el sonido de dos objetos de madera chocando y gritos. Y al instante comenzaron los disparos.

Sin osar levantarme de mi silla, observé por la ventana cómo la gente corría de un lado para otro y caía al suelo tras ser alcanzada por el impacto de una o varias balas. A los pocos segundos pude verle: un hombre de unos cuarenta y cinco años, un metro ochenta de altura aproximadamente, fornido y con el pelo cano, disparaba indiscriminadamente a toda persona que encontraba a su paso, incluso a aquellas que se habían tirado al suelo. Me quedé paralizada al presenciar tal masacre; algunos conseguían huir, pero la mayoría estaba siendo asesinada a sangre fría. Y entonces el hombre miró hacia mi ventana y comenzó a caminar hacia donde yo me encontraba, disparando sin cesar. Todavía recuerdo el rostro de terror puro de una de mis compañeras a través de la ventana, cuando acorralada entre su mesa, la pared y el cristal de mi despacho imploraba entre sollozos que le perdonara la vida. El hombre se detuvo un par de segundos y, sin titubear, le disparó en el pecho. El cuerpo de ella se desplomó al instante, y lo último que pude ver fue su melena rubia deslizándose por la pared anaranjada.

El hombre abrió la puerta de una patada. Parecía una máquina programada exclusivamente para disparar a muerte a cualquier objeto que se moviera o que tuviese vida. Me miró entonces con sus profundos ojos azules mientras apuntaba su arma a mi cabeza y comenzaba a apretar el gatillo. Yo no pude más que cerrar los ojos con fuerza mientras dejaba los brazos extendidos a cada lado de mi cuerpo, sabiendo que lo último que oiría sería el estruendo del disparo y, quién sabe, quizá oliese a pólvora. ¿Cómo sería morir? Mi cabeza comenzó a trabajar a la velocidad de la luz, asumiendo mi futuro inmediato, repasando todos aquellos momentos de mi vida que había presenciado y pensando con tristeza en aquellos que nunca llegarían a ser. ¿Ya estaba? ¿Era ese el fin? El fin de una vida más, tan valiosa y tan pequeña como la de cualquiera de las demás personas que acababan de morir a manos de un loco enajenado… Tuve miedo, mucho miedo, pero al mismo tiempo ansiaba el deseado pistoletazo y que tal angustia finalizara de una vez por todas. Me sabía tan mal por mis seres queridos, por todas aquellas personas que iban a sufrir… A lo lejos pude oír las sirenas de la policía y las ambulancias. Se estaba generando todo un revuelo alrededor del edificio; ¿llegarían a tiempo para salvarme? Lo dudaba y deseaba que toda aquella pesadilla acabase al fin, por lo que decidí abrir los ojos y mirar fijamente a aquel ser despiadado, retándole a la vez que implorándole que presionara el maldito gatillo.

Pero jamás llegó a hacerlo. Todo lo contrario, bajó poco a poco el arma sin apartar su intensa mirada de mí. Se acercó con rápidas zancadas a mi silla, para cogerme por el cuello y levantarme de un golpe seco. Yo todavía seguía conmocionada, pero ¡estaba viva! Aunque empecé a temer más por mi vida que nunca. ¿Me estaba tomando como rehén? ¿Qué pediría a cambio? ¿Y qué haría conmigo? A todas luces las autoridades no permitirían que se derramara más sangre inocente, por lo que al verlo salir por la puerta con un rehén en sus brazos no se dignarían a dispararle. Y entonces salió a relucir mi parte más fría y calculadora, y sopesé los pros y los contras de mi situación en cuestión de segundos mientras él me arrastraba hacia la puerta, con fuerza pero sin llegar a hacerme daño. Mi miedo más terrible en aquellos momentos, incluso por encima de mi muerte, era la posibilidad de ser violada, no sólo por aquél hombre, sino por los compañeros que intuí que tendría. ¿No era mejor estar muerta?

Ante tal expectativa, sólo pude hacer una cosa: dejarme llevar. No opuse resistencia en ningún momento, y me acoplé tranquila en los brazos de aquel hombre, cuya cercanía me mostraba un lado salvaje que, antes que asustarme, comenzaba a excitarme. Sus manos me decían que sabía lo que estaba haciendo; que no quería lastimarme, que me quería por alguna razón que quizá más tarde lograría averiguar. Por ese motivo, y también por el hecho de que una cámara de televisión había conseguido colarse en el edificio y estaba retransmitiendo el secuestro en directo, apoyé mi cabeza sobre el hombro de mi captor. Al pasar cerca de la cámara miré directamente al objetivo, intentando mostrar con la mirada que estaba tranquila, que no iba a poner mi vida en peligro innecesariamente, y que todo saldría bien, con la esperanza de que me vieran mis padres y pudiesen confiar en mí. Esa mirada no era ninguna actuación: me sentía realmente tranquila, como si fuera yo la que dominaba la situación. Estaba convencida de que no pasaría nada malo. Luego bajé la mirada al suelo y me amoldé al paso del hombre, que no volvió a disparar a nadie hasta que abandonamos el edificio.

En un sucio callejón aguardaba un coche de lujo color crema y cinco hombres más, que abrieron rápidamente las puertas para introducirme en la parte posterior. Aunque yo ya conocía mi faceta de tranquilidad y sosiego en situaciones de riesgo, me estaba sorprendiendo a mí misma con la enorme capacidad para amoldarme a cualquier tipo de situación en cuestión de segundos. De hecho, en cierto momento incluso llegué a ayudar a mis captores indicándoles que se colocaran de otra manera para poder salir más fácilmente del coche en caso de emergencia. A través del retrovisor pude observar la sonrisa del hombre de ojos azules.

El coche arrancó y, tras un breve trayecto, se detuvo en otro callejón. Todos descendimos del automóvil, pero ya nadie me agarraba; me dejaron libre y se concentraron en el trabajo que se traían entre manos, como si confiasen plenamente en mí. Dos de ellos abrieron el maletero y extrajeron de él dos enormes cajas de plástico negro que colocaron cuidadosamente en el suelo. Otro hombre se afanaba en rellenar una esquina del edificio junto al que habíamos aparcado con una masa similar a la arcilla. Entre todos colocaron los cilindros de color granate que habían sacado de las dos cajas, y el hombre que me había capturado conectó con movimientos decididos y firmes lo que a todas luces parecía un detonador. En uno de los bolsillos de sus pantalones militares se encontraba el dispositivo de control remoto que haría estallar los explosivos.

– Todo listo –habló por primera vez, mirándome fijamente. –Éste era el último punto que quedaba por preparar.

De golpe quise preguntarle tantas cosas… Por qué había matado a toda esa gente, qué motivos tenía para ello, a qué grupo terrorista pertenecía, qué iba a pasar conmigo y, ante todo, por qué demostraba tanta confianza en mí. Pero mi prudencia me advirtió de que no era momento para hacer preguntas, de modo que me volví a introducir tranquilamente en el coche, como si hubiese viajado con aquellos hombres en multitud de ocasiones. Y entonces me llevaron a su refugio.

En una zona industrial medio abandonada, una gigantesca fábrica semi derruida se elevaba sucia entre la maleza y los árboles muertos de los terrenos de alrededor. Todos los cristales de los ventanales estaban rotos y las chimeneas hacía mucho que habían dejado de funcionar; el interior estaba cubierto de polvo y escombros. Pero en el subsuelo había una explosión de vida: enormes galerías y larguísimos pasillos llenos de gente bajo la fría y tenue luz de unos pocos fluorescentes blancos. En algunos rincones se observaban luces de colores provenientes de tubos de neón; el humo del tabaco flotaba en el ambiente cargado y viciado.

Algunos se me quedaron mirando mientras, rodeada por los seis hombres que me habían llevado hasta allí, atravesábamos las distintas estancias de esa pequeña gran urbe subterránea. La mayoría era gente joven, de aproximadamente mi edad, y me sorprendió lo alegres que parecían estar. Supuse entonces que, al igual que yo, habrían acabado con la monotonía de sus vidas: no más trabajo, no más deudas, no más peleas familiares; todo por un fin superior, un fin común, un fin que yo todavía desconocía. Un fin capaz de unir a personas de distintas tribus urbanas: desde niñas pijas hasta hippies y okupas con rastas, pasando por góticos y emos de catálogo y princesas de barrio con pendientes de oro barato.

El asesino que me había raptado me llamaba cada vez más la atención. Quizá fuese la ropa negra de corte militar que vestía, o tal vez su ancha espalda y sus fuertes brazos, o quizá su decidida y firme manera de andar, pero ese hombre desprendía un fuerte magnetismo del cual, pude observar, no era la única víctima: muchas chicas lo miraban también y sonreían y musitaban cosas entre ellas al verlo pasar.

Sólo había oído su voz en una ocasión, pero su vibración todavía retumbaba en mis tímpanos. Creí que, de vuelta al lugar que a todas luces era su cuartel general, me explicaría lo sucedido, o quizá me daría una tremenda paliza. Pero lo único que hizo fue darme la mano, sonreírme paternalmente y atravesarme con sus ojos azules, para luego darme la espalda y desaparecer. Y allí me quedé, de pie entre cientos de desconocidos y sin saber qué iba a ser de mí en los minutos siguientes.

Pero no duró mucho mi soledad, puesto que tres chicas se acercaron a mí y sonriéndome se presentaron. Una de ellas estaba claramente satisfecha con su imagen exterior, y tenía muchos motivos: su hermosa melena rubia y unos ojos oscuros y bien maquillados denotaban seguridad en sí misma, aunque por los piercings en nariz y labio me dijeron que estaba ante la típica persona que no ve más allá del físico. Sus ropas también la delataban: camiseta blanca ajustada de tirantes y con un generoso escote, unos pantalones piratas de color rosa y unos bonitos, aunque demasiado extremados, zapatos abiertos de tacón. Las otras dos chicas parecían algo más maduras: la morena y más bajita no sonreía tan vívidamente, y la otra, claramente del montón, parecía incluso aburrida. Ella fue quien me tendió el bolso, que se había quedado en mi despacho.

– Toma, imagino que habrá cosas que necesitarás.

Sostuve el bolso insegura, preguntándome quién se habría tomado la molestia en ir a recogerlo y, ante todo, cómo lo habría hecho para superar el cordón policial sin levantar sospechas. Miré en su interior, encontrando todas mis cosas: las llaves de casa, el móvil y la cartera con la documentación y algo de dinero suelto, unos tampones en uno de los bolsillos, un espejito, una memoria USB de 2 GB, un pote de pastillas de Pasiflora, un paquete de chicles empezado, unos cuantos pañuelos de papel y, lo más importante, mi inhalador para el asma.

– ¿Cómo…? –comencé a balbucear, pero la chica rubia me cortó en seco.

– Hay cosas que nosotras tampoco entendemos –dijo con una voz cantarina y un tono que me pareció ligeramente estúpido–, pero una vez te acostumbres a estar aquí, ¡te olvidarás de todas tus preocupaciones!

“¿Preocupaciones?”, pensé yo. A la mente me vinieron las terribles imágenes que hacía un rato había presenciado en mi lugar de trabajo; pensé en mis padres, familiares y amigos que se preocuparían por mí y a quien yo iba a echar muchísimo de menos. Como un jarro de agua fría cayó sobre mí la certeza de que jamás podría volver a la vida que había tenido hasta entonces, y fue en ese momento en el que me di cuenta de lo idiota que había sido, lamentándome por nimiedades sin apreciar todas las pequeñas cosas que no había sabido disfrutar, y que ahora volvían a mí en forma de recuerdos como pequeñas dagas clavándose en cada una de mis vísceras: ese café matinal en una terraza charlando con mi mejor amiga un sábado por la mañana; esas noches de insomnio haciendo zapping en mi dormitorio; esas copas de más con los colegas que tanto me hacían reír; todas esas personas que había comenzado a conocer… Todo perdido sin haberlo apreciado lo suficiente. “Idiota, idiota”, me repetía para mí misma.

No entraré ahora en detalles acerca de todas las jornadas que siguieron al que fue el primer día de mi nueva vida. Sólo apuntaré que los primeros días fueron como un sueño para mí, rodeada de cientos de extraños que acabarían siendo amigos o enemigos, intentando amoldarme a mi nuevo entorno y procurando no recordar más toda aquella vida de luz y sol que había sido mía hasta entonces y que no había sabido apreciar. Fui de copas a locales clandestinos y visité tiendas de ropa que nadie conocía; aprendí juegos nuevos y conocí a gente de todo tipo. Todos parecíamos iguales y nos tratábamos como tales, hasta que, pasada una semana, sufrí una crisis asmática.

Acudí rápidamente a mi inhalador, pero entonces temí por lo que pudiera suceder: no era la primera vez que sufría una crisis, y sabía que de no hacer efecto el inhalador necesitaría medicación más fuerte. Entonces recordé un importantísimo detalle que, con tanto movimiento, se me había pasado por alto: ¿y mi medicación para el asma?

