A los trece años tuve que tomar la primera elección importante de mi vida, y cuanta más información recibía menos sabía qué camino elegir. "De esta decisión depende vuestro futuro", nos decían los profesores. "Elegid bien, pues aunque después decidáis cambiar habréis perdido el tiempo", no se cansaban de repetirnos.
En ese momento, cuando aún existía la EGB, el BUP y el COU, y cuando las dos únicas posibilidades eran BUP y su orientación universitaria o Formación Profesional y el salto al mundo laboral, tres tipos de personas se presentaron ante mis ojos: por un lado, aquellos que lo tenían muy claro y que sabían perfectamente qué hacer con su vida; por otro, aquellos a los que no les importaba qué elegir, porque odiaban estudiar o porque no se les daba bien; y por último, el grupo al que yo pertenecía, el de la gente que no sabía qué hacer y que se dejó guiar por los consejos de los adultos.
Pero para ayudarnos (en teoría) en nuestra elección, se programaron una serie de tests psicotécnicos y de conocimientos a partir de cuyos resultados nos indicarían, como si fuéramos ganado, qué debíamos hacer. Los tests empezaban a las siete de una fría tarde de invierno, y estuvimos encerrados en el aula unas dos horas mirando series gráficas y numéricas, recordando nombres de autores y respondiendo preguntas claramente estúpidas del tipo "¿Qué prefieres ser, un águila que sobrevuela el mundo o una foca en la playa rodeada de un montón de focas?" (por dios, ¿por qué nunca ponen la opción "Depende"? Depende de por donde vuele el águila y hacia dónde se dirija, y depende de la playa y las focas, y depende del entorno y del estado de ánimo y de otro montón de factores que no podemos controlar...).
Al terminar los tests, la profesora, una mujer de unos cuarenta años muy inteligente y muy amargada, guardó todos los papeles en su cartera de piel marrón claro y nos indicó que podíamos irnos. Pero cuando empezamos a levantarnos de nuestros asientos entró otro de nuestros profesores, un adulto depresivo y sin autoridad que se había convertido en el hazmerreír de todos los alumnos. Con ademanes nerviosos nos indicó que no nos moviéramos de donde estábamos, mientras tras él entraba otro profesor que, para gracia o desgracia del anterior, consiguió captar nuestra atención y explicarnos qué sucedía: no podíamos irnos, ya que el exterior de las aulas era peligroso. Aun sin darnos más datos, su contundente voz nos convenció de que debíamos hacerle caso, y siguiendo sus indicaciones apagamos la luz y nos quedamos en la más absoluta oscuridad de la noche, asustados y callados, deseando obtener respuestas e irnos a casa.
Yo siempre me sentaba al lado de la ventana, y aunque ya era noche cerrada y todas las luces del colegio habían sido apagadas pude observar en el patio las figuras de decenas de perros que vagaban en busca de comida. Vi entonces que eran perros hambrientos y famélicos, sucios y enfermos: algunos cojeaban, otros tenían cicatrices por todo el cuerpo, y parecían rabiosos. Entonces, sin acabar de creérmelo, vi que cuando encontraban los restos de un bocadillo en la basura se producía una fiera pelea que, a veces, dejaba a alguno de los animales inerte en el suelo. Al preguntarle al profesor qué era aquello, éste me indicó en susurros que no osara mediar palabra. Los otros alumnos que se sentaban al lado de la ventana explicaron a sus compañeros más cercanos lo que sucedía, y pude ver el pánico contenido en sus miradas, pero no dijeron nada. Y en silencio pudimos escuchar los gruñidos y ladridos de las fieras, y sus pisadas y sus fosas nasales oliendo y buscando, y otros sonidos que preferí no visualizar.
Pasaba el tiempo y nadie venía a por nosotros, y lo que al principio fue curiosidad acabó convirtiéndose en una extraña urgencia por investigar de dónde habían salido esos perros hambrientos y, como si de la protagonista de una novela para adolescentes me tratara, me pregunté si sería capaz de controlarlos y retenerlos mientras el resto de la clase salía por la puerta. Sabía que tenía que existir algún modo, y el tedio estaba acabando conmigo. Me levanté, y una de mis compañeras me cogió por el brazo y me dijo: "No lo hagas", pero los demás se me quedaron mirando, algunos con esperanza, otros con miedo. La profesora, que se había desplomado sobre su silla, me miraba con ojos ausentes y no intentó detenerme. El profesor había ido en busca de información hacía un rato, de modo que nada ni nadie me retenía, y finalmente salí por la puerta.
El colegio estaba desierto, y aunque no había luna ni estrellas la visibilidad era perfecta. Cuando bajé las escaleras y salí al patio todas las señales de violencia habían desaparecido: no había restos de comida ni cuerpos, y todo estaba en calma. Era como si todo lo que había visto desde mi ventana se hubiese esfumado, o quizá había estado mirando un patio distinto. Mientras dirigía mi mirada hacia las ventanas del aula, desde las cuales algunos alumnos me miraban, vi a dos compañeras aparecer por la misma puerta con paso decidido. "Vamos contigo, por si necesitas ayuda", me dijo una de ellas. Acto seguido me indicó que nuestras batas azules destacaban en la oscuridad de la noche y que seríamos presa fácil de los animales si no nos las quitábamos. La otra me miró como si esperara órdenes, y entonces les señalé que las tiraran a la papelera más cercana.
Atravesé el patio con paso decidido mientras mis dos compañeras esperaban atrás, y me dirigí hacia la entrada principal, cuyas escaleras de subida llevaban a las aulas de BUP y las de bajada al enorme comedor. Por un momento intenté recordar el suave color crema de las paredes y el gris gastado del suelo, ya que al mirar al edificio observé que éste había cambiado: me encontraba a la entrada de una alta y oscura torre circular y deforme, acabada en un destrozado pináculo y con pequeñas ventanas alargadas que me observaban, y me sentí amenazada. Y también sentí entonces mucho miedo, pero la curiosidad era más fuerte, y armada de un valor antes desconocido entré por la gigantesca puerta de hierro forjado y comencé a subir las estrechas escaleras de caracol, irregulares y polvorientas.
Aunque desde el exterior la torre me había parecido alta, desde su interior parecía no tener fin. Subí y subí sin parar, casi sin aliento, y con cada paso el espacio era más reducido, y cada poco rato miraba hacia abajo para ver únicamente un suelo negro y blanco que antes no estaba allí, como si de un irregular tablero de damas se tratase. Y cuando miraba hacia arriba veía una gigantesca campana dorada, cada vez más cerca pero siempre a la misma distancia. El camino era lento y difícil, y aunque sé que tardé muchísimo en llegar a lo alto de todo no recuerdo casi nada del trayecto, más que escalones y escalones y un extraño olor a humedad y polvo. Cuando finalmente llegué arriba la torre se había estrechado tanto que debía desplazarme agachada, y al mirar hacia abajo vi a mis dos compañeras que me miraban, y me di cuenta de que se habían puesto de nuevo sus batas, y en su mirada sólo había vacío y rabia, y entonces supe que había sido una encerrona: su sonrisa mientras subían los escalones y sus furtivas miradas a las ventanas a mis espaldas me alertaron... Bastaba un empujón para que todo terminase. Y la valentía que hasta entonces había sentido me abandonó por completo y la certeza de lo que me podía suceder me provocó pánico, y me quedé paralizada mientras mis compañeras subían las escaleras y me gritaban que no me moviera. Entonces vi que de la campana colgaba una gruesa soga por la que quizá podría bajar para encontrar un escondite, y al agarrarme a ella con fuerza la campana estalló con un sonido estridente y profundo, y mis compañeras gritaron...
No recuerdo qué sucedió después. Sólo sé que al día siguiente, o quizá al cabo de unas semanas, volví a la escuela con la sensación de haberlo soñado todo, y los alumnos y profesores ya no estaban preocupados y parecían no recordar nada. Todo parecía haber vuelto a la normalidad, o quizá nada de aquello había sucedido. Pero a la hora de comer, cuando mis compañeras y yo nos dirigíamos hacia el comedor y observé las paredes de suave color crema y el gris del suelo desgastado, la inquietud me invadió y no quise entrar por la puerta...
03 marzo 2007
07 febrero 2007
Del maquillaje y un encuentro no deseado
Hay una muchacha en mi barrio que no pasa desapercibida, o eso dicen. Se llama S, siempre viste de negro, y su larga y rizada melena castaña le llega por la cintura y resalta su piel pálida. Lleva botas de suela alta, pero nunca tacones, ya que dice que le gusta pisar con fuerza y poder salir corriendo en caso de ser necesario. Siempre viste igual, y lleva una cruz al cuello. Rara vez se la ve sin sus cascos, y como siempre va concentrada en su música, nunca saluda a los vecinos, pero no creáis que lo hace a propósito; simplemente no os ve. Y si os ve, os saludará con una cálida sonrisa, pues aunque en su interior una pelotita negra y sucia la acompaña en su soledad, en el exterior irradía una luz blanca, y como le dijeron una vez, únicamente le faltan las alas para ser un ángel...
Si la conocéis más allá de la simple apariencia, veréis que también es bella en su interior, pero que su cabecita da miles de vueltas y le lleva a veces por el camino más amargo. Y ésta es la historia de una tarde en la que decidió cambiar todo aquello en lo que se había convertido, su imagen externa, y de cómo no pudo conseguirlo.
Cansada de llevar siempre el mismo color, cansada de sus ojos pequeños y sus ojeras cada vez más pronunciadas, y ante todo, cansada de oír siempre la misma frase: "Siempre de negro, con lo guapa que estarías vistiendo de otro modo, ¿te acuerdas de aquella vez que te maquilló tu jefa? Estabas preciosa...", quiso probar suerte, quiso cambiar, y para ello tenía que aprender, y para aprender debía practicar, y podía empezar comprando algo básico: el maquillaje.
De modo que se enfundó en su abrigo negro y empezó a subir la calle de su casa en dirección a una tienda especializada, donde pediría, aún no sabía muy bien cómo, consejo y precios. Nadie conocía sus intenciones, pues nunca había hablado de ello, y en realidad ni siquiera sabía si llegaría a atreverse a cambiar, pues pasaría a seguir siendo protagonista aunque no lo quisiera de los comentarios y las preguntas y, quizá, las burlas de todos aquellos que la conocían. Y mientras sopesaba en una balanza mental los pros y los contras de tan impulsiva elección, una vecina del barrio la detuvo: delgada, alta y rubia, de profundos ojos azules y pómulos perfectos, representa su idea a la perfección; exuberante, muy maquillada y con ropa a la última de multitud de colores y miles de complementos, llama la atención por donde va. Y pensó: "No quiero ser como ella, pero algo puedo aprender...".
La chica rubia la invitó a una fiesta en un local cercano. S dudó durante un momento, y quizá el miedo al cambio que se iba a producir en ella y un pequeño porcentaje de indecisión la empujaron a aceptar la oferta. De modo que cambiaron de rumbo y se dirigieron hacia la derecha, para entrar en un edificio de seis plantas lleno de locales y discotecas. No se trata de un ambiente al que S esté acostumbrada, pero nunca le ha importado visitar lugares nuevos y conocer distintos ambientes: eso le permite, como ella siempre dice, tener más opciones donde elegir y saber dónde se quiere estar.
Aunque desde el exterior el edificio parece un bloque de viviendas más, en su interior alberga vida, fiesta y estilo. Todos los locales dan a un gigantesco patio interior de forma ovalada, y hay escaleras y ascensores en cada punto cardinal. Las paredes están pintadas de intensos colores rojos, verdes y amarillos, y al lado de las barandillas de cristal se alinean sofás de piel granate y plantas de plástico que alegran la vista. La luz amarilla y blanca parece provenir de todas partes, de modo que a uno le parece estar al aire libre y al mismo tiempo bajo tierra.
A esa hora no había demasiada gente (no serían más de las cinco de la tarde), y aunque el volumen de la música era muy alto se respiraba tranquilidad. Quinceañeros con aire chulesco caminaban de aquí para allá, pavoneándose y mirando a las jovencitas que pasaban en grupos riéndose y cacareando como gallinas. S destacaba ante tanto color, y tenía la ligera sensación de ser una mota de ceniza en un enorme arco iris, pero eso no le importaba. Prefería pasar como un borrón oscuro por la vida a pertenecer a la masa uniforme de la sociedad. Y aún así, sentía envidia.
Sentadas en uno de los sofás, ambas muchachas, cual día y noche, observaban a su alrededor, hasta que la chica rubia le pidió entrar en uno de los locales. "Tendremos que subir las escaleras, pero está realmente bien, y dudo que la música te desagrade. Bueno, lo cierto es que tú nunca has tenido demasiado problema con la música". S accedió, y juntas subieron a la tercera planta, y justo cuando se dirigían hacia la discoteca, llegaron ellos.
Cinco chicos que rondaban la treintena, vestidos de blanco y con cadenas de oro al cuello, entraron en el edificio con armas blancas y ganas de pelea. Comenzaron a gritar, y aunque la gente intentaba no mirarles, ellos pegaban a cualquiera que pasara por su lado, y rompieron las plantas y los sofás y las barandillas de cristal, y las lunas de los locales y las mesas de las terrazas. S y su compañera, desde el piso de arriba, no podían creer lo que estaban viendo, y aunque S mantuvo la calma en todo momento, su amiga se puso muy nerviosa y salió corriendo sin mirar atrás. Y S se encontró sola y quieta, rodeada de gritos, golpes y gente corriendo, y decidió salir de allí tranquilamente.
Murió gente en esa tarde, según le dijeron. La gente que ella había visto tan feliz, con sus niñerías y sus sueños de adolescente, estaban perdiendo la vida ante sus propios ojos, pero ella apreciaba demasiado la suya propia como para intentar salvar a nadie, de modo que empezó a caminar despreocupada hacia las escaleras y luego hacia el pasillo que la conduciría a la salida. Y a medio camino se cruzó con el que parecía el cabecilla del grupo, y él la miró a los ojos y gruñó, y ella se quedó parada y le devolvió la mirada y una sonrisa, y entonces él soltó un bufido y siguió su camino. De este modo S pudo escapar de aquel infierno.
Cuando salió a la calle, se sintió muy sola. Unos metros más adelante se encontraba su compañera, quien le dijo riendo que quería volver dentro pero otro día, y que ahora podían ir a otro sitio. "No", respondió S serenamente, "hoy ya no, ya he perdido bastante tiempo". Y dándole la espalda, prosiguió su camino.
Y aunque en ningún momento S temió por su vida ni perdió la calma, la fuerza de su idea inicial se había enfriado, y caminando y escuchando música llegó a un centro comercial. "Bien", pensó, "aquí seguro que tienen algo que me pueda ser de ayuda". Entró en el primero de los dos edificios bajos del complejo, y pasó al lado de ropas y libros y discos, y luego subió unas escaleras y se detuvo a observar artículos para el hogar. "¿Qué hago mirando esto?", pensó, y tras chafardear en un rincón algunos platos de plástico de colores, marcos para fotos y plumeros, y sin encontrar la sección de perfumería, sintió ganas de sentarse a descansar.
El centro comercial cuenta con una cafetería en su azotea, cubierta de mesas, sillas y toldos blancos. Empezaba a oscurecer, aunque las nubes se habían disipado un poco, pero la temperatura era agradable. Sólo le apetecía una taza de chocolate caliente y pensar.
Y allí estaba él. Al principio no quiso creerlo, y luego deseó huir, pero su orgullo la controlaba en ese momento, de modo que irguió su cabeza y una máscara de inexpresividad cruzó su rostro, y se sintió altiva y fuerte ante aquél que había destruido su familia.
Él se acercó a su mesa sorteando sillas y personas, con una mueca en forma de sonrisa y con paso decidido, y le dio dos besos. "¡Cuanto tiempo, S! ¿Cómo estás? ¿Qué tal todo?". S sintió algo similar a una arcada, o quizá fuese ira contenida o violencia demasiado tiempo controlada, y con una sonrisa fría como el hielo respondió: "Bien, gracias, pasé por momentos jodidos gracias a tí pero eso ya forma parte del pasado". S pudo observar mientras él sentaba sus cincuenta años de vida en la silla de delante que realmente se alegraba de verla. "Y dime, ¿cómo están tus padres? ¿Tu madre está bien?".
