15 octubre 2008

Las doce

Son las doce de la noche y no puedo dormir.

Hace tiempo que no consigo controlar mi horario de sueño. Echémosle la culpa al estrés, o a los cambios de horario producidos por el trabajo o por la falta de él, o quizá a las pastillas que producen somnolencia durante el día e insomnio por la noche. Pero desde hace bastante tiempo siempre son las doce de la noche y nunca puedo dormir.

Enciendo el televisor con el volumen en un susurro. En algún canal darán alguna serie que me haga dormir, o al menos que me ayude a no sentirme tan sola mientras tengo los ojos cerrados. Programo el apagado automático para dentro de ciento veinte minutos. Espero haberme dormido antes. Lo malo es que puede pasar una hora y yo sólo he conseguido dar vueltas y más vueltas en la cama, ahora a la izquierda, ahora a la derecha, y entonces miro el temporizador y click! vuelvo a ponerlo a ciento veinte minutos. Como si el tiempo no hubiese pasado; de algún modo siguen siendo las doce de la noche y yo sigo sin poder dormir.

En las noches de verano también conecto el ventilador. Curiosamente el tiempo máximo del temporizador también es de ciento veinte minutos. Entonces programo televisor y ventilador, y automáticamente pienso: “¿Me despertará el ensordecedor silencio cuando ambas máquinas se detengan a la vez?”. Nunca me ha pasado, pero no puedo evitar hacerme siempre la misma pregunta. De hecho, creo que sería como cuando en una sala llena de ordenadores y con el aire acondicionado al máximo alguien estornuda y de golpe hay un apagón general. El silencio que se produce de repente es, me repito, ensordecedor. Como si alguien cogiera una cacerola y la golpeara junto a tu tímpano. O como cuando en una noche cualquiera no te despiertan ni el ladrido de los perros ni los truenos de una tormenta, pero sí el maldito zumbido de un minúsculo mosquito. Pero siguen siendo las doce de la noche, y yo sigo sin poder dormir.

A veces intento leer. Lo malo es que últimamente no me apetece demasiado leer, y el último libro que terminé (de un tirón, y a las dos y media de la madrugada) me hizo llorar y, la verdad, empiezo a estar cansada de llorar. Y miro mi estantería y veo los libros que me esperan ahí, pero todavía no es el momento. Me temo que es culpa del estrés, o de los cambios de horario producidos por el trabajo o por la falta de él, o quizá de las pastillas que te suben el ánimo pero que te rebajan el nivel de concentración. De cualquier modo siguen siendo las doce, como siempre, y no puedo ni leer ni dormir.

Lo malo de todo esto es el círculo vicioso que genera. Porque a la mañana siguiente no hay que madrugar, pero aun así uno se despierta relativamente temprano, y después de comer le coge ese sopor tan odiosamente agradable que lo empuja a dormir la siesta. Un par de horas o tres. Y al cabo de un rato vuelven a ser las doce. Y no hay quien duerma.

Pero a veces se produce un milagro (llámesele ciencia, química o drogas) y a las doce y cinco es posible conciliar el sueño. Pero ¡oh! Entonces vuelven las pesadillas. Cuanto más duermo más pesadillas tengo. Y se repiten. Puede que el entorno cambie, pero las personas suelen ser las mismas. Y las situaciones, las de siempre. Esas situaciones que me han quitado el sueño y que me persiguen cuando al final puedo dormir. Peleas, decepciones, gritos… Cuando no son las doce de la noche y puedo dormir, revivo situaciones dolorosas del día a día. Casi prefiero estar despierta; de cualquier modo esas situaciones siempre están en mi cabeza. Casi prefiero poder controlarlas. Casi prefiero no haberlas vivido. Casi prefiero no tener que pensar en ello.

El inconsciente es poderoso y traidor, pero hay que saber reconocer y entender las señales que ofrece. Por eso, a las doce de un día cualquiera, algo cambia y se toma una decisión. A veces las decisiones son borrosas y vagas como los sueños, o inquietantes y aterradoras como las pesadillas, y se quedan siempre flotando en ese etéreo que es nuestro pensamiento, tan lejos de la acción. Hasta que se decide tomar una decisión.

Ahora son las doce de la noche y sigo sin poder dormir, pero al menos ya no hay pesadillas. O no son tan recurrentes. Quizá se deba al estrés post-traumático, o puede que al síndrome de abstinencia de las pastillas de la felicidad, o tal vez a la seguridad y vértigo que ofrecen un millón de puertas cuando se abren y dejan pasar la luz. No lo sé todavía, pero pronto serán las doce de la noche y estaré durmiendo plácida y naturalmente hasta que el equilibrio vuelva. Hasta el momento en que las pesadillas se marchen y al fin los sueños vuelvan con fuerza...

11 octubre 2008

De un día de guerra

Un moderno avión de combate sobrevuela el frondoso bosque colindante a Ciudad. Ciudad es un mundo de máquinas y polución, un enorme laberinto de hormigón, acero y cristal monocromo que alberga en su interior todos los males del mundo, cual caja de Pandora sin abrir. Sus habitantes saben que hay guerra, pero la guerra queda lejos, allá donde crecen árboles milenarios que no les sirven para nada en su día a día. No les preocupa la destrucción del pulmón del planeta. Sólo quieren seguir comiendo basura y vendiendo sus vidas a cambio de dinero de plástico rígido. El resto no importa.

A lo lejos se divisan los Altos Picos, blancos gracias las fuertes nevadas del pasado invierno. La visión es espectacular: el azul radiante del cielo recortando los montes y las piedras, y a sus pies un gigantesco mar ondulado de miles de verdes. Es hermoso.

El avión despierta a la muchacha. Supone que se trata de un Vigilante. El enemigo no osaría volar tan bajo. Ha pasado la noche allí, en el gigantesco edificio abandonado, tras haber realizado la entrega para la que se la contrató. Ahora espera órdenes.

La chica se despereza con calma, aunque nunca está tranquila. No debe bajar la guardia. Recuerda con todo lujo de detalles la intensa jornada anterior: cómo se adentró en aquella frondosa jungla para llegar a pies del enorme edificio. Su misión era llegar a la azotea sin ser vista, y su camuflaje termo-óptico se lo puso sencillo. Cuando consiguió alcanzar su objetivo depositó el maletín negro en la marca que se había señalado. Una vez realizada la entrega recibió órdenes de mantenerse a la espera y pasar la noche oculta en la segunda planta de la construcción semi derruida. Para no ser descubierta, la muchacha no se despojó de sus ropas negras y se acostó cerca de uno de los enormes ventanales, con su rifle cerca de su cuerpo. El único calor que podía llegar a sentir era el de la pólvora.

A los pocos minutos de despertar recibe las nuevas órdenes. Un equipo especial de apoyo se reunirá con ella en las instalaciones para sacarla de allí. Al parecer las cosas se están poniendo bastante feas cerca de la frontera, y a pesar de que la zona parece ser segura, algún detalle ha puesto nerviosos a sus superiores. ¿Una emboscada, quizá? Aunque entrenada para las operaciones de sigilo, la muchacha sabe aprovechar cualquier ocasión para entrar en combate. Le gusta mucho esa sensación de la adrenalina recorriendo su cuerpo y la capacidad de reacción que posee ante cualquier situación de peligro. Nunca falla, nunca se equivoca. Siempre toma la decisión correcta en el momento oportuno. Por eso ella es demasiado valiosa como para perderla en una misión rutinaria.

El avión cambia el rumbo y se dirige a la azotea. Allí se detiene sin parar los motores. Se escuchan pasos rápidos y sonidos metálicos. Al instante entran cinco personas en la gigantesca sala en la que se encuentra la mujer. El avión inicia su despegue y se marcha.

Uno de los hombres se deshace del aparatoso casco que cubre su cara. Sudando, mira a la chica.

– La zona es segura, pero no por mucho tiempo. Hay que salir de aquí.

Ella lo mira desconfiada. No se fía del trabajo en equipo; no le gustan los espías.

– ¿Cuándo? –pregunta tranquila.

– En unas horas. Te avisaremos cuando esté todo preparado.

– ¿Quién os envía? ¿Es él? –vuelve a preguntar la muchacha clavando sus oscuros ojos en los del hombre, azules como el cielo sobre sus cabezas.

– Sí –responde el hombre, muy seguro de sí mismo. La mira unos instantes y continúa:– Nuestra misión es asegurarnos de que llegas sana y salva a Ciudad.

Ella suelta una risita descarada.

– No necesito ayuda, gracias. –Acto seguido se da la vuelta y se dirige a la posición en la que ha estado durmiendo. Pero el hombre la sigue y le coge de un brazo. Ella no tiene intención de pelear, al menos de momento, por lo que se gira con calma.

– Mira, nuestras órdenes son esas y vamos a cumplirlas, ¿entendido? –escupe sin miramientos. Tiene el ceño fruncido, pero su mirada refleja respeto.

– Entendido –responde ella sin perder los nervios. De todos modos está alerta. Es la primera vez en muchos años que le envían refuerzos sin haberlos solicitado o que no se le dan órdenes de manera directa. ¿Ir a Ciudad? Intentará ponerse en contacto con su superior para pedir explicaciones.

El resto de soldados han recorrido y asegurado el perímetro, pese a todas las trampas que ha colocado la muchacha. Ahora cada uno ocupa una esquina de la planta. No se pierden de vista, pero ella hace como si no estuvieran allí. Se prepara algo de comer y duerme un poco más. Ellos siguen vigilando, incluso cuando cae la noche. Preparan turnos de vigilancia. Y así pasan las horas hasta que se hace de día.

De repente se oye a lo lejos el motor de un enorme tanque. La chica coge sus prismáticos y observa: el enemigo debe haber cruzado ya la frontera. Aunque duda que consigan localizarlos, sí verán el enorme edificio y seguramente decidirán entrar para inspeccionarlo y quizá quedarse en él.

– Mierda –susurra. Se levanta y mira a los soldados. El hombre de ojos azules la mira y le da una señal. Ella asiente mientras él se comunica por radio con la central para informar de su situación. Pero ella siempre ha preferido el trabajo en solitario, de modo que no piensa quedarse escondida esperando atacar al enemigo por la espalda. Le gusta mostrarse ante el rival y hacer de la lucha un juego limpio y en igualdad de condiciones. Por eso se mueve rápidamente hacia su mochila y empieza a preparar su armamento cerca de la ventana. El hombre de ojos azules le hace más señas para que se esconda, pero ella lo ignora. Cuando al fin divisan el tanque, todos esperan inmóviles.

El tanque marrón avanza lentamente por el camino de tierra que lleva hasta el edificio. Cuando uno de los enemigos desciende del mismo, la muchacha entra en acción sin pensárselo dos veces, obligando al resto a hacer lo mismo. Puede escuchar a la perfección un grito a sus espaldas. “¡Mierda!”, está gritando el hombre mientras da nuevas órdenes a su equipo. Entre los sonidos de cristales rotos que provoca la colisión de una bala contra el ventanal se pueden oír también los gritos de alerta del enemigo. Saben que hay alguien que busca pelea.

La mujer dispara sin piedad y acaba con tres de los soldados enemigos. Otros ocho aguardan en el tanque, que mueve despacio su gigantesco fusil hacia la ventana rota. Pero la mujer es más rápida y ha previsto esta situación; ella y el resto de hombres, todos atados por la cintura con un arnés, se lanzan sin pensarlo sobre la pesada máquina y ella coloca una potente bomba lapa en uno de los costados. Su pelo lacio y negro se mueve con violencia con cada uno de los bruscos pero certeros movimientos de la chica.

– ¡Vamos, todo el mundo arriba! ¡Ya! –chilla tras accionar un botón que recoge el cable y la devuelve a la ventana. Los cinco hombres la imitan pero uno de ellos es alcanzado en una pierna por una bala enemiga. La bomba lapa estalla y la onda expansiva lo empuja hacia una viga de hormigón, en la que rebota con fuerza. El cable consigue recogerlo antes de que el fuego lo engulla, pero está gravemente herido.

– ¿Te has vuelto loca? –le grita de nuevo el hombre de ojos azules–. ¡Has puesto en peligro a todo mi equipo!

Ella no aparta su ojo derecho de la mirilla telescópica de su arma mientras le responde con calma:

– Dime, ¿cuántas bajas enemigas habéis conseguido vosotros cinco? –Y sonríe.

– ¡Me da lo mismo! ¡Nos han enviado aquí para protegerte y ahora tengo a un hombre malherido!

– No pienso discutir contigo. Pero tampoco os necesito.

Y dicho esto le lanza una bolsa negra a los pies. Él la recoge y se la tiende a uno de sus soldados, que se apresura en abrirla y extraer todo lo necesario para ayudar a su compañero herido: gasas, alcohol de quemar, inyecciones de antibióticos de amplio espectro y un bisturí. A ella no le perturban en absoluto los gritos de dolor del soldado. Probablemente tendrán que cortarle la pierna si el equipo de rescate no llega a tiempo. O quizá se le encharque antes un pulmón debido a una costilla rota. Pero no es su problema.

Entonces recibe una llamada en su comunicador. Es la coronel.