En una de las salas comunes grité:

– ¡Que alguien me ayude!

Algunos se giraron sin moverse de donde estaban; otros se me acercaron corriendo. Inhalé de nuevo el medicamento y, haciendo esfuerzos por respirar, dije:

– Necesito mi medicación diaria. Por favor.

Los que me rodeaban empezaron a moverse rápidamente, y pude ver que un muchacho le hacía señas a un hombre maduro, el cual asintió levemente con la cabeza y salió con paso decidido de la enorme sala. Era uno de los cinco hombres del coche.

Otras personas me arrastraron hasta un sucio sofá granate, en el que me senté buscando la postura que me ayudase a respirar mejor. Tuve miedo: ¿llamarían a una ambulancia en caso de que fuese necesario? Si mi inhalador habitual no surgía efecto, conocía lo que sucedería después: cansancio físico a causa del esfuerzo, taquicardias y un ataque de ansiedad producido por el medicamento y por el estrés de no poder respirar. Necesitaría un ansiolítico y una inyección y, si esta no llegaba a tiempo, una bombona de oxígeno e ingresar en el hospital. Jamás había llegado hasta ese extremo; ¡qué fácil había sido coger el teléfono y pedir que fuese un médico a casa! ¿Qué pasaría ahora que me encontraba encerrada en un lugar oculto y que nadie debía conocer?

Pasaron dos horas y empecé a notar la taquicardia. Una hora más y necesitaría un ansiolítico. Un par de horas más y la inyección sería vital. A mi alrededor se había formado un cerco de personas que me miraban apenadas e impotentes, sabiendo que lo único que podían hacer era dejarme sitio para respirar. Alguien me acariciaba el brazo derecho. Todo el mundo estaba en silencio.

Entonces se oyó un portazo. Otro de los cinco hombres que había conocido en el coche se acercó corriendo a donde yo me encontraba y me tendió una bolsa de plástico. Con mucho esfuerzo miré en su interior, y me tranquilicé al momento: ahí estaba mi medicación, que me duraría al menos medio año. Alguien me tendió un vaso de agua y me tomé una pastilla. Acto seguido abrí un inhalador verde y tomé una bocanada. Todo el mundo parecía sostener la respiración conmigo. Después di otras dos bocanadas al inhalador marrón, y su gusto amargo me obligó a beber más agua. Poco a poco me fui calmando hasta tumbarme y quedarme dormida. Toda aquella gente me había salvado la vida.

¿Por qué tanta preocupación por mí? ¿Qué era lo que me hacía tan especial? Con el tiempo aprendí que en aquella comunidad todos daban el todo por el resto, pero aun así siempre noté cierto proteccionismo hacia mi persona. Se sucedían los días y empecé a preguntarme si aquello no era más que un sueño; un sueño tan vívido que lo confundía con la vida real. Y necesité comprobarlo.

Una mañana de mucho sol y calor estaba dando un paseo por uno de los patios del enorme edificio. Me recordaba bastante al patio de recreo de mi primera escuela, hecho que avivó en mí la sensación de estar soñando. Me quedé de pie en medio del patio y miré al frente, pensativa. ¿Hasta qué punto lo que estaba sucediendo era real? Noté el cálido aire rozarme las mejillas; pude apreciar el contacto de la ropa sobre mi piel. Podía oír cada nota no armónica de la ciudad; era consciente de mi cuerpo, de mi vida, y de las partículas que me rodeaban. Aquello no podía ser un sueño.

A unos cuantos metros de mí se encontraban los cinco hombres que había conocido en el coche el día del secuestro. Nunca habíamos cruzado una sola palabra, pero allí donde yo fuera ellos me seguían, cuales guardaespaldas protegiendo a una estrella. Yo hacía ver que no me daba cuenta, y ellos hacían ver que estaban allí por casualidad. Habíamos entrado en un juego sin reglas establecidas y siempre quedábamos en tablas.

Entonces di un brinco, y me elevé un par de metros sobre el aire. Me giré para ver como dos de los hombres me miraban impasibles. Nunca mostraban sus sentimientos, pero sabía que estaban atentos a cada uno de mis movimientos. Descendí lentamente para volver a impulsarme hacia el cielo. Veinte metros, manteniendo el equilibrio, flotando sobre las cabezas de todos aquellos extraños conocidos. No podía ser un sueño; era demasiado real. Podía volar. Podía escapar. Pero el juego estaba decidido. Reí entre las nubes y sobrevolé el patio, sin cruzar jamás sus muros. Los hombres me miraban pero no se movían. Entonces, desde lo alto, les grité:

– ¿Veis? ¡Podría escapar! ¡Podría escapar, maldita sea, pero no voy a hacerlo, para demostraros que podéis confiar en mí! –grité enloquecida. ¿Confiar en mí? Estaba claro que ya lo hacían. Estaba clarísimo que no era necesario que les demostrase nada. Quizá sólo necesitaba demostrármelo a mí misma: esa posibilidad de escapar a… ¿dónde? Estaba rehaciendo ya mi vida, sintiéndome siempre una extraña en aquél enorme zulo y sabiendo que jamás podría volver a nada parecido a lo que había sido mi vida. Eso me pasaba por despreciarla. ¿Era una lección?

Ya había demostrado suficiente. Volví a descender, cayendo en la cuenta de que entonces todo aquello no podía ser real, que yo no podía volar más que en sueños. Me senté en el suelo completamente confundida. ¿Acababa de volar? ¿O sólo había sido una mala pasada de mi cabeza, que intentaba convencerme paternalmente de que aquello era irreal, de que en algún momento despertaría a la calidez de mi dormitorio? Sólo había una forma de comprobarlo: volver a volar. Pero no me atreví. Cuando me puse en pie noté como el efecto maldito de la gravedad me aplastaba contra el suelo. Me imaginé dando una zancada esperando flotar y cayendo de bruces, sangrando por la nariz y con las muñecas rotas. No quería arriesgarme a descubrir la verdad. Quería seguir imaginando que aquello era un sueño.

Y así siguieron los días, sin noticias de importancia y sintiéndome cada vez más ajena y extranjera en aquél mundo al que había sido arrastrada. Mi ser ya no formaba parte de ningún mundo en concreto; ni el que había sido forzada a abandonar ni el nuevo en el que me encontraba. A veces tenía, y sigo teniendo, la sensación de haber sido abandonada por una nave espacial en un planeta recóndito y salvaje sin posibilidad de vuelta. Sin ni siquiera saber si alguien vendría a buscarme. Y sin entender jamás por qué yo era especial.

Hasta que un día los cinco hombres me llevaron a un cuarto oscuro, iluminado por un triste fluorescente. Ante mí había una puerta metálica. No me dirigieron la palabra; simplemente abrieron la puerta y allí se encontraba él.

Pensé que tras el día del secuestro jamás volvería a verle. Muchas veces había recordado lo que él había significado para mí, las esperanzas perdidas que había tenido, y había intentado olvidarle, como escondiendo una cicatriz infectada que ahora volvía a sangrar. No tenía buena cara. Había sido muy atractivo, pero había adelgazado y sus ojeras se habían oscurecido. Me miró tristemente. Estaba maniatado a una silla metálica. Ese era su hogar. Y entonces supe y comprendí. Que él me había salvado; que él, quien tanto me había hecho sufrir, me había dado una segunda posibilidad a cambio de su libertad y de su alma. Me miró con ojos desgarrados y una lágrima solitaria se deslizó por su nariz. Él jamás lloraba. Nunca. Y ahora lo estaba haciendo. Sentí pena y rabia. Sentí el impulso de tirarme sobre él y pegarle sin piedad, y de besarle con ternura. Quise sentir su piel bajo mis puños y entre mis brazos. Quise cuidarle y mimarle a la vez que maltratarle. Le bendije por salvarme de aquella masacre, y le maldije por haberme dado una vida de dudas y miedos y soledad. Le quise y le odié, y sin terciar palabra la puerta se cerró y no volví a verle.

Quizá os decepcione saber que mi relato llega a su fin. Quizá os defraude y os sepa a poco esta historia; quedan demasiadas preguntas sin respuesta. De ser así, imaginaos por favor cómo me siento yo, protagonista de esta extraña historia; no poseo ninguna verdad y mi saco de dudas está a punto de reventar. No sé si los explosivos llegaron a detonar. Todavía no entiendo el por qué de aquella terrible matanza. No alcanzo a comprender qué extraño papel juego en este teatro de marionetas sin sentido. Pero quizá jamás deba saberlo; tal vez el único motivo por el que estoy aquí es una lección de sabiduría que llega demasiado tarde. Aprovechad cada día como si fuera el último, pues fuerzas superiores a las vuestras se mueven sin control y pueden cambiar el rumbo de los acontecimientos en cuestión de segundos. Aunque el hastío os invada, sentidlo plenamente, sentidlo. Sentid que sufrís y que disfrutáis y que sentís y que podéis elegir. Porque yo ya no puedo. Y esa certeza me hunde en un abismo de fango maloliente. Dejad de lamentaros por hechos que no podéis cambiar. Concentraos en los que sí podéis moldear a vuestro antojo.

Espero que pronto tengáis noticias mías.

05 septiembre 2008

Demasiado tiempo sin soñar

Demasiadas horas dando vueltas en la cama, ahora a la izquierda, ahora a la derecha, moviendo el pie en una sencilla danza para llamar al sueño y al cansancio que nunca se deciden a llegar.

Un vaso de agua y la pastilla de la felicidad, o quién sabe, a lo mejor sólo media pastilla, o quizá dos. Y entonces los ojos se cierran obligados por la química irreal del mundo moderno, pero los sueños nunca llegan o, de hacerlo, desaparecen rápido junto con las pastillas.

No quedan recuerdos, no quedan imágenes ni sentimientos ni olores. De nuevo luce el sol una mañana más, y este pequeño gran detalle por el cual deberíamos estar agradecidos, el poder apreciar cada día el simple hecho de estar vivos, no es suficiente para paliar el anhelo por visitar otros mundos cuando la luna aparece y la ciudad duerme.

Una noche tras otra, durmiendo apenas cinco horas y despertando con inquietud. ¿Habremos soñado algo que nos ha hecho despertar de golpe? De ser cierto, ¿qué parte de nuestro cerebro estará matando esa pastilla para que no podamos recordarlo? ¿En qué oscuro rincón están quedando atrapadas tan bellas imágenes para que no podamos verlas jamás? ¿O es que acaso simplemente no se generan?

No creo que exista el dormir sin el soñar. No soñar es como perder un pedazo de nuestra vida, pues cada uno de nuestros sueños es el medio de comunicación más eficiente para que nuestra mente se abra y se expanda sin que nosotros la controlemos. Soñar es seguir despierto mientras el cuerpo descansa y nuestros sentidos apenas notan nada; somos pura mente, simple imaginación, esa vía de escape del mundo de la vigilia, ese agujerito por el que se vacía lentamente el saco de nuestra estresante y agitada vida, evitando que éste acabe explotando. Por eso, dormir sin soñar es como no dormir, y aunque se sueñe y no recordemos, soñar sin recordar es como perder minutos preciosos de una pequeña parte de nuestro ser que lucha por gritarnos y enseñarnos, pero que no puede.

Semana tras semana, deseando que llegue ese sueño digno de ser transformado en palabras, aparece algún que otro resquicio o imagen de lo que podría ser un sueño completo. Pero está demasiado difuso; es tan sólo una pieza de un enorme puzzle que sabemos que no podremos resolver, porque el resto de piezas se han perdido y no volverán.

Y quizá lo peor es recordar un sueño, y al abrir los ojos intentando volver al mundo real, pensar: "¡Este sí! ¡Al fin!", pero no hay momento alguno para sentarse tranquilamente a desgranar cada imagen y cada sensación, y poco a poco el recuerdo se esfuma como arena entre los dedos. Y de nuevo vuelta a empezar.

Tan importante deben ser nuestros sueños como el hecho de no poder recordarlos en algunas épocas de nuestras vidas. En mi caso he descubierto que es necesario librarse de ciertas emociones y obsesiones para dejar espacio a lo realmente importante, a lo que más nos preocupa o nos gusta o nos aterra; todas esas cosas que no permitimos que salgan a la luz por miedo a conocernos demasiado y a que no nos guste el reflejo que de nosotros muestran nuestros sueños. Cuando nuestra mente se encuentra fuertemente atada y cerrada no es posible superar los problemas cotidianos, pero mucho menos es desahogarse inconscientemente fuera del mundo de la vigilia.