S quiso gritar. Tenía tantas cosas que decirle, tantas, que todas se agolpaban en su garganta formando un tapón que le impedía hablar. Quería chillarle a la cara lo cabrón que había sido; quería preguntarle cómo había podido, qué había pensado cada vez que besaba a su madre cuando su padre no miraba; quería entender por qué un día desapareció cobardemente del mapa, dejando a su madre en el baño con una cuchilla en las manos. Quería explicarle la sensación de miedo morboso que se apoderaba de ella cada vez que veía un coche de bomberos; quería hablarle de su padre llorando sobre la cama de matrimonio que él había visitado tantas veces. Quería confesarle que ella siempre lo había sabido todo, que desde niña jamás le gustó su mirada, y que cuando sólo quedó esperanza y ésta se desvaneció con una confesión, todo el mundo a su alrededor se tambaleó y entonces ella dejó de creer en muchas cosas. Quería insultarle y escupirle en la cara, quería odiarle, necesitaba odiarle; deseaba encontrar el modo de pasarle toda la rabia, toda la impotencia y la angustia y el odio y la tristeza que había sentido, pero su cuerpo no reaccionaba, y allí se encontraba ella, mirando fríamente y respondiendo: "Está espléndida; todo nos va muy bien".
"Mentirosa de mierda", pensó para sus adentros.
Él la miró curioso, y alzando una ceja sonrió. "Me alegro". S le devolvió la mirada por un instante, y entonces tuvo la sensación de estar hablando con un fantasma del pasado, más joven y más vital; el fantasma de aquellas vacaciones en un pueblo con mar, cuando todo eran suposiciones y sólo había una familia feliz con un amigo de toda la vida.
"Toda la vida. Toda mi infancia y mi adolescencia. Maldita sea".
"Cuéntame, ¿qué haces ahora? Siempre has sido muy inteligente, seguro que todo te va genial. Sabes que siempre me has gustado; creo que nací demasiado pronto". Ella no pudo soportarlo, y al fin su cuerpo reaccionó y, sin abandonar su característica calma en situaciones violentas, se levantó, dejó un billete sobre la mesa y le respondió: "No quiero volver a verte jamás. Déjanos en paz". No podía decirle más, no podía herirle de ningún modo más que con su indiferencia, y ni siquiera ésta era un arma eficaz. Él era indestructible. Y ella se sentía tan impotente...
Y bajó las escaleras hasta la calle, llorando, y nunca miró atrás, aunque sabía que él la observaba desde la azotea, y comenzó a caminar en dirección a la estación de tren, y no quiso volver a su casa. Y su madre la llamó al móvil, pero S no quiso hablar con ella, porque ella tenía la misma culpa que él; S sólo quería olvidar.
Y mientras el cielo oscurecía y nubarrones cada vez mas grises invadían el cielo amenazando tormenta, una solitaria paloma observó desde el cielo la oscura figura de S, siempre vestida de negro y sin maquillaje, con botas de suela alta pero jamás de tacón (porque, como ella siempre dice, le gusta pisar fuerte y poder salir corriendo si es necesario), caminar con la cabeza gacha hacia ningún lugar.
Si la conocéis más allá de la simple apariencia, veréis que también es bella en su interior, pero que su cabecita da miles de vueltas y le lleva a veces por el camino más amargo. Y ésta es la historia de una tarde en la que decidió cambiar todo aquello en lo que se había convertido, su imagen externa, y de cómo no pudo conseguirlo.
Cansada de llevar siempre el mismo color, cansada de sus ojos pequeños y sus ojeras cada vez más pronunciadas, y ante todo, cansada de oír siempre la misma frase: "Siempre de negro, con lo guapa que estarías vistiendo de otro modo, ¿te acuerdas de aquella vez que te maquilló tu jefa? Estabas preciosa...", quiso probar suerte, quiso cambiar, y para ello tenía que aprender, y para aprender debía practicar, y podía empezar comprando algo básico: el maquillaje.
De modo que se enfundó en su abrigo negro y empezó a subir la calle de su casa en dirección a una tienda especializada, donde pediría, aún no sabía muy bien cómo, consejo y precios. Nadie conocía sus intenciones, pues nunca había hablado de ello, y en realidad ni siquiera sabía si llegaría a atreverse a cambiar, pues pasaría a seguir siendo protagonista aunque no lo quisiera de los comentarios y las preguntas y, quizá, las burlas de todos aquellos que la conocían. Y mientras sopesaba en una balanza mental los pros y los contras de tan impulsiva elección, una vecina del barrio la detuvo: delgada, alta y rubia, de profundos ojos azules y pómulos perfectos, representa su idea a la perfección; exuberante, muy maquillada y con ropa a la última de multitud de colores y miles de complementos, llama la atención por donde va. Y pensó: "No quiero ser como ella, pero algo puedo aprender...".
La chica rubia la invitó a una fiesta en un local cercano. S dudó durante un momento, y quizá el miedo al cambio que se iba a producir en ella y un pequeño porcentaje de indecisión la empujaron a aceptar la oferta. De modo que cambiaron de rumbo y se dirigieron hacia la derecha, para entrar en un edificio de seis plantas lleno de locales y discotecas. No se trata de un ambiente al que S esté acostumbrada, pero nunca le ha importado visitar lugares nuevos y conocer distintos ambientes: eso le permite, como ella siempre dice, tener más opciones donde elegir y saber dónde se quiere estar.
Aunque desde el exterior el edificio parece un bloque de viviendas más, en su interior alberga vida, fiesta y estilo. Todos los locales dan a un gigantesco patio interior de forma ovalada, y hay escaleras y ascensores en cada punto cardinal. Las paredes están pintadas de intensos colores rojos, verdes y amarillos, y al lado de las barandillas de cristal se alinean sofás de piel granate y plantas de plástico que alegran la vista. La luz amarilla y blanca parece provenir de todas partes, de modo que a uno le parece estar al aire libre y al mismo tiempo bajo tierra.
A esa hora no había demasiada gente (no serían más de las cinco de la tarde), y aunque el volumen de la música era muy alto se respiraba tranquilidad. Quinceañeros con aire chulesco caminaban de aquí para allá, pavoneándose y mirando a las jovencitas que pasaban en grupos riéndose y cacareando como gallinas. S destacaba ante tanto color, y tenía la ligera sensación de ser una mota de ceniza en un enorme arco iris, pero eso no le importaba. Prefería pasar como un borrón oscuro por la vida a pertenecer a la masa uniforme de la sociedad. Y aún así, sentía envidia.
Sentadas en uno de los sofás, ambas muchachas, cual día y noche, observaban a su alrededor, hasta que la chica rubia le pidió entrar en uno de los locales. "Tendremos que subir las escaleras, pero está realmente bien, y dudo que la música te desagrade. Bueno, lo cierto es que tú nunca has tenido demasiado problema con la música". S accedió, y juntas subieron a la tercera planta, y justo cuando se dirigían hacia la discoteca, llegaron ellos.
Cinco chicos que rondaban la treintena, vestidos de blanco y con cadenas de oro al cuello, entraron en el edificio con armas blancas y ganas de pelea. Comenzaron a gritar, y aunque la gente intentaba no mirarles, ellos pegaban a cualquiera que pasara por su lado, y rompieron las plantas y los sofás y las barandillas de cristal, y las lunas de los locales y las mesas de las terrazas. S y su compañera, desde el piso de arriba, no podían creer lo que estaban viendo, y aunque S mantuvo la calma en todo momento, su amiga se puso muy nerviosa y salió corriendo sin mirar atrás. Y S se encontró sola y quieta, rodeada de gritos, golpes y gente corriendo, y decidió salir de allí tranquilamente.
Murió gente en esa tarde, según le dijeron. La gente que ella había visto tan feliz, con sus niñerías y sus sueños de adolescente, estaban perdiendo la vida ante sus propios ojos, pero ella apreciaba demasiado la suya propia como para intentar salvar a nadie, de modo que empezó a caminar despreocupada hacia las escaleras y luego hacia el pasillo que la conduciría a la salida. Y a medio camino se cruzó con el que parecía el cabecilla del grupo, y él la miró a los ojos y gruñó, y ella se quedó parada y le devolvió la mirada y una sonrisa, y entonces él soltó un bufido y siguió su camino. De este modo S pudo escapar de aquel infierno.
Cuando salió a la calle, se sintió muy sola. Unos metros más adelante se encontraba su compañera, quien le dijo riendo que quería volver dentro pero otro día, y que ahora podían ir a otro sitio. "No", respondió S serenamente, "hoy ya no, ya he perdido bastante tiempo". Y dándole la espalda, prosiguió su camino.
Y aunque en ningún momento S temió por su vida ni perdió la calma, la fuerza de su idea inicial se había enfriado, y caminando y escuchando música llegó a un centro comercial. "Bien", pensó, "aquí seguro que tienen algo que me pueda ser de ayuda". Entró en el primero de los dos edificios bajos del complejo, y pasó al lado de ropas y libros y discos, y luego subió unas escaleras y se detuvo a observar artículos para el hogar. "¿Qué hago mirando esto?", pensó, y tras chafardear en un rincón algunos platos de plástico de colores, marcos para fotos y plumeros, y sin encontrar la sección de perfumería, sintió ganas de sentarse a descansar.
El centro comercial cuenta con una cafetería en su azotea, cubierta de mesas, sillas y toldos blancos. Empezaba a oscurecer, aunque las nubes se habían disipado un poco, pero la temperatura era agradable. Sólo le apetecía una taza de chocolate caliente y pensar.
Y allí estaba él. Al principio no quiso creerlo, y luego deseó huir, pero su orgullo la controlaba en ese momento, de modo que irguió su cabeza y una máscara de inexpresividad cruzó su rostro, y se sintió altiva y fuerte ante aquél que había destruido su familia.
Él se acercó a su mesa sorteando sillas y personas, con una mueca en forma de sonrisa y con paso decidido, y le dio dos besos. "¡Cuanto tiempo, S! ¿Cómo estás? ¿Qué tal todo?". S sintió algo similar a una arcada, o quizá fuese ira contenida o violencia demasiado tiempo controlada, y con una sonrisa fría como el hielo respondió: "Bien, gracias, pasé por momentos jodidos gracias a tí pero eso ya forma parte del pasado". S pudo observar mientras él sentaba sus cincuenta años de vida en la silla de delante que realmente se alegraba de verla. "Y dime, ¿cómo están tus padres? ¿Tu madre está bien?".
S quiso gritar. Tenía tantas cosas que decirle, tantas, que todas se agolpaban en su garganta formando un tapón que le impedía hablar. Quería chillarle a la cara lo cabrón que había sido; quería preguntarle cómo había podido, qué había pensado cada vez que besaba a su madre cuando su padre no miraba; quería entender por qué un día desapareció cobardemente del mapa, dejando a su madre en el baño con una cuchilla en las manos. Quería explicarle la sensación de miedo morboso que se apoderaba de ella cada vez que veía un coche de bomberos; quería hablarle de su padre llorando sobre la cama de matrimonio que él había visitado tantas veces. Quería confesarle que ella siempre lo había sabido todo, que desde niña jamás le gustó su mirada, y que cuando sólo quedó esperanza y ésta se desvaneció con una confesión, todo el mundo a su alrededor se tambaleó y entonces ella dejó de creer en muchas cosas. Quería insultarle y escupirle en la cara, quería odiarle, necesitaba odiarle; deseaba encontrar el modo de pasarle toda la rabia, toda la impotencia y la angustia y el odio y la tristeza que había sentido, pero su cuerpo no reaccionaba, y allí se encontraba ella, mirando fríamente y respondiendo: "Está espléndida; todo nos va muy bien".
"Mentirosa de mierda", pensó para sus adentros.
Él la miró curioso, y alzando una ceja sonrió. "Me alegro". S le devolvió la mirada por un instante, y entonces tuvo la sensación de estar hablando con un fantasma del pasado, más joven y más vital; el fantasma de aquellas vacaciones en un pueblo con mar, cuando todo eran suposiciones y sólo había una familia feliz con un amigo de toda la vida.
"Toda la vida. Toda mi infancia y mi adolescencia. Maldita sea".
"Cuéntame, ¿qué haces ahora? Siempre has sido muy inteligente, seguro que todo te va genial. Sabes que siempre me has gustado; creo que nací demasiado pronto". Ella no pudo soportarlo, y al fin su cuerpo reaccionó y, sin abandonar su característica calma en situaciones violentas, se levantó, dejó un billete sobre la mesa y le respondió: "No quiero volver a verte jamás. Déjanos en paz". No podía decirle más, no podía herirle de ningún modo más que con su indiferencia, y ni siquiera ésta era un arma eficaz. Él era indestructible. Y ella se sentía tan impotente...
Y bajó las escaleras hasta la calle, llorando, y nunca miró atrás, aunque sabía que él la observaba desde la azotea, y comenzó a caminar en dirección a la estación de tren, y no quiso volver a su casa. Y su madre la llamó al móvil, pero S no quiso hablar con ella, porque ella tenía la misma culpa que él; S sólo quería olvidar.
Y mientras el cielo oscurecía y nubarrones cada vez mas grises invadían el cielo amenazando tormenta, una solitaria paloma observó desde el cielo la oscura figura de S, siempre vestida de negro y sin maquillaje, con botas de suela alta pero jamás de tacón (porque, como ella siempre dice, le gusta pisar fuerte y poder salir corriendo si es necesario), caminar con la cabeza gacha hacia ningún lugar.
04 febrero 2007
De mis viajes a Venecia
He visitado Venecia en multitud de ocasiones, y en ninguna de ellas he podido aburrirme o dejar de descubrir algo nuevo.
Venecia es una ciudad pequeña, aunque hermosa, y si se sabe mirar sin ojos de turista puede mostrarnos muchos secretos. Por eso, mi primer viaje fue de lo más normal: cinco días sin parar, caminando de un lado para otro, intentando retener en mi retina y en el papel todo lo que me rodeaba. Muchas fotos, muchas risas, mucho calor, mucho prosciutto e melone, y un muy buen recuerdo.
Las otras veces, en cambio, fueron ligeramente distintas.
En una de ellas, sólo fui un par de días. A Venecia se puede llegar desde el aeropuerto de Marco Polo en Mestre de múltiples formas: una línea de autocar especial, el tren, que deja cerca de Ponte di Scalzi, en barco o en la lanzadera. Esa vez, opté por esta última: un corto impulso bajo un raíl rojo en forma de arcoiris en un asiento para una persona, y de repente, ahí estaba, pisando Tre Ponti, en una mañana de sol con niebla y una fresca y agradable temperatura, rodeada de venecianos y algún que otro turista despistado.
La Piazzale Roma, a la derecha llegando desde la carretera, era amplia y estaba desierta. Cogí mi bolsa de viaje y me dirigí un poco más a la derecha, donde se erigía un bajo edificio con una entrada pequeña y oscura: ese sería mi hotel para esa noche. Al entrar, vi que no había nada en el interior: sólo cuatro paredes sucias y oscuras, una mesa de recepción solitaria y destartalada, una planta medio muerta en un rincón a mi izquierda, y un sofá verde esmeralda lleno de polvo. En la parte más alejada de la habitación se podían intuir unas escaleras, por donde más tarde (mucho más tarde) apareció una vieja mujer que me dijo que sólo podía venir para dormir, y que ahora tenía que irme.
¿Habéis disfrutado alguna vez de un icono turístico sin gente y calor? Es algo hermoso. Me conocía todas las calles y puentes de Venecia, todos sus canales y sus escondrijos, y de algún modo y sin saber cómo, siempre acababa en un lugar nuevo. Y de vez en cuando me encontraba con algún conocido.
En esa ocasión, por ejemplo, yo había llegado sola a la isla, pero al poco rato llegaron mis padres, que aunque habían decidido venir por su cuenta, parecían no querer separarme de mí. Pero por suerte les convencí para que tomaran la ruta típicamente turista por el norte de la ciudad, con sus tiendas y su gentío, y que luego cogieran el vaporetto hasta la Piazza San Marco para visitar la Basílica y luego el maravilloso Palacio Ducal. De modo que cuando al fin conseguí que cruzaran el puente más cercano, me metí por una callejuela y caminé sin rumbo, con una sensación cada vez más intensa de querer comprar algo. Pero ¿el qué?
