23 febrero 2008

De un viaje en el tiempo y las novelas

Todo empezó con un simple proyecto: explorar el futuro para aprender de los errores cometidos; comprender los cambios sucedidos para entender el pasado y mejorar el presente. A veinte años vista, indagar, estudiar, observar y anotar para luego volver y reflexionar. Pero algo no funcionó.

Por un error mecánico, o de cálculo, o quizá humano, el viaje se detuvo a dos años vista. No era el 2028, sino el 2010. Las calles no habían cambiado tanto, algunos comercios aún estaban abiertos, todo era un poquito más caro, los móviles tenían más prestaciones, ya había llegado la televisión digital terrestre, algunas guerras seguían sacudiendo el mundo, los mismos políticos continuaban en el poder y, en definitiva, nada especial había sucedido.

A no ser por un simple detalle: perdidos en el túnel del tiempo, no podríamos regresar jamás.

Lo supimos tan sólo pisar el gris asfalto de la calle en un tardecer anaranjado. La máquina había dejado de funcionar, y por alguna extraña razón nadie sabría arreglarla y devolvernos a nuestra época real. No entendíamos del todo los motivos, pero la certeza de nuestra conclusión nos golpeó en el estómago como una bala a cámara lenta: para siempre atados a un tiempo que no era el nuestro, en el que vivía nuestro otro yo y a quien, quizá, era mejor no encontrarse. Desconocíamos las consecuencias que podrían acarrear nuestras acciones, pero ¿qué otra cosa podíamos hacer? Sólo buscar alojamiento e intentar pasar desapercibidos, escondidos en un momento del tiempo que no nos pertenecía y en el que éramos elementos hostiles. Personas non gratas. Fugitivos del mañana que se había convertido en el ahora.

Con tal desasosiego comenzamos a caminar por la avenida a la que habíamos llegado. Rodeados de coches y gente que regresaba al hogar tras finalizar la jornada laboral, nadie nos vería ni se preguntaría de dónde habíamos salido. El proyecto había sido preparado a conciencia: la máquina, con una protección óptica, sería invisible para cualquier persona excepto para nosotros, por lo que nadie nos creería si hablásemos de su existencia. De ese modo se evitaría tergiversar, manipular inconscientemente o contaminar los datos de nuestro estudio. No teníamos, por lo tanto, hogar ni vehículo que nos transportase. Únicamente poseíamos una pequeña bolsa cada uno con algo de dinero, ropa de muda y libretas. Pocas pertenencias para una estancia que tenía que ser eterna.

Tras una corta charla, apenas dos frases cruzadas, mi acompañante y yo decidimos buscar alojamiento y un sitio para comer. Se trataba de un buen amigo, una persona de confianza con la que había compartido muchas experiencias; una especie de alma gemela contemporánea. Ignoro por qué nos eligieron a nosotros para tan importante cometido, pero una cosa estaba clara: ante la dificultad, nos daríamos fuerzas mutuamente y nos apoyaríamos sin medida. Jamás nos quedaríamos solos... Aunque el proyecto fallara.

Anochecía con rapidez y la temperatura bajaba. La humedad era intensa y la niebla se avecinaba; las luces se iban apagando y entonces el mundo parecía un enorme monstruo naranja medio dormido, aunque siempre con un ojo abierto. Nos detuvimos ante el mapa de una boca de metro: cerca había un hotel. Ése sería, temporalmente, nuestro alojamiento.

Era un establecimiento sencillo y sin pretensiones; la habitación era pequeña y tenía un diminuto aseo, una ducha, un armario antiguo y dos camas con sus mesillas. Predominaba el color marrón, lo que le confería al conjunto un toque a pueblo, como si mirásemos una foto antigua. Era un lugar estrecho pero acogedor, y las bolsas con comida rápida y refrescos que habíamos comprado en un supermercado cercano ocupaban el poco espacio restante. Y aunque parezca extraña tanta calma ante la incertidumbre de nuestro futuro inmediato, conseguimos conciliar el sueño. Con el mañana llegaría la hora de reflexionar.