Pero hoy, después de tanto tiempo, he tenido un sueño tan vívido que he llegado a creer que era real. Un secuestro, mi secuestro, por parte de un hombre adulto que acababa de disparar a cuanta gente me rodeaba. ¿Por qué me había elegido a mí? ¿Por qué me cuidaba tanto? ¿Qué verdad se ocultaba en sus ojos y en sus intenciones? Y a la cegadora y cálida luz del sol me siento a pensar: "Dios mío, sé que estoy soñando, pero parece tan real... ¿Seguro que no es esto la vida real? Porque jamás he soñado algo con tanta fuerza...". Pero finalmente salgo volando, demostrándome a mí misma que se trata de un sueño, y miro hacia abajo y grito a mis captores: "¿Véis? Podría escapar volando pero no voy a hacerlo", esperando ganarme su confianza de ese modo. Y desciendo, y al cabo de un rato empiezo a dudar: "¿Realmente he volado? Sé que sólo puedo volar en sueños, pero ¿y si ha sido una jugarreta de mi mente, cansada y estresada por todo lo que me ha sucedido? ¿Y si todo esto es real y no puedo volar? Podría intentarlo...". Pero no me atrevo, porque no quiero descubrir que mi vida ha dado un giro no de ciento ochenta grados, sino de sesenta y siete, pues tan extraña se ha vuelto. Sólo deseo que mis padres hayan visto con qué calma me he tomado el secuestro cuando una cámara de televisión me enfocaba mientras era arrastrada por el criminal que me apuntaba su arma a mi sien, para demostrarles que estoy bien y que puedo vivir esta situación sin ponerme en peligro innecesariamente. Y no intento volar, y acabo sabiendo por qué, de toda la gente que había a mi alrededor en aquella oficina, fui yo la elegida: un compañero había vendido su alma a cambio de mi seguridad y mi vida.

Pero es una historia larga y quizá deba ser explicada con más detalle, para disfrute de quienes lo lean como si de un relato corto se tratase, y para mí misma, para ayudarme a entender y regresar de nuevo a la amante del Sueño que fui.

31 mayo 2008

De la catástrofe y el nuevo orden de las cosas

Cuenta la leyenda que el día en el que el Gran Ojo y la Perla Blanca se encontraron en las profundidades del mar una gran catástrofe sacudió el mundo. De una sola persona queda el testimonio de tal acontecimiento, y a través de sus ojos podremos conocer la verdad, o parte de ella, de lo que sucedió.

Una tranquila mañana de verano las gentes despertaban del sueño nocturno para incorporarse a sus quehaceres en el pequeño pero próspero pueblecito. Ordeñar vacas, sembrar y recoger frutos, abrir comercios, trabajar en algunas de las fábricas del lugar y, en definitiva, continuar con sus vidas como siempre.

El hombre se sentía inquieto. Tras encargarse de algunos recados aprovechó para escaparse a la tranquilidad del Lago Grande, una extensa superficie de agua que en su día había pertenecido al mar. Sentándose sobre una cálida roca observó la mansa superficie de las aguas y los rayos del enorme sol anaranjado que aún se encontraba bajo en el horizonte. Empezaba a hacer calor.

Con aire decidido, el hombre se despojó de todas sus ropas y, tras dejarlas sobre la roca en la que había estado sentado, caminó con paso firme sobre la verde hierba hacia el lago. El contacto frío del agua le hizo estremecerse, pero sin pensárselo dos veces se sumergió en ella de golpe, sintiendo el amable frescor del líquido que le envolvía por completo. Abrió los ojos y, conteniendo la respiración, observó por debajo de la superficie los suaves rayos de sol que se adentraban en el agua, dotándola de una extraña aunque agradable tonalidad verde azulada, como si un montón de cristales opacos quisieran ocultar los tesoros del fondo del lago.

El hombre asomó la cabeza sobre la superficie para coger aire y dio unas cuantas brazadas alejándose de la orilla. En teoría estaba prohibido bañarse en el lago, ya que regularmente se producían potentes torbellinos que más de una vez habían provocado una tragedia, pero al hombre parecía no importarle aquel peligro; más bien todo lo contrario, solía acariciar la idea de encontrarse de repente en medio de una catástrofe natural que podía cambiar su vida y hacerle protagonista de una gran aventura. En su mente jamás cupo la idea de morir; siempre había tenido, para su desgracia, demasiada buena suerte.

Quién iba a imaginar que sería precisamente él el único ser humano que iba a ser privilegiado espectador de los estremecedores eventos que estaban a punto de producirse. Al principio pudo observar, en una de sus zambullidas en el agua, un objeto brillante a lo lejos. Después vio algo similar a una enorme esfera roja y su curiosidad fue en aumento. Pensó que quizá estaba a punto de descubrir aquello que provocaba los torbellinos del Lago Grande; de ser así se convertiría en toda una personalidad y al fin podría escapar de la terrible monotonía en la que se había convertido su vida.

De modo que llenó sus pulmones de aire y volvió a zambullirse en el agua, nadando hacia los objetos que le habían llamado la atención. Le sorprendió notar que a medida que descendía, la temperatura del agua, lejos de enfriarse, se tornaba cada vez más cálida y agitada.

De repente aquellos objetos que habían llamado su atención se convirtieron en dos enormes esferas que surgieron ante sus ojos. La primera parecía una gigantesca perla deforme que rotaba sobre su propio eje. La segunda, en cambio, era perfectamente redonda y se dibujaba un iris marrón que seguía cada movimiento de la perla. El hombre, estupefacto, se mantuvo quieto observando tan impresionante escena, cuando de repente la perla blanca lanzó un destello plateado en dirección al ojo rojo, que inmediatamente después emitió un haz de luz roja hacia la perla. El agua comenzó a hervir y un estruendo resonó en los tímpanos del hombre, que percibió que el fondo marino se abría en dos y que toneladas de pesada roca se desprendían a lo lejos, cerca de las orillas del lago. Entonces el hombre, luchando por salir a la superficie, perdió el conocimiento.

*** *** ***

Las blancas luces del pasillo rebotaban sobre la superficie sucia y gris de unas paredes enmohecidas y desgastadas por el paso del tiempo. En su litera de sábanas blancas, el hombre despertó desconcertado y con la vista borrosa. Primero se miró las manos, luego se palpó la cara para encontrarse con una poblada barba, y acto seguido, incorporándose lentamente, observó su alrededor.

Una bolsa de suero pendía a su izquierda, cerca de la cabecera de la cama. Lo habían vestido con un pijama gris y áspero y habían colocado barrotes metálicos alrededor de la litera para evitar que cayese. El techo era bajo y también gris, y apenas había sitio para más que una mesilla de noche y un pequeño armario en una de las paredes.

Por la amplia abertura del dormitorio, que no tenía puerta alguna, apareció un gigantesco hombre de color con un uniforme azul oscuro y botas militares.

– Al fin despierto –le dijo con una voz grave y no muy amigable.

– ¿Dónde estoy? –balbuceó el hombre, todavía aturdido.

– Donde está todo el mundo… Un refugio. Vístete y preséntate en el pasillo en tres minutos.

Dicho esto, el soldado, si es que era ese su rango, dio un manotazo en la pared y desapareció por donde había venido.

El hombre bajó por la escalera metálica a los pies de su litera y encontró sobre un taburete unos tejanos azules y una camiseta de manga larga también azul, así como unos calcetines negros, unos calzoncillos blancos y unas botas militares. Se vistió lo más rápido que pudo y salió al pasillo.

Una mujer bajita y con aspecto nervioso se aproximó a él y, con una sonrisa, le dijo:

– Hola, yo soy la doctora que ha estado cuidando de ti. No sé qué te pasó, pero parece un milagro que hayas sobrevivido. – Y le tendió la mano amistosamente.

El hombre la saludó tímidamente y se sorprendió ante la firmeza de la mano de la mujer, que se le había antojado débil. Ella le hizo un ademán para que la siguiera y empezaron a recorrer el pasillo en silencio.

Mientras la mente del hombre se iba despejando poco a poco, éste aprovechó para mirar a su alrededor: más celdas como la suya, con la mayoría de literas y camas vacías. La doctora pareció darse cuenta de ello y le dijo sin mirarle y sin dejar de caminar:

– Es la hora de la comida, por lo que todo el mundo está en el comedor. Desgraciadamente no tenemos gran cosa, pero me temo que a ti te parecerá todo un banquete.

Al final del pasillo una puerta doble de color verde y con dos vidrios redondos se abrió de golpe y aparecieron algunas personas vestidas de manera similar a la del hombre, así como un par de soldados. La doctora mantuvo la puerta abierta y le permitió el paso.

– Siéntate a la mesa y espera a que te traigan la comida –le indicó–, no tardarán mucho. Cuando acabes te pondremos al día. –Y dicho esto se giró y volvió al pasillo sin mirar atrás.

El hombre, de quien desconocemos el nombre pero a quien llamaremos H a partir de ahora (quizá de Hugo, o de Herbert, o de Humphrey, o de Hernán, o de Héctor, o simplemente de Hombre), vio que el comedor tenía la misma anchura que el estrecho pasillo por el que habían venido. Una larga hilera de mesas ocupaba toda la sala, y en el extremo opuesto, a lo lejos, se veía una única ventana que daba a la cocina, de donde surgían sonidos de platos y cubiertos, agua hirviendo y voces de mujeres y hombres que daban órdenes severamente.

H se sentó en medio de una de las mesas cercanas, y aunque apenas había sitios libres, todos los hombres allí presentes hablaban tan bajo que sólo se apreciaba un tenue murmullo. Ante H aguardaba un enorme plato de sopa, y a su izquierda lo que parecía ser cordero al horno adobado con guisantes y patatas. En medio de cada mesa había una enorme fuente a rebosar de frutas.

El hombre de su izquierda se giró y le preguntó:

– Eres nuevo por aquí, ¿eh?

H no dijo nada, pero asintió levemente con la cabeza. Su interlocutor siguió hablándole con una amplia sonrisa bajo su espeso bigote oscuro:

– No te preocupes, esto no está tan mal como parece. Tenemos comida y alojamiento gratis todos los días del año, algunos días libres y todo por hacer algunos trabajos de vez en cuando. Al principio quizá cuesta acostumbrarse –dijo mientras señalaba con un dedo hacia ninguna parte–, pero ¿a quién no le cuesta cambiar radicalmente de vida, teniendo en cuenta lo que ha pasado? –añadió entre carcajadas. El resto de comensales también rieron.

– No estoy muy seguro de lo que ha pasado –dijo H en voz baja y sin dejar de mirar su plato.

– ¡Ah! –le respondió su compañero con sorpresa–. Entonces todavía no te han explicado nada. Será mejor que dejemos esta conversación aquí, entonces. –Y volvió a su plato, y de nuevo reinó el silencio en la sala.

H pudo saborear los magníficos manjares que le habían servido, y se preguntó para sus adentros en qué debía estar pensando la doctora cuando le había dicho que aquello “no era gran cosa”. Se sentía cada vez más satisfecho y lleno de energía, y miró la fuente de frutas para elegir su postre. ¿Uva, quizá? No, mejor una sabrosa naranja, o una pera dulce. ¡Cerezas! Le encantaban las cerezas, sobretodo las oscuras. Y cogiendo un puñado de ellas, una imagen se presentó en su mente: un enorme ojo rojo que lanzaba rallos…

Antes de que H pudiera reaccionar ante tan extraña visión, el soldado que antes le había hablado le dio unos golpecitos en la espalda.

– Eh, chaval, vuelve de donde quiera que estés –le dijo con brusquedad–. Vamos a cerrar el comedor y está prohibido entrar hasta la próxima comida. Acompáñame.

H se levantó, dejando disimuladamente sobre la mesa el hueso de la última cereza que se estaba comiendo y sintiéndose completamente lleno, aunque nervioso ante lo que parecía estaban a punto de explicarle. El soldado, sin dirigirle la mirada ni una sola vez, comenzó a caminar por el pasillo pasando de largo el dormitorio de H y habándole mecánicamente:

– Esto funciona así: tú trabajas en las labores que se te asignen y, por cada tarea correctamente realizada, serás recompensado. La recompensa… –y aquí hizo una breve pausa–, la recompensa no es dinero, como había sido antes. Tu única recompensa será poder seguir disfrutando de una comida al día, de días de libranza y de un sitio en el que dormir. Si tus esfuerzos son considerables serás trasladado a una residencia con mayores comodidades de las que tenemos aquí. Pero –y remarcó claramente la palabra con un giro de cabeza– si no cumples con tus deberes serás degradado y trasladado a otro lugar del que algunos no hablan muy bien.

Giraron por el pasillo hacia la derecha y en el fondo H vio una pared metálica. Poco antes de llegar a ella, el soldado se detuvo y le miró por primera vez a los ojos.

– Mira, muchacho –le dijo con un suspiro relajado–, las cosas son así y me temo que no van a cambiar en un tiempo. A nadie le gusta esto, pero el nuevo orden de las cosas puede ser muy provechoso en el futuro. De modo que, si me permites un consejo, y no te hablo como soldado, y no creo que tenga más oportunidades como esta para decírtelo, amóldate al máximo, no hagas preguntas e intenta mejorar. El resto llegará solo. –Y recuperando la postura erguida de soldado, abrió la puerta y salió al exterior seguido por H. –Vamos, métete en esa furgoneta. Te vamos a llevar al lugar donde vas a empezar a trabajar. Tu turno será de noche.