Hay algunas cosas en esta vida que no pueden evitarse: el nacimiento, la muerte, el hambre o la sed, y la plaga de las modas. Porque llegué a una plazoleta sin forma definida, apartada de los canales y el agua, y allí estaba, en el barrio de Santa Croce, una tienda de artículos góticos: cruces y calaveras, murciélagos, corpiños de piel y de látex, anillos y piercings y diseños de tatuajes de lo más macabro, guantes y medias de rejilla, símbolos satánicos y de locura. Pero opté por entrar, porque buscaba un objeto en especial, algo que me ayudase a destacar entre tanta parafernalia. Y de repente me encontré con mi mejor amigo y su novia, ambos diciéndome que estaban allí porque esa tienda estaba muy bien. Sinceramente, debo decir que me sentí ligeramente decepcionada: ¿no podía ir a ningún sitio sin que me persiguiera todo lo mundano que intentaba dejar atrás? Pero al menos nos echamos unas risas, me probé algo de ropa, y finalmente me fui con una cruz de plata sencilla al cuello (cruz que en otra ocasión, me preguntaría un camarero de la Piazza San Marco: "¿Es gótica?", pregunta ante la cual yo me quedaría sin palabras y sólo respondería un tímido "No sé"). Lo cierto es que fue como pasar la tarde con unos amigos en cualquier otro lugar del mundo, una tranquila tarde de otoño o primavera sin nada mejor que hacer...
Venecia de noche es muy hermosa, también, si se sabe a ciencia cierta que va a ser posible salir de ella. Si no me equivoco, fue precisamente en ese viaje cuando casi no consigo volver a casa. De hecho, llegaba ya tres horas tarde al aeropuerto: el avión salía a las siete, y ya eran casi las diez de la noche cuando comencé a caminar hacia tierra firme. Porque una vez habíamos salido de la tienda de artículos góticos, no se muy bien por qué, mi mejor amigo y su novia se pelearon y tuvieron que irse, y me dejaron caminando sola por la Fondamenta Nuove, en la zona de Cannaregio, con la Isola di S. Michele y su cementerio de fondo. No había nadie más en la calle: sólo algún que otro tenderete aquí y allá, y el suelo y las paredes en blancas, y el agua azul y verde. Y yo miraba los tenderetes, pero no encontré ninguna máscara veneciana, de modo que opté por comprar una cartera de Marilyn Manson para mi novio. Y lo cierto es que el tiempo se me fue de las manos, o me engañó con sus sucias artimañas, porque cuando me di cuenta estaba llamando a mis padres diciendo que había perdido el avión y que no sabía cuándo podría regresar, ni dónde dormiría ni qué cenaría. Pero me puse en camino al aeropuerto, perdiéndome en los cambios de luces del atardecer: primero ese color amarillo del enorme sol cerca del horizonte, más tarde el anaranjado del ocaso, luego el lila del anochecer, y al final el más oscuro negro de la noche. Y sin saber cómo, estaba caminando por la cuneta de una autopista, con multitud de coches corriendo a mi izquierda y hierbajos marrones a mi derecha. Pero aunque había perdido el avión, sólo tenía ganas de llegar al aeropuerto, comprar otro billete, embarcar, y de vuelta a casa.
Quizá el momento más peligroso que he vivido en esa ciudad es cuando me ahogué en uno de sus canales de agua sucia y lodo. Fue durante otro viaje, en invierno; se hacía pronto de noche y las calles estaban llenas de luces cálidas, toldos granates y verde oscuro, gente y música. En esa ocasión, encontré una tienda de antigüedades en el Campo San Stefano, en San Marco, pasado el Ponte Accademia. Era un lugar enorme, cálido y a rebosar de objetos de lo más curioso: desde las típicas plumas de cristal de Murano hasta elefantes y animales exóticos tallados en piedra, pipas hindús, alfombras voladoras, libros antiguos y pesados, inciensos y piedras preciosas. Los dueños de la tienda, una pareja de abuelos que hablaban un perfecto español, me guiaron por todos los objetos que poseían, y quise comprarlo todo, porque todo era muy bello y de algún modo mágico, pero yo únicamente buscaba un regalo para mi padre, y opté por una elegante plumilla anaranjada con detalles de oro en un hermoso estuche azul oscuro grabado en madera lacada.
Al salir de la tienda, me dejé llevar por la alegría del ambiente: música de violines, gritos y risas, fuegos artificiales y niños correteando de un lado para otro. En la entrada a cada restaurante encontré globos de luz rojos típicamente chinos, y en sus terrazas, la gente comía y bebía sin preocupación, ataviada de las más singulares formas: trajes de época, ropas medievales, armaduras de soldado de todas las épocas, trajes de negocios... Era como si el tiempo y el espacio hubiesen ido a parar allí y el resto de cosas no existiera. Caminé siempre a lo largo de los canales, viendo las góndolas festivas y las lanchas privadas pasar, y yo también reía y disfrutaba del ambiente. Y con esa despreocupación quise tocar el agua de los canales, y bajé por unas escaleras cubiertas de musgo verde sólo para ver reflejada mi cara en el agua, y entonces caí.
El agua estaba tibia y mis ropas pesaban y me hundían. Es curioso, porque siempre me he preguntado qué hay bajo las oscuras aguas de los canales de Venecia: lodo, y más abajo del lodo, secretos que ahora sólo yo conocería, si me mantenía con vida suficiente tiempo. Y aunque siempre creí que los canales no serían demasiado hondos, me di cuenta de que realmente eran muy poco profundos, y cuando toqué sus arenas movedizas, miré hacia arriba y pude ver que la fiesta seguía y que nadie se había dado cuenta de lo que me estaba sucediendo. Y aunque no podía respirar, me sentí muy tranquila, porque no quería subir a la superficie: me gustaba estar allí abajo, en los cimientos de la ciudad, tocando su más antigua historia, sintiendo la presencia de ella a mi alrededor, y me pregunté dónde estarían todos los cuerpos que allí abajo habrían llegado a parar, pero no quise despertar a los muertos, y caminé de puntillas por encima de ellos...
En ninguno de esos viajes llegué a visitar las playas del Lido, aunque siempre quise observar el Adriático y guardarme un poquito de arena en una bolsita. Y hace una semana, en mi última visita a la ciudad, pude acercarme un poquito más y vi sus blancas costas y la inmensidad azul del mar, pero no pude llegar a ella, porque yo estaba al otro lado y me era imposible cruzar, y aunque podía dar un pequeño salto, no era lo correcto. Unos metros tan cerca, y unos centímetros demasiado lejos.
Volveré a Venecia, estoy convencida, porque tiene algo que yo no he visto y que debo descubrir, y porque tiene algo que sólo yo he visto y que me susurra al oído...
Venecia es una ciudad pequeña, aunque hermosa, y si se sabe mirar sin ojos de turista puede mostrarnos muchos secretos. Por eso, mi primer viaje fue de lo más normal: cinco días sin parar, caminando de un lado para otro, intentando retener en mi retina y en el papel todo lo que me rodeaba. Muchas fotos, muchas risas, mucho calor, mucho prosciutto e melone, y un muy buen recuerdo.
Las otras veces, en cambio, fueron ligeramente distintas.
En una de ellas, sólo fui un par de días. A Venecia se puede llegar desde el aeropuerto de Marco Polo en Mestre de múltiples formas: una línea de autocar especial, el tren, que deja cerca de Ponte di Scalzi, en barco o en la lanzadera. Esa vez, opté por esta última: un corto impulso bajo un raíl rojo en forma de arcoiris en un asiento para una persona, y de repente, ahí estaba, pisando Tre Ponti, en una mañana de sol con niebla y una fresca y agradable temperatura, rodeada de venecianos y algún que otro turista despistado.
La Piazzale Roma, a la derecha llegando desde la carretera, era amplia y estaba desierta. Cogí mi bolsa de viaje y me dirigí un poco más a la derecha, donde se erigía un bajo edificio con una entrada pequeña y oscura: ese sería mi hotel para esa noche. Al entrar, vi que no había nada en el interior: sólo cuatro paredes sucias y oscuras, una mesa de recepción solitaria y destartalada, una planta medio muerta en un rincón a mi izquierda, y un sofá verde esmeralda lleno de polvo. En la parte más alejada de la habitación se podían intuir unas escaleras, por donde más tarde (mucho más tarde) apareció una vieja mujer que me dijo que sólo podía venir para dormir, y que ahora tenía que irme.
¿Habéis disfrutado alguna vez de un icono turístico sin gente y calor? Es algo hermoso. Me conocía todas las calles y puentes de Venecia, todos sus canales y sus escondrijos, y de algún modo y sin saber cómo, siempre acababa en un lugar nuevo. Y de vez en cuando me encontraba con algún conocido.
En esa ocasión, por ejemplo, yo había llegado sola a la isla, pero al poco rato llegaron mis padres, que aunque habían decidido venir por su cuenta, parecían no querer separarme de mí. Pero por suerte les convencí para que tomaran la ruta típicamente turista por el norte de la ciudad, con sus tiendas y su gentío, y que luego cogieran el vaporetto hasta la Piazza San Marco para visitar la Basílica y luego el maravilloso Palacio Ducal. De modo que cuando al fin conseguí que cruzaran el puente más cercano, me metí por una callejuela y caminé sin rumbo, con una sensación cada vez más intensa de querer comprar algo. Pero ¿el qué?
Hay algunas cosas en esta vida que no pueden evitarse: el nacimiento, la muerte, el hambre o la sed, y la plaga de las modas. Porque llegué a una plazoleta sin forma definida, apartada de los canales y el agua, y allí estaba, en el barrio de Santa Croce, una tienda de artículos góticos: cruces y calaveras, murciélagos, corpiños de piel y de látex, anillos y piercings y diseños de tatuajes de lo más macabro, guantes y medias de rejilla, símbolos satánicos y de locura. Pero opté por entrar, porque buscaba un objeto en especial, algo que me ayudase a destacar entre tanta parafernalia. Y de repente me encontré con mi mejor amigo y su novia, ambos diciéndome que estaban allí porque esa tienda estaba muy bien. Sinceramente, debo decir que me sentí ligeramente decepcionada: ¿no podía ir a ningún sitio sin que me persiguiera todo lo mundano que intentaba dejar atrás? Pero al menos nos echamos unas risas, me probé algo de ropa, y finalmente me fui con una cruz de plata sencilla al cuello (cruz que en otra ocasión, me preguntaría un camarero de la Piazza San Marco: "¿Es gótica?", pregunta ante la cual yo me quedaría sin palabras y sólo respondería un tímido "No sé"). Lo cierto es que fue como pasar la tarde con unos amigos en cualquier otro lugar del mundo, una tranquila tarde de otoño o primavera sin nada mejor que hacer...
Venecia de noche es muy hermosa, también, si se sabe a ciencia cierta que va a ser posible salir de ella. Si no me equivoco, fue precisamente en ese viaje cuando casi no consigo volver a casa. De hecho, llegaba ya tres horas tarde al aeropuerto: el avión salía a las siete, y ya eran casi las diez de la noche cuando comencé a caminar hacia tierra firme. Porque una vez habíamos salido de la tienda de artículos góticos, no se muy bien por qué, mi mejor amigo y su novia se pelearon y tuvieron que irse, y me dejaron caminando sola por la Fondamenta Nuove, en la zona de Cannaregio, con la Isola di S. Michele y su cementerio de fondo. No había nadie más en la calle: sólo algún que otro tenderete aquí y allá, y el suelo y las paredes en blancas, y el agua azul y verde. Y yo miraba los tenderetes, pero no encontré ninguna máscara veneciana, de modo que opté por comprar una cartera de Marilyn Manson para mi novio. Y lo cierto es que el tiempo se me fue de las manos, o me engañó con sus sucias artimañas, porque cuando me di cuenta estaba llamando a mis padres diciendo que había perdido el avión y que no sabía cuándo podría regresar, ni dónde dormiría ni qué cenaría. Pero me puse en camino al aeropuerto, perdiéndome en los cambios de luces del atardecer: primero ese color amarillo del enorme sol cerca del horizonte, más tarde el anaranjado del ocaso, luego el lila del anochecer, y al final el más oscuro negro de la noche. Y sin saber cómo, estaba caminando por la cuneta de una autopista, con multitud de coches corriendo a mi izquierda y hierbajos marrones a mi derecha. Pero aunque había perdido el avión, sólo tenía ganas de llegar al aeropuerto, comprar otro billete, embarcar, y de vuelta a casa.
Quizá el momento más peligroso que he vivido en esa ciudad es cuando me ahogué en uno de sus canales de agua sucia y lodo. Fue durante otro viaje, en invierno; se hacía pronto de noche y las calles estaban llenas de luces cálidas, toldos granates y verde oscuro, gente y música. En esa ocasión, encontré una tienda de antigüedades en el Campo San Stefano, en San Marco, pasado el Ponte Accademia. Era un lugar enorme, cálido y a rebosar de objetos de lo más curioso: desde las típicas plumas de cristal de Murano hasta elefantes y animales exóticos tallados en piedra, pipas hindús, alfombras voladoras, libros antiguos y pesados, inciensos y piedras preciosas. Los dueños de la tienda, una pareja de abuelos que hablaban un perfecto español, me guiaron por todos los objetos que poseían, y quise comprarlo todo, porque todo era muy bello y de algún modo mágico, pero yo únicamente buscaba un regalo para mi padre, y opté por una elegante plumilla anaranjada con detalles de oro en un hermoso estuche azul oscuro grabado en madera lacada.
Al salir de la tienda, me dejé llevar por la alegría del ambiente: música de violines, gritos y risas, fuegos artificiales y niños correteando de un lado para otro. En la entrada a cada restaurante encontré globos de luz rojos típicamente chinos, y en sus terrazas, la gente comía y bebía sin preocupación, ataviada de las más singulares formas: trajes de época, ropas medievales, armaduras de soldado de todas las épocas, trajes de negocios... Era como si el tiempo y el espacio hubiesen ido a parar allí y el resto de cosas no existiera. Caminé siempre a lo largo de los canales, viendo las góndolas festivas y las lanchas privadas pasar, y yo también reía y disfrutaba del ambiente. Y con esa despreocupación quise tocar el agua de los canales, y bajé por unas escaleras cubiertas de musgo verde sólo para ver reflejada mi cara en el agua, y entonces caí.
El agua estaba tibia y mis ropas pesaban y me hundían. Es curioso, porque siempre me he preguntado qué hay bajo las oscuras aguas de los canales de Venecia: lodo, y más abajo del lodo, secretos que ahora sólo yo conocería, si me mantenía con vida suficiente tiempo. Y aunque siempre creí que los canales no serían demasiado hondos, me di cuenta de que realmente eran muy poco profundos, y cuando toqué sus arenas movedizas, miré hacia arriba y pude ver que la fiesta seguía y que nadie se había dado cuenta de lo que me estaba sucediendo. Y aunque no podía respirar, me sentí muy tranquila, porque no quería subir a la superficie: me gustaba estar allí abajo, en los cimientos de la ciudad, tocando su más antigua historia, sintiendo la presencia de ella a mi alrededor, y me pregunté dónde estarían todos los cuerpos que allí abajo habrían llegado a parar, pero no quise despertar a los muertos, y caminé de puntillas por encima de ellos...
En ninguno de esos viajes llegué a visitar las playas del Lido, aunque siempre quise observar el Adriático y guardarme un poquito de arena en una bolsita. Y hace una semana, en mi última visita a la ciudad, pude acercarme un poquito más y vi sus blancas costas y la inmensidad azul del mar, pero no pude llegar a ella, porque yo estaba al otro lado y me era imposible cruzar, y aunque podía dar un pequeño salto, no era lo correcto. Unos metros tan cerca, y unos centímetros demasiado lejos.
Volveré a Venecia, estoy convencida, porque tiene algo que yo no he visto y que debo descubrir, y porque tiene algo que sólo yo he visto y que me susurra al oído...
28 enero 2007
De los lobos
Cuenta la leyenda que cada cien años una manada de lobos de pelo el color de la tierra seca y ojos rojos como la sangre vuelve al mundo para llevarse a los que duermen. Siempre pensé que se trataba de un cuento para asustar a los niños, hasta que un día los vi con mis propios ojos.