– Tienes que largarte de ahí. Ya hemos enviado un coche que recogerá a los otros cinco. No confiamos en la seguridad de la zona, de modo que ese coche hará de señuelo. Tú deberás pasar de largo del coche y seguir por el camino de tierra hasta que encuentres otro vehículo. No deberás preocuparte por nada; tenemos a todo un equipo de hombres especializados en misiones de este tipo que te estarán vigilando vayas a donde vayas.

– Espero que estén más especializados que éstos –responde ella mirando de reojo al soldado caído–. ¿Cuánto tardáis?

– La estimación es de seis minutos y medio. Cierro la línea. Por favor, cuídate.

Luego, silencio.

El hombre de ojos azules parece haber sido informado también de las nuevas órdenes. Por un instante se miran y el mundo parece paralizarse. Luego ella recoge todas sus cosas y roba algo de munición al soldado caído. Le da un par de golpes en el hombro y le susurra al oído:

– Te pondrás bien.

Y sigue mirando por la ventana, y durante cuatro minutos y veinte segundos observa la belleza del bosque que se extiende ante sus ojos. Se pregunta cómo es posible que exista algo tan terrible como la guerra en un mundo tan bello. Es difícil creer que a unos pocos kilómetros de distancia se yergue la mayor urbe del mundo; un bosque muy distinto a éste, y más peligroso aún. Entonces ve aparecer el coche blindado por el camino. Entre dos hombres han llevado al soldado herido a la azotea, donde supuestamente será recogido por un helicóptero de rescate. Bajan todos por la ventana y cuando se acercan al coche ni siquiera se despiden. Ella sigue corriendo por el camino de tierra.

Corre tres kilómetros hasta que aminora la marcha. No se oye ningún sonido extraño, pero tampoco ve ningún coche. Sigue caminando completamente alerta. Empieza a atardecer y no quiere quedarse sin luz. Las sombras se alargan hasta que llega a una avenida de diez carriles. Escondida entre la maleza, observa los modernos vehículos ir y venir, ajenos a todo conflicto bélico. Ajenos a una agente en misión especial que los observa desde la cuneta. Ajenos a cualquier problema que vaya más allá de sus cuadradas y miserables vidas.

Un vehículo negro, similar al anterior, aminora la marcha. Ella mira y al instante corre hacia el asiento del copiloto. Ya está a salvo.

El conductor es un hombre negro, de aproximadamente dos metros de altura. Sus gafas de sol ocultan sus ojos y su cabeza desnuda brilla con el sudor.

– Bienvenida –le dice con voz grave y una media sonrisa indicadora de satisfacción.

– Ya pensaba que no vendríais a por mí. Tengo hambre.

– En la parte de atrás hay comida caliente. Un par de perritos y pizza; no es demasiado. Lo siento.

– Ya me sirve –responde ella mientras se gira a por la comida.

La autopista es larga y no hay demasiado tráfico a esas horas. A los veinte minutos la muchacha ha comido y se siente descansada. El paisaje se mueve veloz a través de las ventanas y las figuras se deforman y pierden su color lentamente a medida que el sol cae. Ella cierra los ojos y piensa que parece mentira que esa misma mañana haya acabado con la vida de diez hombres. Ahí dentro, arropada por el calor de una persona a su lado y por la comida, tiene la sensación de haber tenido un mal sueño; la guerra no va con ella, no tiene ni idea de qué va, y jamás ha sido agente especial. Ahora sólo se dirige a casa a dormir y a seguir haciendo una vida normal. Despertar por la mañana y…

Tal pensamiento le produce vértigo, y un suspiro sale de su boca cuando abre los ojos y se incorpora en el asiento.

– Te quedaste dormida. ¿Una pesadilla? –pregunta el hombre con pinta de gángster.

Ella no responde. No puede imaginarse el vacío al que se enfrentaría de tener una vida normal. No sabría qué hacer. Mira por la ventanilla y ve que el tráfico ha aumentado. A lo lejos se dibuja el artificial horizonte de Ciudad.

– Estamos llegando –le informa él.

A medida que se acercan a Ciudad el tráfico se vuelve cada vez más denso y todas las arterias principales de la urbe sufren continuas retenciones. Ellos se dirigen a la zona Oeste, tal y como les indica el GPRS del vehículo. Cuando se detienen ante un semáforo en rojo el hombre se quita el cinturón.

– Tengo que dejarte. A partir de ahora conduces tú. En cuanto el semáforo se ponga en verde recibirás una llamada con las indicaciones de tu destino. Tienes preparado un alojamiento. Ha sido un placer. Cuídate y llega a vieja, ¿querrás? –y dicho esto, se baja las gafas de sol y le guiña el ojo.

Sale del coche y ella se mueve al asiento del piloto mientras ve cómo el gigantesco hombre se aleja perdido entre la multitud que está cruzando el paso de peatones. Luego mira el volante y por un momento tiene la sensación de no poder conducir aquel vehículo de última generación. Quizá se deba a que hace demasiado tiempo que no pilota un turismo, por muy militarmente preparado que éste esté. O quizá es una duda mucho más interna; por un momento piensa en que nunca sabe qué va a hacer hasta recibir órdenes. Siempre esperando, siempre cumpliendo. Cuando el semáforo se pone en verde y el comunicador comienza a sonar, ella espera unos segundos antes de responder, mientras se imagina a sí misma entrando en cualquier habitación de cualquier hotel, metiéndose en cualquier cama y durmiendo como cualquier persona normal para despertar por la mañana y...

05 octubre 2008

De las marcas de sogas en mi cuerpo

No puede ser cierto. En el fondo sigo sin poder creer lo que están viendo mis ojos. ¿Por qué tengo todas estas marcas sobre mi piel?

Llevo ya unos días así. Al principio pensé que quizá se me estaban marcando las sábanas en las piernas o la goma de pelo en la muñeca, pero ese tipo de señales no duran todo un día, ¿cierto? Y no sólo no se van, sino que cada vez hay más. Empiezo a estar asustada.

El primer día desperté con unas ligeras molestias en las muñecas y los tobillos. Apenas recordaba lo que había soñado, pero estaba convencida de que había visto sogas. Había estado atada de manos y pies. Me sentía inquieta, por lo que con toda seguridad había sido una pesadilla; me había estado pasando algo malo. Cuando salí de mi cama y me dirigí al baño me froté las muñecas y, como el malestar no cesaba, las miré. Unas marcas oscuras cuales tatuajes me desvelaron por completo. El corazón se me aceleró cuando decidí mirar mis tobillos, y me quedé paralizada cuando vi que las mismas marcas aparecían también en esa zona.

Por un momento pensé que seguía soñando o que estaba teniendo alucinaciones. Intenté olvidarme de lo que acababa de ver a medida que el malestar remitía; me lavé la cara y los dientes, me di una ducha y me vestí con manga larga. Pensaba que si ocultaba las marcas éstas desaparecerían. Estaba muy equivocada.

Al día siguiente volví a despertar con malestar en muñecas y tobillos, pero éste era más agudo que el día anterior. Asustada, miré y vi que las señales se habían duplicado. No podía creer lo que veían mis ojos. Más tarde ese día comenté con un amigo lo que me estaba pasando y le mostré las marcas. Su mirada fue tan expresiva que no necesité que dijera nada: parecía que una maldición había caído sobre mí. Me quedé helada y la angustia se apoderó de mí, congelando mi cogote y durmiendo mis extremidades. Quise llorar pero no pude. Siempre se ha dicho que la esperanza es lo último que se pierde, pero lo que más dolor me causaba era no poder librarme de la maldita esperanza; mi mente, cual gato enjaulado, buscaba desesperada alguna explicación, alguna salida, aun sabiendo que éstas no existían.

Con cada día que ha pasado, una nueva marca ha aparecido. Ahora tengo los brazos completamente oscurecidos por las marcas, al igual que las piernas. Incluso han aparecido otras dos alrededor de mi cuello y en mi cintura. Ya no me molesto en esconder mi maldición, y casi me he acostumbrado a las miradas de lástima, pena e impotencia de la gente que me ve. Imagino que queda poco para el final.

La gente está sorprendida. No entienden por qué me tiene que pasar esto a mí. Lo que quizá más me preocupa y me provoca una sensación horrorosa de vértigo es que parece que todo el mundo sabe lo que me está pasando y cuál será mi final. Todos menos yo. Es como si todo el mundo supiese que los tres reyes magos no existen y yo siguiera creyendo en ellos. O como si fuese la única persona en todo el planeta que no sabe quién es Caperucita Roja. Un secreto a voces del cual nunca se ha hablado, ni en la privacidad del hogar ni en programas basura a altas horas de la noche. Y me siento muy ofendida.

Ofendida porque nadie me ha hablado de eso nunca. Ofendida y muy, muy enfadada porque, aunque la gente me muestra mucho apoyo, nadie quiere contarme nada. Parece como si fuera a contagiarles. ¿Qué sabrán ellos? Seguramente a ninguno le tocará pasar por lo que yo estoy pasando. Sí, les doy lástima, pero al mismo tiempo tienen miedo. Miedo a ser los siguientes o a que sea capaz de vengarme, como en cualquier película japonesa de terror. De hecho sé que tienen ganas de que me vaya de una vez por todas, e intuyo por sus miradas y gestos que debe faltar poco, para así poder volver a sus tranquilas vidas mientras esconden la cabeza ante la evidencia de que la maldición existe, de que es muy real. Y seguirán viviendo atemorizados durante muchos años intentando convencerse de que son felices y de que poseen el control sobre todas las cosas de su vida. Pero cada vez que duerman su subconsciente despertará y les recordará que el peligro sigue ahí, por mucho que lo ignoren y que hagan ver que no existe.

En cierto modo me siento aliviada e incluso orgullosa de mi situación. Porque al menos sé a lo que me estoy enfrentando. Bueno, no lo sé del todo porque como ya he dicho nadie quiere hablar del tema; pero al menos no viviré continuamente con la sensación de “¿Seré la siguiente? ¿Me sucederá a mí algún día?”. La maldición ya está aquí, en mi propio cuerpo, esperando que éste se pudra para adueñarse de mi alma. Y por otro lado también pienso que al menos durante mi corta vida no he estado sufriendo a escondidas. Bendita ignorancia. Un día no lo sabes, y al día siguiente lo tienes que aceptar. Rápido, certero, sin confusiones, sin eternas esperas. Lo que ves es lo que hay, te guste o no.

Cierto, estoy muy asustada. Básicamente nunca me ha gustado sufrir. Muchas veces y como el resto de las personas (y quien diga lo contrario, se miente a sí mismo) he imaginado cómo será morir. No me refiero al modo de morir (muerte natural, larga enfermedad, accidente, etc). No; me llama mucho más la atención el momento exacto en el que el cuerpo deja de funcionar y libera el alma. Esa fracción de tiempo inexistente que tanto cambia la vida a los demás. Y visto así tengo la suerte de saber con toda certeza que me queda poco para averiguarlo, y que una vez lo sepa entonces seré yo quien posea el secreto que nadie sabe, y quien quiera preguntarme no obtendrá la respuesta deseada.

Supongo que es la rabia la que me hace hablar así. Nunca he querido morir. Muchas veces tampoco he sabido qué hacer con mi vida. Pero no quiero morir. Más que nada por la cantidad de cosas que me quedan por vivir y ver. Bueno, quién sabe, quizá desde el lugar en el que esté (porque habiendo una maldición, imagino que habrá algún lugar al que ir después) podré seguir observando. Tampoco me preocupa. Sólo me preocupa el sufrimiento.

Es curioso cómo los sentimientos van cambiando lentamente a medida que pasan los días. Primero me asusté muchísimo y más tarde me desesperé; también pasé por la fase de negación, por la de depresión y tristeza, y ahora mismo estoy en la fase de rabia. Rabia en concreto; nada de rabia esparcida sin sentido. Rabia hacia todas esas personas que sabían algo que yo no sabía. Rabia y enfado e ira por haber sido tan ridículamente estúpida que ya no sé si la gente me mira con pena por mi nefasto destino o por haber sido tan ridículamente estúpida. Y eso me saca de mis casillas.

Las marcas ya no duelen, pero la visión sigue siendo horrible. Mi piel está cada vez más oscurecida y algunos lunares sangran, tal y como harían al contacto de una soga. Todo el mundo mira y hace ver que no ve. Todos quieren negar lo evidente y seguir haciendo sus vidas, y sé que se sienten aliviados porque no les ha tocado a ellos. Perdonad, pero es cuestión de puntos de vista. Ya lo he explicado más arriba.

Supongo que el momento no tardará en llegar. Me espera una mujer vestida con un kimono blanco y con el pelo negro y lacio cayendo sobre sus hombros. Lleva un enorme lazo rojo en la cintura, y camina con la cabeza agachada, por lo que no puedo ver su rostro, aunque sus manos indican una palidez casi espectral. Y a su alrededor sólo hay niebla oscura y caótica, en la que parecen dibujarse otros tantos brazos grises, desnudos y sin vida que vienen a buscarme. No sé qué le he hecho, pero ese es mi destino, y quizá lo que para todos es una maldición se convierta en algo que ningún humano todavía ha podido imaginar. Pero en cualquier caso esta maldición me ha abierto los ojos ante la hipocresía, el egoísmo y la falsedad de las personas. Y una vez descubierto eso, espero con los brazos abiertos a que la mujer venga a buscarme y termine con el sacrificio que empezó.