El vehículo estaba blindado y los cristales eran opacos, por lo que no se podía distinguir el interior. Alguien abrió la puerta lateral desde dentro y el soldado le indicó que entrara. Al sentarse en el oscuro interior de la furgoneta, H pudo ver que había otros dos soldados y seis hombres que, por sus miradas fugaces, no parecían demasiado felices.

Uno de los soldados, un chico joven de raza blanca y lleno de pecas, le habló:

– Hemos podido averiguar que vivías en una casa en la que se realizaba la confección de ropas para las gentes de tu pueblo. –Su voz sonaba ligeramente nerviosa; se trataba claramente de un novato–. Por este motivo has sido destinado a… –y miró la libreta que tenía entre las manos–, ¡vaya! Eres un hombre afortunado, H. Has sido destinado a un popular taller de confección de trajes para la alta sociedad. Ahora nos dirigimos allí, donde la dueña te dará las instrucciones que necesites. Por la mañana volveremos a buscarte y te traeremos de vuelta. –El chico miró a H intentando parecer resuelto y decidido, pero sus ojos parecían estar preguntándole si servía para ser soldado. Cerró la libreta con brusquedad y añadió:– Te deseo mucha suerte.

*** *** ***

Era noche cerrada cuando H fue conducido por las modernas calles de una ciudad vieja, como pudo observar al descender del furgón para inmediatamente después ser introducido en una de las casas. El soldado novato, sin articular palabra, le guió por unas escaleras descendentes hasta un sótano, en el que aguardaba una mujer gorda y entrada en años, vestida con una camisa brillante de color verde y unos amplios pantalones negros. Iba muy maquillada y con demasiadas joyas de oro, pero sus pies calzaban únicamente unas sandalias viejas y sucias. Antes de que H se diera cuenta, el soldado había desaparecido y la mujer lo saludaba con una sonrisa.

– Hola, soy la dueña de este taller –le dijo. H miró a su alrededor con más atención, observando las enormes mesas llenas de tejidos y retales, así como las máquinas de coser y las cajas a rebosar de hilos de distintos colores. La estancia, aunque amplia y de techo alto, estaba completamente desordenada. La mujer siguió hablando:– Tenemos bastante trabajo acumulado, de modo que tu primera tarea va a ser coser todos los dobladillos de ese montón de ropa que tienes ahí –dijo señalando hacia la izquierda de donde se encontraba H.– Como puedes ver, puedes probar cómo quedan las prendas en ese probador que tienes a tus espaldas. –H se giró y vio un pequeño cubículo con una persiana a modo de puerta, que no confería demasiada intimidad.– Mi hija bajará dentro de poco para enseñarte cómo debes hacerlo. En teoría tienes que tener listas veinte prendas como mínimo para esta noche, pero como eres nuevo y al parecer has despertado hoy mismo, te doy una noche más para que cumplas con la labor. Hay una máquina de agua en el fondo de la estancia, pero deberás esperar a volver al refugio para comer y hacer tus necesidades. Ah, por cierto –añadió como si hubiera estado a punto de olvidarse de algo importante–, deberás afeitarte. Tienes una cuchilla dentro del probador. –Y dicho esto, la mujer le sonrió con una extraña expresión de compasión y desapareció por una puerta cerrada con llave.

H rebuscó entre el montón de ropa que le había indicado la mujer. Todas las prendas eran camisas de color azul oscuro, similares a las de los soldados pero de una tela más agradable a la vista y al tacto. Las costuras estaban hilvanadas, y aunque H nunca había cosido a máquina, en multitud de ocasiones había visto a su madre hacerlo, de modo que el trabajo se le antojó fácil. “Toda una noche es mucho tiempo para coser veinte camisas”, pensó con tranquilidad, y comenzó a afeitarse en el probador, cuidando que el vello cayera sobre una especie de pica colocada ante el espejo, percatándose de que hasta ese preciso instante no se había detenido aún a pensar en su madre ni en toda la gente que le conocía; pero de algún extraño modo no se sintió intranquilo. No añoraba a nadie, quizá porque todo estaba sucediendo tan rápido que no había tiempo para llorar a aquellos de los que se desconocía su paradero. Y en vistas de lo que estaba sucediendo, supuso sin tristeza, más bien con indiferencia, que de estar vivas, todas aquellas personas que habían conocido a H tampoco habrían tenido tiempo para preocuparse por él.

Justo cuando estaba acabando de afeitarse la puerta por la que se había marchado la dueña se abrió y entró una joven, y H supuso que se trataba de la hija de la mujer. Pero sólo lo supuso, puesto que la muchacha no se parecía en nada a su madre: era bella y esbelta, y su pelo largo y rubio destacaba sus ojos azules y sus carnosos labios rojos. Llevaba un vestido blanco y vaporoso y no llevaba nada de maquillaje; tan sólo un reloj sencillo en una de sus muñecas y una fina cadena de oro con un colgante alrededor del cuello. H sintió una oleada de deseo que intentó controlar; hacía demasiado tiempo que no sentía nada parecido.

– Hola –saludó a la muchacha, que parecía algo tímida.

– Hola –le respondió ella, para añadir rápidamente, como si quisiera salir corriendo:– Vengo a explicarte cómo funciona todo esto. –Y sentándose frente a una de las máquinas de coser, cogió una camisa y empezó a explicarle:– ¿Ves este hilo blanco? Debes seguir su trazado con la máquina, intentando que no se hagan nudos.

Pero H le cortó rápidamente:

– Sí, sé cómo se hace, una vez lista la costura se tiene que deshilvanar, ¿cierto? –y sonrió a la muchacha en un intento de que se relajara, lo cual pareció surgir algo de efecto.

– Vaya, veo que conoces algo del tema –le respondió ella con una leve sonrisa.

– Sí –continuó él, buscando alargar la conversación al máximo. Desconocía qué tenía aquella muchacha que tanto le estaba gustando, pero sólo quiso seguir hablando con ella, conocerla más. De modo que siguió:– ¿Hace mucho que ayudas a tu madre?

– Sí… desde bien pequeña –le respondió ella–. Pero ahora las cosas han cambiado tanto…

– No tienes que hablar de ello si no quieres, De todos modos, no estoy muy seguro de lo que ha pasado.

Ella lo miró con interés y curiosidad.

– ¿No sabes nada? –le preguntó.

– No –le respondió él–. Lo único que sé es que vivía en un pueblo tranquilo, que una mañana me puse a nadar en el Lago Grande… y de repente me desperté en el refugio, hace tan sólo unas horas. Ni siquiera sé dónde estoy ni cuánto tiempo he pasado durmiendo.

– Vaya… –susurró la chica. Parecía que la historia de H le producía mucho interés. “¿A cuántos hombres enfurecidos y deprimidos habrá conocido esta pobre mujer?”, se preguntó H, pero no osó pronunciarse en voz alta.

Aún así, la chica le miró a los ojos como si buscara las respuestas a las dudas de H en lo más profundo de sus ojos. H volvió a sentir una punzada de deseo, pero intentó controlar su impulso de besarla. Era su primera noche allí, no podía permitirse empezar así.

Pero para su sorpresa la muchacha se levantó de la silla y se dirigió al probador.

– Ven –le dijo con un susurro.

Él la siguió, y a la brillante luz del cuarto se besaron y acariciaron todo el cuerpo, primero con sorpresa, más tarde sin vergüenza. La muchacha mezclaba sensualidad y ternura con pasión y deseo, una mezcla explosiva que hacía que H se perdiera entre gemidos, susurros y respiraciones entrecortadas. Ella parecía desearle tanto como él a ella, y apretaba su esbelto cuerpo contra el de H, presionando su zona púbica en la verga que cada vez se endurecía más bajo sus pantalones. Él quiso poseerla, y ella parecía estar deseándolo, por lo que la desnudó rápidamente y buscó entre caricias y mordiscos su maravilloso centro, a lo que ella respondió con un gemido de placer que a todas luces pedía más. Y así, de pie ante el espejo del probador, hicieron el amor de manera suave pero salvaje al mismo tiempo, como dos amantes largo tiempo sin verse. H no había conocido a ninguna mujer igual que aquella joven muchacha, y por primera vez en su vida pudo gozar de un intenso orgasmo, quizá el más intenso de su vida, mientras ella se retorcía de placer entre sus brazos. H jamás olvidaría aquella noche, pero tampoco volvería a ver a la muchacha.

Al cabo de un tiempo, cuando parecía que al fin ambos habían saciado su deseo, ella lo miró a los ojos y con una sonrisa le dijo:

– Me alegra haberte conocido. Vas a tener muchísima suerte. Pero ahora debo irme, estoy convencida de que mi madre se estará preguntando por qué tardo tanto en subir. Ya sabes… –añadió sonriendo con complicidad–, no suelo estar tanto rato aquí abajo. –Y le guiñó un ojo.

– Claro –le respondió él. Le entristecía enormemente separarse de aquella diosa del placer, de aquella desconocida que en tan sólo unas horas se había convertido en su mejor amiga. Le acarició la cara y le besó con suavidad los labios, y agregó:– Gracias.

– No me las des –le dijo ella–. ­Eres extraordinario, tienes algo especial en ti. Eres… especial.

Y le devolvió el beso, un último beso largo y cálido, lleno de ternura y pasión y cariño y entendimiento, y tras vestirse rápidamente desapareció por la puerta.

H aún estaba aturdido y se sentía cansado cuando miró el montón de ropa que en teoría debería estar ya cosida. Apenas le dio tiempo a acabar una camisa, y cuando estaba dando los últimos retoques apareció por la puerta el soldado novato.

– Volvemos al refugio –le indicó éste.

H miró por última vez el montón de ropa con una serenidad pasmosa: la próxima noche no sólo haría las diecinueve camisas restantes, sino que le pediría a la dueña que le diera más trabajo. Él sabía que podía hacerlo, y se sintió tranquilo.

*** *** ***

Y así fue construyéndose el nuevo orden de las cosas en una sociedad en la que H fue aumentando de estatus gracias a su efectividad en las labores que le eran asignadas, lo cual le permitió ir enterándose paulatinamente de lo que había sucedido. Tuvo esa oportunidad cuando le encargaron del reparto del correo postal por la ciudad, una vez ya había sido trasladado a una nueva residencia. Realizar el reparto en las horas indicadas le permitía hablar con todo tipo de personas, cada una de las cuales le aportaba nuevos datos acerca de la Gran Catástrofe y de las decisiones que se habían tomado a raíz de ella.

Al parecer la antigua teoría de la Pangea, es decir, el lento movimiento de las placas tectónicas de la corteza terrestre que habían ido segmentando un único y gigantesco bloque de tierra formando los distintos continentes, había “involucionado”. Los continentes se habían vuelto a unir en uno solo, surcado por incontables ríos y lagos que conferían a este nuevo terreno el aspecto de un enorme archipiélago de pequeñas islas. Tal unión eliminó fronteras y rehizo países y estados, y un nuevo mundo tuvo que ser redescubierto, y mientras científicos y estudiosos de todo el mundo se afanaban por reconstruir mapas y buscar indicios de tan repentino cambio, un gobierno militar se había instaurado en todo el planeta, que ahora se antojaba más pequeño. Política, economía y educación habían cambiado radicalmente, y el reparto de bienes entre los civiles, claramente diferenciados en estratos sociales impuestos por los militares, se basaba en la capacidad de cada uno para trabajar para la sociedad.

Para sorpresa de H, ninguna de las personas con las que entablaba conversación parecía estar disgustada con el nuevo orden de las cosas. Todos se habían amoldado rápidamente a él, quizá al ser la primera generación del Nuevo Orden, y recordaban las injusticias del Antiguo Orden. De hecho, en una ocasión una mujer le dijo:

– Es nuestra gran oportunidad para intentar mejorar el mundo y aprender de los errores del pasado, ¿no crees? Antes el mundo estaba tan dividido que habría sido imposible cualquier cambio… En realidad parece que era necesario que sucediera la Gran Catástrofe… Al menos ahora podemos intentar ser mejores. –Y habiendo dicho esto, le sonrió. Parecía que todo el mundo sonreía.

En otra ocasión, una madrugada cuando H volvía de su trabajo en la furgoneta del refugio (ese tipo de transporte era muy común en la nueva sociedad) se encontró con un hombre entrado en años que luchaba por acabar el reparto del correo a su debido tiempo. H pidió al conductor que detuviese el vehículo, y tras apearse se dirigió al amplio vestíbulo acristalado en el que se encontraba el abuelo.

– ¿Puedo ayudarle en algo? –le preguntó H.