Supongo que la gente no podrá creer lo que voy a explicar, pero pienso narrarlo tal y como fue; ésta es mi historia, y podéis convertirla en leyenda o mito, me da lo mismo. El tiempo acabará dándome la razón.
La luna llena brillaba altiva en el firmamento, y las estrellas parpadeaban con fuerza alrededor suyo, como intentando acercarse a la Tierra, imponentes, amenazantes, pero siempre tan lejanas. Yo miraba por la ventana mientras a mis espaldas la luz del televisor jugaba a crear y destruir sombras en mi dormitorio; y el sueño parecía haberme abandonado, y el cansancio se olvidó de mí, y finalmente opté por bajar la persiana y cerrar la ventana, apartándome por una noche del mundo lejano de las estrellas y los astros, para intentar dormir.
Pero al acostarme no podía cerrar los ojos. Dando vueltas en la cama, escuchaba atentamente el ensordecedor silencio de la ciudad, pues todos los sonidos parecían haber desaparecido: no había vecinos, los coches no circulaban por las calles, las parejas no paseaban románticamente por las plazas; no había música ni golpes, e incluso las hojas de los árboles parecían haberse callado para siempre; el agua de los estanques no fluía, los gatos callejeros no rebuscaban en la basura, y las cucarachas y las ratas hacía rato que habían dejado de corretear bajo nuestros pies. Los perros no aullaban a la luna, y los aviones no llegaban a despegar nunca; los bares habían cerrado, e incluso el tic tac de los relojes se había detenido. Todo estaba inmóvil, paralizado, congelado en el tiempo. Y yo escuchaba, única testigo de lo que estaba a punto de suceder.
Aunque no podía oírlos, sabía que mis padres dormían en su habitación en el lado contrario del piso; ni siquiera mi padre roncaba, y mi madre no se movía nerviosa en la cama. Tanta quietud empezó a asustarme; algo no iba bien. Decidí levantarme y mirar de nuevo por la ventana, intentando que la oscuridad aterciopelada de la noche invadiera mi mente y corazón y fuese cerrando lentamente mis párpados. Y cuando abrí la ventana, todo había desaparecido.
Allí delante, donde antes se habían alzado los incontables edificios de mi barrio y luego de mi ciudad, no había más que una inmensa pradera de malas hierbas y rocas resquebrajadas. La luna me proporcionaba la suficiente luz como para ver más allá de lo imaginable, pero ya no era del color de la plata, sino que se había vuelto roja, roja como la sangre más fresca, y el rojo de la luna y el verde de las malas hierbas y el extraño azul que parecía emanar del horizonte no tranquilizaron mi alma, pero de algún modo quise dormir.
Por un momento pensé: "Al fin te quedaste dormida, y ahora estás soñando, y nada de esto es real". Pero no osé moverme, pues hasta mis párpados producían un ruido ensordecedor en la sobrenatural calma que había cubierto el mundo. Entonces Volví a mirar por la ventana, esperando ver de nuevo ese enorme limonero enfrente a mi ventana, y más allá el edificio rosa, y un poco más allá la maraña de antenas y parabólicas, y más allá el cielo. Pero la llanura seguía allí, y aunque ahora todos los sonidos de la ciudad parecían haber vuelto sin avisar cuando ésta había desaparecido, también pude escuchar la furia del huracanado viento, y vi como éste arrancaba las rocas del suelo, y nubarrones del color de un televisor en un canal muerto se movían rápido en lo alto, amenazando lluvia.
Y en el horizonte aparecieron ellos. Al principio eran tres, grandes como un caballo y furiosos y hambrientos, y luego fueron apareciendo más, primero por la izquierda, luego por la derecha, y se fueron acercando para después perderse de vista tras mi habitación, que de repente estaba al nivel del suelo. Y entonces entendí que la leyenda era real, y supe que mis padres iban a morir. Mis padres, y toda la gente que en ese momento estaba durmiendo.
Recuerdo perfectamente lo que pensé entonces: "Soledad". Iba a quedarme sola, y seguiría viviendo hasta el final de mis días con el peso de haber estado despierta cuando todos dormían. Miraba por la ventana, recordando los edificios que habían desaparecido y la gente que había estado allí durmiendo perturbadores sueños o tranquilas pesadillas; toda esa gente llevaba tantos años viva, y habían aprendido a querer y amar y odiar y sentir y despreciar y sufrir igual que yo, para que cada una de esas vidas, tan ajenas a mí y que podían llenar multitud de libros con todas sus experiencias, tan personales, tan diferentes y al mismo tiempo tan similares a las del resto, acabasen en ese preciso instante. Pues los lobos habían llegado en uno de los momentos en el que el ser humano es más débil e incluso deja de ser consciente de sí mismo: la noche y el descanso, el momento del ansiado sueño.
Pero entonces caí en la cuenta: ¿habría alguien más despierto? No tuve demasiado tiempo para encontrar una respuesta que me satisficiera, ya que escuché un golpe procedente de la cocina. El piso estaba a oscuras, pero al salir de mi habitación no me atreví a encender la luz: prefería imaginar sombras a ver la realidad que me rodeaba.
Y, tal y como yo esperaba, allí estaba él, un lobo enorme y hermoso, con los ojos rojos y el pelaje marrón sucio y enredado. Sus patas eran fuertes y su lomo espléndido, y parecía invitarme a montar encima suyo, y toda su figura mostraba autoridad y respeto. Tenía las fauces abiertas y un hilo de saliva caía de su morro lleno de sangre, y sus orejas se giraban al mínimo sonido. Y entonces se giró hacia mí, y me miró con sus ojos carmesí, y aunque al principio parecía furioso, de algún modo su rostro se relajó, bajó la cabeza y me dio la espalda. Yo no era su presa. Yo estaba prohibida para él. Y, de algún modo, me debía respeto y me tenía miedo.
Pero en el preciso momento en que se cruzaron nuestras miradas, lo vi con toda claridad: el dormitorio de mis padres, y un enorme agujero en la pared por el que se colaba la luz de la luna, y sus cuerpos destrozados sobre la cama, y la sangre, dios mío, cuánta sangre. Y del mismo modo imaginé todos y cada uno de los cadáveres que aparecerían al día siguiente en la ciudad, si es que quedaba alguien para encontrarlos. Pero, sorprendentemente, la idea no me entristeció, y me sentí culpable al sentirme de algún modo liberada: un cambio, violento pero liberador; el mañana me esperaba, y los lobos se irían, y yo ya encontraría algo para hacer.
Porque, cómo iba yo a saberlo, quizá al día siguiente todo habría vuelto a la normalidad...
Y pensando en ello, y sin miedo a los lobos porque no podían tocarme, me volví a mi habitación, y me estiré en la cama... Y entonces decidí que me daba lo mismo seguir viva que morir. Porque el cansancio me invadía, y de repente tuve muchísimo sueño, y pensé que si no despertaba, daría lo mismo, pues estaría siguiendo el mismo camino que mis padres se habían visto forzados a tomar. Y entonces me dormí... pensando en las motivaciones de los lobos y en quién o qué los mandaba...
Y aunque al día siguiente todo volvió a la normalidad, de algún modo algo había cambiado. Los lobos se llevaron algo muy preciado... Algo que ahora sólo yo poseía, aunque nunca he sabido qué es...
Supongo que la gente no podrá creer lo que voy a explicar, pero pienso narrarlo tal y como fue; ésta es mi historia, y podéis convertirla en leyenda o mito, me da lo mismo. El tiempo acabará dándome la razón.
La luna llena brillaba altiva en el firmamento, y las estrellas parpadeaban con fuerza alrededor suyo, como intentando acercarse a la Tierra, imponentes, amenazantes, pero siempre tan lejanas. Yo miraba por la ventana mientras a mis espaldas la luz del televisor jugaba a crear y destruir sombras en mi dormitorio; y el sueño parecía haberme abandonado, y el cansancio se olvidó de mí, y finalmente opté por bajar la persiana y cerrar la ventana, apartándome por una noche del mundo lejano de las estrellas y los astros, para intentar dormir.
Pero al acostarme no podía cerrar los ojos. Dando vueltas en la cama, escuchaba atentamente el ensordecedor silencio de la ciudad, pues todos los sonidos parecían haber desaparecido: no había vecinos, los coches no circulaban por las calles, las parejas no paseaban románticamente por las plazas; no había música ni golpes, e incluso las hojas de los árboles parecían haberse callado para siempre; el agua de los estanques no fluía, los gatos callejeros no rebuscaban en la basura, y las cucarachas y las ratas hacía rato que habían dejado de corretear bajo nuestros pies. Los perros no aullaban a la luna, y los aviones no llegaban a despegar nunca; los bares habían cerrado, e incluso el tic tac de los relojes se había detenido. Todo estaba inmóvil, paralizado, congelado en el tiempo. Y yo escuchaba, única testigo de lo que estaba a punto de suceder.
Aunque no podía oírlos, sabía que mis padres dormían en su habitación en el lado contrario del piso; ni siquiera mi padre roncaba, y mi madre no se movía nerviosa en la cama. Tanta quietud empezó a asustarme; algo no iba bien. Decidí levantarme y mirar de nuevo por la ventana, intentando que la oscuridad aterciopelada de la noche invadiera mi mente y corazón y fuese cerrando lentamente mis párpados. Y cuando abrí la ventana, todo había desaparecido.
Allí delante, donde antes se habían alzado los incontables edificios de mi barrio y luego de mi ciudad, no había más que una inmensa pradera de malas hierbas y rocas resquebrajadas. La luna me proporcionaba la suficiente luz como para ver más allá de lo imaginable, pero ya no era del color de la plata, sino que se había vuelto roja, roja como la sangre más fresca, y el rojo de la luna y el verde de las malas hierbas y el extraño azul que parecía emanar del horizonte no tranquilizaron mi alma, pero de algún modo quise dormir.
Por un momento pensé: "Al fin te quedaste dormida, y ahora estás soñando, y nada de esto es real". Pero no osé moverme, pues hasta mis párpados producían un ruido ensordecedor en la sobrenatural calma que había cubierto el mundo. Entonces Volví a mirar por la ventana, esperando ver de nuevo ese enorme limonero enfrente a mi ventana, y más allá el edificio rosa, y un poco más allá la maraña de antenas y parabólicas, y más allá el cielo. Pero la llanura seguía allí, y aunque ahora todos los sonidos de la ciudad parecían haber vuelto sin avisar cuando ésta había desaparecido, también pude escuchar la furia del huracanado viento, y vi como éste arrancaba las rocas del suelo, y nubarrones del color de un televisor en un canal muerto se movían rápido en lo alto, amenazando lluvia.
Y en el horizonte aparecieron ellos. Al principio eran tres, grandes como un caballo y furiosos y hambrientos, y luego fueron apareciendo más, primero por la izquierda, luego por la derecha, y se fueron acercando para después perderse de vista tras mi habitación, que de repente estaba al nivel del suelo. Y entonces entendí que la leyenda era real, y supe que mis padres iban a morir. Mis padres, y toda la gente que en ese momento estaba durmiendo.
Recuerdo perfectamente lo que pensé entonces: "Soledad". Iba a quedarme sola, y seguiría viviendo hasta el final de mis días con el peso de haber estado despierta cuando todos dormían. Miraba por la ventana, recordando los edificios que habían desaparecido y la gente que había estado allí durmiendo perturbadores sueños o tranquilas pesadillas; toda esa gente llevaba tantos años viva, y habían aprendido a querer y amar y odiar y sentir y despreciar y sufrir igual que yo, para que cada una de esas vidas, tan ajenas a mí y que podían llenar multitud de libros con todas sus experiencias, tan personales, tan diferentes y al mismo tiempo tan similares a las del resto, acabasen en ese preciso instante. Pues los lobos habían llegado en uno de los momentos en el que el ser humano es más débil e incluso deja de ser consciente de sí mismo: la noche y el descanso, el momento del ansiado sueño.
Pero entonces caí en la cuenta: ¿habría alguien más despierto? No tuve demasiado tiempo para encontrar una respuesta que me satisficiera, ya que escuché un golpe procedente de la cocina. El piso estaba a oscuras, pero al salir de mi habitación no me atreví a encender la luz: prefería imaginar sombras a ver la realidad que me rodeaba.
Y, tal y como yo esperaba, allí estaba él, un lobo enorme y hermoso, con los ojos rojos y el pelaje marrón sucio y enredado. Sus patas eran fuertes y su lomo espléndido, y parecía invitarme a montar encima suyo, y toda su figura mostraba autoridad y respeto. Tenía las fauces abiertas y un hilo de saliva caía de su morro lleno de sangre, y sus orejas se giraban al mínimo sonido. Y entonces se giró hacia mí, y me miró con sus ojos carmesí, y aunque al principio parecía furioso, de algún modo su rostro se relajó, bajó la cabeza y me dio la espalda. Yo no era su presa. Yo estaba prohibida para él. Y, de algún modo, me debía respeto y me tenía miedo.
Pero en el preciso momento en que se cruzaron nuestras miradas, lo vi con toda claridad: el dormitorio de mis padres, y un enorme agujero en la pared por el que se colaba la luz de la luna, y sus cuerpos destrozados sobre la cama, y la sangre, dios mío, cuánta sangre. Y del mismo modo imaginé todos y cada uno de los cadáveres que aparecerían al día siguiente en la ciudad, si es que quedaba alguien para encontrarlos. Pero, sorprendentemente, la idea no me entristeció, y me sentí culpable al sentirme de algún modo liberada: un cambio, violento pero liberador; el mañana me esperaba, y los lobos se irían, y yo ya encontraría algo para hacer.
Porque, cómo iba yo a saberlo, quizá al día siguiente todo habría vuelto a la normalidad...
Y pensando en ello, y sin miedo a los lobos porque no podían tocarme, me volví a mi habitación, y me estiré en la cama... Y entonces decidí que me daba lo mismo seguir viva que morir. Porque el cansancio me invadía, y de repente tuve muchísimo sueño, y pensé que si no despertaba, daría lo mismo, pues estaría siguiendo el mismo camino que mis padres se habían visto forzados a tomar. Y entonces me dormí... pensando en las motivaciones de los lobos y en quién o qué los mandaba...
Y aunque al día siguiente todo volvió a la normalidad, de algún modo algo había cambiado. Los lobos se llevaron algo muy preciado... Algo que ahora sólo yo poseía, aunque nunca he sabido qué es...
09 enero 2007
De cuando mi barrio quedó desierto
Uno de mis primeros trabajos "en serio" fue en una panadería. Yo me encontraba en esa edad en la que ya es posible trabajar y en la que los Reyes Magos y la paga mensual desaparecen, y al mismo tiempo intentaba estudiar, por lo que cuando vi el cartel de "Se necesita aprendiz" no me lo pensé dos veces y solicité el trabajo. La encargada de la panadería me conocía desde que yo era muy pequeña, y no dudó al aceptarme.
Tenía que abrir la tienda realmente pronto: muchas veces, a la una de la madrugada ya tenía que estar preparando las pastas y algo de pan para los primeros clientes. En esa época la gente parecía no querer dormir por la noche, y por eso tuvimos que cambiar los horarios. Yo tampoco parecía tener demasiado sueño, por lo que durante el día estudiaba y pasaba las noches en la panadería, atendiendo a los clientes.
Una tarde, unas horas antes de que cayera la noche, quedé con unos amigos en un bar cercano a la panadería. El dueño del bar también me conocía desde hacía años, y siempre era agradable pasarse por allí. Me comentó que tenía que hacer un pedido de pastas saladas para esa misma noche, ya que no tenía suficiente pan para los bocadillos y no pensaba utilizar el mío para hacerlos. Sentados en la terraza, observamos cómo los clientes iban y venían: atareados siempre, cansados, amargados y preocupados. Nadie quería leer los periódicos entonces; todo el mundo sabía, sin quererlo, que la guerra era inminente. Y todo el mundo parecía querer negarlo.