01 octubre 2008

Del zoológico invisible

Hace un año me fue mostrado un lugar secreto. Lo cierto es que no recuerdo si lo encontré yo o si alguien me dio alguna pista para encontrarlo; quizá fueron ambas cosas las que me permitieron ver donde la gente solía mirar sin interés.

Entre las paradas de Plaça de Sants y Hostafrancs, de la línea roja del Metro de Barcelona, allí donde todavía hoy se sigue construyendo la parada de Mercat Nou, sólo hay hueco para hormigoneras, grúas y demás material de construcción. Un paraje yermo y triste por el que pasan convoyes cada tres minutos, llenos de gente que sólo se mira a los pies o al ombligo.

Me dirigía yo al trabajo una mañana que amenazaba tormenta cuando, como siempre, quise observar por la ventana. Y entonces lo vi: una especie de túnel acuoso tapaba todo el solar, y tras sus paredes azuladas se podía entrever un micromundo lleno de vida y de colores. Una multitud de gente entraba y salía del recinto, dándole un toque de centro comercial al mismo. Yo miré a mi alrededor para ver si alguien más había reparado en la construcción, pero dentro del vagón la gente seguía impasible como cada día, con sus caras amargadas, tristes, somnolientas o simplemente abstraídas. Algunas personas también miraban hacia el exterior, pero nadie parecía haberse percatado de ese cambio. Imagino que uno debe tener la mente libre y abierta para que este lugar mágico le sea revelado.

Como no acababa de creer lo que estaba viendo, durante unos días continué con mi rutina, mirando siempre por la ventana cuando llegaba a ese tramo de la línea de metro para comprobar que aquello no era una ilusión óptica. Lo malo es que no tenía a nadie con quien compartirla o a quien mostrar mi secreto; seguro que si lo explicaba en el trabajo me tomarían por loca (esta vez demasiado en serio). Pero una mañana un hombre sentado delante de mí me miró sonriendo cuando notó que yo observaba impresionada lo que nadie más podía ver.

– Me alegra que puedas verlo –me dijo el hombre.

Yo lo miré de reojo y me quité los cascos, que siempre me acompañaban en cualquier trayecto. Le pregunté desconfiada:

– ¿Perdone?

– Que me alegra que puedas verlo –me respondió él sin dejar de sonreírme. Yo me puse ligeramente nerviosa.

– ¿Ver el qué? –pregunté para defenderme ante ese posible lunático. Aunque ¿quién estaba siendo más lunático de los dos?

– Pues el zoológico invisible –susurró a mi oído tras acercarse unos centímetros.

– ¿Usted…? –comencé yo titubeante–, ¿usted también lo ve? ¿Esa especie de construcción acuática? Parece una piscina transparente; es como si el agua se sostuviera por arte de magia en el aire.

El hombre soltó una suave carcajada de satisfacción que me dejó ligeramente perpleja, aunque me tranquilizó bastante. Me quedó claro que no se trataba de una visión.

– Jovencita –me dijo–, te aconsejo que lo visites y, si puedes, lleva contigo a alguien de confianza. Cuando hayan acabado de construir la parada de Mercat Nou este lugar se trasladará a algún otro sitio, y sería una pena que te lo perdieras antes de que eso ocurra. –Y dicho esto se acomodó en su asiento, cruzó los brazos sobre su pecho e hizo como si me ignorara, como si esa conversación no hubiese tenido lugar.

Pero a mí esa corta conversación con un extraño me había convencido; iba a hacer caso a ese hombre. Avisaría a mi mejor amiga y a un compañero de trabajo, y me los llevaría a ambos a ese supuesto zoológico. Lo principal era asegurarse de que ellos también podían verlo.

De modo que un día quedamos los tres y los llevé caminando desde la estación de Plaça de Sants hasta las obras de Mercat Nou. Yo ya les había explicado que allí había algo que poca gente podía ver, y aunque ambos eran personas bastante escépticas me dieron una oportunidad. Me alegré mucho al ver la cara de sorpresa de mi amiga cuando, a medida que nos acercábamos al gigantesco solar, se aparecía ante sus ojos el inmenso cubo de agua. Mi compañero, en cambio, parecía defraudado consigo mismo al no poder ver nada.

Mi amiga y yo le convencimos de que la construcción era real y que debía esforzarse un poco más para verla. Mientras tanto buscamos algún lugar que nos llevara hacia la entrada. Cuando llegamos a uno de los laterales del cubo se me ocurrió tocar su superficie, a pesar de las advertencias de mi amiga.

– Realmente parece agua, aunque algo más densa –les dije cuando rocé con mis dedos ese extraño material–. Pero fijaos, puedo introducir mi mano sin que se moje. –Aquello pareció despertar el sexto sentido de mi compañero, que dio un respingo para después susurrar:

– Tenéis razón.

Entonces nos dimos cuenta de que girando a nuestra derecha se encontraba la entrada al recinto, ya que de ahí salía bastante gente y otras personas, sobretodo parejas, desaparecían por ese lado. Cuando llegamos allí vimos los tornos y la taquilla en la que comprar las entradas.

– Aprovechamos, ¿no? –dije yo con entusiasmo. Y me hice con tres entradas.

Aunque desde fuera el recinto parecía un cubo grande pero no demasiado alto, enseguida nos dimos cuenta de que éste tenía varios pisos de altura y que se adentraba en un túnel oscuro, en el que con toda probabilidad se guardarían los trenes para ser reparados o almacenados. El líquido del que parecía estar construido el cubo se mantenía abierto en forma de puerta para permitir la entrada y salida de las personas. El primer piso, donde nos encontrábamos, parecía un enorme supermercado abarrotado de objetos, con la salvedad de que en este caso lo que allí se exponía eran animales de todo tipo. En uno de los pasillos se mostraban gigantescas estanterías repletas de jaulas de cristal con multitud de reptiles en su interior, desde la más simple de las lagartijas hasta la más peligrosa de las serpientes. En el pasillo de al lado se encontraban los insectos: arañas de todas las especies, hormigas, cucarachas, mariposas y polillas, escarabajos y un largo etcétera. Más al fondo comenzaba la sección de mamíferos, desde los más pequeños como perros o gatos hasta enormes osos, tigres y panteras.

Subimos a la segunda planta, en la que encontramos los pájaros. Sin entender muy bien cómo, todo tipo de plantas y árboles crecían sobre un suelo de madera vieja, y las aves volaban tranquilas y mansas entre sus ramas. Aunque no había ninguna separación visible entre cada especie, los animales no se mezclaban: los alegres periquitos y canarios tenían su lugar, así como las cacatúas y cotorras; un poco más lejos, cóndores, águilas y buitres se mostraban en todo su esplendor. También pudimos ver algunos pavos reales y avestruces, algún que otro kiwi e incluso pollas de agua.

– ¿Cóooomo? –dijo mi amiga sin parar de reírse cuando dije el nombre de ese ave.

– ¡No es broma! –le dije–. Las pollas de agua son animales parecidos a gallinas, les cuesta mucho volar y viven cerca de costas y humedales. ¡De algo me tenía que servir la colección de tarjetas de animales que me compró mi madre cuando era pequeña, tía! –añadí riéndome.

Mi compañero, que no solía hablar demasiado a no ser que se le realizara alguna pregunta concreta, sonrió ante tan absurda conversación. Seguimos caminando hasta que llegamos a las escaleras que llevaban al tercer piso.

En esta ocasión se podían comprar todo tipo de utensilios y enseres para el cuidado y cría de cualquier especie viviente. Para los menos atrevidos existía una amplia gama de merchandising como carteras para ir al colegio, estuches y monederos, tazas para el café o infusiones, entre otros objetos más típicos de una tienda de todo a un euro. Encontré las escaleras que subían hasta el cuarto piso, y a pesar de que se estaba haciendo tarde decidimos subir. Mi amiga y mi compañero parecían haber hecho buenas migas y desde hacía un rato no paraban de hablar. Cuando les grité desde las escaleras si subían conmigo o no, sólo recibí un “Ves tirando, ya iremos” que me decepcionó bastante.

Como era lógico, faltaban los animales marinos. Delfines, todo tipo de peces de agua dulce y salada, ballenas, focas y tantos otros convivían en unas gigantescas piscinas. El lugar era precioso y estaba muy iluminado; ni los más selectos balnearios podían competir con aquellas increíbles instalaciones. Pasadas un par de piscinas abiertas, en las que estaba permitido tocar a los animales, había un par de tiendas de regalos. Una muchacha vestida de rojo se acercó a donde yo me encontraba para informarme de que, si me apetecía, podía subir al piso de arriba a tomar un baño, a lo que no tardé en responder afirmativamente.

Cuando subí al último piso me encontré con una pequeña piscina oscura en la que sólo había una chica de aproximadamente mi edad. La habitación me recordó vagamente a la piscina de mi gimnasio de barrio. Había mucho vapor y el ambiente era demasiado cálido y agobiante. A la chica no le pareció demasiado bien verme aparecer por allí, ya que frunció el ceño en cuanto le dije hola. Tenía el semblante enfadado y de repente me dijo:

– No deberían haberte dejado pasar. ¡No deberían! Estoy harta de no estar nunca tranquila.

No me dio tiempo a responderle, puesto que me giró la cara y se zambulló en el agua. Mi sorpresa fue enorme cuando me di cuenta de que una sirena acababa de hablarme.

Al parecer la muchacha que me había guiado hasta allí debió de haber oído la corta conversación, puesto que apareció por el pasillo a los pocos segundos y me pidió disculpas.

– Lo sentimos muchísimo –me decía–, normalmente está de buen humor, pero lo mejor es que ahora la dejemos en paz.

Cuando volvimos a la planta de animales acuáticos allí se encontraban mis dos compañeros. No había demasiada gente en aquel lugar, y mientras mi amiga y yo íbamos a comprar algún detalle como recuerdo de aquel magnífico y extraño zoológico, mi compañero se perdía entre las distintas piscinas y charcas, observando cada especie como si fuese la primera vez que la veía.

Mi amiga y yo, no sé muy bien por qué, discutimos acerca de lo que debíamos comprar, por lo que finalmente salimos sin haber gastado un euro, yo pidiéndole disculpas al joven empleado de la tienda y asegurándole que volveríamos después. (Tengo que añadir aquí que, aunque fuera sola, yo iba a volver, ya que el chico me había llamado mucho la atención). Entonces vimos entrar a un hombre muy atractivo que, tras hablar con la muchacha del puesto de información, se dirigió con paso firme hacia una de las piscinas en forma de laguna para luego meterse en el agua.

¿Estaba permitido hacer eso? Mis dos acompañantes ya estaban bastante aburridos del lugar, por lo que mientras yo observaba maravillada lo que sucedía en esa laguna ellos decidían marcharse. Yo les pedí que por favor se quedasen cinco minutos más; al fin y al cabo había sido yo quien les había mostrado aquel extraño lugar, y me lo debían. Mientras ellos se decidían pude ver cómo el hombre se acababa de convertir en un pequeño tiburón. Completamente perpleja, le pregunté a la muchacha de información de qué iba todo eso.

– Cada uno de nosotros tenemos nuestro afín acuático –me explicó con su sonrisa bien ensayada–. En realidad tenemos varios afines, y el agua de estas piscinas permite a quien lo desee convertirse en su afín y disfrutar de lo que ese cambio conlleva.

– ¿Hay algún requisito específico para poder probarlo? –le pregunté yo.
– Sí –respondió ella de manera automática–. Si se tiene algo de fobia al agua, lógicamente lo mejor es no intentarlo. También se deben cumplir ciertos requisitos en cuanto a estatura y peso, ante todo para los más pequeños y la gente de la tercera edad. Pero por tu constitución y la de tus amigos no vais a tener ningún problema.

– ¡Eh! –grité a mis dos acompañantes, que se giraron a la vez–, voy a meterme en una de las piscinas, ¿queréis verlo?

Mi amiga me miró algo nerviosa:

– La verdad, no sé si es buena idea… Y además se me está haciendo tarde… Debería irme.

– A mí también se me está haciendo tarde –agregó mi compañero–. Creo que vamos a ir saliendo.

– Bueno –respondí ligeramente enfadada–, esperadme abajo si queréis.

Mi amiga se desapareció por las escaleras, pero mi compañero se quedó deambulando cerca de donde yo me encontraba.

“Bien, veamos cuál es mi afín acuático”, pensé. Y justo antes de introducirme en el agua, el tiburón que había sido un hombre me habló:

– ¡No te lo pienses! ¡Esto es increíble!

Y así lo hice, y me convertí en un pececillo tropical de brillantes colores. De repente me encontraba nadando bajo el agua sin necesidad de aire y respirando con normalidad (para un pez, se entiende), e incluso podía hacer acrobacias y saltar de una piscina a otra. La sensación de libertad era tal que quise quedarme allí, pero no sola. Asomé mi cabecita por encima de la superficie y llamé a mi compañero:

– ¡Prueba esto!

– Creo que paso… –me dijo tras mirarme atentamente unos segundos. Y dicho eso me dio la espalda y desapareció sin más. “Ya hablaré con él cuando le vea”, pensé para mis adentros. Y seguí nadando y jugando, y aunque al cabo de un rato me pregunté si al salir del agua estaría desnuda, pensé que lo mejor es no darle mayor importancia; ya me preocuparía cuando tuviese que volver.