El hombre se giró nervioso y empezó a llorar, afirmando que le quedaban aún tres entregas por realizar y que su turno finalizaba en diez minutos; le parecía imposible llevar a cabo su tarea, puesto que la máquina de recogida del correo del edificio se había estropeado y no parecía reconocer la identificación del trabajador.

Tras varios intentos, H consiguió que la máquina funcionara y el hombre mayor pudo realizar la entrega. Acto seguido H se ofreció a finalizar el recorrido en la furgoneta, de modo que el pobre hombre no tuviese que caminar distancias que en dos minutos podían ser salvadas con un vehículo. El abuelo, que parecía terriblemente asustado, le agradeció infinitamente su ayuda.

– Hace poco que me han trasladado aquí –le explicó a H en la furgoneta–. Soy ya mayor y mi salud no es buena, y aunque los médicos me ayudan en todo lo posible siempre hay contratiempos que dificultan que pueda realizar mis tareas a su debido tiempo. Tengo miedo de quedarme estancado hasta mi muerte…

H le tendió una barrita energética, algo muy común esos días entre los trabajadores. Se utilizaba únicamente en casos de extremo cansancio o enfermedad, pero el hombre la necesitaba a todas luces. Cuando éste acabó de comerla le cambió el color de la cara.

– De nuevo, muchísimas gracias. Suerte que hay gente como tú.

A H le agradaba poder ayudar a aquellas personas a las que más les costaba amoldarse. Se sentía feliz viendo que sus actos tenían algún significado para el resto, y aunque su vida al fin se había estabilizado y había logrado multitud de beneficios, un oscuro rincón de su ser había quedado vacío, o quizá ya estaba vacío mucho antes de la Gran Catástrofe. Con el paso del tiempo llegó a recordar aquella mañana en el Lago Grande, cuando había presenciado la lucha entre la Perla Blanca y el Gran Ojo, pero nunca le habló de ello a nadie; simplemente dejó por escrito aquello que recordaba, narrado en forma de leyenda, por lo que ahora es considerado un cuento para niños.

Si la Gran Catástrofe fue provocada por la avaricia de los gobernantes del planeta, o si se trató simplemente de un acto de la Naturaleza, es una cuestión que aún se debate en nuestros días. Y si la Perla Blanca y el Gran Ojo existieron realmente, y no se trató de ninguna alucinación de H, es algo que tardaremos mucho en saber, puesto que el secretismo entre las altas esferas es imperante.

Pero, como ya ha sucedido antes durante la Historia de la Humanidad, sólo podemos esperar a que las generaciones futuras acaben entendiendo por qué sucedió una catástrofe de tal magnitud, y desear que ello les ayude a aprender de los errores del pasado y a seguir construyendo un mundo mejor.

06 abril 2008

Controlando pesadillas

Hoy celebro veintisiete vueltas recorridas alrededor del Sol. Veintisiete largos paseos que me van llevando por caminos que no sé si he elegido o si ya estaban escritos para mí. Y durante la gran mayoría de las noches en las que el planeta seguía girando los sueños nunca me han abandonado. Ni las pesadillas.

Faltaba poco tiempo para el inicio de la carrera. Los monoplaza ya estaban calentando motores y ruedas en el circuito urbano de la ciudad que acogía el Gran Premio. La chica paseaba tranquila pero rápidamente a través del larguísimo trazado, observando a mecánicos, periodistas y demás habituales del deporte mientras buscaba un sitio decente desde el que observar el espectáculo. Nadie le impedía el paso, pues de su cuello colgaba visiblemente un pase de prensa que le permitía el libre acceso a cualquier zona del recinto, incluido el Start Grill, la zona de paddock y el Pit Lane.

Cuando al fin parecía haber encontrado una zona con una vista espectacular, en la última curva del circuito, allí donde más adelantamientos se producirían, alguien le recomendó que no se quedara allí, ya que existían demasiadas probabilidades de que en ese punto en concreto se produjeran espectaculares salidas de pista. El muchacho la invitó a un cubata mientras ella, agradecida por el consejo, subía por una frágil escalera de lona hacia una plataforma sobre ese punto. Y entonces recibió la llamada.

"Debes venir cuanto antes", le dijo apremiante una voz de mujer. "¿Ahora?", contestó la muchacha. ¿Por qué tenía que sucederle eso exactamente en ese mismo momento? ¿No le podrían haber avisado antes? Ya era noche cerrada y la carrera acababa de comenzar; claramente se la perdería por completo. De modo que, intentando no ser atropellada por ninguno de los veloces vehículos de carreras, cruzó peligrosamente el asfalto hasta introducirse en una vieja mansión.

Bien, ahí empieza la pesadilla. Se respira un aire festivo que se torna angustia con la llamada. Una gigantesca mansión habitada por una familia alemana que la había abandonado poco antes del Gran Premio. Suciedad y polvo por doquier, y demasiados objetos extraños, aunque difusos, como si fueran hologramas mal sintonizados. Una habitación cerrada en el sótano, llena de niñas.

"Esto es lo que hemos encontrado en uno de los dormitorios", afirmó la mujer que la había llamado poco antes por teléfono, tendiéndole unas fotografías y mostrándole un vídeo en su portátil. En él se observaba una niña de unos seis años, desnuda y siendo violada por un hombre maduro de piel blanca. Al parecer una cámara de vigilancia había estado grabando todos los movimientos ocurridos en la estancia durante los últimos meses. "Está todo registrado", le informó la mujer. La muchacha avanzó unos minutos el vídeo, para observar cómo la niña hacía sus necesidades en un rincón de la habitación, en la que se acumulaba el orín y las defecaciones. FastForward, ahora se veían unas diez niñas que vagaban a ciegas por el cuarto. FastForward, la habitación estaba a rebosar de niñas. Algo captó su atención: algunas de ellas yacían muertas en las esquinas, otras caminaban como zombies, y... "¡Dios mío!", exclamó con repugnancia; unas niñas se comían vivas a otras. "¡Pero qué cojones es todo esto!", no pudo evitar exclamar entre arcadas. "Hay que entrar en acción".

Se abre la pesada puerta metálica, y yo comienzo a desvelarme. Estoy empapada de sudor, y las sábanas me asfixian con sus pliegues, molestándome y haciéndome sentir incómoda. Como en mi pesadilla, estoy en mi dormitorio a oscuras, y llego a abrir los ojos para observar el brillante piloto rojo de Standby de mi televisor. Pero, todavía dormida y semiconsciente de mi estado, encuentro una posición en la que seguir descansando, y vuelvo a la habitación de los horrores.

"¿Todo este infierno aquí abajo mientras allí arriba se celebra un Gran Premio? Deberíamos avisar a las autoridades", exclamó la muchacha nerviosa. Sabía que era un peligro acercarse a esas niñas. El olor que desprendía la estancia era horrible: sudor, heces, vómitos y putrefacción en estado puro. Y cuando las niñas se dieron cuenta de la presencia de las dos mujeres, fueron a por ellas.

Yo salía corriendo por el pasillo, notando cómo mi corazón deseaba abandonar mi pecho a través de la garganta. Volvía a notar las sábanas sobre mi cuerpo, el pantalón de mi pijama se me arremangaba molestamente hasta las rodillas y mis manos palpitaban de calor, pero yo sólo miraba al pasillo, en el que podía observar la figura oscura de una de las niñas mirándome fijamente. Paralizada, sólo deseaba huir.

Y entonces me dije: "¡Despierta! No es más que una pesadilla, nada de eso es real, ¡despierta!". Pero yo seguía inmóvil en el pasillo, y la niña se giraba y corría tras la mujer que me había llamado, y al perderla de vista mi cuerpo se paralizó aún más, pues ahora el peligro era invisible y podía aparecer tras cualquier esquina. "¡Despierta ya, maldita sea! Ya has vivido estas sensaciones muchas veces, ¡sabes cómo hacerlo!", volví a gritarme, y agarrando las sábanas con fuerza empecé a alejarme de aquel tenebroso y dantesco lugar, sintiendo aún la presencia del peligro y la muerte, y seguí pensando: "¡Abre los ojos de una vez!".

Y los abrí, repitiéndome para mí misma: "Es una pesadilla, ya estás despierta, has conseguido huir, tranquila, respira hondo, enciende la luz y observa tu dormitorio, vuelve a la realidad". Pero al estar aún a oscuras seguía sintiendo el miedo en lo más profundo de mis entrañas, y me pregunté si la niña estaría esperándome en el interior de mi habitación, hasta que me dije: "Ya has conseguido abrir los ojos, ahora sólo falta que observes con luz". De modo que me incorporé en la cama y rápidamente encendí las luces.

Y volví a mi cuarto, diciendo para mí misma: "¿Ves? Has escapado conscientemente de la pesadilla". Me sentí entonces poderosa y fuerte, y cuando el pánico fue desvaneciéndose el sueño volvió a adueñarse de mí, y seguí soñando plácidamente, esta vez con el primer día laborable tras mi cumpleaños...

29 marzo 2008

De las dos bodas en un día

La buena noticia llegó a casa durante una fría y gris tarde de domingo de invierno, justo después de comer. Lo celebramos con algunas copas y un montón de pastel, todos sonrientes y felices. Era un puro formalismo, aseguraban mis tíos, pero demostrar ante la ley que se amaba a otra persona conllevaba una obligada retahíla de beneficios para ambas partes y su descendencia (que en ese momento tenía casi quince años), por lo que habían decidido no posponer el evento por más tiempo.

Se decidió fecha y lugar: una tarde de sábado en alguna iglesia de la pequeña ciudad donde viven, cerca de Barcelona. Habían escondido el secreto durante el tiempo suficiente como para sorprendernos no sólo con la boda, sino con que todos los preparativos estaban listos: trajes, arras, restaurante y toda la parafernalia para declarar el amor de manera oficial, si es que quedaba algo de él. Más bien estaban declarando que no rechazaban los beneficios...

Yo no podía creerlo: sólo había estado en dos bodas, por obligación y siendo demasiado pequeña como para disfrutarlas de verdad, y de golpe tenía dos bodas a las que acudir en el mismo año. La primera, de mis tíos, era una simple formalidad, pero la otra era una declaración de amor en toda regla. Al fin, tras muchos quebraderos de cabeza, demasiadas lágrimas y mucha ilusión, mi mejor amiga se casaba. En varias ocasiones (demasiadas, suele decir ella entre risas) le habían pedido matrimonio (de distintos hombres), y ella siempre se había negado, por lo que si al fin había dado el “Sí”, era definitivo. Y mi alegría por ella no podía medirse de ninguna manera.

Pero, como ya se sabe, las amistades son libres como pájaros y vuelan en el momento menos pensado. La relación con mi amiga se fue enfriando hasta que perdimos el contacto casi por completo: yo salía de una depresión y ella estaba demasiado liada con todos los preparativos de la boda, por lo que apenas había tiempo para vernos y los cálidos abrazos dieron paso a fríos mensajes al móvil. Aun así mi alegría por ella no menguaba, ni lo hacía su ilusión. Si ella era feliz, yo era feliz. Iba a tenerme a su lado cuando lo necesitara, igual que yo a ella. Y mientras tanto las dos hacíamos nuestra vida mientras preparábamos las bodas.

El día tan esperado llegó, y en mi familia nos vestimos con las mejores galas. Todos estábamos guapísimos, y me sentí nerviosa y a la vez ilusionada por todo aquello. La parte más narcisista de mí misma, que había estado dormida durante demasiado tiempo y que aún tenía legañas en los ojos, se moría de ganas de ver cómo iba a quedar en las fotografías. Mi tío, ya vestido con el traje y bien guapo, nos fue a buscar con el coche a casa y nos acercó hasta Cerdanyola, donde se celebraría la ceremonia. No pudo llevarnos hasta la iglesia, según nos dijo, porque tenía que realizar algunas gestiones para que todo saliera perfecto, de modo que nos apeamos en medio de una carretera bastante descuidada cerca de la zona industrial. No había nadie por la calle y el cielo, aunque sin nubes, estaba más oscuro de lo normal. “¿Hoy hay eclipse de sol o algo así?”, pregunté en voz alta. “No, que yo sepa”, respondió mi padre.

Íbamos los tres hablando por el camino cuando comencé a inquietarme. Había algo que se me escapaba, pero no sabía qué era. Tuve esa sensación típica de dejarte algo tan importante como las llaves de casa o la tarjeta de embarque en la habitación del hotel cuando la abandonas; me había olvidado durante mucho tiempo de algo, pero no conseguía recordar de qué. Les pregunté a mis padres si no nos estábamos dejando nada, pero no era ese el problema. No tenía nada que ver con mis padres. ¿Qué era?