En esa época, la calle era más ancha y había multitud de coches aparcados a todas horas. A la izquierda de la panadería, haciendo esquina con la calle en la que resido, había un bar en el que también se reparaban pequeños electrodomésticos. Pasada la panadería, en la misma manzana, había un supermercado enorme, y al lado un colmado. Al otro lado de la calle, el bar en el que tomábamos una cerveza, una tienda de electrónica y un mecánico. En la calle de arriba, unas enormes oficinas de La Caixa brillaban con su aséptica luz blanca, y las ventanillas siempre estaban abiertas al público. La calle rebosaba vida a todas horas, incluso de noche, ya que nadie cerraba.
Cuando cayó la noche, después de cenar y un poco antes de mi horario, me dirigí a la panadería y estuve un rato hablando con la dependienta. Llevaba muchas horas trabajando y me dijo que tenía hambre, por lo que me dio algo de dinero y me mandó al supermercado: unas naranjas frescas, algo de bollería industrial con mucho chocolate, y una cerveza. No había casi nadie en el supermercado, y la luz de los fluorescentes parpadeaba como si unas enormes polillas volaran alrededor de ellos. Charlé un rato con el dependiente, un chico de aproximadamente mi edad, y tras despedirme me dirigí a la panadería, como cada noche, con el cargamento de productos industriales para mi compañera. Más tarde, cuando ella ya había cogido el coche para irse, limpié los cristales, coloqué las pastas, preparé el pan, y me senté a esperar al primer cliente. De algún modo, tuve la sensación de que esa noche sería aburrida.
Al cabo de unas horas, antes de que amaneciera y cuando en teoría finalizaba mi turno, me sorprendió mi compañera apareciendo por la puerta. La calle empezaba a llenarse de gente y ruido a medida que el sol iba apareciendo: niños que iban al colegio, madres atareadas que hacían la compra, viejos contando batallitas y huyendo de la muerte. "¿Has preparado el pedido del bar?", me preguntó mi compañera. Le respondí afirmativamente mientras le señalaba los paquetes que había dejado sobre la barra. "¿Y aún no han venido a buscarlos?", me preguntó. "No", respondí ligeramente sorprendida. "Bueno... No te canses. Y por dios, si ves algo raro, VETE". Realmente me pareció que decía esa palabra con mayúsculas. "¿Qué puede suceder?", la interrogué. "¿Naciste ayer o es que te acabas de caer de un árbol? El ambiente está muy tenso, y de hecho se rumorea que la gente ya ha empezado a abandonar la ciudad. Si pasa algo, vete. Huye. ¿Me prometes que lo harás?". Yo no entendía nada, pero la miré y le dije "Vale...". Acto seguido, y viendo que no llevaba puesto el uniforme, le pregunté dónde lo había dejado. "Querida, yo me las piro ya. Dejo esta ciudad. Te tocará hacer mi turno también. Cuídate". Y acto seguido se dio la vuelta y corrió hacia el coche.
Lo cierto es que no volví a saber de ella.
Me senté sobre una de las neveras, esperando a los clientes mientras intentaba leer un libro y más tarde una revista, y lo cierto es que no recuerdo cuánto tiempo estuve ahí sentada, sin pensar en nada en concreto, pero de algún modo me pareció que se hacía de día y que volvía a caer la noche. Y con uno de esos amaneceres me di cuenta de que algo no iba bien. ¿Cuánto tiempo hacía que no entraba ningún cliente? Ahí seguía el pedido del bar, y el pan frío, y las pastas colocadas a la perfección. Y decidí salir a preguntar, y cuál fue mi sorpresa cuando vi que todo había cambiado.
Pues el cielo estaba nublado, pero no eran nubes naturales: era polvo y humo marrón lo que impregnaba mis retinas. Los edificios, los coches, los árboles, las señales de tráfico... Todo era marrón anaranjado, sucio y viejo. Las tiendas estaban cerradas, pero las terrazas de los bares no estaban recogidas, y quedaban dos o tres coches cubiertos de porquería. En el horizonte se observaba el cálido color del fuego, y un ruido constante de maquinaria llegaba a mis oídos, persistente pero sin ser ensordecedor. Volví a meterme en la panadería, pensando qué hacer. Sólo se me ocurría una cosa: coger toda la comida posible. Y eso empecé a hacer, cuando entró un hombre en la panadería. "¡Huye! ¡Ya están llegando!", me gritó, y salió corriendo.
Pero yo no podía irme, no debía dejar la tienda abierta. De modo que decidí llamar a la encargada de la panadería. Al preguntarle qué debía hacer, me sorprendió con su respuesta: "Haz lo que quieras. La gente se cree cualquier cosa. Yo te pediría que no te fueras, pero tú tomas la decisión, tú estas ahí". Y tras colgar, salí confundida a la calle, a observar la vida que ésta ya no tenía, y miré calle arriba, y vi gente corriendo lejos, y miré calle abajo y no vi más que el resplandor del fuego, y miré al cielo y vi enormes aviones pasar, y otro tipo de aviones más lejos, dejando caer objetos, y no supe qué hacer. No podía dejar mi vida, no podía irme, ése era mi barrio, muerto o no; la gente volvería, quería convencerme de ello, quería obligar a la gente a volver, y me senté sobre el asfalto marrón y esperé, mientras los aviones pasaban sobre mi cabeza con sus ensordecedores rugidos y el fuego se acercaba lenta pero decididamente, arrasándolo todo a su paso.
Y ahí me quedé, hasta que alguien vino a recogerme, y sin darme cuenta me encontré en el interior de un coche, mirando hacia atrás y llorando...
Tenía que abrir la tienda realmente pronto: muchas veces, a la una de la madrugada ya tenía que estar preparando las pastas y algo de pan para los primeros clientes. En esa época la gente parecía no querer dormir por la noche, y por eso tuvimos que cambiar los horarios. Yo tampoco parecía tener demasiado sueño, por lo que durante el día estudiaba y pasaba las noches en la panadería, atendiendo a los clientes.
Una tarde, unas horas antes de que cayera la noche, quedé con unos amigos en un bar cercano a la panadería. El dueño del bar también me conocía desde hacía años, y siempre era agradable pasarse por allí. Me comentó que tenía que hacer un pedido de pastas saladas para esa misma noche, ya que no tenía suficiente pan para los bocadillos y no pensaba utilizar el mío para hacerlos. Sentados en la terraza, observamos cómo los clientes iban y venían: atareados siempre, cansados, amargados y preocupados. Nadie quería leer los periódicos entonces; todo el mundo sabía, sin quererlo, que la guerra era inminente. Y todo el mundo parecía querer negarlo.
En esa época, la calle era más ancha y había multitud de coches aparcados a todas horas. A la izquierda de la panadería, haciendo esquina con la calle en la que resido, había un bar en el que también se reparaban pequeños electrodomésticos. Pasada la panadería, en la misma manzana, había un supermercado enorme, y al lado un colmado. Al otro lado de la calle, el bar en el que tomábamos una cerveza, una tienda de electrónica y un mecánico. En la calle de arriba, unas enormes oficinas de La Caixa brillaban con su aséptica luz blanca, y las ventanillas siempre estaban abiertas al público. La calle rebosaba vida a todas horas, incluso de noche, ya que nadie cerraba.
Cuando cayó la noche, después de cenar y un poco antes de mi horario, me dirigí a la panadería y estuve un rato hablando con la dependienta. Llevaba muchas horas trabajando y me dijo que tenía hambre, por lo que me dio algo de dinero y me mandó al supermercado: unas naranjas frescas, algo de bollería industrial con mucho chocolate, y una cerveza. No había casi nadie en el supermercado, y la luz de los fluorescentes parpadeaba como si unas enormes polillas volaran alrededor de ellos. Charlé un rato con el dependiente, un chico de aproximadamente mi edad, y tras despedirme me dirigí a la panadería, como cada noche, con el cargamento de productos industriales para mi compañera. Más tarde, cuando ella ya había cogido el coche para irse, limpié los cristales, coloqué las pastas, preparé el pan, y me senté a esperar al primer cliente. De algún modo, tuve la sensación de que esa noche sería aburrida.
Al cabo de unas horas, antes de que amaneciera y cuando en teoría finalizaba mi turno, me sorprendió mi compañera apareciendo por la puerta. La calle empezaba a llenarse de gente y ruido a medida que el sol iba apareciendo: niños que iban al colegio, madres atareadas que hacían la compra, viejos contando batallitas y huyendo de la muerte. "¿Has preparado el pedido del bar?", me preguntó mi compañera. Le respondí afirmativamente mientras le señalaba los paquetes que había dejado sobre la barra. "¿Y aún no han venido a buscarlos?", me preguntó. "No", respondí ligeramente sorprendida. "Bueno... No te canses. Y por dios, si ves algo raro, VETE". Realmente me pareció que decía esa palabra con mayúsculas. "¿Qué puede suceder?", la interrogué. "¿Naciste ayer o es que te acabas de caer de un árbol? El ambiente está muy tenso, y de hecho se rumorea que la gente ya ha empezado a abandonar la ciudad. Si pasa algo, vete. Huye. ¿Me prometes que lo harás?". Yo no entendía nada, pero la miré y le dije "Vale...". Acto seguido, y viendo que no llevaba puesto el uniforme, le pregunté dónde lo había dejado. "Querida, yo me las piro ya. Dejo esta ciudad. Te tocará hacer mi turno también. Cuídate". Y acto seguido se dio la vuelta y corrió hacia el coche.
Lo cierto es que no volví a saber de ella.
Me senté sobre una de las neveras, esperando a los clientes mientras intentaba leer un libro y más tarde una revista, y lo cierto es que no recuerdo cuánto tiempo estuve ahí sentada, sin pensar en nada en concreto, pero de algún modo me pareció que se hacía de día y que volvía a caer la noche. Y con uno de esos amaneceres me di cuenta de que algo no iba bien. ¿Cuánto tiempo hacía que no entraba ningún cliente? Ahí seguía el pedido del bar, y el pan frío, y las pastas colocadas a la perfección. Y decidí salir a preguntar, y cuál fue mi sorpresa cuando vi que todo había cambiado.
Pues el cielo estaba nublado, pero no eran nubes naturales: era polvo y humo marrón lo que impregnaba mis retinas. Los edificios, los coches, los árboles, las señales de tráfico... Todo era marrón anaranjado, sucio y viejo. Las tiendas estaban cerradas, pero las terrazas de los bares no estaban recogidas, y quedaban dos o tres coches cubiertos de porquería. En el horizonte se observaba el cálido color del fuego, y un ruido constante de maquinaria llegaba a mis oídos, persistente pero sin ser ensordecedor. Volví a meterme en la panadería, pensando qué hacer. Sólo se me ocurría una cosa: coger toda la comida posible. Y eso empecé a hacer, cuando entró un hombre en la panadería. "¡Huye! ¡Ya están llegando!", me gritó, y salió corriendo.
Pero yo no podía irme, no debía dejar la tienda abierta. De modo que decidí llamar a la encargada de la panadería. Al preguntarle qué debía hacer, me sorprendió con su respuesta: "Haz lo que quieras. La gente se cree cualquier cosa. Yo te pediría que no te fueras, pero tú tomas la decisión, tú estas ahí". Y tras colgar, salí confundida a la calle, a observar la vida que ésta ya no tenía, y miré calle arriba, y vi gente corriendo lejos, y miré calle abajo y no vi más que el resplandor del fuego, y miré al cielo y vi enormes aviones pasar, y otro tipo de aviones más lejos, dejando caer objetos, y no supe qué hacer. No podía dejar mi vida, no podía irme, ése era mi barrio, muerto o no; la gente volvería, quería convencerme de ello, quería obligar a la gente a volver, y me senté sobre el asfalto marrón y esperé, mientras los aviones pasaban sobre mi cabeza con sus ensordecedores rugidos y el fuego se acercaba lenta pero decididamente, arrasándolo todo a su paso.
Y ahí me quedé, hasta que alguien vino a recogerme, y sin darme cuenta me encontré en el interior de un coche, mirando hacia atrás y llorando...
07 enero 2007
Despertar
Hace poco tuve un hermoso sueño, y cuando desperté todo se desvaneció para siempre.
Soñé con un abrazo de arena en una playa oscura, con la luna riéndose en lo alto y la multitud sin ojos apartándose de mi camino. Recuerdo cada detalle como si acabara de sentirlo: la brisa marina helándome la piel, la humedad de la arena bajo mis pies, y el tacto de unas manos agarrándome con fuerza; el sonido del suave oleaje meciéndose en la noche, y la ciudad anaranjada de fondo, con su falsedad y sus prisas.
Y al despertar, caí en la pesadilla. Miré a mi alrededor, preguntándome cómo había vuelto, por qué estaba sola, cuándo había sucedido todo aquello. Y la bruma fue desapareciendo, y las olas ya no intentaban atraparme, y la arena se había ido, y la luna se escondía tras los rayos del sol. Y yo estaba en mi cama, ubicándome de nuevo, como cada mañana, sabiendo que todo había desaparecido, que nada era cierto, y que me esperaba un día más.
Entonces ¿cómo distinguir sueño de pesadilla? Pues es el momento del despertar el que nos libera o nos condena. Morfeo me regaló un hermoso sueño para luego castigarme con dos despertares; el primero tan real como la vida misma; el segundo, un cruel espejo del primero. Amargo es el sabor de la consciencia, cuando sabemos que hemos perdido algo que jamás hemos tenido...
Si me dan a elegir, prefiero las pesadillas. Pues cuando la tensión aumenta y ya no sabemos a dónde huir ni de qué estamos huyendo, despertamos a la paz de nuestra cama y nos decimos: "Sólo fue un sueño". Y la angustia, el miedo, el terror y la tristeza desaparecen, y nos alegramos de haber despertado, y entonces el día se convierte en el sueño reparador que buscábamos.
Sueño y pesadilla van cogidos de la mano y se confunden y se hacen pasar el uno por el otro, y vienen y van como las olas de mi onírico mar, y cuando despierto los oigo reírse de mí, pues juegan con mis sentimientos y saben que les recuerdo, y que son importantes para mí, y que cambian mi vida poco a poco. Sueño y pesadilla son reyes que yo misma he coronado y me tienen a su merced, humilde sierva de unos inmaduros chiquillos que juegan con mi mente, y yo me arrodillo ante ellos e impaciente espero la caída de la noche, cuando me muestren a qué quieren jugar.
Y el despertar es el mejor de los regalos o el peor de los castigos...
Soñé con un abrazo de arena en una playa oscura, con la luna riéndose en lo alto y la multitud sin ojos apartándose de mi camino. Recuerdo cada detalle como si acabara de sentirlo: la brisa marina helándome la piel, la humedad de la arena bajo mis pies, y el tacto de unas manos agarrándome con fuerza; el sonido del suave oleaje meciéndose en la noche, y la ciudad anaranjada de fondo, con su falsedad y sus prisas.
Y al despertar, caí en la pesadilla. Miré a mi alrededor, preguntándome cómo había vuelto, por qué estaba sola, cuándo había sucedido todo aquello. Y la bruma fue desapareciendo, y las olas ya no intentaban atraparme, y la arena se había ido, y la luna se escondía tras los rayos del sol. Y yo estaba en mi cama, ubicándome de nuevo, como cada mañana, sabiendo que todo había desaparecido, que nada era cierto, y que me esperaba un día más.
Entonces ¿cómo distinguir sueño de pesadilla? Pues es el momento del despertar el que nos libera o nos condena. Morfeo me regaló un hermoso sueño para luego castigarme con dos despertares; el primero tan real como la vida misma; el segundo, un cruel espejo del primero. Amargo es el sabor de la consciencia, cuando sabemos que hemos perdido algo que jamás hemos tenido...
Si me dan a elegir, prefiero las pesadillas. Pues cuando la tensión aumenta y ya no sabemos a dónde huir ni de qué estamos huyendo, despertamos a la paz de nuestra cama y nos decimos: "Sólo fue un sueño". Y la angustia, el miedo, el terror y la tristeza desaparecen, y nos alegramos de haber despertado, y entonces el día se convierte en el sueño reparador que buscábamos.
Sueño y pesadilla van cogidos de la mano y se confunden y se hacen pasar el uno por el otro, y vienen y van como las olas de mi onírico mar, y cuando despierto los oigo reírse de mí, pues juegan con mis sentimientos y saben que les recuerdo, y que son importantes para mí, y que cambian mi vida poco a poco. Sueño y pesadilla son reyes que yo misma he coronado y me tienen a su merced, humilde sierva de unos inmaduros chiquillos que juegan con mi mente, y yo me arrodillo ante ellos e impaciente espero la caída de la noche, cuando me muestren a qué quieren jugar.