Entraron un par de personas más en el agua; una chica se convirtió en una foca y el chico en un pez manta. Me pregunté si eso tenía alguna explicación o relación psicológica, pero ya me informaría más tarde. Tras nadar y jugar un rato con ellos decidí salir del agua. Estaba seca y vestida. Y muy satisfecha por haber vivido esa experiencia,

En la planta inferior, donde se vendían todos los regalos y souvenirs, me encontré a mis dos acompañantes, que me habían estado esperando. Yo seguía ligeramente enfadada con ellos, pero no pude evitar explicarles lo que había vivido. Y aunque no dejaban de mirar sus respectivos relojes me prometieron que volveríamos otro día. Me supo mal que no compartieran mi entusiasmo, pero ¿qué podía hacerle? Y así abandonamos el edificio.

Desde ese día espero volver a encontrarme a aquél hombre que me habló del zoológico en el metro y que me animó a visitarlo, pero desgraciadamente no lo he podido localizar. Quiero darle las gracias por haber compartido su conocimiento conmigo y por haberme ayudado a disfrutar de tan hermoso lugar. De todos modos, desde hace un tiempo me he fijado que el cubo de agua se está diluyendo, como si fuera un fantasma que poco a poco va desapareciendo. Imagino que es a causa del avance de las obras; cada vez con más frecuencia lo traspasan sin saberlo multitud de camiones y de obreros. Me gustaría saber en qué lugar aparecerá cuando se vaya de aquí, pero siempre me quedará la satisfacción de saber que he sido una privilegiada al haberlo descubierto. Y por favor, cuando paséis por Mercat Nou, intentad abrir vuestras mentes y quizá podáis ver el zoológico invisible; si lo conseguís, ¡no dudéis en entrar!

20 septiembre 2008

De un único beso

Una solitaria jovencita, todavía inocente aunque tempranamente decepcionada con el mundo, camina con su vieja y desafinada guitarra por una amplia avenida cercana a su colegio. Ha vuelto de casa de una compañera de clase tras unas horas cantando y riendo en su terrado. Pero aun habiendo reído y cantado se siente triste.

El ambiente ha refrescado y la joven necesita calor para no dejarse llevar por la ilusión de luces de neón azul y anuncios baratos que regalan felicidad de marca a cambio de unos papeles cuyo único valor es un bien subjetivo. Quiere ir un poco más allá; quiere sentir. Mira a su alrededor para ver únicamente coches de colores apagados, asfalto gris y cielo nublado. Incluso el verde de los árboles no brilla como debería. “Quizá caiga una tormenta”, piensa desganada.

No le apetece volver a casa. Se sienta en un banco, saca su guitarra y toca para la multitud que sólo existe en su cabeza. Pues el resto de gente la mira de manera extraña. “Molestas”, dicen sus ojos. “Estorbas”, cantan sus pasos. “Sobras”, cuentan sus giros de cabeza. Y ella recoge su guitarra y sigue caminando.

Y entonces se encuentra con el esplendor de dos hermosos dragones dorados volando en un atardecer sangriento sobre una interminable muralla blanca, entre nubes de papel arrugado y por encima de ríos, lagos y montañas de cartón piedra. Y ella mira sus ojos verdes y se deja llevar por sonidos que apenas reconoce, cuerdas suave y decididamente acariciadas en una lejana escala que evoca lluvia y paz.

Entra en el subterráneo, alejado de los ojos de aquellos que pueden ver pero no saben mirar. El rugido de los motores de la gran avenida parece el eco de una tormenta de verano cuando la muchacha entra en el templo sagrado del saber milenario. Tranquilo aun estando repleto de gente. Silencioso pese a las incontables conversaciones. Acogedor a pesar de ser un lugar completamente desconocido.

Pide algo para beber y se sienta en una mesa granate. Observa el techo, artificial firmamento regido por el fénix y el dragón, lo femenino y lo masculino, el yin y el yang. Querría quedarse en ese maravilloso lugar para siempre.

Se dirige al baño. Y cuando sale de él, allí está el muchacho. Delgado, de pálida piel y ojos oscuros y rasgados. Ella se queda paralizada mientras él la desnuda con la mirada. “Tantos años”, le dicen sus ojos, “tantos años viéndote y al fin puedo tenerte delante”. Y ella piensa: “Tantos años… Tantos años observándote servir mesas y chapurrear español y ahora...”.

Y entonces él se dirige a ella de esa forma brusca que sólo los orientales parecen haber aprendido con el arte de la guerra, y su cara queda a pocos milímetros de la de ella. “No hay demasiado tiempo”, piensan los dos sin articular ningún sonido. Y ella se mueve y lo acorrala entre su joven e inmaduro cuerpo y la pared, y se acerca poco a poco a sus labios mientras él se amolda suavemente a su gesto, y cuando sus labios se encuentran la calidez de tan leve contacto humano llena un poquito más el alma perdida de la muchacha. Y el mundo parece girar y girar a su alrededor cuando sus lenguas se entrelazan apasionadamente, como dos amantes largo tiempo sin verse; sus bocas se amoldan a la perfección, llenándose ambas sin dejar ningún resquicio para el vacío. La muchacha despierta a un mundo de sensaciones jamás vividas, despertando también su cuerpo palpitante y deseoso de caricias. La calidez de la boca de él recorre el cuerpo de ella hasta su entrepierna mientras su corazón parece querer salirse del pecho. Y así sucede el más hermoso de todos los besos que se hayan dado jamás sobre la faz de la tierra, fénix y dragón en un abrazo celestial, perdidos en un mundo de demonios occidentales.

Pero no hay tiempo, y ambos lo saben. Una vez saciada su mutua curiosidad por el otro se separan lentamente y se miran a los ojos, sin emitir ningún sonido. Ambos se desean, más allá de idiomas y culturas, de prejuicios y peligros. Ambos se temen, tan cercanos y al mismo tiempo desconocidos, tan desarmados ante el deseo pero siempre atentos a un posible ataque desconfiado. Él sonríe; ha querido ofrecerle esos minutos como regalo. Ella devuelve agradecida la sonrisa, sabiendo que ese momento no se volverá a repetir, pero no es necesario, puesto que quedará grabado en su retina para siempre.

La muchacha camina sonriente hacia la puerta, pasando por delante del joven chino que sin perder la sonrisa la sigue con la mirada. Y ella ya no se atreve a mirarle a los ojos, de modo que cuando pasa por su lado le hace una leve reverencia con la cabeza, y él se la devuelve. Respeto mutuo. Satisfacción conseguida. La comunión de dos almas solitarias atrapadas en un extraño lugar.

Jamás volverán a verse; el muchacho dejará de trabajar en ese restaurante y ella conocerá otras almas similares, aunque no podrá olvidar la pasión de ese único beso. Y desde su estantería, la interminable colección de dragones chinos que a partir de entonces comenzará le devolverá siempre algo de ese momento.

11 septiembre 2008

De mi secuestro

Os voy a explicar cómo llegué hasta aquí y el cambio brusco que dio mi vida en apenas unos segundos, mientras desgrano cada minuto, cada hora de mis pensamientos en busca de respuestas en esta sucia y polvorienta habitación que se ha convertido en mi hogar sin yo haberlo elegido. Desconozco todavía los motivos superiores que han movido a todas las personas que me rodean a estar aquí, y añoro todas las cosas que ya no podré hacer, pero aguardo expectante el nuevo día en el que quizá logre entender qué papel tengo yo en este gigantesco, aunque invisible, tablero de juegos subterráneo.

Era una soleada mañana de martes cuando me encontraba con mi madre en la cocina almorzando. Hacía bastante calor, y yo sólo llevaba, como cada vez que me levantaba, unos pantalones cortos y una camiseta de tirantes; el vestido caqui de mi madre me hacía cosquillas en las piernas mientras ella se balanceaba de izquierda a derecha, irritante costumbre que había adquirido cuando fumaba. Yo le daba vueltas ausentemente al café, sentada sobre el frío taburete de metal azul.

– Deberíamos vaciar el cenicero, ¿no? –dijo mi madre de repente con una sonrisa. Me quedé observando el recipiente repleto de colillas, en el que parecía no caber ni una mota de ceniza más, y con una sonrisa le respondí:

– No creo que haga falta… –Y continué con una mueca de humor:– Siempre podemos jugar a hacer figuritas e intentar interpretar qué son.

Mi madre se rió; últimamente se encontraba de buen humor, lo cual era todo un alivio para mi padre y para mí. Terminé el café mientras intentábamos explicarle tal tontería mañanera a mi padre para que se riera un poco, sin apenas conseguirlo; estaba demasiado dormido. Tras el café me preparé para otra larga jornada laboral.

No sé si fue debido a la maldita rutina diaria o a que ese día estaba absorta en a saber qué extraños pensamientos, que apenas recuerdo el viaje de tres cuartos de hora hasta la oficina. Ni siquiera recuerdo haber cogido el ascensor. De hecho me daba la impresión de no haberme movido de la silla; mi madre habría salido por la puerta de la izquierda y, con un barrido surrealista, la concina se habría convertido en mi lugar de trabajo: el ordenador delante de mí, y tras el cristal la sala técnica; el equipo de desarrollo a la izquierda, y a la derecha la puerta que da a la sala de trabajo de unos doscientos asesores telefónicos.

Mis compañeros fueron llegando poco a poco, cada uno preocupado por sus quehaceres: instalar un servidor nuevo, preparar y documentar un nuevo aplicativo, realizar pruebas de telefonía IP, reclamar incidencias a proveedores de líneas y, cómo no, controlar que todo estuviese en orden y que trabajásemos en equipo. Apenas cruzábamos un silencioso y somnoliento “Buenos días”, algo bastante extraño pues era común intentar empezar cada jornada con una sonrisa en los labios y explicando alguna anécdota graciosa para levantar un poco el ánimo. Pero ese día parecía haber bastante trabajo.

De hecho me sentí abrumada ante la cantidad de incidencias que se acumulaban en el software de helpdesk para ser asignadas a sus respectivos técnicos. Más o menos lo de siempre: leer incidencia, comprobar datos correctos, filtrar información, asignar (a mí o a cualquiera de mis compañeros del resto de sedes). Después de eso, resolver todas aquellas incidencias que me había asignado para mí, desde cambiar un ratón que no funcionaba hasta averiguar por qué motivo algunos correos no estaban apareciendo correctamente a los asesores de una conocida compañía de telefonía móvil, sin olvidar, por supuesto, de atender amablemente el teléfono, encontrándome a veces con la más estúpida de las preguntas, o quizá con un problema tan complicado cuya solución me llevaría semanas encontrar.

En tal vorágine de trabajo me encontraba inmersa que no me di cuenta de que algunos de mis compañeros bajaban a desayunar algo, mientras otros se reunían con algún directivo para dar, una vez más, explicaciones técnicas en un lenguaje lo suficientemente sencillo como para que pudieran ser entendidas incluso por la señora de la limpieza (con todos mis respetos hacia ese sector profesional, ¡qué sería de nuestra salud sin ellas! No quiero imaginar cómo olerían los cuartos de baño… Desde aquí os digo: “Gracias”. –Y añado: “Deberíais cobrar más por limpiar la mierda de los demás”.–). Cuando me quise girar a preguntar un detalle técnico a uno de mis colegas (este trabajo me recuerda en ocasiones al de los médicos: si no están muy seguros de si es lupus o sarcoidosis, nadie mejor con quien contrastar ideas que otro médico), vi que el despacho estaba vacío. Miré a través de las ventanas de cristal hacia la sala, girando antes la manecilla que regula las persianas interiores. Sí, allí estaba, hablando con otras dos personas. Supuse que volvería en un instante.

Ese día la sala no estaba demasiado llena. Quizá se debiese a la crisis de la que tanto se hablaba, pero mientras la plataforma de sudamérica estaba ocupada al cien por cien, la nuestra apenas llegaba al veinte por ciento (y aun siendo esto así, debo recalcar la cantidad de trabajo que llegaba siempre a nuestro centro, procedente de los otros cuatro). Cogí una llamada de Madrid: tras unas risas y facilitar la información que se me solicitaba, colgué por última vez, aun sin saberlo, el auricular del teléfono.

De repente escuché un golpe seco que provenía de la pesada puerta metálica de la entrada, seguido por el sonido de dos objetos de madera chocando y gritos. Y al instante comenzaron los disparos.

Sin osar levantarme de mi silla, observé por la ventana cómo la gente corría de un lado para otro y caía al suelo tras ser alcanzada por el impacto de una o varias balas. A los pocos segundos pude verle: un hombre de unos cuarenta y cinco años, un metro ochenta de altura aproximadamente, fornido y con el pelo cano, disparaba indiscriminadamente a toda persona que encontraba a su paso, incluso a aquellas que se habían tirado al suelo. Me quedé paralizada al presenciar tal masacre; algunos conseguían huir, pero la mayoría estaba siendo asesinada a sangre fría. Y entonces el hombre miró hacia mi ventana y comenzó a caminar hacia donde yo me encontraba, disparando sin cesar. Todavía recuerdo el rostro de terror puro de una de mis compañeras a través de la ventana, cuando acorralada entre su mesa, la pared y el cristal de mi despacho imploraba entre sollozos que le perdonara la vida. El hombre se detuvo un par de segundos y, sin titubear, le disparó en el pecho. El cuerpo de ella se desplomó al instante, y lo último que pude ver fue su melena rubia deslizándose por la pared anaranjada.