Finalmente decidí dejar de darle vueltas. Eso es como buscar las llaves de casa cuando no recordamos dónde las hemos dejado: suelen estar en el último lugar, el menos pensado, o bien no aparecen por ningún sitio hasta que aceptamos que las hemos perdido y de golpe, ¡plas!, justo antes de llamar al cerrajero aparecen misteriosamente encima de la cama, y a nosotros se nos queda esa cara de: “¿Pero no había mirado allí antes?”, y las llaves nos responden riéndose: “Sí, tres o cuatro veces, y en una ocasión casi nos aplastas con tu culo”. De modo que me concentré otra vez en la boda a la que nos dirigíamos, cuando se me ocurrió preguntar: “¿A qué hora empieza?”.

La ceremonia se iniciaría a la una del mediodía, y luego habría banquete y baile hasta las seis de la tarde aproximadamente. Eso me hizo pensar en el menú del banquete, y como suele sucederme en demasiadas ocasiones, comencé a enlazar ideas, saltando de una a otra veloz como un relámpago, hasta plantarme en la última de todas: ¡me había olvidado por completo de la boda de mi amiga!

“¡Mierda!”, grité en voz alta. Le pedí a mi madre que me diera el móvil (yo no llevaba bolso ese día), y rápidamente busqué el teléfono de mi amiga y pulsé la tecla de llamada. Beeeep, un tono, beeeep, dos tonos, por favor que lo coja, beeeep tres tonos, por favor por favor cógelo, beeeep cuatro tonos, ¡clic!. “¿Sí?”, me dijo una voz somnolienta desde el otro lado de la línea.

“¡Hola!”, grité feliz, “¡ya pensaba que no me cogías el teléfono!”, y antes de que ella pudiera responder continué: “Tía, me había olvidado por completo, y me sabe realmente mal y ya sabes, me considero una persona muy mala, pero hoy es tu boda, ¿no?”. Y mi cara se arrugó en una mueca de niño pequeño esperando recibir una bofetada de su padre tras haber hecho alguna fechoría. Pero sólo escuché una risa estridente: “¡Tía, que no pasa nada!”, y siguió riéndose. “Ya, pero”, seguí, “hace meses que no hablamos, y entre una cosa y otra...”. “No pasa nada, tranquila”, me respondió ella mientras intentaba calmar la risa, “en serio, no te preocupes. Contamos contigo, vendrás, ¿no?”. “¿A qué hora es la boda?”, pregunté nerviosa. “A las ocho de la tarde, ¿cómo puedes olvidarte?”, me dijo mi amiga entre risas. “Es que resulta que ahora mismo me dirijo a la boda de mis tíos, ¿te lo puedes creer?”, le expliqué. “¡No jodas!”, y estalló de nuevo en carcajadas. Yo conseguí reírme también y le dije: “Sí, pero tranquila, es a la una y acabaremos sobre las seis de la tarde, de modo que me da tiempo de ir para allá. ¿Me recuerdas dónde era? Le preguntaré a mi tío si puede acercarme, o si no ya pillo un taxi”. Ella me respondió: “Ah, perfecto. ¿Tampoco te acuerdas del lugar? ¡Eres un desastre!”, y volviendo a reírse, me indicó: “Es en la Biblioteca de Sant Antoni. ¿Sabrás llegar?”. “Sí, sí”, le respondí yo, y tras una pequeña pausa le pregunté tímidamente: “Una cosa... ¿Aún puedo hacer algo en la boda?”, y de nuevo mi cara se convirtió en la de un niño pequeño. “¡Claro, boba!”, me dijo ella, y añadió: “Como aún faltan unas horas, no te preocupes, lo decidimos y te decimos algo”.

Y así nos despedimos, ella enviándome besos y abrazos y tranquilidad y yo sin parar de pedirle disculpas. Le expliqué a mis padres lo sucedido, y ellos se rieron y me dijeron que no me preocupara, que me ayudarían a llegar a la otra boda sin contratiempos. Y me ilusioné con la idea de participar en el día más importante de una de las personas más importantes de mi vida, pero teniendo en cuenta que llevaba lo puesto y que le había prometido a mi amiga más de un año antes que el objeto prestado que ella llevaría ese día sería mi discreto anillo de plata con cara de gato, y lógicamente no iba a ser así, puesto que no lo llevaba encima, no estaba dispuesta a presentarme en el lugar con las manos vacías.

De modo que mis tíos se casaron, comimos y bebimos, y sobre las cinco de la tarde me disculpé ante mi familia y el resto de invitados, explicándoles la anécdota (no hay nada mejor que reírse de uno mismo para hacer reír a la gente) de que se me había olvidado la boda de mi mejor amiga y que debía ir a comprarle un anillo antes de personarme en la fiesta.

Encontré una pequeña joyería en una de las calles cercanas al restaurante donde se celebraba el banquete de mis tíos. Anochecía con rapidez y la mayoría de comercios ya habían bajado sus persianas, por lo que la blanca y tintineante luz del fluorescente de la tienda le confería un aire bastante tétrico. Entré decidida, explicando mi situación. “Tiene que ser algo prestado”, les dije. La dependienta me respondió amablemente: “Por supuesto, por lo que será mejor que a ti también te guste. Pero lamentamos decirte que no disponemos de ningún anillo en forma de gato o similar”. “No importa”, contesté yo, y le pedí que me enseñara los anillos de plata que tuviese.

En cuanto abrió el cajón vi claramente cuál iba a quedarme: un aro redondeado con una fina hada cuyas alas descendían puntiagudas por el dorso de la mano al colocarlo. La plata era vieja y saltaba a la vista que se trataba de un modelo que no se había vendido demasiado bien. En ese momento entró otra muchacha, muy nerviosa, diciendo a trompicones: “Por favor, me voy a casar pero no tengo los anillos, ¡necesito ayuda!”. Ante tal urgencia, y como yo ya me había decidido, le pedí a la dependienta que por favor ayudara a aquella pobre chica. Yo también fui mirando curiosa todas las arras (de oro blanco, tal y como lo había solicitado) que le mostraban, e incluso llegué a darle mi opinión a la joven, con la que congenié rápidamente. Me explicó cómo había ido todo, que se casaba esa semana y que estaba todo preparado menos las alianzas, y que había estado tan atareada con los preparativos que se había olvidado de lo más importante. Estaba realmente nerviosa ante tan importante evento; tan nerviosa que incluso me hizo dudar de mi decisión: ¿no sería mejor que le prestara a mi amiga un precioso anillo de oro blanco con un diamante incrustado? La muchacha empezó a contagiarme su ansiedad, hasta tal punto que, cuando finalmente se decidió, le dije: “¡Dios mío! Tengo la sensación de que yo también voy a casarme, ¡y me aterroriza la idea!”. La joven me miró paralizada y me respondió bajando la voz: “La verdad es que no estoy muy convencida de lo que voy a hacer... pero debo intentarlo al menos”. En ese momento pensé que ya la había fastidiado, puesto que le vi lágrimas en los ojos, y me había contagiado de tal manera su preocupación y nerviosismo que de mis labios brotaron las siguientes palabras: “No te preocupes, te entiendo... De modo que si no estás segura, no lo hagas, pero si realmente le quieres y no quieres que se te escape, ve a por ello. Luego ya lo arreglarás.”.

Ella alzó la mirada y me sonrió, dándome las gracias y llorando. Lo cierto es que no entiendo muy bien por qué le dije lo que le dije, pero si eso le ayudó en algo me doy por satisfecha, aunque espero que no le traiga malos momentos en el futuro. Cuando abandonó la tienda yo me sentí más tranquila, como si una nube gris de tormenta se hubiera desplazado para dejar brillar el sol, pero el ambiente estaba fresco aún con su lluvia, de modo que compré el primer anillo que había elegido, el del perfil de hada con las alas puntiagudas, y poniéndomelo en un dedo me despedí de la dependienta con un “¡Dios mío, me parece que me caso!”, y ella me respondió: “¡Que tenga buena suerte!”. “Buena suerte...”, pensé yo; no me parecía precisamente tener buena suerte el casarme cuando, aun enamorada, no estaba preparada para ningún tipo de compromiso, ni siquiera algo tan sencillo como tener novio... ¡Mucho menos podría atarme de por vida con alguien! (Y aún así, debo reconocer que una parte de mí estaba ilusionada... y la otra aterrorizada).

Y mirando el anillo e intentando recordarme a mí misma que no era yo la que se casaba, fui en busca de mis padres, que me ayudarían a llegar a la Biblioteca de Sant Antoni, y de golpe pensé: “¿Para quién será el ramo?”.

24 marzo 2008

De la cámara de fotos

Hace años, cuando aún existían el EGB y el BUP, cuando no había palizas en el patio del colegio ni móviles con las que grabarlas, cuando la única conexión a Internet existente era un lujo de los colegios y universidades, y cuando no sabías nunca cómo había quedado una foto hasta que la revelabas, se programó un concurso de fotografía en mi curso (primero de BUP, catorce tiernos añitos). Se trataba de una excursión al zoológico, donde quien participara debería conseguir las mejores fotografías para llevarse un trofeo. Cuando nos lo dijeron en clase fui la primera en apuntarme.

El día de la salida el colegio estaba desierto. Era una mañana gris en la que los árboles del patio parecían tristes y las ventanas de las aulas nos miraban con ojos inquietos, como preguntándonos a dónde íbamos. Fui uno de los primeros alumnos en llegar, y ya hacía cola con otros compañeros, esperando impaciente la llegada del autocar que nos llevaría hasta el zoológico. Llevaba una mochila con una botella de agua, ropa de muda, un bocadillo de jamón en dulce, la cartera con algo de dinero y las llaves de casa. Y entonces me di cuenta: me había dejado la cámara de fotos en casa.

Sentí una especie de cosquilleo que parecía querer paralizar mis extremidades. ¿Me daría tiempo a ir a casa, coger la cámara y volver a la escuela antes de que el autocar se marchara? Miré angustiada a mis compañeros de clase, que me ignoraban por completo. Hacían corrillos, se enseñaban las cámaras los unos a los otros, se hacían bromas y se reían, y nadie se preocupaba por mi problema. Pero yo sólo podía pensar: ¿cómo voy a ser la única persona en todo el zoológico sin cámara de fotos? Viendo durante todo el día cómo el resto de niños se divertían sacando fotos mientras yo no podía hacer otra cosa que mirar cómo me quedaba fuera de su mundo por mi maldito despiste. No estaba dispuesta a ser desplazada... otra vez.

De modo que avisé a una de mis compañeras, que aún no me había negado la palabra. “No tardaré mucho, ¿me esperáis?”. “Sí, claro”, me respondió ella con una sonrisa para luego girarse y seguir cotorreando con sus amigas.

Intenté calcular mentalmente el tiempo que necesitaría para ir y volver a casa. “Son sólo cuatro paradas de metro... Diez minutos en metro para ir, cinco para subir a casa, coger la cámara y bajar, y otros diez para volver”. Eso sumaba una media hora, pero sólo faltaban diez minutos para que el autocar se marchara. En milésimas de segundo y con un nudo en la garganta cada vez más grande, me pregunté qué sería mejor: quedarme allí y ser ignorada por mis compañeros, sin poder participar en el concurso, o al menos intentar llegar a casa y, en caso de conseguirlo, pasar bien el día. Lógicamente, no sólo iba a quedarme sola en el zoológico, sino también los días siguientes: todos los niños comentando lo que habían hecho, enseñando sus fotos, celebrando la entrega de premios... No creí que pudiera soportarlo. Así que me decidí y salí corriendo por la enorme puerta metálica del patio principal.

En tan sólo cinco minutos salía por la boca de metro de mi barrio, y contenta subí a casa y cogí la cámara. Pero mi madre estaba allí, y me dijo: “¿Puedes subir el pan?”. Pensé que tardaría más tiempo intentando explicarle lo justa que iba de tiempo que haciéndole caso, de modo que bajé a la panadería: de hecho, había llegado mucho más rápido de lo esperado. Pero entonces me detuvo una vecina justo en la puerta de la tienda, preguntándome cómo se encontraban mis padres y cómo me iban a mí lo estudios, y yo iba mirando desesperada mi reloj, viendo que un minuto se convertía en cuatro y luego en siete... Estaba perdiendo demasiado tiempo.

Subí las escaleras de casa como un relámpago, intentando que las tres barras de pan que había comprado no se me escurrieran por debajo del brazo, volví a bajarlas como un huracán, entré en el metro y me planté en quince (¡quince!) minutos en la escuela. Todos se habían marchado ya.

Sopesé la situación: tenía mi cámara, pero nadie se había dado cuenta de mi ausencia y todo el mundo se había ido. ¿Qué opciones me quedaban? Estaba claro: o volver a casa e intentar explicarle a mi madre lo que había pasado, y pasarme el resto del día encerrada en mi dormitorio sin saber qué hacer pero siendo muy consciente de lo mal que lo iba a pasar durante los días siguientes, o coger de nuevo el metro y tratar de llegar al zoológico. Quizá, si nadie se había percatado de que yo no estaba, tampoco nadie se extrañaría de verme allí. De modo que, por cuarta vez en menos de una hora, volví a coger el metro.