Y el despertar es el mejor de los regalos o el peor de los castigos...
21 diciembre 2006
De cuando me tragué una canica y estuve en el infierno
De bien pequeña me tragué una canica. Lo cierto es que nunca supe jugar a las canicas, pero eran bonitas, con sus colores y su redondez perfecta. ¿Y quién no se ha tragado una canica siendo pequeño?
Quizá porque hace ya algunos años de eso no recuerdo exactamente cómo sucedió. Solo puedo contar que llegué a mi casa preocupada, porque había notado cómo la bolita de plástico duro había ido bajando lentamente y con dificultad por mi esófago, y aún la podía sentir en la boca del estómago. De modo que cuando mi madre me vio llorando y descubrió que me había tragado una canica me reprendió nerviosamente, ya que no hacía demasiado también me había tragado un botón de la bata del colegio que se me había caído (recuerdo que era común entre los niños ir chupando los botones que se caían, para no perderlos y porque no nos estaba permitido comer chicle en clase, de modo que era un gran y útil substituto) y ella, siguiendo las indicaciones de mi pediatra, había tenido que rebuscar literalmente en mis defecaciones para asegurarse de que mi cuerpo expulsaba tal objeto.
Pero dejaré de lado los detalles escabrosos. Volvimos a ir al pediatra, quien aconsejó a mi madre, aún enfadada conmigo, que me llevase a una clínica donde me harían unas radiografías para descubrir en qué parte de mi cuerpo se encontraba la canica. De modo que allí nos dirigimos: una sala de espera blanca y una puerta de metal gris pálido que parecía más la entrada a un búnker que a una sala de rayos X (aunque claro, por aquel entonces yo no sabía ni qué era un búnker, ni qué hacían los rayos X -lo cierto es que me hacía una idea acerca de estos últimos, ya que había visto "El hombre de los rayos X en los ojos" por la televisión y se me había quedado grabada la imagen del hombre arrancándose los ojos al final de la película-).
Tras un rato esperando, llegó una enfermera con la típica bata blanca y la no tan típica cofia en la cabeza, y nos indicó que entráramos en la sala contigua. No tenía ni idea de lo que iban a hacerme (esperaba que nadie se arrancara los ojos delante mío, o que al menos no me los arrancaran a mí... ¿o sería a la inversa?), por lo que estaba bastante nerviosa.
Imagino que me durmieron o algo similar (¿similar?), porque cuando me di cuenta estaba tumbada sobre una camilla negra cubierta de ese papel blanco tan hipoalergénico y al mismo tiempo tan pegajoso al contacto con la piel; una enorme máquina de metal negro y plateado que parecía un dinosaurio con un montón de dientes mal puestos me observaba a escasos centímetros de mi cuerpo, y noté el calor del cuero de la camilla en mi espalda desnuda, ya que me habían vestido con el típico batín de hospital, abierto por detrás. Una intensísima luz granate claro iluminaba la estancia cuadrada. De repente, unos cuantos flashes de luz blanca, la voz de un hombre barbudo cercana a mí, mi madre algo más lejos haciendo preguntas y echándome la culpa de todo, y más tarde el sonido de la enorme máquina alejándose de mí.
Mi madre, de algún modo más tranquila, me ayudó a bajarme de la camilla, y dándome la mano me sacó de la habitación. Aunque sólo llevaba encima el batín blanco y ella iba vestida de invierno, sentí bastante calor, quizá inducido por la luz roja que emanaba de las paredes y el techo, ya que parecía no haber bombillas ni fluorescentes. De hecho, las paredes estaban completamente vacías; no había tubos ni interruptores ni cuadros ni estantes, sólo el color rojo de la pintura y su brillo sobrenatural, como si de algún modo procediera del interior de las mismas. Iba cogida de la mano de mi madre, y salimos por la puerta que se encontraba a la izquierda de la camilla, para llegar a un larguísimo pasillo curvado. Daba la sensación de estar caminando alrededor de una especie de motor gigantesco, porque ahora podía oír un penetrante zumbido que incluso hacía temblar ligeramente el suelo. El pasillo seguía y seguía, siempre girando a la izquierda, hasta que al fin divisamos la puerta por la que habíamos entrado antes, aunque por ese lado era de color rojo, algo más oscuro que las paredes.
Mi madre me explicó que el médico le había dicho que no había ninguna canica y que nunca la había habido. Todo había quedado en un susto, aunque intenté explicarle a mi madre que (ojo, vuelve el detalle escatológico) aún no había hecho caca (con estas palabras). "Entonces te lo has inventado", me dijo ella tranquilamente, "pero es mejor así". Yo me quedé callada, intentando recordar si realmente me había tragado una canica (¡todo el mundo se las tragaba entonces!) y, de no ser así, preguntándome cómo había podido llegar a desarrollar esa mentira de tal modo que incluso a mí me parecía una verdad absoluta.
Y con un fuerte sentimiento de culpabilidad provocado por el descubrimiento de mi madre de que yo le había mentido, aun sin yo saberlo, le pregunte: "Mamá, ¿esto es el infierno?".
Ella se rió con un timbre alegre y claro como el agua cristalina que jamás había oído antes, y me respondió mirándome con ternura: "No, hija, esto sólo es una clínica".
"Vaya, yo que tenía una interesante historia que contar...".
Quizá porque hace ya algunos años de eso no recuerdo exactamente cómo sucedió. Solo puedo contar que llegué a mi casa preocupada, porque había notado cómo la bolita de plástico duro había ido bajando lentamente y con dificultad por mi esófago, y aún la podía sentir en la boca del estómago. De modo que cuando mi madre me vio llorando y descubrió que me había tragado una canica me reprendió nerviosamente, ya que no hacía demasiado también me había tragado un botón de la bata del colegio que se me había caído (recuerdo que era común entre los niños ir chupando los botones que se caían, para no perderlos y porque no nos estaba permitido comer chicle en clase, de modo que era un gran y útil substituto) y ella, siguiendo las indicaciones de mi pediatra, había tenido que rebuscar literalmente en mis defecaciones para asegurarse de que mi cuerpo expulsaba tal objeto.
Pero dejaré de lado los detalles escabrosos. Volvimos a ir al pediatra, quien aconsejó a mi madre, aún enfadada conmigo, que me llevase a una clínica donde me harían unas radiografías para descubrir en qué parte de mi cuerpo se encontraba la canica. De modo que allí nos dirigimos: una sala de espera blanca y una puerta de metal gris pálido que parecía más la entrada a un búnker que a una sala de rayos X (aunque claro, por aquel entonces yo no sabía ni qué era un búnker, ni qué hacían los rayos X -lo cierto es que me hacía una idea acerca de estos últimos, ya que había visto "El hombre de los rayos X en los ojos" por la televisión y se me había quedado grabada la imagen del hombre arrancándose los ojos al final de la película-).
Tras un rato esperando, llegó una enfermera con la típica bata blanca y la no tan típica cofia en la cabeza, y nos indicó que entráramos en la sala contigua. No tenía ni idea de lo que iban a hacerme (esperaba que nadie se arrancara los ojos delante mío, o que al menos no me los arrancaran a mí... ¿o sería a la inversa?), por lo que estaba bastante nerviosa.
Imagino que me durmieron o algo similar (¿similar?), porque cuando me di cuenta estaba tumbada sobre una camilla negra cubierta de ese papel blanco tan hipoalergénico y al mismo tiempo tan pegajoso al contacto con la piel; una enorme máquina de metal negro y plateado que parecía un dinosaurio con un montón de dientes mal puestos me observaba a escasos centímetros de mi cuerpo, y noté el calor del cuero de la camilla en mi espalda desnuda, ya que me habían vestido con el típico batín de hospital, abierto por detrás. Una intensísima luz granate claro iluminaba la estancia cuadrada. De repente, unos cuantos flashes de luz blanca, la voz de un hombre barbudo cercana a mí, mi madre algo más lejos haciendo preguntas y echándome la culpa de todo, y más tarde el sonido de la enorme máquina alejándose de mí.
Mi madre, de algún modo más tranquila, me ayudó a bajarme de la camilla, y dándome la mano me sacó de la habitación. Aunque sólo llevaba encima el batín blanco y ella iba vestida de invierno, sentí bastante calor, quizá inducido por la luz roja que emanaba de las paredes y el techo, ya que parecía no haber bombillas ni fluorescentes. De hecho, las paredes estaban completamente vacías; no había tubos ni interruptores ni cuadros ni estantes, sólo el color rojo de la pintura y su brillo sobrenatural, como si de algún modo procediera del interior de las mismas. Iba cogida de la mano de mi madre, y salimos por la puerta que se encontraba a la izquierda de la camilla, para llegar a un larguísimo pasillo curvado. Daba la sensación de estar caminando alrededor de una especie de motor gigantesco, porque ahora podía oír un penetrante zumbido que incluso hacía temblar ligeramente el suelo. El pasillo seguía y seguía, siempre girando a la izquierda, hasta que al fin divisamos la puerta por la que habíamos entrado antes, aunque por ese lado era de color rojo, algo más oscuro que las paredes.
Mi madre me explicó que el médico le había dicho que no había ninguna canica y que nunca la había habido. Todo había quedado en un susto, aunque intenté explicarle a mi madre que (ojo, vuelve el detalle escatológico) aún no había hecho caca (con estas palabras). "Entonces te lo has inventado", me dijo ella tranquilamente, "pero es mejor así". Yo me quedé callada, intentando recordar si realmente me había tragado una canica (¡todo el mundo se las tragaba entonces!) y, de no ser así, preguntándome cómo había podido llegar a desarrollar esa mentira de tal modo que incluso a mí me parecía una verdad absoluta.
Y con un fuerte sentimiento de culpabilidad provocado por el descubrimiento de mi madre de que yo le había mentido, aun sin yo saberlo, le pregunte: "Mamá, ¿esto es el infierno?".
Ella se rió con un timbre alegre y claro como el agua cristalina que jamás había oído antes, y me respondió mirándome con ternura: "No, hija, esto sólo es una clínica".
"Vaya, yo que tenía una interesante historia que contar...".
18 diciembre 2006
De cientos de ordenadores y de tu ausencia
Hay días en que el trabajo me supera, pero al fin y al cabo esos días finalizan y, como es bien sabido, tras la tormenta llega la calma (o algo así dicen, si no me equivoco). Pero ese día en particular estaba siendo extremadamente difícil: tras la hora de comer, llegó el que entonces era mi jefe y su séquito de admiradoras cuales escarabajos peloteros persiguiendo al dios sol. Pensé: "¡Bien! Está de buen humor, eso es buena señal". Cómo me equivocaba.
Mientras me retiraban el plato de comida de la mesa y la camarera se dirigía a la puerta de la izquierda, donde se encontraba la cocina de tan enorme sala restaurante, el que fue mi jefe hasta hace dos años (lo llamaremos Ma) se sentó a mi derecha y mirándome fijamente a los ojos me dijo: "Esto tiene que estar listo cuando antes". "¿Cuántas posiciones son?", pregunté yo ligeramente preocupada mientras paseaba mi mirada por los aproximadamente mil metros cuadrados de sala que me rodeaban. Filas interminables en las que colocar centenas de ordenadores. Mesas que limpiar, sillas que apartar, alfombrillas de ratón que controlar, y todo eso sin tener en cuenta las innumerables interrupciones que sufriría por parte de, calculando rápido, un sesenta por ciento de los usuarios. "Todas". Fue la peor respuesta que me podrían haber dado jamás. "¿Para cuándo las necesitas?", escupí mientras intentaba mantener la calma. "Para esta tarde". "Bien", contesté, y automáticamente me giré para empezar a configurar el primer ordenador. Ma debió darse por aludido, bien por mi gesto ligeramente enfurecido, bien por mi cara de pocos amigos, bien por la nube de energía negativa que yo sabía perfectamente que se había formado a mi alrededor, por lo que se levantó de la silla y se reunió en la puerta de salida con sus admiradoras peloteras para seguir riéndose de la vida.
Realmente era imposible que pudiese terminar ese trabajo en una tarde. Aunque las torres de los ordenadores estaban colocadas en su sitio, no había ni un solo monitor colocado; se encontraban amontonados a la izquierda de la sala, mirándome apagados con sus ojos de búho medio dormido pero atento a todo. Eran monitores de tubo (la mayoría regalados y a punto de morir; las siglas TFT sólo podían significar "Te Falta Tefal" en el vocabulario cultural de esa gente), por lo que el panorama no era muy alentador.
Tenía ya preparados unos 5 ordenadores cuando empezó a llegar el personal del turno de tarde. Por suerte, el bloque de mesas donde yo me encontraba ya tenía todos los equipos en marcha, de modo que se fueron colocando en esas posiciones. Pero no podía ser tan sencillo. Una de las mujeres, pelirroja, de unos cuarenta y cinco años y con voz de pito, me dijo desde la fila siguiente: "Hoy me quiero sentar aquí, prepárame un sitio a mí y el de al lado a D.". "Maldita sea, ya empiezan", pensé. Sin dirigirle la palabra, y habiendo observado los azules ojos de Ma mirándome, hice lo que me pedía. Poco a poco la sala se fue llenando y la gente se iba sentando en posiciones aleatorias, por lo que tuve que ir de un lado para otro para que la gente pudiese trabajar.
"Me iré a las ocho, me da lo mismo lo que digan", decidí en mi interior. Aunque en teoría tenía que dejar listas unas trescientas posiciones, en realidad la plantilla no superaba la media centena, por lo que ¿para qué podían querer tantos puestos para ya? De modo que mientras las horas iban pasando, fui preparando equipos, uno a uno, hasta que acabé agotada, aunque no había hecho ni un cuarto de la sala. Y cuando estaba a punto de coger mis cosas e irme, Ma se acercó a mí.
"Oye déjalo, no te vas a quedar aquí toda la noche, ¿no?", me dijo con una sonrisa. En mi interior pensé: "Tampoco pensaba hacerlo, pero si es lo que quieres creer, no soy yo quien te diga lo contrario". De modo que me invitó a cenar con el resto de gente en un bar cercano. Le había cambiado el humor, o más bien él había cambiado su humor cada vez que habló conmigo; saltaba a la lista que era su táctica para que yo trabajara más ("Si está cabreada, querrá acabar cuanto antes y lo hará más rápido"), y yo me había dejado engañar como un gato al que le enseñan una golosina para que salga del dormitorio.
Y aunque fui con ellos al bar, yo había quedado contigo. A media tarde aproximadamente, habíamos hablado por teléfono, para quedar sobre las diez cerca de mi casa. Bueno, eran las ocho, de modo que podría estar un rato con esa gente y luego llamarte para saber dónde estabas e ir a verte. Así que acabamos en un bar pequeño pero acogedor, el típico bar de barrio pero sin sus borrachos y juerguistas de más de cincuenta años. Nos sentamos al fondo de todo, bastante cerca de la barra y justo al lado de los lavabos, y pedimos algo de beber. En total éramos ocho personas, amontonadas y apretujadas alrededor de dos minúsculas mesas, con lo que el contacto físico era inevitable y agobiante. Todo el mundo se reía y había un buen ambiente, y yo también hice bromas, despreocupándome por la hora y por todo el trabajo que me quedaba por hacer. Total, estábamos ya fuera del trabajo, así que podía hacer lo que me diese la gana.
Cuando ya me terminaba la Coca-Cola que me estaba tomando, las bromas ya no me parecían tan divertidas, y la conversación tocaba temas completamente desconocidos para mí, por lo que empecé a aburrirme. Miré distraída el móvil para darme cuenta que eran casi las diez de la noche, de modo que interrumpí amablemente la conversación para señalar que me iba un momento a llamar a la calle; la gente me miró sin prestar demasiada atención, y alguien dijo un "Sí, sí, vale" desinteresado que me hizo retirarme sintiéndome completamente ignorada.