El hombre abrió la puerta de una patada. Parecía una máquina programada exclusivamente para disparar a muerte a cualquier objeto que se moviera o que tuviese vida. Me miró entonces con sus profundos ojos azules mientras apuntaba su arma a mi cabeza y comenzaba a apretar el gatillo. Yo no pude más que cerrar los ojos con fuerza mientras dejaba los brazos extendidos a cada lado de mi cuerpo, sabiendo que lo último que oiría sería el estruendo del disparo y, quién sabe, quizá oliese a pólvora. ¿Cómo sería morir? Mi cabeza comenzó a trabajar a la velocidad de la luz, asumiendo mi futuro inmediato, repasando todos aquellos momentos de mi vida que había presenciado y pensando con tristeza en aquellos que nunca llegarían a ser. ¿Ya estaba? ¿Era ese el fin? El fin de una vida más, tan valiosa y tan pequeña como la de cualquiera de las demás personas que acababan de morir a manos de un loco enajenado… Tuve miedo, mucho miedo, pero al mismo tiempo ansiaba el deseado pistoletazo y que tal angustia finalizara de una vez por todas. Me sabía tan mal por mis seres queridos, por todas aquellas personas que iban a sufrir… A lo lejos pude oír las sirenas de la policía y las ambulancias. Se estaba generando todo un revuelo alrededor del edificio; ¿llegarían a tiempo para salvarme? Lo dudaba y deseaba que toda aquella pesadilla acabase al fin, por lo que decidí abrir los ojos y mirar fijamente a aquel ser despiadado, retándole a la vez que implorándole que presionara el maldito gatillo.

Pero jamás llegó a hacerlo. Todo lo contrario, bajó poco a poco el arma sin apartar su intensa mirada de mí. Se acercó con rápidas zancadas a mi silla, para cogerme por el cuello y levantarme de un golpe seco. Yo todavía seguía conmocionada, pero ¡estaba viva! Aunque empecé a temer más por mi vida que nunca. ¿Me estaba tomando como rehén? ¿Qué pediría a cambio? ¿Y qué haría conmigo? A todas luces las autoridades no permitirían que se derramara más sangre inocente, por lo que al verlo salir por la puerta con un rehén en sus brazos no se dignarían a dispararle. Y entonces salió a relucir mi parte más fría y calculadora, y sopesé los pros y los contras de mi situación en cuestión de segundos mientras él me arrastraba hacia la puerta, con fuerza pero sin llegar a hacerme daño. Mi miedo más terrible en aquellos momentos, incluso por encima de mi muerte, era la posibilidad de ser violada, no sólo por aquél hombre, sino por los compañeros que intuí que tendría. ¿No era mejor estar muerta?

Ante tal expectativa, sólo pude hacer una cosa: dejarme llevar. No opuse resistencia en ningún momento, y me acoplé tranquila en los brazos de aquel hombre, cuya cercanía me mostraba un lado salvaje que, antes que asustarme, comenzaba a excitarme. Sus manos me decían que sabía lo que estaba haciendo; que no quería lastimarme, que me quería por alguna razón que quizá más tarde lograría averiguar. Por ese motivo, y también por el hecho de que una cámara de televisión había conseguido colarse en el edificio y estaba retransmitiendo el secuestro en directo, apoyé mi cabeza sobre el hombro de mi captor. Al pasar cerca de la cámara miré directamente al objetivo, intentando mostrar con la mirada que estaba tranquila, que no iba a poner mi vida en peligro innecesariamente, y que todo saldría bien, con la esperanza de que me vieran mis padres y pudiesen confiar en mí. Esa mirada no era ninguna actuación: me sentía realmente tranquila, como si fuera yo la que dominaba la situación. Estaba convencida de que no pasaría nada malo. Luego bajé la mirada al suelo y me amoldé al paso del hombre, que no volvió a disparar a nadie hasta que abandonamos el edificio.

En un sucio callejón aguardaba un coche de lujo color crema y cinco hombres más, que abrieron rápidamente las puertas para introducirme en la parte posterior. Aunque yo ya conocía mi faceta de tranquilidad y sosiego en situaciones de riesgo, me estaba sorprendiendo a mí misma con la enorme capacidad para amoldarme a cualquier tipo de situación en cuestión de segundos. De hecho, en cierto momento incluso llegué a ayudar a mis captores indicándoles que se colocaran de otra manera para poder salir más fácilmente del coche en caso de emergencia. A través del retrovisor pude observar la sonrisa del hombre de ojos azules.

El coche arrancó y, tras un breve trayecto, se detuvo en otro callejón. Todos descendimos del automóvil, pero ya nadie me agarraba; me dejaron libre y se concentraron en el trabajo que se traían entre manos, como si confiasen plenamente en mí. Dos de ellos abrieron el maletero y extrajeron de él dos enormes cajas de plástico negro que colocaron cuidadosamente en el suelo. Otro hombre se afanaba en rellenar una esquina del edificio junto al que habíamos aparcado con una masa similar a la arcilla. Entre todos colocaron los cilindros de color granate que habían sacado de las dos cajas, y el hombre que me había capturado conectó con movimientos decididos y firmes lo que a todas luces parecía un detonador. En uno de los bolsillos de sus pantalones militares se encontraba el dispositivo de control remoto que haría estallar los explosivos.

– Todo listo –habló por primera vez, mirándome fijamente. –Éste era el último punto que quedaba por preparar.

De golpe quise preguntarle tantas cosas… Por qué había matado a toda esa gente, qué motivos tenía para ello, a qué grupo terrorista pertenecía, qué iba a pasar conmigo y, ante todo, por qué demostraba tanta confianza en mí. Pero mi prudencia me advirtió de que no era momento para hacer preguntas, de modo que me volví a introducir tranquilamente en el coche, como si hubiese viajado con aquellos hombres en multitud de ocasiones. Y entonces me llevaron a su refugio.

En una zona industrial medio abandonada, una gigantesca fábrica semi derruida se elevaba sucia entre la maleza y los árboles muertos de los terrenos de alrededor. Todos los cristales de los ventanales estaban rotos y las chimeneas hacía mucho que habían dejado de funcionar; el interior estaba cubierto de polvo y escombros. Pero en el subsuelo había una explosión de vida: enormes galerías y larguísimos pasillos llenos de gente bajo la fría y tenue luz de unos pocos fluorescentes blancos. En algunos rincones se observaban luces de colores provenientes de tubos de neón; el humo del tabaco flotaba en el ambiente cargado y viciado.

Algunos se me quedaron mirando mientras, rodeada por los seis hombres que me habían llevado hasta allí, atravesábamos las distintas estancias de esa pequeña gran urbe subterránea. La mayoría era gente joven, de aproximadamente mi edad, y me sorprendió lo alegres que parecían estar. Supuse entonces que, al igual que yo, habrían acabado con la monotonía de sus vidas: no más trabajo, no más deudas, no más peleas familiares; todo por un fin superior, un fin común, un fin que yo todavía desconocía. Un fin capaz de unir a personas de distintas tribus urbanas: desde niñas pijas hasta hippies y okupas con rastas, pasando por góticos y emos de catálogo y princesas de barrio con pendientes de oro barato.

El asesino que me había raptado me llamaba cada vez más la atención. Quizá fuese la ropa negra de corte militar que vestía, o tal vez su ancha espalda y sus fuertes brazos, o quizá su decidida y firme manera de andar, pero ese hombre desprendía un fuerte magnetismo del cual, pude observar, no era la única víctima: muchas chicas lo miraban también y sonreían y musitaban cosas entre ellas al verlo pasar.

Sólo había oído su voz en una ocasión, pero su vibración todavía retumbaba en mis tímpanos. Creí que, de vuelta al lugar que a todas luces era su cuartel general, me explicaría lo sucedido, o quizá me daría una tremenda paliza. Pero lo único que hizo fue darme la mano, sonreírme paternalmente y atravesarme con sus ojos azules, para luego darme la espalda y desaparecer. Y allí me quedé, de pie entre cientos de desconocidos y sin saber qué iba a ser de mí en los minutos siguientes.

Pero no duró mucho mi soledad, puesto que tres chicas se acercaron a mí y sonriéndome se presentaron. Una de ellas estaba claramente satisfecha con su imagen exterior, y tenía muchos motivos: su hermosa melena rubia y unos ojos oscuros y bien maquillados denotaban seguridad en sí misma, aunque por los piercings en nariz y labio me dijeron que estaba ante la típica persona que no ve más allá del físico. Sus ropas también la delataban: camiseta blanca ajustada de tirantes y con un generoso escote, unos pantalones piratas de color rosa y unos bonitos, aunque demasiado extremados, zapatos abiertos de tacón. Las otras dos chicas parecían algo más maduras: la morena y más bajita no sonreía tan vívidamente, y la otra, claramente del montón, parecía incluso aburrida. Ella fue quien me tendió el bolso, que se había quedado en mi despacho.

– Toma, imagino que habrá cosas que necesitarás.

Sostuve el bolso insegura, preguntándome quién se habría tomado la molestia en ir a recogerlo y, ante todo, cómo lo habría hecho para superar el cordón policial sin levantar sospechas. Miré en su interior, encontrando todas mis cosas: las llaves de casa, el móvil y la cartera con la documentación y algo de dinero suelto, unos tampones en uno de los bolsillos, un espejito, una memoria USB de 2 GB, un pote de pastillas de Pasiflora, un paquete de chicles empezado, unos cuantos pañuelos de papel y, lo más importante, mi inhalador para el asma.

– ¿Cómo…? –comencé a balbucear, pero la chica rubia me cortó en seco.

– Hay cosas que nosotras tampoco entendemos –dijo con una voz cantarina y un tono que me pareció ligeramente estúpido–, pero una vez te acostumbres a estar aquí, ¡te olvidarás de todas tus preocupaciones!

“¿Preocupaciones?”, pensé yo. A la mente me vinieron las terribles imágenes que hacía un rato había presenciado en mi lugar de trabajo; pensé en mis padres, familiares y amigos que se preocuparían por mí y a quien yo iba a echar muchísimo de menos. Como un jarro de agua fría cayó sobre mí la certeza de que jamás podría volver a la vida que había tenido hasta entonces, y fue en ese momento en el que me di cuenta de lo idiota que había sido, lamentándome por nimiedades sin apreciar todas las pequeñas cosas que no había sabido disfrutar, y que ahora volvían a mí en forma de recuerdos como pequeñas dagas clavándose en cada una de mis vísceras: ese café matinal en una terraza charlando con mi mejor amiga un sábado por la mañana; esas noches de insomnio haciendo zapping en mi dormitorio; esas copas de más con los colegas que tanto me hacían reír; todas esas personas que había comenzado a conocer… Todo perdido sin haberlo apreciado lo suficiente. “Idiota, idiota”, me repetía para mí misma.

No entraré ahora en detalles acerca de todas las jornadas que siguieron al que fue el primer día de mi nueva vida. Sólo apuntaré que los primeros días fueron como un sueño para mí, rodeada de cientos de extraños que acabarían siendo amigos o enemigos, intentando amoldarme a mi nuevo entorno y procurando no recordar más toda aquella vida de luz y sol que había sido mía hasta entonces y que no había sabido apreciar. Fui de copas a locales clandestinos y visité tiendas de ropa que nadie conocía; aprendí juegos nuevos y conocí a gente de todo tipo. Todos parecíamos iguales y nos tratábamos como tales, hasta que, pasada una semana, sufrí una crisis asmática.

Acudí rápidamente a mi inhalador, pero entonces temí por lo que pudiera suceder: no era la primera vez que sufría una crisis, y sabía que de no hacer efecto el inhalador necesitaría medicación más fuerte. Entonces recordé un importantísimo detalle que, con tanto movimiento, se me había pasado por alto: ¿y mi medicación para el asma?

En una de las salas comunes grité:

– ¡Que alguien me ayude!

Algunos se giraron sin moverse de donde estaban; otros se me acercaron corriendo. Inhalé de nuevo el medicamento y, haciendo esfuerzos por respirar, dije:

– Necesito mi medicación diaria. Por favor.

Los que me rodeaban empezaron a moverse rápidamente, y pude ver que un muchacho le hacía señas a un hombre maduro, el cual asintió levemente con la cabeza y salió con paso decidido de la enorme sala. Era uno de los cinco hombres del coche.

Otras personas me arrastraron hasta un sucio sofá granate, en el que me senté buscando la postura que me ayudase a respirar mejor. Tuve miedo: ¿llamarían a una ambulancia en caso de que fuese necesario? Si mi inhalador habitual no surgía efecto, conocía lo que sucedería después: cansancio físico a causa del esfuerzo, taquicardias y un ataque de ansiedad producido por el medicamento y por el estrés de no poder respirar. Necesitaría un ansiolítico y una inyección y, si esta no llegaba a tiempo, una bombona de oxígeno e ingresar en el hospital. Jamás había llegado hasta ese extremo; ¡qué fácil había sido coger el teléfono y pedir que fuese un médico a casa! ¿Qué pasaría ahora que me encontraba encerrada en un lugar oculto y que nadie debía conocer?