Tenía que hacer trasbordo en la línea amarilla. Hasta entonces no había cogido sola el metro excepto para ir hasta la escuela, de modo que sentía ese nerviosismo de la primera vez al mismo tiempo que crecía mi orgullo al enfrentarme a lo que, para mí, resultaba ser un interesante reto. Pero desgraciadamente me perdí.

De hecho no supe que estaba perdida hasta que me apeé en la parada que en teoría debía llevarme hasta el zoológico, Ciutadella-Vila Olímpica. Esperaba encontrarme con el quiosco y el estanco, la amplia avenida y el enorme jardín, pero en su lugar sólo vi arena por todas partes, el mar en calma a lo lejos, y a mi derecha un colosal edificio de oficinas de cristal oscuro que parecía estar hundiéndose en la arena. Sin saber dónde me encontraba y dudando de mí misma, preguntándome si realmente no me había equivocado de línea o de parada, empecé a caminar por la arena hasta llegar a una extraña construcción flotando sobre la gigantesca playa. Parecía una colosal caja de muñecas abierta por la mitad, de modo que podían observarse todos los pisos y lo que en ellos había: productos de menaje, limpieza y para el hogar, plantas y cuadros, frutas, verduras y carnes, y cajas registradoras en la planta baja. Extrañamente, para llegar al interior de las instalaciones era necesario cruzar una puerta de seguridad y un torno, como si de un aeropuerto se tratase. Me dieron ganas de comprar algo, pero tras un buen rato paseándome por todas las secciones acabé pasando por caja con las manos vacías, mientras que una de las dependientas, vestida de azul y blanco, me decía de malas maneras: “Lo siento, no tenemos cal”. Yo no había pedido cal, pero le di las gracias con un susurro, preguntándome si se estaba dirigiendo a otra persona. No me giré para comprobarlo.

Al salir del centro comercial pensé que ya había pasado demasiadas horas perdida, por lo que volví a la boca de metro con la idea de volver a casa. Necesitaba comer algo y preguntarle a mi madre si sabía dónde había estado.

Quizá volví a despistarme y me metí en una boca de metro distinta, pero cuando pagué mi viaje y atravesé todo el pasillo hasta los andenes me encontré únicamente con una estrecha y polvorienta estación de metro en la que como máximo podía detenerse un vagón. Otras personas esperaban de pie pacientemente la llegada del convoy, todas ellas vestidas con ropas raídas y oscuras, como si fueran extras de una película de guerra que volvieran a casa tras grabar las últimas tomas. Le pregunté a un hombre de unos setenta años si aquello era el metro. “No”, me respondió con una seriedad que me dio a entender que no tenía demasiadas ganas de hablar (“Como si tuviese otra cosa mejor que hacer”, pensé yo), “esta es la parada de autobús”. ¿Un autobús que viajaba por lo que yo veía claramente que eran vías de metro? Bueno, quizá era un nuevo modelo o algo así. Calmadamente volví a preguntarle: “Disculpe de nuevo, pero... ¿esto me llevará hasta algún enlace con el metro?”. El viejo me miró por primera vez con unos ojos azules y llorosos, y pude oler su mal aliento cuando exhaló un sencillo “Sí”. “Gracias”, le dije tímidamente, y me alejé de él. Lo último que yo pretendía era meterme en problemas con un desconocido, por muy mayor que éste fuera...

Al cabo de unos minutos llegó el convoy: un cruce entre vagón de metro, autobús y tranvía, que a duras penas podía deslizarse por las vías. El interior era igual al de los autobuses que solía utilizar yo para moverme por mi barrio, por lo que supuse que se trataba de un modelo reutilizado. Busqué en su interior mapas que me indicaran dónde debía bajarme, pero no había ninguno. Quise preguntarle al conductor, pero los carteles de “No hablar con el conductor” siempre me habían impuesto mucho respeto y les hacía caso. No quería averiguar qué pasaría si por mi culpa lo despistaba y ocurría un accidente. Tampoco quise molestar a ninguno de los pasajeros, que me inspiraban tanta desconfianza como el hombre al que le había preguntado en la estación, por lo que me senté y esperé pacientemente a llegar algún sitio desde el que pudiera volver a casa.

El trayecto fue realmente corto: unos pocos minutos de túneles hasta salir a la superficie. Empecé a asustarme cuando vi que todo el mundo descendía del vehículo, y sentí que los ojos del conductor, ocultos tras unas oscuras gafas de sol, me invitaban a bajarme también. “Última parada”, espetó una metálica voz de mujer por unos altavoces que parecían sacados de la Segunda Guerra Mundial. No tuve más remedio que hacerle caso; ¿me había equivocado de dirección? Pude confirmar que así había sido cuando, al llegar al andén, vi en la vía opuesta un cartel en el que se leía claramente “Dirección: Barcelona”. Vaya, había salido de la ciudad. Interesante... y también tranquilizador, ya que al menos sabía por dónde volver, aunque me preocupaba la facilidad con la que me había perdido.

Según uno de los carteles informativos faltaba aún una hora para la próxima salida, de modo que decidí dar una vuelta por los alrededores. Debía estar realmente lejos de Barcelona, pues lo único que podía ver era un interminable campo de trigo y alguna masía a lo lejos. Sonreí y me perdí entre el trigo dorado, disfrutando de un soleado día que, cierto, nadie creería hasta que revelara mis fotos, pero que para mí se había convertido en una aventura digna de recordar. Y lo mejor de todo era que, aun habiéndome perdido, volvería a casa sana y salva y por mi propio pie, habiendo conocido lugares cuya existencia desconocía. Quizá mis compañeros de curso ganarían premios con su excursión al zoológico, pero yo había podido disfrutar de una aventura por la que muchos sentirían una enorme envidia. Quién sabe, quizá de ese modo mis compañeros volverían a respetarme...

21 marzo 2008

El poder de los sueños

Hace poco soñé que publicaba unas novelas. Como ya expresé en mi primer post no es mi intención interpretar mis sueños, pues me da miedo y quizá éstos den una información demasiado íntima de mí que prefiero guardar en secreto. Pero tras muchos sueños publicados (y otros tantos que aguardan pacientemente su turno para ser escritos) no puedo hacer más que rendirme ante la evidencia que cada día se me antoja más clara: los sueños y pesadillas son el suave pero firme empujón que muchas veces nuestra mente cansada necesita para ver, darse cuenta y actuar.

El mundo de la vigilia nos presiona día a día con sus prisas, sus temores y necesidades artificiales, hasta el punto de agotarnos de tal manera que no somos capaces de ver más allá de unas cuantas monedas y un amargo café de máquina. Nos encerramos en lo que vivimos sin darnos cuenta de lo que no vivimos; la luz del sol nos ciega y nos escondemos bajo la fría luz de unos temblorosos fluorescentes que cansan nuestra vista. Y nos preguntamos si estamos donde queríamos estar, si nuestro destino estaba predeterminado, y nos asalta la duda: ¿nos estaremos dejando algo por el camino?

Hay muchas cosas que a todos nos atrae hacer: apuntarnos a un gimnasio, hacer un viaje, ir a comer a cierto restaurante con cierta persona o escribir una novela. Pero el mundo de la vigilia nos absorbe en una espiral de color blanco y negro que mientras gira no para de susurrarnos al oído que no hay tiempo, que hay cosas más importantes, que debemos elegir. Y nosotros, aletargados por su eterno vaivén, le hacemos caso sin darnos cuenta.

¿Por qué elegir? No es necesario sacrificar un bien preciado en aras de algo que no tenemos y que deseamos con todas nuestras fuerzas. Es posible compaginar ese obligado café amargo bajo la luz de un fluorescente con un delicioso sorbete de limón en una terraza soleada en verano; de hecho, es ese momento el que hará que los cafés sean un poquito más agradables. No hay que dejar escapar la oportunidad de ser felices en el ahora, puesto que el mañana es un concepto abstracto que el tiempo utiliza para que seamos sus esclavos. Lo bueno llamará a lo bueno; no lo dejemos pasar de largo.

Cuando desperté tras soñar con la publicación de mis novelas, algo parecido a una descarga eléctrica me atravesó desde la cabeza hasta el estómago, y entonces entendí: envuelta en mis problemas e inquietudes había olvidado una de las cosas que desde hace años me ha gustado hacer, escribir. Y pensé que mi sueño no era tan descabellado, que podía ser una meta, pero para llegar a la cima es importante dar el primer paso, y luego el segundo, y detenerse a descansar en un recodo del camino si es necesario, pero ante todo, disfrutar siempre de la travesía. Miraremos adelante y pensaremos: “Aún queda un buen trozo”, y luego nos giraremos y diremos con una sonrisa: “Pero esto es lo que he avanzado”.

Lo primero que hice al levantarme fue comprar el dominio www.sayanoyume.com. La idea me había rondado la cabeza desde hacía tiempo, pero nunca me decidía a cumplirla, poniéndome yo misma cortapisas con eternos por qués. Pero tras el sueño encontré la respuesta: “Porque me gusta”. De modo que compré el dominio, siendo ése el primer escalón que subí, y con cada sueño que publico subo otro escalón más. Fue ese sueño el que me invitó a tomar ese camino, el que me dio la fuerza que no sabía que tenía para mejorar algo por el simple hecho de disfrutar de ello.

Otros muchos sueños me han hablado y han activado esa parte adormecida de mí, dándome el impulso necesario para cumplirlos. Por supuesto, no quiere decir que esté en mi mente escribir tres libros. Simplemente ese sueño me dio la fuerza que había perdido para seguir adelante con el blog. Por lo que permitidme un consejo, o quizá una idea que, si os apetece, podéis poner en práctica: escuchad atentos a vuestros sueños, desgranadlos y quedaos con lo más importante, reflexionad y entonces descubriréis rasgos de vosotros mismos que creíais inexistentes...

20 marzo 2008

El extraño adiós de Morfeo

A veces me siento reina y señora del mundo de los sueños. Paseo por sus caminos, observo sus objetos, me ciego con sus luces y colores, y luego recuerdo y escribo. Pero este territorio tiene un rey, único soberano de todo lo que le rodea: Morfeo, el Dador de Forma, creador único de los mundos que visito cada vez que duermo.

Un día Morfeo se enfadó. O quizá simplemente sintió la necesidad de quedarse solo durante un tiempo. Me dijo que tenía ganas de llorar, pero en sus ojos nunca hay lágrimas. Me dijo que se retiraba durante un tiempo, pues el Caos se aproximaba, y me dejó a mí en un mundo de pesadilla. Y se fue para regresar cuando le viniera en gana.

Entonces no pude dormir. Largas noches de interminables segundos que con su sordo tic-tac me taladraban los tímpanos. Sábanas deshechas que maltrataban mi piel con sus infernales pliegues y costuras. Un calor asfixiante que pasaba a un sudor frío que me hacía caer enferma. Estaba siempre en vela, y cuando conseguía mantener los ojos cerrados durante un tiempo, la Nada: un vacío oscuro y sucio en el que mi mente me confinaba, quizá para protegerme, tal vez para castigarme. Una mente en blanco que sólo veía el cansado gris de un mundo sin sueños y el negro de la desesperación.

Pues la desesperación me visitó muchas veces, haciéndome llorar hasta caer rendida. El escozor de mis ojos se convertía en el latigazo que mi espalda necesitaba para convencerme de que estaba cansada, pero no lo estaba. Y aun así mi mente nunca se callaba, reviviendo el pasado, imaginando otro presente, deseando otro futuro. Y daba vueltas y vueltas, y me levantaba, y me volvía a acostar. Demasiado activa durante la noche y completamente atontada durante el día. Me dijeron que me estaba equivocando. Me aconsejaron que olvidara. Me pidieron que cambiara. Me amenazaron con abandonarme. Pero ¿qué pueden saber ellos? Nunca entenderán que mis sueños son mi vida y que sin ellos ésta carece de sentido.

Encontré la forma de dormir. Notaba la química haciendo efecto sobre mi cuerpo. Y ansiosa me dejaba llevar de su mano, pero Morfeo no estaba allí. Seguía sin venir a visitarme. Ya no había arena que tirar a mis ojos. Incansablemente lo busqué por todos los rincones de mi mundo, pero él no quiso aparecer. Y mi cuerpo despertaba sin hacer caso a la química, y seguí derramando inútiles lágrimas con sabor a cereza y agua de mar. Me agoté tanto que ya no sabía qué hacer. El Señor del Sueño me había abandonado sin dar explicaciones, arrancando una parte de mí y dejando que se pudriera bajo un cielo sin estrellas.

Fueron meses de interminable pesadilla, de agotamiento físico y mental, de dolor y rabia y odio y tristeza y ansiedad. Pero como en todas las historias en esta vida, siempre hay un inicio y un final, y el agua acaba volviendo a su cauce, y el río siempre desemboca en el mar. Fue entonces cuando decidí dejar de luchar, pero no por cobardía, sino para recuperar fuerzas. Había perdido una batalla, pero la guerra continuaba. Era mi guerra, personal y única, por recuperar aquello que había formado parte de mí y que se me había arrebatado sin preguntar.