Una vez en la calle, enfrente del bar, entre la gasolinera y la enorme avenida de mi izquierda, te llamé, pero no cogiste el teléfono. Pensé que no pasaba nada, que quizá estabas en el metro y no había cobertura. Te envié un mensaje: "Estoy con esta gente en un bar, llámame y te doy las indicaciones de cómo llegar, está cerca". Volví al bar y me senté de nuevo con esa gente, que ya estaba cenando. Dejé el móvil sobre la mesa, esperando una respuesta por tu parte. Pero pasaron veinte minutos y el teléfono no sonó, de modo que volví a salir a la calle y volví a llamarte, una y otra vez. Empecé a ponerme nerviosa, ¿te había pasado algo? Miles de opciones cruzaban mi mente, a cual menos alentadora, y aunque traté de encontrar una explicación lógica, la sensación de angustia e inseguridad fue ganando terreno, hasta que después de decenas de llamadas sin respuesta empecé a preguntar por tí en la calle, en la gasolinera, a los vecinos. "¿Habéis visto a un chico delgado, con el pelo algo largo, vestido seguramente de negro?". La gente me miraba mal y no me respondía. Volví al bar a preguntar a mis compañeros si te habían visto entrar mientras yo estaba en la calle; me miraron extrañados y me ignoraron completamente. El tiempo pasaba, eran las once y media. Salí una vez más al frío de la noche y grité tu nombre, preguntando dónde estabas. Grité a la gente, grité al cielo, grité a los coches y al móvil. Y una extraña certeza de que jamás volvería a verte me había invadido, y no entendí por qué tenía que ser así, ¿qué había hecho yo para perderte de esa manera? Sin explicaciones, sin un adiós, sin nada.
Acabé sentada en el suelo, llorando y sin saber qué hacer. La última vez que miré al móvil eran las dos de la mañana, pero la esperanza seguía clavada como una daga en la espalda. Y lo cierto es que nunca apareciste...
Mientras me retiraban el plato de comida de la mesa y la camarera se dirigía a la puerta de la izquierda, donde se encontraba la cocina de tan enorme sala restaurante, el que fue mi jefe hasta hace dos años (lo llamaremos Ma) se sentó a mi derecha y mirándome fijamente a los ojos me dijo: "Esto tiene que estar listo cuando antes". "¿Cuántas posiciones son?", pregunté yo ligeramente preocupada mientras paseaba mi mirada por los aproximadamente mil metros cuadrados de sala que me rodeaban. Filas interminables en las que colocar centenas de ordenadores. Mesas que limpiar, sillas que apartar, alfombrillas de ratón que controlar, y todo eso sin tener en cuenta las innumerables interrupciones que sufriría por parte de, calculando rápido, un sesenta por ciento de los usuarios. "Todas". Fue la peor respuesta que me podrían haber dado jamás. "¿Para cuándo las necesitas?", escupí mientras intentaba mantener la calma. "Para esta tarde". "Bien", contesté, y automáticamente me giré para empezar a configurar el primer ordenador. Ma debió darse por aludido, bien por mi gesto ligeramente enfurecido, bien por mi cara de pocos amigos, bien por la nube de energía negativa que yo sabía perfectamente que se había formado a mi alrededor, por lo que se levantó de la silla y se reunió en la puerta de salida con sus admiradoras peloteras para seguir riéndose de la vida.
Realmente era imposible que pudiese terminar ese trabajo en una tarde. Aunque las torres de los ordenadores estaban colocadas en su sitio, no había ni un solo monitor colocado; se encontraban amontonados a la izquierda de la sala, mirándome apagados con sus ojos de búho medio dormido pero atento a todo. Eran monitores de tubo (la mayoría regalados y a punto de morir; las siglas TFT sólo podían significar "Te Falta Tefal" en el vocabulario cultural de esa gente), por lo que el panorama no era muy alentador.
Tenía ya preparados unos 5 ordenadores cuando empezó a llegar el personal del turno de tarde. Por suerte, el bloque de mesas donde yo me encontraba ya tenía todos los equipos en marcha, de modo que se fueron colocando en esas posiciones. Pero no podía ser tan sencillo. Una de las mujeres, pelirroja, de unos cuarenta y cinco años y con voz de pito, me dijo desde la fila siguiente: "Hoy me quiero sentar aquí, prepárame un sitio a mí y el de al lado a D.". "Maldita sea, ya empiezan", pensé. Sin dirigirle la palabra, y habiendo observado los azules ojos de Ma mirándome, hice lo que me pedía. Poco a poco la sala se fue llenando y la gente se iba sentando en posiciones aleatorias, por lo que tuve que ir de un lado para otro para que la gente pudiese trabajar.
"Me iré a las ocho, me da lo mismo lo que digan", decidí en mi interior. Aunque en teoría tenía que dejar listas unas trescientas posiciones, en realidad la plantilla no superaba la media centena, por lo que ¿para qué podían querer tantos puestos para ya? De modo que mientras las horas iban pasando, fui preparando equipos, uno a uno, hasta que acabé agotada, aunque no había hecho ni un cuarto de la sala. Y cuando estaba a punto de coger mis cosas e irme, Ma se acercó a mí.
"Oye déjalo, no te vas a quedar aquí toda la noche, ¿no?", me dijo con una sonrisa. En mi interior pensé: "Tampoco pensaba hacerlo, pero si es lo que quieres creer, no soy yo quien te diga lo contrario". De modo que me invitó a cenar con el resto de gente en un bar cercano. Le había cambiado el humor, o más bien él había cambiado su humor cada vez que habló conmigo; saltaba a la lista que era su táctica para que yo trabajara más ("Si está cabreada, querrá acabar cuanto antes y lo hará más rápido"), y yo me había dejado engañar como un gato al que le enseñan una golosina para que salga del dormitorio.
Y aunque fui con ellos al bar, yo había quedado contigo. A media tarde aproximadamente, habíamos hablado por teléfono, para quedar sobre las diez cerca de mi casa. Bueno, eran las ocho, de modo que podría estar un rato con esa gente y luego llamarte para saber dónde estabas e ir a verte. Así que acabamos en un bar pequeño pero acogedor, el típico bar de barrio pero sin sus borrachos y juerguistas de más de cincuenta años. Nos sentamos al fondo de todo, bastante cerca de la barra y justo al lado de los lavabos, y pedimos algo de beber. En total éramos ocho personas, amontonadas y apretujadas alrededor de dos minúsculas mesas, con lo que el contacto físico era inevitable y agobiante. Todo el mundo se reía y había un buen ambiente, y yo también hice bromas, despreocupándome por la hora y por todo el trabajo que me quedaba por hacer. Total, estábamos ya fuera del trabajo, así que podía hacer lo que me diese la gana.
Cuando ya me terminaba la Coca-Cola que me estaba tomando, las bromas ya no me parecían tan divertidas, y la conversación tocaba temas completamente desconocidos para mí, por lo que empecé a aburrirme. Miré distraída el móvil para darme cuenta que eran casi las diez de la noche, de modo que interrumpí amablemente la conversación para señalar que me iba un momento a llamar a la calle; la gente me miró sin prestar demasiada atención, y alguien dijo un "Sí, sí, vale" desinteresado que me hizo retirarme sintiéndome completamente ignorada.
Una vez en la calle, enfrente del bar, entre la gasolinera y la enorme avenida de mi izquierda, te llamé, pero no cogiste el teléfono. Pensé que no pasaba nada, que quizá estabas en el metro y no había cobertura. Te envié un mensaje: "Estoy con esta gente en un bar, llámame y te doy las indicaciones de cómo llegar, está cerca". Volví al bar y me senté de nuevo con esa gente, que ya estaba cenando. Dejé el móvil sobre la mesa, esperando una respuesta por tu parte. Pero pasaron veinte minutos y el teléfono no sonó, de modo que volví a salir a la calle y volví a llamarte, una y otra vez. Empecé a ponerme nerviosa, ¿te había pasado algo? Miles de opciones cruzaban mi mente, a cual menos alentadora, y aunque traté de encontrar una explicación lógica, la sensación de angustia e inseguridad fue ganando terreno, hasta que después de decenas de llamadas sin respuesta empecé a preguntar por tí en la calle, en la gasolinera, a los vecinos. "¿Habéis visto a un chico delgado, con el pelo algo largo, vestido seguramente de negro?". La gente me miraba mal y no me respondía. Volví al bar a preguntar a mis compañeros si te habían visto entrar mientras yo estaba en la calle; me miraron extrañados y me ignoraron completamente. El tiempo pasaba, eran las once y media. Salí una vez más al frío de la noche y grité tu nombre, preguntando dónde estabas. Grité a la gente, grité al cielo, grité a los coches y al móvil. Y una extraña certeza de que jamás volvería a verte me había invadido, y no entendí por qué tenía que ser así, ¿qué había hecho yo para perderte de esa manera? Sin explicaciones, sin un adiós, sin nada.
Acabé sentada en el suelo, llorando y sin saber qué hacer. La última vez que miré al móvil eran las dos de la mañana, pero la esperanza seguía clavada como una daga en la espalda. Y lo cierto es que nunca apareciste...
27 noviembre 2006
Del último día del mundo
Esa mañana estaba siendo tranquila, incluso aburrida. Los rayos de sol se colaban por las rendijas de las persianas de las tres ventanas que tenía la caravana. Era un vehículo grande y lleno de comodidades: un gran comedor, un dormitorio con cama doble, una cocina completa y un baño sencillo. Poco a poco habíamos ido llenando el espacio disponible con un montón de cosas útiles e inútiles: una televisión, un equipo de música, un par de videoconsolas y un montón de videojuegos, libros, bobinas de DVDs, un ordenador de sobremesa, bolígrafos, cuadernos de estudio, algunos posters de papel y tela, un montón de ropa de invierno y de verano, un radiador, un aire acondicionado, una manta de viaje para el sofá, una pequeña mesa de cristal, un cactus, juegos de sobremesa y barajas de cartas, un par de lámparas de diseño... Todo lo que pudiéramos llegar a necesitar estaba allí. Y lo que no, también.
El exterior estaba extrañamente tranquilo. Pesaba sobre nuestro estado de ánimo el ensordecedor ruido del silencio: no había tráfico, ni obras, ni metros, ni aviones, ni vecinos. Todo el ruido artificial que se había vuelto tan común en la vida de una gran ciudad emanaba únicamente de nuestra caravana. En contraste, el piar de los pájaros, el cristalino sonido de un riachuelo y el viento acariciando la hierba y las hojas de los árboles era lo único que se escuchaba al otro lado de la puerta. Era como haber aterrizado con una nave espacial en medio del Paraíso.
Hicimos algo de almorzar: unos cereales, un par de bikinis, un poco de coca-cola y algo de café. Pusimos la tele, y optamos por bajar el volumen; parecía que nadie se daba cuenta de lo que estaba a punto de suceder. El frenético ritmo de vida de las mentes de plástico y ceniza de las ciudades seguía su curso: peleas familiares y entre vecinos, luchas entre partidos políticos, guerras interminables en países subdesarrollados; la lotería, la prensa rosa, los conciertos y los deportes. Pero nosotros ya no estábamos allí, y de hecho ni siquiera estábamos seguros de que 'allí' siguiera existiendo.
Entró un amigo en el comedor, y sus fuertes pasos hicieron que la caravana se balancease ligeramente. '¡Ei! Buenos días, dormilones... ¿No salís un rato? ¡Hay que aprovechar al máximo!". Miré a mi pareja, que estaba estirada en el sofá-cama conmigo, en un lío de sábanas y mantas. "La verdad es que no me apetece en absoluto salir... Hoy ya no", le susurré al oído, y él le comunicó a nuestro amigo que no pensábamos movernos de donde estábamos. También tuvimos varias llamadas al móvil, pero ese día no queríamos ver a nadie. En el fondo sentía que, si pasábamos el día con alguien más, de algún modo ese alguien más estaría simbolizando algo especial, y yo no podía permitirme esa exclusividad, que rápidamente se convertiría en favoritismo dentro de mis esquemas mentales. De modo que preferí que nos quedáramos solos, en el ambiente cálido y acogedor que nos habíamos construido.
Pusimos algo de música. Incluso ésta se había vuelto aburrida y, de algún modo, incluso temible: melodías miles de veces escuchadas y grabadas a fuego en nuestras mentes cobraban ahora un nuevo significado ante esa precisa situación. Las canciones alegres me ponían melancólica; las agresivas, rabiosa; las tristes me dejaban indiferente.
Estuvimos un buen rato sin hacer nada. Quizá nos quedamos dormidos unas horas, ya que en un lapso de tiempo que me parece tan breve como extenso, la luz diurna se había vuelto de un intenso color anaranjado, casi rojo. Me puse bastante nerviosa, y no pude evitar pensar que me había dejado tantas cosas por decir a la gente, tantos lugares que visitar, tantos libros que leer, tantos juegos que probar, tantas cosas por escribir, tantas experiencias por vivir, que el torrente de ideas e imágenes irrealizadas me provocó angustia y me obligó a llorar como una niña. Pero poco a poco conseguí recuperar la calma: no conseguiría nada llorando por lo que se iba a perder, pues la mente de una sola persona no puede cambiar el curso de las cosas que escapan a su control. De modo que me apacigüé, me abracé a mi pareja, sentí su agradable y tan conocido olor, y deseé que todo acabara allí, en ese preciso instante.
Pero la temperatura iba en aumento. El calor, molesto al principio y ahora tan intenso como el color rojo sangre de la luz solar, me obligó a quitarme casi toda la ropa que llevaba encima. Aunque pusimos el aire acondicionado, éste parecía no tener efecto. De repente se oyó un crujido, como si la tierra se separase en dos, y la caravana se movió bruscamente. Miré por la ventana, para ver que la naturaleza de los vivos había desaparecido: sólo rocas rojas, un cielo naranja y un enorme sol reinaban a los pocos árboles muertos que quedaban. "Ya casi está", le dije a mi pareja. Él, estirado a mi lado, me miró con su rostro tranquilo y sus grandes y cariñosos ojos mientras jugaba con mi pelo.
Entonces miré la puerta de la caravana. La fuerza del árido viento podía abrirla en cualquier momento y matarnos a ambos. Entonces entendí que por esa puerta jamás volvería a entrar nuestro amigo, ni nos obsequiaría de nuevo con una hermosa vista al abrirla una mañana; la televisión, que había dejado de funcionar, jamás volvería a encenderse, siendo para siempre nada más que una caja llena de complicados mecanismos que no servían para nada; la nevera se apagó, y no volvería a refrigerar ningún alimento; la información del ordenador, que tan preciosa nos había parecido, era una simple maraña de ceros y unos que jamás nadie podría descifrar y de la que ni siquiera llegaría a conocerse su existencia; las bombillas no volverían a alumbrar en el silencio de la noche. Sólo quedarían reductos de escaso tiempo de vida: un reproductor de música portátil, si la batería no se fundía, seguiría deleitando al silencio con música que jamás volvería a sonar; la consola portátil esperaría durante un tiempo al siguiente jugador, que se proclamaría el mejor del mundo; los alimentos aguardarían a ser consumidos hasta pudrirse; el móvil buscaría desesperadamente una red a la que conectarse, sin encontrarla, y sus melodías no volverían a sonar; los libros, a menos que se quemaran, guardarían una valiosa información hasta convertirse en cenizas, y la palabra se perdería en la eternidad. Y así fueron pasando mis pensamientos, uno a uno, destruyendo la utilidad de las cosas para siempre, descubriendo su inutilidad como nunca.
Y así, le susurré a mi pareja al oído: "Hoy es el último día sobre la faz de la tierra... Estaremos juntos mientras el planeta muere... Y nunca diremos adiós". Y nos abrazamos como si no estuviera pasando nada, esperando a la hora de hacer la cena, deseando jugar un rato para después hacer el amor.
Y desde lo alto, las estrellas se reían mientras observaban otra pequeña mota de vida perecer en el universo.
El exterior estaba extrañamente tranquilo. Pesaba sobre nuestro estado de ánimo el ensordecedor ruido del silencio: no había tráfico, ni obras, ni metros, ni aviones, ni vecinos. Todo el ruido artificial que se había vuelto tan común en la vida de una gran ciudad emanaba únicamente de nuestra caravana. En contraste, el piar de los pájaros, el cristalino sonido de un riachuelo y el viento acariciando la hierba y las hojas de los árboles era lo único que se escuchaba al otro lado de la puerta. Era como haber aterrizado con una nave espacial en medio del Paraíso.