Pasaron dos horas y empecé a notar la taquicardia. Una hora más y necesitaría un ansiolítico. Un par de horas más y la inyección sería vital. A mi alrededor se había formado un cerco de personas que me miraban apenadas e impotentes, sabiendo que lo único que podían hacer era dejarme sitio para respirar. Alguien me acariciaba el brazo derecho. Todo el mundo estaba en silencio.

Entonces se oyó un portazo. Otro de los cinco hombres que había conocido en el coche se acercó corriendo a donde yo me encontraba y me tendió una bolsa de plástico. Con mucho esfuerzo miré en su interior, y me tranquilicé al momento: ahí estaba mi medicación, que me duraría al menos medio año. Alguien me tendió un vaso de agua y me tomé una pastilla. Acto seguido abrí un inhalador verde y tomé una bocanada. Todo el mundo parecía sostener la respiración conmigo. Después di otras dos bocanadas al inhalador marrón, y su gusto amargo me obligó a beber más agua. Poco a poco me fui calmando hasta tumbarme y quedarme dormida. Toda aquella gente me había salvado la vida.

¿Por qué tanta preocupación por mí? ¿Qué era lo que me hacía tan especial? Con el tiempo aprendí que en aquella comunidad todos daban el todo por el resto, pero aun así siempre noté cierto proteccionismo hacia mi persona. Se sucedían los días y empecé a preguntarme si aquello no era más que un sueño; un sueño tan vívido que lo confundía con la vida real. Y necesité comprobarlo.

Una mañana de mucho sol y calor estaba dando un paseo por uno de los patios del enorme edificio. Me recordaba bastante al patio de recreo de mi primera escuela, hecho que avivó en mí la sensación de estar soñando. Me quedé de pie en medio del patio y miré al frente, pensativa. ¿Hasta qué punto lo que estaba sucediendo era real? Noté el cálido aire rozarme las mejillas; pude apreciar el contacto de la ropa sobre mi piel. Podía oír cada nota no armónica de la ciudad; era consciente de mi cuerpo, de mi vida, y de las partículas que me rodeaban. Aquello no podía ser un sueño.

A unos cuantos metros de mí se encontraban los cinco hombres que había conocido en el coche el día del secuestro. Nunca habíamos cruzado una sola palabra, pero allí donde yo fuera ellos me seguían, cuales guardaespaldas protegiendo a una estrella. Yo hacía ver que no me daba cuenta, y ellos hacían ver que estaban allí por casualidad. Habíamos entrado en un juego sin reglas establecidas y siempre quedábamos en tablas.

Entonces di un brinco, y me elevé un par de metros sobre el aire. Me giré para ver como dos de los hombres me miraban impasibles. Nunca mostraban sus sentimientos, pero sabía que estaban atentos a cada uno de mis movimientos. Descendí lentamente para volver a impulsarme hacia el cielo. Veinte metros, manteniendo el equilibrio, flotando sobre las cabezas de todos aquellos extraños conocidos. No podía ser un sueño; era demasiado real. Podía volar. Podía escapar. Pero el juego estaba decidido. Reí entre las nubes y sobrevolé el patio, sin cruzar jamás sus muros. Los hombres me miraban pero no se movían. Entonces, desde lo alto, les grité:

– ¿Veis? ¡Podría escapar! ¡Podría escapar, maldita sea, pero no voy a hacerlo, para demostraros que podéis confiar en mí! –grité enloquecida. ¿Confiar en mí? Estaba claro que ya lo hacían. Estaba clarísimo que no era necesario que les demostrase nada. Quizá sólo necesitaba demostrármelo a mí misma: esa posibilidad de escapar a… ¿dónde? Estaba rehaciendo ya mi vida, sintiéndome siempre una extraña en aquél enorme zulo y sabiendo que jamás podría volver a nada parecido a lo que había sido mi vida. Eso me pasaba por despreciarla. ¿Era una lección?

Ya había demostrado suficiente. Volví a descender, cayendo en la cuenta de que entonces todo aquello no podía ser real, que yo no podía volar más que en sueños. Me senté en el suelo completamente confundida. ¿Acababa de volar? ¿O sólo había sido una mala pasada de mi cabeza, que intentaba convencerme paternalmente de que aquello era irreal, de que en algún momento despertaría a la calidez de mi dormitorio? Sólo había una forma de comprobarlo: volver a volar. Pero no me atreví. Cuando me puse en pie noté como el efecto maldito de la gravedad me aplastaba contra el suelo. Me imaginé dando una zancada esperando flotar y cayendo de bruces, sangrando por la nariz y con las muñecas rotas. No quería arriesgarme a descubrir la verdad. Quería seguir imaginando que aquello era un sueño.

Y así siguieron los días, sin noticias de importancia y sintiéndome cada vez más ajena y extranjera en aquél mundo al que había sido arrastrada. Mi ser ya no formaba parte de ningún mundo en concreto; ni el que había sido forzada a abandonar ni el nuevo en el que me encontraba. A veces tenía, y sigo teniendo, la sensación de haber sido abandonada por una nave espacial en un planeta recóndito y salvaje sin posibilidad de vuelta. Sin ni siquiera saber si alguien vendría a buscarme. Y sin entender jamás por qué yo era especial.

Hasta que un día los cinco hombres me llevaron a un cuarto oscuro, iluminado por un triste fluorescente. Ante mí había una puerta metálica. No me dirigieron la palabra; simplemente abrieron la puerta y allí se encontraba él.

Pensé que tras el día del secuestro jamás volvería a verle. Muchas veces había recordado lo que él había significado para mí, las esperanzas perdidas que había tenido, y había intentado olvidarle, como escondiendo una cicatriz infectada que ahora volvía a sangrar. No tenía buena cara. Había sido muy atractivo, pero había adelgazado y sus ojeras se habían oscurecido. Me miró tristemente. Estaba maniatado a una silla metálica. Ese era su hogar. Y entonces supe y comprendí. Que él me había salvado; que él, quien tanto me había hecho sufrir, me había dado una segunda posibilidad a cambio de su libertad y de su alma. Me miró con ojos desgarrados y una lágrima solitaria se deslizó por su nariz. Él jamás lloraba. Nunca. Y ahora lo estaba haciendo. Sentí pena y rabia. Sentí el impulso de tirarme sobre él y pegarle sin piedad, y de besarle con ternura. Quise sentir su piel bajo mis puños y entre mis brazos. Quise cuidarle y mimarle a la vez que maltratarle. Le bendije por salvarme de aquella masacre, y le maldije por haberme dado una vida de dudas y miedos y soledad. Le quise y le odié, y sin terciar palabra la puerta se cerró y no volví a verle.

Quizá os decepcione saber que mi relato llega a su fin. Quizá os defraude y os sepa a poco esta historia; quedan demasiadas preguntas sin respuesta. De ser así, imaginaos por favor cómo me siento yo, protagonista de esta extraña historia; no poseo ninguna verdad y mi saco de dudas está a punto de reventar. No sé si los explosivos llegaron a detonar. Todavía no entiendo el por qué de aquella terrible matanza. No alcanzo a comprender qué extraño papel juego en este teatro de marionetas sin sentido. Pero quizá jamás deba saberlo; tal vez el único motivo por el que estoy aquí es una lección de sabiduría que llega demasiado tarde. Aprovechad cada día como si fuera el último, pues fuerzas superiores a las vuestras se mueven sin control y pueden cambiar el rumbo de los acontecimientos en cuestión de segundos. Aunque el hastío os invada, sentidlo plenamente, sentidlo. Sentid que sufrís y que disfrutáis y que sentís y que podéis elegir. Porque yo ya no puedo. Y esa certeza me hunde en un abismo de fango maloliente. Dejad de lamentaros por hechos que no podéis cambiar. Concentraos en los que sí podéis moldear a vuestro antojo.

Espero que pronto tengáis noticias mías.

05 septiembre 2008

Demasiado tiempo sin soñar

Demasiadas horas dando vueltas en la cama, ahora a la izquierda, ahora a la derecha, moviendo el pie en una sencilla danza para llamar al sueño y al cansancio que nunca se deciden a llegar.

Un vaso de agua y la pastilla de la felicidad, o quién sabe, a lo mejor sólo media pastilla, o quizá dos. Y entonces los ojos se cierran obligados por la química irreal del mundo moderno, pero los sueños nunca llegan o, de hacerlo, desaparecen rápido junto con las pastillas.

No quedan recuerdos, no quedan imágenes ni sentimientos ni olores. De nuevo luce el sol una mañana más, y este pequeño gran detalle por el cual deberíamos estar agradecidos, el poder apreciar cada día el simple hecho de estar vivos, no es suficiente para paliar el anhelo por visitar otros mundos cuando la luna aparece y la ciudad duerme.

Una noche tras otra, durmiendo apenas cinco horas y despertando con inquietud. ¿Habremos soñado algo que nos ha hecho despertar de golpe? De ser cierto, ¿qué parte de nuestro cerebro estará matando esa pastilla para que no podamos recordarlo? ¿En qué oscuro rincón están quedando atrapadas tan bellas imágenes para que no podamos verlas jamás? ¿O es que acaso simplemente no se generan?

No creo que exista el dormir sin el soñar. No soñar es como perder un pedazo de nuestra vida, pues cada uno de nuestros sueños es el medio de comunicación más eficiente para que nuestra mente se abra y se expanda sin que nosotros la controlemos. Soñar es seguir despierto mientras el cuerpo descansa y nuestros sentidos apenas notan nada; somos pura mente, simple imaginación, esa vía de escape del mundo de la vigilia, ese agujerito por el que se vacía lentamente el saco de nuestra estresante y agitada vida, evitando que éste acabe explotando. Por eso, dormir sin soñar es como no dormir, y aunque se sueñe y no recordemos, soñar sin recordar es como perder minutos preciosos de una pequeña parte de nuestro ser que lucha por gritarnos y enseñarnos, pero que no puede.

Semana tras semana, deseando que llegue ese sueño digno de ser transformado en palabras, aparece algún que otro resquicio o imagen de lo que podría ser un sueño completo. Pero está demasiado difuso; es tan sólo una pieza de un enorme puzzle que sabemos que no podremos resolver, porque el resto de piezas se han perdido y no volverán.

Y quizá lo peor es recordar un sueño, y al abrir los ojos intentando volver al mundo real, pensar: "¡Este sí! ¡Al fin!", pero no hay momento alguno para sentarse tranquilamente a desgranar cada imagen y cada sensación, y poco a poco el recuerdo se esfuma como arena entre los dedos. Y de nuevo vuelta a empezar.

Tan importante deben ser nuestros sueños como el hecho de no poder recordarlos en algunas épocas de nuestras vidas. En mi caso he descubierto que es necesario librarse de ciertas emociones y obsesiones para dejar espacio a lo realmente importante, a lo que más nos preocupa o nos gusta o nos aterra; todas esas cosas que no permitimos que salgan a la luz por miedo a conocernos demasiado y a que no nos guste el reflejo que de nosotros muestran nuestros sueños. Cuando nuestra mente se encuentra fuertemente atada y cerrada no es posible superar los problemas cotidianos, pero mucho menos es desahogarse inconscientemente fuera del mundo de la vigilia.

Pero hoy, después de tanto tiempo, he tenido un sueño tan vívido que he llegado a creer que era real. Un secuestro, mi secuestro, por parte de un hombre adulto que acababa de disparar a cuanta gente me rodeaba. ¿Por qué me había elegido a mí? ¿Por qué me cuidaba tanto? ¿Qué verdad se ocultaba en sus ojos y en sus intenciones? Y a la cegadora y cálida luz del sol me siento a pensar: "Dios mío, sé que estoy soñando, pero parece tan real... ¿Seguro que no es esto la vida real? Porque jamás he soñado algo con tanta fuerza...". Pero finalmente salgo volando, demostrándome a mí misma que se trata de un sueño, y miro hacia abajo y grito a mis captores: "¿Véis? Podría escapar volando pero no voy a hacerlo", esperando ganarme su confianza de ese modo. Y desciendo, y al cabo de un rato empiezo a dudar: "¿Realmente he volado? Sé que sólo puedo volar en sueños, pero ¿y si ha sido una jugarreta de mi mente, cansada y estresada por todo lo que me ha sucedido? ¿Y si todo esto es real y no puedo volar? Podría intentarlo...". Pero no me atrevo, porque no quiero descubrir que mi vida ha dado un giro no de ciento ochenta grados, sino de sesenta y siete, pues tan extraña se ha vuelto. Sólo deseo que mis padres hayan visto con qué calma me he tomado el secuestro cuando una cámara de televisión me enfocaba mientras era arrastrada por el criminal que me apuntaba su arma a mi sien, para demostrarles que estoy bien y que puedo vivir esta situación sin ponerme en peligro innecesariamente. Y no intento volar, y acabo sabiendo por qué, de toda la gente que había a mi alrededor en aquella oficina, fui yo la elegida: un compañero había vendido su alma a cambio de mi seguridad y mi vida.

Pero es una historia larga y quizá deba ser explicada con más detalle, para disfrute de quienes lo lean como si de un relato corto se tratase, y para mí misma, para ayudarme a entender y regresar de nuevo a la amante del Sueño que fui.