Pero en el Reino de los Sueños existen otros seres a parte de Morfeo, y fueron ellos quienes, quizá por interés, o tal vez por pena, me guiaron en secreto por caminos ocultos hasta donde el Rey se encontraba. Lo vi sentado en un polvoriento rincón, con las manos en la cabeza y la frente apoyada en las rodillas. Me acerqué lentamente a él y con la llema de mis dedos rocé con suavidad y cariño sus manos. Él me miró y, con miedo en sus ojos, se esfumó, dejando tras de sí algunos granos de fina arena, que guardé en mi bolsillo y que sigo atesorando como si mi vida dependiera de ellos; soy un dragón cuidando de su amado tesoro.

Ahora consigo dormir sin la ayuda de elementos químicos. Cada noche cojo un grano de arena y lo escondo bajo mi almohada. He limpiado y cambiado de lugar mi atrapa sueños. Y cuando duermo vuelvo a pasear tranquilamente por donde me place, pero cada vez es más frecuente la desorientadora sensación de no reconocer qué es sueño y qué es real. Y a veces puedo escuchar la profunda voz de Morfeo susurrándome hermosas palabras al oído. Él me permite viajar por su reino, y yo a su vez espero paciente su regreso...

09 marzo 2008

De una mudanza y la última decisión

El día del adiós el piso estaba casi vacío. Ya habíamos empaquetado y guardado los objetos de mayor importancia: ropa para unos días, algunos enseres del hogar, libros y ordenadores, productos de higiene y algún que otro recuerdo del que no queríamos desprendernos. Aún así yo miraba a mi alrededor nerviosa, intentando hacerme a la idea de que todo iba a cambiar: debíamos mudarnos a la casa de mis abuelos, a una hora y media de viaje de allí. Seguiríamos con nuestros trabajos, pero jamás volveríamos a esa vivienda. Y todo había sido tan repentino, tan forzado, que en mi mente sólo se agolpaban las dudas y una creciente sensación de que abandonar el hogar era un gravísimo error.

¿Por qué debía ser de esa manera? No éramos los únicos que nos íbamos del barrio. Desde hacía unos días habíamos ido observando cómo nuestros vecinos de enfrente habían ido desmantelando los tres pisos de los que eran propietarios. El enorme patio del que disponían, hasta hacía bien poco repleto de plantas y de maderas y cristales esparcidos por todas partes, estaba vacío y extrañamente limpio. Tan sólo unas horas antes mi padre y yo habíamos estado mirando desde el balcón, poco después de despertarnos, y escuchábamos cómo el dueño del edificio utilizaba por última vez esa horrenda máquina de cortar que tan a menudo nos había molestado.

– Vaya –le dije a mi padre–, ahora que nosotros nos vamos, el ruido cesa...

Él no me contestó, pero me pareció que asentía levemente con la cabeza.

Los otros vecinos, a nuestra derecha, también habían vaciado sus casas. Ahora estaban llegando los nuevos inquilinos, que se apresuraban en decorar los dos patios gemelos: cambiaban el color salmón de las paredes por un gris sucio, añadían una terraza al segundo piso, y la llenaban con estatuas plateadas de dioses griegos y romanos y con sendas columnas de estilo jónico, o quizá dórico, ahora no recuerdo, con horribles capiteles frutales que intentaban imitar de una forma hortera y futurista los majestuosos templos de antaño.

– Pero al menos no tendremos que ver esto cada día –dijo mi padre de pronto. Yo sólo conseguí lanzar un susurro que pretendía ser una afirmación.

Pues claramente no veía yo ninguna ventaja que pudiera decantar la balanza a favor de mudarnos de vivienda. Para mí vivir para siempre en casa de mis abuelos era más bien un castigo: compartir techo con aquellos a los que no podía soportar más de unas horas, con sus críticas y su anticuado punto de vista, me hacía sentir que retrocedía en mi camino antes que avanzar. Pues si ya me resultaba molesto a menudo saber que cuatro ojos conocían con toda precisión mis costumbres y hábitos, que sabían de mi vida más que nadie, la sola idea que se convirtieran en ocho simplemente me dejaba sin aire. Sin contar, por supuesto, con otros pequeños detalles desagradables: depender día a día del transporte público, más de tres horas entre ida y vuelta; no poder acceder a centros comerciales y tiendas a no ser que alguien me llevase en coche, no tener Internet o algo tan nimio como dormir en una cama extraña y entre unas paredes blancas que no eran las mías y que no podría decorar a mi gusto, me provocaban una sensación de vértigo insoportable, y sólo quería salir corriendo hacia ningún lugar, o quizá acostarme y dormir durante meses, hasta que todo hubiese cambiado.

Pero la suerte estaba echada y el destino era malvado, y no parecía haber salida para mí de aquella terrible situación. Mi madre nos apremiaba a recoger todas las cosas, repasando una y otra vez cuántas bolsas llevábamos y qué habíamos guardado en ellas, preguntando incansablemente qué debíamos llevarnos y qué teníamos que dejar atrás, increpando a mi padre continuamente por su tranquilidad y parsimonia.

– ¡Id metiendo a los gatos en los transportines! –gritaba–. Irán contigo en la parte de atrás –añadía mirándome.

Observé tristemente a mis dos gatos enjaulados, que me devolvían la mirada con ojos también tristes y asustados. Mi abuela no soportaba los gatos, y me aterrorizaba la idea de pensar cómo acabaría todo: obligados a regalárselos a alguien o, aún peor, a abandonarlos en cualquier sitio. Ya le había dicho a mi madre que no era buena idea que vivieran allí: acostumbrados al aséptico entorno de un piso de ciudad, contraerían enfermedades y acogerían a pulgas y garrapatas en sus peludos cuerpos felinos, lo que les haría sufrir sin sentido y, por ende, a nosotros nos acarrearían más preocupaciones. Pero ¿qué otra cosa podía hacerse?

En mi dormitorio, con el armario de la ropa abierto, con las estanterías casi vacías y con una cama sin sábanas ni edredón, cerré los ojos por unos instantes y visualicé los largos días venideros: nubes grises y lluvia melancólica que me recordarían con el lento avanzar de los segundos que me encontraba encerrada en un mundo que no estaba hecho para mí. Pero mi madre seguía increpándonos, y empecé a cerrar todas las bolsas con nerviosismo y lágrimas en los ojos, forzada a decir adiós a la vida que quería para mí y que jamás conseguiría. De un lado para otro, y con un creciente sentimiento de urgencia que empezaba a rozar el pánico, no me decidía a dejar nada allí, ninguna de todas aquellas pertenencias que poco a poco había ido atesorando en ese pequeño rincón en el que tantas experiencias había vivido.

– ¿Cuánto espacio libre queda en el coche? –pegunté con un grito. El automóvil tampoco era ya nuestro; un coche blanco y desgastado por los kilómetros de largos viajes cuyas ruedas cedían ante el peso de los años que queríamos llevar con nosotros. Miré mi televisor, y luego mi colección de dragones, y algunos de los libros que no podría llevarme. “¡Los relatos!”, pensé ansiosamente, pues con gran esfuerzo los había escrito y formaban parte de mí, y mientras los guardaba con prisas intentaba repasar mentalmente todo lo que quedaba atrás, y siempre me daba la sensación de que me dejaba algo importante; todo era imprescindible para mí, y me era imposible decidirme...

Entonces cerré los ojos con fuerza e inspiré lentamente para intentar calmarme. Y cuando abrí los ojos miré por la ventana de mi tan querida habitación y vi cómo estaba cambiando todo: el cielo se ennegrecía amenazando lluvia, los nuevos vecinos seguían decorando sus hogares mientras los viejos abandonaban los suyos, y estaba siendo todo tan rápido que parecía que el mundo era un tren en movimiento que se me escapaba. Y yo sólo podía correr y correr tras ese tren sin alcanzarlo jamás.

Entonces algo cambió en mi mente, un pequeño clic que llenó de luz el vacío oscuro que se había formado en mi corazón, y una sensación similar a una descarga eléctrica me atravesó el estómago.

Salí decidida del dormitorio y me dirigí al comedor. Observé lentamente los cuadros que iban a quedar colgados de las paredes y las copas que siempre estarían tras las puertas de cristal del armario, y mientras mi madre me gritaba histérica que qué me pasaba y que debíamos irnos ya, yo tensaba mis músculos, preparándome para lo que estaba a punto de decir.

Y entonces todo cambió.

– No voy con vosotros. Me quedo aquí.

Alguien pulsó el botón de pausa de la película de acción en la que se había convertido ese día de nuestras vidas, y los ojos brillantes de mis padres me miraron perplejos, intentando comprender. Nadie articuló palabra durante unos minutos, hasta que decidí romper aquel incómodo y tenso silencio.

– Sí... –empecé con un ligero temblor en mi voz–. Lo he estado pensando: no es nada positivo que vaya con vosotros; ya sabéis cómo es mi relación con mis abuelos. Por otro lado está el tema del transporte y todo eso. Y yo necesito quedarme aquí; no puedo abandonar este piso... De modo que si os parece bien puedo daros el dinero del alquiler cada mes; podéis iros y llevaros todo lo que queráis, pero yo me quedo.

– ¿Estás completamente segura? –me preguntó mi madre con preocupación. Miré a mi padre, que permanecía callado pero tranquilo, y en su rostro vi que al fin se había cumplido lo que él sabía que sucedería, lo que me dio fuerzas para seguir adelante con mi idea. De modo que respondí:

– Sí. No hay tiempo para dudas ahora, debéis marcharos cuanto antes. Mañana os llamo, cuando esté todo más tranquilo. Creo que... –y ahí me dejé vencer por el cansancio, y bajando la mirada y soltando aire, continué:– será lo mejor para todos.

Ni siquiera yo parecía darme cuenta de lo que estaba haciendo. Decididamente me había negado a irme de aquella casa, sopesando todos los pros y contras de tal cambio, pero aún no había tenido tiempo para asimilar lo que yo misma estaba diciendo: no sabía cómo iba a adaptarme a vivir completamente sola, dependiendo única y exclusivamente de mí misma para todo. Y de repente, como si hubiese abierto una caja de Pandora particular, vino todo a mi mente: cómo tendría que hacerme la comida y la cena cada día, las lavadoras que tendría que poner, cómo iba a mantener el piso limpio, sin contar, por supuesto, con los gastos fijos mensuales.

Pero nada de aquello me achicó, sino todo lo contrario: estaba ante uno de los retos más importantes de mi vida, y se me presentaba una oportunidad única que no pensaba dejar escapar. De modo que me di la vuelta con calma y decisión, volví a mi dormitorio y empecé a desempaquetar todo lo que ya había guardado.

Ya no había vuelta atrás. Estaba hecho; ya no tendría tiempo para volver a empaquetarlo todo, por lo que la suerte estaba echada.

Y así, perdida entre abrazos y llantos pero deseosa de empezar mi nueva vida, me despedí de mis padres y me dejé vencer por el agotamiento; medio atontada me preparé algo sencillo de cenar, hice mi cama y me puse a dormir. El mañana sería un nuevo día.

¡Y qué hermoso y soleado día resultó ser! Me desperté a primera hora ligeramente desubicada, y al subir la persiana y notar los rayos de sol bañar mi rostro me di cuenta de que estaba sola. Me paseé lentamente por el piso, observando todos aquellos huecos que habían dejado mis padres y que tendría que ir llenando yo poco a poco. Iba a transformar el piso, que iba a convertirse en un fiel reflejo de mis ansias de independencia, y no existirían críticas amargas ni ojos curiosos que observaran lo que yo hacía. Supe entonces que tenía el tiempo y el espacio en mis manos, y tal peso cayó sobre mí que me asusté y me sentí sola, muy sola, perdida en medio de huecos vacíos e ilusiones sin forma, y tal responsabilidad me dio miedo. Tenía tantas cosas por hacer que me quedé inmóvil, sin saber hacia dónde avanzar: llamaría a mis amigos para explicarles la buena noticia y para pedir consejo, limpiaría y reubicaría todo a mi antojo, compraría cuando y lo que me apeteciera, y... ¿con quién hablaría al llegar a casa tras una dura jornada de trabajo? Cambiaría el papel de las paredes, algo que mi madre siempre había querido hacer; los veranos serían más frescos, pues podría dejar puertas y ventanas abiertas en verano sin miedo a que ningún gato se escapara. Y del mismo modo que hasta hace poco había sentido que mi dormitorio se me había quedado pequeño, ahora todo un piso se me antojaba enorme...

Y miré a través de mi ventana y con una sonrisa pensé: “Tómatelo con calma... Empieza tu nueva vida”.