Hicimos algo de almorzar: unos cereales, un par de bikinis, un poco de coca-cola y algo de café. Pusimos la tele, y optamos por bajar el volumen; parecía que nadie se daba cuenta de lo que estaba a punto de suceder. El frenético ritmo de vida de las mentes de plástico y ceniza de las ciudades seguía su curso: peleas familiares y entre vecinos, luchas entre partidos políticos, guerras interminables en países subdesarrollados; la lotería, la prensa rosa, los conciertos y los deportes. Pero nosotros ya no estábamos allí, y de hecho ni siquiera estábamos seguros de que 'allí' siguiera existiendo.
Entró un amigo en el comedor, y sus fuertes pasos hicieron que la caravana se balancease ligeramente. '¡Ei! Buenos días, dormilones... ¿No salís un rato? ¡Hay que aprovechar al máximo!". Miré a mi pareja, que estaba estirada en el sofá-cama conmigo, en un lío de sábanas y mantas. "La verdad es que no me apetece en absoluto salir... Hoy ya no", le susurré al oído, y él le comunicó a nuestro amigo que no pensábamos movernos de donde estábamos. También tuvimos varias llamadas al móvil, pero ese día no queríamos ver a nadie. En el fondo sentía que, si pasábamos el día con alguien más, de algún modo ese alguien más estaría simbolizando algo especial, y yo no podía permitirme esa exclusividad, que rápidamente se convertiría en favoritismo dentro de mis esquemas mentales. De modo que preferí que nos quedáramos solos, en el ambiente cálido y acogedor que nos habíamos construido.
Pusimos algo de música. Incluso ésta se había vuelto aburrida y, de algún modo, incluso temible: melodías miles de veces escuchadas y grabadas a fuego en nuestras mentes cobraban ahora un nuevo significado ante esa precisa situación. Las canciones alegres me ponían melancólica; las agresivas, rabiosa; las tristes me dejaban indiferente.
Estuvimos un buen rato sin hacer nada. Quizá nos quedamos dormidos unas horas, ya que en un lapso de tiempo que me parece tan breve como extenso, la luz diurna se había vuelto de un intenso color anaranjado, casi rojo. Me puse bastante nerviosa, y no pude evitar pensar que me había dejado tantas cosas por decir a la gente, tantos lugares que visitar, tantos libros que leer, tantos juegos que probar, tantas cosas por escribir, tantas experiencias por vivir, que el torrente de ideas e imágenes irrealizadas me provocó angustia y me obligó a llorar como una niña. Pero poco a poco conseguí recuperar la calma: no conseguiría nada llorando por lo que se iba a perder, pues la mente de una sola persona no puede cambiar el curso de las cosas que escapan a su control. De modo que me apacigüé, me abracé a mi pareja, sentí su agradable y tan conocido olor, y deseé que todo acabara allí, en ese preciso instante.
Pero la temperatura iba en aumento. El calor, molesto al principio y ahora tan intenso como el color rojo sangre de la luz solar, me obligó a quitarme casi toda la ropa que llevaba encima. Aunque pusimos el aire acondicionado, éste parecía no tener efecto. De repente se oyó un crujido, como si la tierra se separase en dos, y la caravana se movió bruscamente. Miré por la ventana, para ver que la naturaleza de los vivos había desaparecido: sólo rocas rojas, un cielo naranja y un enorme sol reinaban a los pocos árboles muertos que quedaban. "Ya casi está", le dije a mi pareja. Él, estirado a mi lado, me miró con su rostro tranquilo y sus grandes y cariñosos ojos mientras jugaba con mi pelo.
Entonces miré la puerta de la caravana. La fuerza del árido viento podía abrirla en cualquier momento y matarnos a ambos. Entonces entendí que por esa puerta jamás volvería a entrar nuestro amigo, ni nos obsequiaría de nuevo con una hermosa vista al abrirla una mañana; la televisión, que había dejado de funcionar, jamás volvería a encenderse, siendo para siempre nada más que una caja llena de complicados mecanismos que no servían para nada; la nevera se apagó, y no volvería a refrigerar ningún alimento; la información del ordenador, que tan preciosa nos había parecido, era una simple maraña de ceros y unos que jamás nadie podría descifrar y de la que ni siquiera llegaría a conocerse su existencia; las bombillas no volverían a alumbrar en el silencio de la noche. Sólo quedarían reductos de escaso tiempo de vida: un reproductor de música portátil, si la batería no se fundía, seguiría deleitando al silencio con música que jamás volvería a sonar; la consola portátil esperaría durante un tiempo al siguiente jugador, que se proclamaría el mejor del mundo; los alimentos aguardarían a ser consumidos hasta pudrirse; el móvil buscaría desesperadamente una red a la que conectarse, sin encontrarla, y sus melodías no volverían a sonar; los libros, a menos que se quemaran, guardarían una valiosa información hasta convertirse en cenizas, y la palabra se perdería en la eternidad. Y así fueron pasando mis pensamientos, uno a uno, destruyendo la utilidad de las cosas para siempre, descubriendo su inutilidad como nunca.
Y así, le susurré a mi pareja al oído: "Hoy es el último día sobre la faz de la tierra... Estaremos juntos mientras el planeta muere... Y nunca diremos adiós". Y nos abrazamos como si no estuviera pasando nada, esperando a la hora de hacer la cena, deseando jugar un rato para después hacer el amor.
Y desde lo alto, las estrellas se reían mientras observaban otra pequeña mota de vida perecer en el universo.
20 noviembre 2006
De la noche que pasé en la Bahía de Tokio
En realidad he estado dos veces en la Bahía de Tokio. Y ambas fueron igual de hermosas y dolorosas.
La primera noche estaba muy nerviosa. Me habían avisado ese mismo día: "Tendrás que estar en Japón toda la noche, hasta las 6 de la mañana". "¿Qué tendré que hacer?", pregunté mientras me imaginaba caminando por las concurridas calles de Shibuya o Roppongi, comprando comida en un konbini, cantando en un karaoke, observando el horizonte desde lo alto de la Torre de Tokio. "Nada", fue la respuesta, "sólo estar allí, sin moverte. No tendrás que hacer nada más; es sólo por si acaso". Me dieron una dirección y una hora de llegada: las 21 horas. Me dieron las instrucciones: salir del metro, buscar un sitio donde sentarme, y esperar. Pero jamás moverme. Y tener suficiente batería en el móvil, "sólo por si acaso".
De modo que no pregunté más. No necesitaba maletas; en realidad el viaje sería corto, una media hora. La luz blanca y brillante del metro le daba un tono aséptico e irreal al trayecto, y en mi vagón sólo viajaban un par de personas cuyos rostros no recuerdo. Casi sin darme cuenta, llegué a mi destino; subí las pocas escaleras que daban a la calle, para encontrarme con la oscuridad de la noche, la calma del agua y una brisa helada que calaba hasta los huesos. Las farolas apenas alumbraban; no había coches, ni gente, ni ruido; todo era calma absoluta.
Me alejé unos metros de la radiante luz blanca que emanaba de la boca de metro. Debía encontrarme a las afueras de Tokio, puesto que casi no había edificios; a mi derecha, una hilera de pisos bajos y un par de tiendas, y a mi izquierda, la maravillosa vista de la Bahía de Tokio: quietud, agua, y más allá, la bulliciosa vida nocturna de la gran metrópolis.
Pude ver a lo lejos un largo y estrecho puente de hormigón que me llevaría hasta allí. Pero no podía; debía atenerme a las órdenes recibidas. De modo que busqué un sitio recogido donde sentarme: las sucias escaleras de la entrada a una tienda. Y allí me quedé, esperando a que el tiempo pasara, cansada pero sin sueño.
El agua de la bahía estaba en calma, y aunque sobre ella se reflejaban las lejanas luces de la ciudad, seguía siendo muy oscura. Si miraba al cielo podía ver un inmenso mar de estrellas, mientras escuchaba el suave sonido de las olas y las hojas de los árboles meciéndose al son de la suave brisa. A veces, el aire me obsequiaba con ruidos lejanos de coches, trenes, música y risas; tiendas que se cerraban, bares que abrían, pasos de gente, televisores y monedas. Y yo no podía llegar allí. Y cada vez sentía más frío.
Las horas pasaban, y empezaba a aburrirme. "Así que esto es Japón", pensó mi mente cansada. Por mi lado pasaba, de vez en cuando, gente feliz que se paraba a mirarme. Me encontré con algunos conocidos que, casualmente, habían decidido ir a ese lugar esa noche. "¡Hola! ¿Qué haces aquí tan sola? Vamos a tomar algo, ¿vienes?". Yo les decía que no podía, que estaba ocupada, que ya quedaríamos la semana siguiente; y aunque pueda parecer que me hubiese apetecido, en absoluto me llamaba la atención ir con ellos. Les veía cruzar el largo puente, y sólo podía pensar: "Ya vendré otro día...". Y aunque siempre había querido visitar Japón, de repente, quizá al estar ya allí, quedé desencantada y decidí que no quería volver, que no era para tanto, que era aburrido, que había otros lugares; otros lugares en los nadie podría encontrarme, otros lugares que sólo yo conociera, que sólo yo supiera que me tenían enamorada. Otros lugares sólo para mí.
Y así pasó el tiempo, hasta que pude volver a casa.
La segunda vez que fui a la Bahía de Tokio fue lo mismo: iguales órdenes, misma dirección, mismas sensaciones. La única diferencia era la emoción. No se trataba de algo nuevo; era el mismo viaje aburrido de la otra vez. Y una vez sentada en las escaleras, mientras leía no recuerdo qué libro y escuchaba no recuerdo qué música, se acercó una viejecita. "Joven", me dijo, "¿vuelves a estar por aquí? Veo que te ha gustado esto", me dijo con voz rota y una sonrisa. "Sólo es trabajo", le respondí yo con desdén; no quería que me dijera lo hermoso que era aquello. "Vuelve cuando quieras, pero que sea por placer", dijo alejándose. Más tarde, volví a encontrarme con unos conocidos. "¡Vaya! ¿Vendrás hoy con nosotros?". "No", respondí secamente. La rabia empezaba a crecer en mi interior. Mientras ellos ya se habían acostumbrado a Tokio, para mí el lugar seguía siendo nuevo y desconocido. ¿Por qué ellos podían disfrutar cuando quisieran de la vida en esa ciudad, y yo sólo podía observarla desde lo lejos? ¿Por qué me restregaban por la cara su suerte? ¿por qué?
Pero esa vez se hizo de día un poco más pronto. Y cuando la luz del sol ganó a la artificialidad de las luces de neón y plástico de la noche, pensé que quizá sí, quizá otro día, quizá a la hora de comer, quizá tras una buena siesta, me pasaría por allí. Sin órdenes, sin prisas, sin horarios. Había estado tan cerca y tan lejos... Sólo a media hora en metro, podía volver a recorrer medio mundo para llegar allí...
La primera noche estaba muy nerviosa. Me habían avisado ese mismo día: "Tendrás que estar en Japón toda la noche, hasta las 6 de la mañana". "¿Qué tendré que hacer?", pregunté mientras me imaginaba caminando por las concurridas calles de Shibuya o Roppongi, comprando comida en un konbini, cantando en un karaoke, observando el horizonte desde lo alto de la Torre de Tokio. "Nada", fue la respuesta, "sólo estar allí, sin moverte. No tendrás que hacer nada más; es sólo por si acaso". Me dieron una dirección y una hora de llegada: las 21 horas. Me dieron las instrucciones: salir del metro, buscar un sitio donde sentarme, y esperar. Pero jamás moverme. Y tener suficiente batería en el móvil, "sólo por si acaso".
De modo que no pregunté más. No necesitaba maletas; en realidad el viaje sería corto, una media hora. La luz blanca y brillante del metro le daba un tono aséptico e irreal al trayecto, y en mi vagón sólo viajaban un par de personas cuyos rostros no recuerdo. Casi sin darme cuenta, llegué a mi destino; subí las pocas escaleras que daban a la calle, para encontrarme con la oscuridad de la noche, la calma del agua y una brisa helada que calaba hasta los huesos. Las farolas apenas alumbraban; no había coches, ni gente, ni ruido; todo era calma absoluta.
Me alejé unos metros de la radiante luz blanca que emanaba de la boca de metro. Debía encontrarme a las afueras de Tokio, puesto que casi no había edificios; a mi derecha, una hilera de pisos bajos y un par de tiendas, y a mi izquierda, la maravillosa vista de la Bahía de Tokio: quietud, agua, y más allá, la bulliciosa vida nocturna de la gran metrópolis.
Pude ver a lo lejos un largo y estrecho puente de hormigón que me llevaría hasta allí. Pero no podía; debía atenerme a las órdenes recibidas. De modo que busqué un sitio recogido donde sentarme: las sucias escaleras de la entrada a una tienda. Y allí me quedé, esperando a que el tiempo pasara, cansada pero sin sueño.
El agua de la bahía estaba en calma, y aunque sobre ella se reflejaban las lejanas luces de la ciudad, seguía siendo muy oscura. Si miraba al cielo podía ver un inmenso mar de estrellas, mientras escuchaba el suave sonido de las olas y las hojas de los árboles meciéndose al son de la suave brisa. A veces, el aire me obsequiaba con ruidos lejanos de coches, trenes, música y risas; tiendas que se cerraban, bares que abrían, pasos de gente, televisores y monedas. Y yo no podía llegar allí. Y cada vez sentía más frío.
Las horas pasaban, y empezaba a aburrirme. "Así que esto es Japón", pensó mi mente cansada. Por mi lado pasaba, de vez en cuando, gente feliz que se paraba a mirarme. Me encontré con algunos conocidos que, casualmente, habían decidido ir a ese lugar esa noche. "¡Hola! ¿Qué haces aquí tan sola? Vamos a tomar algo, ¿vienes?". Yo les decía que no podía, que estaba ocupada, que ya quedaríamos la semana siguiente; y aunque pueda parecer que me hubiese apetecido, en absoluto me llamaba la atención ir con ellos. Les veía cruzar el largo puente, y sólo podía pensar: "Ya vendré otro día...". Y aunque siempre había querido visitar Japón, de repente, quizá al estar ya allí, quedé desencantada y decidí que no quería volver, que no era para tanto, que era aburrido, que había otros lugares; otros lugares en los nadie podría encontrarme, otros lugares que sólo yo conociera, que sólo yo supiera que me tenían enamorada. Otros lugares sólo para mí.
Y así pasó el tiempo, hasta que pude volver a casa.
La segunda vez que fui a la Bahía de Tokio fue lo mismo: iguales órdenes, misma dirección, mismas sensaciones. La única diferencia era la emoción. No se trataba de algo nuevo; era el mismo viaje aburrido de la otra vez. Y una vez sentada en las escaleras, mientras leía no recuerdo qué libro y escuchaba no recuerdo qué música, se acercó una viejecita. "Joven", me dijo, "¿vuelves a estar por aquí? Veo que te ha gustado esto", me dijo con voz rota y una sonrisa. "Sólo es trabajo", le respondí yo con desdén; no quería que me dijera lo hermoso que era aquello. "Vuelve cuando quieras, pero que sea por placer", dijo alejándose. Más tarde, volví a encontrarme con unos conocidos. "¡Vaya! ¿Vendrás hoy con nosotros?". "No", respondí secamente. La rabia empezaba a crecer en mi interior. Mientras ellos ya se habían acostumbrado a Tokio, para mí el lugar seguía siendo nuevo y desconocido. ¿Por qué ellos podían disfrutar cuando quisieran de la vida en esa ciudad, y yo sólo podía observarla desde lo lejos? ¿Por qué me restregaban por la cara su suerte? ¿por qué?
Pero esa vez se hizo de día un poco más pronto. Y cuando la luz del sol ganó a la artificialidad de las luces de neón y plástico de la noche, pensé que quizá sí, quizá otro día, quizá a la hora de comer, quizá tras una buena siesta, me pasaría por allí. Sin órdenes, sin prisas, sin horarios. Había estado tan cerca y tan lejos... Sólo a media hora en metro, podía volver a recorrer medio mundo para llegar allí...