31 mayo 2008

De la catástrofe y el nuevo orden de las cosas

Cuenta la leyenda que el día en el que el Gran Ojo y la Perla Blanca se encontraron en las profundidades del mar una gran catástrofe sacudió el mundo. De una sola persona queda el testimonio de tal acontecimiento, y a través de sus ojos podremos conocer la verdad, o parte de ella, de lo que sucedió.

Una tranquila mañana de verano las gentes despertaban del sueño nocturno para incorporarse a sus quehaceres en el pequeño pero próspero pueblecito. Ordeñar vacas, sembrar y recoger frutos, abrir comercios, trabajar en algunas de las fábricas del lugar y, en definitiva, continuar con sus vidas como siempre.

El hombre se sentía inquieto. Tras encargarse de algunos recados aprovechó para escaparse a la tranquilidad del Lago Grande, una extensa superficie de agua que en su día había pertenecido al mar. Sentándose sobre una cálida roca observó la mansa superficie de las aguas y los rayos del enorme sol anaranjado que aún se encontraba bajo en el horizonte. Empezaba a hacer calor.

Con aire decidido, el hombre se despojó de todas sus ropas y, tras dejarlas sobre la roca en la que había estado sentado, caminó con paso firme sobre la verde hierba hacia el lago. El contacto frío del agua le hizo estremecerse, pero sin pensárselo dos veces se sumergió en ella de golpe, sintiendo el amable frescor del líquido que le envolvía por completo. Abrió los ojos y, conteniendo la respiración, observó por debajo de la superficie los suaves rayos de sol que se adentraban en el agua, dotándola de una extraña aunque agradable tonalidad verde azulada, como si un montón de cristales opacos quisieran ocultar los tesoros del fondo del lago.

El hombre asomó la cabeza sobre la superficie para coger aire y dio unas cuantas brazadas alejándose de la orilla. En teoría estaba prohibido bañarse en el lago, ya que regularmente se producían potentes torbellinos que más de una vez habían provocado una tragedia, pero al hombre parecía no importarle aquel peligro; más bien todo lo contrario, solía acariciar la idea de encontrarse de repente en medio de una catástrofe natural que podía cambiar su vida y hacerle protagonista de una gran aventura. En su mente jamás cupo la idea de morir; siempre había tenido, para su desgracia, demasiada buena suerte.

Quién iba a imaginar que sería precisamente él el único ser humano que iba a ser privilegiado espectador de los estremecedores eventos que estaban a punto de producirse. Al principio pudo observar, en una de sus zambullidas en el agua, un objeto brillante a lo lejos. Después vio algo similar a una enorme esfera roja y su curiosidad fue en aumento. Pensó que quizá estaba a punto de descubrir aquello que provocaba los torbellinos del Lago Grande; de ser así se convertiría en toda una personalidad y al fin podría escapar de la terrible monotonía en la que se había convertido su vida.

De modo que llenó sus pulmones de aire y volvió a zambullirse en el agua, nadando hacia los objetos que le habían llamado la atención. Le sorprendió notar que a medida que descendía, la temperatura del agua, lejos de enfriarse, se tornaba cada vez más cálida y agitada.

De repente aquellos objetos que habían llamado su atención se convirtieron en dos enormes esferas que surgieron ante sus ojos. La primera parecía una gigantesca perla deforme que rotaba sobre su propio eje. La segunda, en cambio, era perfectamente redonda y se dibujaba un iris marrón que seguía cada movimiento de la perla. El hombre, estupefacto, se mantuvo quieto observando tan impresionante escena, cuando de repente la perla blanca lanzó un destello plateado en dirección al ojo rojo, que inmediatamente después emitió un haz de luz roja hacia la perla. El agua comenzó a hervir y un estruendo resonó en los tímpanos del hombre, que percibió que el fondo marino se abría en dos y que toneladas de pesada roca se desprendían a lo lejos, cerca de las orillas del lago. Entonces el hombre, luchando por salir a la superficie, perdió el conocimiento.

*** *** ***

Las blancas luces del pasillo rebotaban sobre la superficie sucia y gris de unas paredes enmohecidas y desgastadas por el paso del tiempo. En su litera de sábanas blancas, el hombre despertó desconcertado y con la vista borrosa. Primero se miró las manos, luego se palpó la cara para encontrarse con una poblada barba, y acto seguido, incorporándose lentamente, observó su alrededor.

Una bolsa de suero pendía a su izquierda, cerca de la cabecera de la cama. Lo habían vestido con un pijama gris y áspero y habían colocado barrotes metálicos alrededor de la litera para evitar que cayese. El techo era bajo y también gris, y apenas había sitio para más que una mesilla de noche y un pequeño armario en una de las paredes.

Por la amplia abertura del dormitorio, que no tenía puerta alguna, apareció un gigantesco hombre de color con un uniforme azul oscuro y botas militares.

– Al fin despierto –le dijo con una voz grave y no muy amigable.

– ¿Dónde estoy? –balbuceó el hombre, todavía aturdido.

– Donde está todo el mundo… Un refugio. Vístete y preséntate en el pasillo en tres minutos.

Dicho esto, el soldado, si es que era ese su rango, dio un manotazo en la pared y desapareció por donde había venido.

El hombre bajó por la escalera metálica a los pies de su litera y encontró sobre un taburete unos tejanos azules y una camiseta de manga larga también azul, así como unos calcetines negros, unos calzoncillos blancos y unas botas militares. Se vistió lo más rápido que pudo y salió al pasillo.

Una mujer bajita y con aspecto nervioso se aproximó a él y, con una sonrisa, le dijo:

– Hola, yo soy la doctora que ha estado cuidando de ti. No sé qué te pasó, pero parece un milagro que hayas sobrevivido. – Y le tendió la mano amistosamente.

El hombre la saludó tímidamente y se sorprendió ante la firmeza de la mano de la mujer, que se le había antojado débil. Ella le hizo un ademán para que la siguiera y empezaron a recorrer el pasillo en silencio.

Mientras la mente del hombre se iba despejando poco a poco, éste aprovechó para mirar a su alrededor: más celdas como la suya, con la mayoría de literas y camas vacías. La doctora pareció darse cuenta de ello y le dijo sin mirarle y sin dejar de caminar:

– Es la hora de la comida, por lo que todo el mundo está en el comedor. Desgraciadamente no tenemos gran cosa, pero me temo que a ti te parecerá todo un banquete.

Al final del pasillo una puerta doble de color verde y con dos vidrios redondos se abrió de golpe y aparecieron algunas personas vestidas de manera similar a la del hombre, así como un par de soldados. La doctora mantuvo la puerta abierta y le permitió el paso.

– Siéntate a la mesa y espera a que te traigan la comida –le indicó–, no tardarán mucho. Cuando acabes te pondremos al día. –Y dicho esto se giró y volvió al pasillo sin mirar atrás.

El hombre, de quien desconocemos el nombre pero a quien llamaremos H a partir de ahora (quizá de Hugo, o de Herbert, o de Humphrey, o de Hernán, o de Héctor, o simplemente de Hombre), vio que el comedor tenía la misma anchura que el estrecho pasillo por el que habían venido. Una larga hilera de mesas ocupaba toda la sala, y en el extremo opuesto, a lo lejos, se veía una única ventana que daba a la cocina, de donde surgían sonidos de platos y cubiertos, agua hirviendo y voces de mujeres y hombres que daban órdenes severamente.

H se sentó en medio de una de las mesas cercanas, y aunque apenas había sitios libres, todos los hombres allí presentes hablaban tan bajo que sólo se apreciaba un tenue murmullo. Ante H aguardaba un enorme plato de sopa, y a su izquierda lo que parecía ser cordero al horno adobado con guisantes y patatas. En medio de cada mesa había una enorme fuente a rebosar de frutas.

El hombre de su izquierda se giró y le preguntó:

– Eres nuevo por aquí, ¿eh?

H no dijo nada, pero asintió levemente con la cabeza. Su interlocutor siguió hablándole con una amplia sonrisa bajo su espeso bigote oscuro:

– No te preocupes, esto no está tan mal como parece. Tenemos comida y alojamiento gratis todos los días del año, algunos días libres y todo por hacer algunos trabajos de vez en cuando. Al principio quizá cuesta acostumbrarse –dijo mientras señalaba con un dedo hacia ninguna parte–, pero ¿a quién no le cuesta cambiar radicalmente de vida, teniendo en cuenta lo que ha pasado? –añadió entre carcajadas. El resto de comensales también rieron.

– No estoy muy seguro de lo que ha pasado –dijo H en voz baja y sin dejar de mirar su plato.

– ¡Ah! –le respondió su compañero con sorpresa–. Entonces todavía no te han explicado nada. Será mejor que dejemos esta conversación aquí, entonces. –Y volvió a su plato, y de nuevo reinó el silencio en la sala.

H pudo saborear los magníficos manjares que le habían servido, y se preguntó para sus adentros en qué debía estar pensando la doctora cuando le había dicho que aquello “no era gran cosa”. Se sentía cada vez más satisfecho y lleno de energía, y miró la fuente de frutas para elegir su postre. ¿Uva, quizá? No, mejor una sabrosa naranja, o una pera dulce. ¡Cerezas! Le encantaban las cerezas, sobretodo las oscuras. Y cogiendo un puñado de ellas, una imagen se presentó en su mente: un enorme ojo rojo que lanzaba rallos…

Antes de que H pudiera reaccionar ante tan extraña visión, el soldado que antes le había hablado le dio unos golpecitos en la espalda.

– Eh, chaval, vuelve de donde quiera que estés –le dijo con brusquedad–. Vamos a cerrar el comedor y está prohibido entrar hasta la próxima comida. Acompáñame.

H se levantó, dejando disimuladamente sobre la mesa el hueso de la última cereza que se estaba comiendo y sintiéndose completamente lleno, aunque nervioso ante lo que parecía estaban a punto de explicarle. El soldado, sin dirigirle la mirada ni una sola vez, comenzó a caminar por el pasillo pasando de largo el dormitorio de H y habándole mecánicamente:

– Esto funciona así: tú trabajas en las labores que se te asignen y, por cada tarea correctamente realizada, serás recompensado. La recompensa… –y aquí hizo una breve pausa–, la recompensa no es dinero, como había sido antes. Tu única recompensa será poder seguir disfrutando de una comida al día, de días de libranza y de un sitio en el que dormir. Si tus esfuerzos son considerables serás trasladado a una residencia con mayores comodidades de las que tenemos aquí. Pero –y remarcó claramente la palabra con un giro de cabeza– si no cumples con tus deberes serás degradado y trasladado a otro lugar del que algunos no hablan muy bien.

Giraron por el pasillo hacia la derecha y en el fondo H vio una pared metálica. Poco antes de llegar a ella, el soldado se detuvo y le miró por primera vez a los ojos.

– Mira, muchacho –le dijo con un suspiro relajado–, las cosas son así y me temo que no van a cambiar en un tiempo. A nadie le gusta esto, pero el nuevo orden de las cosas puede ser muy provechoso en el futuro. De modo que, si me permites un consejo, y no te hablo como soldado, y no creo que tenga más oportunidades como esta para decírtelo, amóldate al máximo, no hagas preguntas e intenta mejorar. El resto llegará solo. –Y recuperando la postura erguida de soldado, abrió la puerta y salió al exterior seguido por H. –Vamos, métete en esa furgoneta. Te vamos a llevar al lugar donde vas a empezar a trabajar. Tu turno será de noche.

El vehículo estaba blindado y los cristales eran opacos, por lo que no se podía distinguir el interior. Alguien abrió la puerta lateral desde dentro y el soldado le indicó que entrara. Al sentarse en el oscuro interior de la furgoneta, H pudo ver que había otros dos soldados y seis hombres que, por sus miradas fugaces, no parecían demasiado felices.

Uno de los soldados, un chico joven de raza blanca y lleno de pecas, le habló:

– Hemos podido averiguar que vivías en una casa en la que se realizaba la confección de ropas para las gentes de tu pueblo. –Su voz sonaba ligeramente nerviosa; se trataba claramente de un novato–. Por este motivo has sido destinado a… –y miró la libreta que tenía entre las manos–, ¡vaya! Eres un hombre afortunado, H. Has sido destinado a un popular taller de confección de trajes para la alta sociedad. Ahora nos dirigimos allí, donde la dueña te dará las instrucciones que necesites. Por la mañana volveremos a buscarte y te traeremos de vuelta. –El chico miró a H intentando parecer resuelto y decidido, pero sus ojos parecían estar preguntándole si servía para ser soldado. Cerró la libreta con brusquedad y añadió:– Te deseo mucha suerte.

*** *** ***

Era noche cerrada cuando H fue conducido por las modernas calles de una ciudad vieja, como pudo observar al descender del furgón para inmediatamente después ser introducido en una de las casas. El soldado novato, sin articular palabra, le guió por unas escaleras descendentes hasta un sótano, en el que aguardaba una mujer gorda y entrada en años, vestida con una camisa brillante de color verde y unos amplios pantalones negros. Iba muy maquillada y con demasiadas joyas de oro, pero sus pies calzaban únicamente unas sandalias viejas y sucias. Antes de que H se diera cuenta, el soldado había desaparecido y la mujer lo saludaba con una sonrisa.

– Hola, soy la dueña de este taller –le dijo. H miró a su alrededor con más atención, observando las enormes mesas llenas de tejidos y retales, así como las máquinas de coser y las cajas a rebosar de hilos de distintos colores. La estancia, aunque amplia y de techo alto, estaba completamente desordenada. La mujer siguió hablando:– Tenemos bastante trabajo acumulado, de modo que tu primera tarea va a ser coser todos los dobladillos de ese montón de ropa que tienes ahí –dijo señalando hacia la izquierda de donde se encontraba H.– Como puedes ver, puedes probar cómo quedan las prendas en ese probador que tienes a tus espaldas. –H se giró y vio un pequeño cubículo con una persiana a modo de puerta, que no confería demasiada intimidad.– Mi hija bajará dentro de poco para enseñarte cómo debes hacerlo. En teoría tienes que tener listas veinte prendas como mínimo para esta noche, pero como eres nuevo y al parecer has despertado hoy mismo, te doy una noche más para que cumplas con la labor. Hay una máquina de agua en el fondo de la estancia, pero deberás esperar a volver al refugio para comer y hacer tus necesidades. Ah, por cierto –añadió como si hubiera estado a punto de olvidarse de algo importante–, deberás afeitarte. Tienes una cuchilla dentro del probador. –Y dicho esto, la mujer le sonrió con una extraña expresión de compasión y desapareció por una puerta cerrada con llave.

H rebuscó entre el montón de ropa que le había indicado la mujer. Todas las prendas eran camisas de color azul oscuro, similares a las de los soldados pero de una tela más agradable a la vista y al tacto. Las costuras estaban hilvanadas, y aunque H nunca había cosido a máquina, en multitud de ocasiones había visto a su madre hacerlo, de modo que el trabajo se le antojó fácil. “Toda una noche es mucho tiempo para coser veinte camisas”, pensó con tranquilidad, y comenzó a afeitarse en el probador, cuidando que el vello cayera sobre una especie de pica colocada ante el espejo, percatándose de que hasta ese preciso instante no se había detenido aún a pensar en su madre ni en toda la gente que le conocía; pero de algún extraño modo no se sintió intranquilo. No añoraba a nadie, quizá porque todo estaba sucediendo tan rápido que no había tiempo para llorar a aquellos de los que se desconocía su paradero. Y en vistas de lo que estaba sucediendo, supuso sin tristeza, más bien con indiferencia, que de estar vivas, todas aquellas personas que habían conocido a H tampoco habrían tenido tiempo para preocuparse por él.

Justo cuando estaba acabando de afeitarse la puerta por la que se había marchado la dueña se abrió y entró una joven, y H supuso que se trataba de la hija de la mujer. Pero sólo lo supuso, puesto que la muchacha no se parecía en nada a su madre: era bella y esbelta, y su pelo largo y rubio destacaba sus ojos azules y sus carnosos labios rojos. Llevaba un vestido blanco y vaporoso y no llevaba nada de maquillaje; tan sólo un reloj sencillo en una de sus muñecas y una fina cadena de oro con un colgante alrededor del cuello. H sintió una oleada de deseo que intentó controlar; hacía demasiado tiempo que no sentía nada parecido.

– Hola –saludó a la muchacha, que parecía algo tímida.

– Hola –le respondió ella, para añadir rápidamente, como si quisiera salir corriendo:– Vengo a explicarte cómo funciona todo esto. –Y sentándose frente a una de las máquinas de coser, cogió una camisa y empezó a explicarle:– ¿Ves este hilo blanco? Debes seguir su trazado con la máquina, intentando que no se hagan nudos.

Pero H le cortó rápidamente:

– Sí, sé cómo se hace, una vez lista la costura se tiene que deshilvanar, ¿cierto? –y sonrió a la muchacha en un intento de que se relajara, lo cual pareció surgir algo de efecto.

– Vaya, veo que conoces algo del tema –le respondió ella con una leve sonrisa.

– Sí –continuó él, buscando alargar la conversación al máximo. Desconocía qué tenía aquella muchacha que tanto le estaba gustando, pero sólo quiso seguir hablando con ella, conocerla más. De modo que siguió:– ¿Hace mucho que ayudas a tu madre?

– Sí… desde bien pequeña –le respondió ella–. Pero ahora las cosas han cambiado tanto…

– No tienes que hablar de ello si no quieres, De todos modos, no estoy muy seguro de lo que ha pasado.

Ella lo miró con interés y curiosidad.

– ¿No sabes nada? –le preguntó.

– No –le respondió él–. Lo único que sé es que vivía en un pueblo tranquilo, que una mañana me puse a nadar en el Lago Grande… y de repente me desperté en el refugio, hace tan sólo unas horas. Ni siquiera sé dónde estoy ni cuánto tiempo he pasado durmiendo.

– Vaya… –susurró la chica. Parecía que la historia de H le producía mucho interés. “¿A cuántos hombres enfurecidos y deprimidos habrá conocido esta pobre mujer?”, se preguntó H, pero no osó pronunciarse en voz alta.

Aún así, la chica le miró a los ojos como si buscara las respuestas a las dudas de H en lo más profundo de sus ojos. H volvió a sentir una punzada de deseo, pero intentó controlar su impulso de besarla. Era su primera noche allí, no podía permitirse empezar así.

Pero para su sorpresa la muchacha se levantó de la silla y se dirigió al probador.

– Ven –le dijo con un susurro.

Él la siguió, y a la brillante luz del cuarto se besaron y acariciaron todo el cuerpo, primero con sorpresa, más tarde sin vergüenza. La muchacha mezclaba sensualidad y ternura con pasión y deseo, una mezcla explosiva que hacía que H se perdiera entre gemidos, susurros y respiraciones entrecortadas. Ella parecía desearle tanto como él a ella, y apretaba su esbelto cuerpo contra el de H, presionando su zona púbica en la verga que cada vez se endurecía más bajo sus pantalones. Él quiso poseerla, y ella parecía estar deseándolo, por lo que la desnudó rápidamente y buscó entre caricias y mordiscos su maravilloso centro, a lo que ella respondió con un gemido de placer que a todas luces pedía más. Y así, de pie ante el espejo del probador, hicieron el amor de manera suave pero salvaje al mismo tiempo, como dos amantes largo tiempo sin verse. H no había conocido a ninguna mujer igual que aquella joven muchacha, y por primera vez en su vida pudo gozar de un intenso orgasmo, quizá el más intenso de su vida, mientras ella se retorcía de placer entre sus brazos. H jamás olvidaría aquella noche, pero tampoco volvería a ver a la muchacha.

Al cabo de un tiempo, cuando parecía que al fin ambos habían saciado su deseo, ella lo miró a los ojos y con una sonrisa le dijo:

– Me alegra haberte conocido. Vas a tener muchísima suerte. Pero ahora debo irme, estoy convencida de que mi madre se estará preguntando por qué tardo tanto en subir. Ya sabes… –añadió sonriendo con complicidad–, no suelo estar tanto rato aquí abajo. –Y le guiñó un ojo.

– Claro –le respondió él. Le entristecía enormemente separarse de aquella diosa del placer, de aquella desconocida que en tan sólo unas horas se había convertido en su mejor amiga. Le acarició la cara y le besó con suavidad los labios, y agregó:– Gracias.

– No me las des –le dijo ella–. ­Eres extraordinario, tienes algo especial en ti. Eres… especial.

Y le devolvió el beso, un último beso largo y cálido, lleno de ternura y pasión y cariño y entendimiento, y tras vestirse rápidamente desapareció por la puerta.

H aún estaba aturdido y se sentía cansado cuando miró el montón de ropa que en teoría debería estar ya cosida. Apenas le dio tiempo a acabar una camisa, y cuando estaba dando los últimos retoques apareció por la puerta el soldado novato.

– Volvemos al refugio –le indicó éste.

H miró por última vez el montón de ropa con una serenidad pasmosa: la próxima noche no sólo haría las diecinueve camisas restantes, sino que le pediría a la dueña que le diera más trabajo. Él sabía que podía hacerlo, y se sintió tranquilo.

*** *** ***

Y así fue construyéndose el nuevo orden de las cosas en una sociedad en la que H fue aumentando de estatus gracias a su efectividad en las labores que le eran asignadas, lo cual le permitió ir enterándose paulatinamente de lo que había sucedido. Tuvo esa oportunidad cuando le encargaron del reparto del correo postal por la ciudad, una vez ya había sido trasladado a una nueva residencia. Realizar el reparto en las horas indicadas le permitía hablar con todo tipo de personas, cada una de las cuales le aportaba nuevos datos acerca de la Gran Catástrofe y de las decisiones que se habían tomado a raíz de ella.

Al parecer la antigua teoría de la Pangea, es decir, el lento movimiento de las placas tectónicas de la corteza terrestre que habían ido segmentando un único y gigantesco bloque de tierra formando los distintos continentes, había “involucionado”. Los continentes se habían vuelto a unir en uno solo, surcado por incontables ríos y lagos que conferían a este nuevo terreno el aspecto de un enorme archipiélago de pequeñas islas. Tal unión eliminó fronteras y rehizo países y estados, y un nuevo mundo tuvo que ser redescubierto, y mientras científicos y estudiosos de todo el mundo se afanaban por reconstruir mapas y buscar indicios de tan repentino cambio, un gobierno militar se había instaurado en todo el planeta, que ahora se antojaba más pequeño. Política, economía y educación habían cambiado radicalmente, y el reparto de bienes entre los civiles, claramente diferenciados en estratos sociales impuestos por los militares, se basaba en la capacidad de cada uno para trabajar para la sociedad.

Para sorpresa de H, ninguna de las personas con las que entablaba conversación parecía estar disgustada con el nuevo orden de las cosas. Todos se habían amoldado rápidamente a él, quizá al ser la primera generación del Nuevo Orden, y recordaban las injusticias del Antiguo Orden. De hecho, en una ocasión una mujer le dijo:

– Es nuestra gran oportunidad para intentar mejorar el mundo y aprender de los errores del pasado, ¿no crees? Antes el mundo estaba tan dividido que habría sido imposible cualquier cambio… En realidad parece que era necesario que sucediera la Gran Catástrofe… Al menos ahora podemos intentar ser mejores. –Y habiendo dicho esto, le sonrió. Parecía que todo el mundo sonreía.

En otra ocasión, una madrugada cuando H volvía de su trabajo en la furgoneta del refugio (ese tipo de transporte era muy común en la nueva sociedad) se encontró con un hombre entrado en años que luchaba por acabar el reparto del correo a su debido tiempo. H pidió al conductor que detuviese el vehículo, y tras apearse se dirigió al amplio vestíbulo acristalado en el que se encontraba el abuelo.

– ¿Puedo ayudarle en algo? –le preguntó H.

El hombre se giró nervioso y empezó a llorar, afirmando que le quedaban aún tres entregas por realizar y que su turno finalizaba en diez minutos; le parecía imposible llevar a cabo su tarea, puesto que la máquina de recogida del correo del edificio se había estropeado y no parecía reconocer la identificación del trabajador.

Tras varios intentos, H consiguió que la máquina funcionara y el hombre mayor pudo realizar la entrega. Acto seguido H se ofreció a finalizar el recorrido en la furgoneta, de modo que el pobre hombre no tuviese que caminar distancias que en dos minutos podían ser salvadas con un vehículo. El abuelo, que parecía terriblemente asustado, le agradeció infinitamente su ayuda.

– Hace poco que me han trasladado aquí –le explicó a H en la furgoneta–. Soy ya mayor y mi salud no es buena, y aunque los médicos me ayudan en todo lo posible siempre hay contratiempos que dificultan que pueda realizar mis tareas a su debido tiempo. Tengo miedo de quedarme estancado hasta mi muerte…

H le tendió una barrita energética, algo muy común esos días entre los trabajadores. Se utilizaba únicamente en casos de extremo cansancio o enfermedad, pero el hombre la necesitaba a todas luces. Cuando éste acabó de comerla le cambió el color de la cara.

– De nuevo, muchísimas gracias. Suerte que hay gente como tú.

A H le agradaba poder ayudar a aquellas personas a las que más les costaba amoldarse. Se sentía feliz viendo que sus actos tenían algún significado para el resto, y aunque su vida al fin se había estabilizado y había logrado multitud de beneficios, un oscuro rincón de su ser había quedado vacío, o quizá ya estaba vacío mucho antes de la Gran Catástrofe. Con el paso del tiempo llegó a recordar aquella mañana en el Lago Grande, cuando había presenciado la lucha entre la Perla Blanca y el Gran Ojo, pero nunca le habló de ello a nadie; simplemente dejó por escrito aquello que recordaba, narrado en forma de leyenda, por lo que ahora es considerado un cuento para niños.

Si la Gran Catástrofe fue provocada por la avaricia de los gobernantes del planeta, o si se trató simplemente de un acto de la Naturaleza, es una cuestión que aún se debate en nuestros días. Y si la Perla Blanca y el Gran Ojo existieron realmente, y no se trató de ninguna alucinación de H, es algo que tardaremos mucho en saber, puesto que el secretismo entre las altas esferas es imperante.

Pero, como ya ha sucedido antes durante la Historia de la Humanidad, sólo podemos esperar a que las generaciones futuras acaben entendiendo por qué sucedió una catástrofe de tal magnitud, y desear que ello les ayude a aprender de los errores del pasado y a seguir construyendo un mundo mejor.