Dormimos durante horas. Pasado el mediodía nos despertamos en suelo extraño, mirando el extravagante cuadro de la pared. Desayunamos algo, recogimos nuestras pertenencias y salimos a buscar un sitio en el que comer. Compramos unos bocadillos y unos refrescos, y callados estuvimos paseando por las calles cercanas al hotel, observando a la gente que quizá habríamos conocido antes y que tal vez habría muerto en nuestro destino. Nos sentíamos dueños del tiempo que a su vez era nuestro dueño; únicos y solitarios reyes de un pedazo de segundos que jamás habían sido nuestros. El lento pasar de las horas se nos antojaba rápido tras haber jugado a ser dioses.

Sin darnos cuenta había vuelto el atardecer. Teníamos hambre, de modo que tras mirar algunas tiendas de objetos para el hogar, extraña contradicción pues ya no teníamos hogar al que volver, encontramos un hermoso restaurante de comida casera: decorado en maderas y telas a cuadros, desprendía un agradable olor a leña ardiendo. En el centro del comedor, tras subir tres escalones, había una preciosa fuente de piedra gris, pero no contenía agua, sino un extraño vapor blanco, como si de hidrógeno líquido se tratase. Me aventuré a tocar esa nube artificial con las yemas de mis dedos, pero éstos no se mojaron; nos miramos y, tras largo tiempo serios, sonreímos y recordamos una fuente similar que habíamos visto en una tienda de gangas un año atrás, o dos, o quizá tres, ¿cómo contar el tiempo ahora?

Cenamos copiosamente: vino blanco, carne roja y frutas variadas en enormes bandejas plateadas. Pagamos el recibo y salimos a la noche cerrada y artificial de la ciudad.

– No podemos vivir siempre con lo que tenemos ahora –comenté a mi acompañante–. Si tenemos que quedarnos en esta época para siempre, será mejor que recuperemos nuestras pertenencias.

– ¿Qué tienes pensado? –me respondió él.

– Yo iré a casa, guardo una copia de las llaves. Quizá mis padres están durmiendo.

Él me miró preocupado y respondió:

– No deberíamos, al menos no ahora. Esperemos unos días.

Y así lo hicimos. Pasamos unos días en el hotel hasta que decidimos cambiarnos a uno más lujoso.

– Si tenemos que vivir siempre en un hotel, mejor que sea espacioso y cómodo, ¿no? –me había dicho un día mi compañero.

De modo que encontramos alojamiento en un enorme hotel de cinco estrellas con todas las comodidades. En seguida empezamos a conocer a todos los trabajadores, sobretodo al encargado del comedor, con quien congenié rápidamente: un altísimo hombre de color sin un solo pelo en la cabeza y unos brazos y piernas anchos como troncos de árboles. Hablaba con una voz profunda y serena, pausadamente, remarcando cada palabra sin utilizar nunca más de las necesarias. Con el tiempo él se convertiría en nuestro confesor y maestro, y a veces su mirada transmitía una sensación extraña, similar a la complicidad que conlleva el conocimiento de un secreto, como si desde siempre hubiera estado esperando nuestra llegada.

Una noche nos dirigíamos al comedor para cenar, y al cruzar la puerta de cristal de la entrada nos saludó amablemente:

– Buenas noches, señorita, caballero –y sonrió. Acto seguido bajó la voz y mirándome fijamente añadió:– Creo que esta noche tienen visita.

Y haciendo un ademán con el brazo izquierdo nos invitó a pasar. Mis ojos siguieron el recorrido que indicaba su gesto, y pude ver bajo la suave luz del enorme salón vacío una sola mesa, la que siempre ocupábamos, con tres personas sentadas y cenando. Y el corazón me dio un vuelco.

Mi madre, mi tía política y mi abuela estaban allí.

Nos acercamos lentamente a la mesa, y no pude articular más que un “Hola” nervioso.

– ¡Hija! –gritó mi madre al verme mientras se le llenaban los ojos de lágrimas–. ¡Cuánto tiempo sin verte! Pensábamos que no volveríamos a veros jamás.

Nos abrazamos entre todos, aunque la emoción pasó a los pocos minutos, y pareció de golpe que siempre habíamos estado allí y que jamás se nos había echado de menos: la conversación entre las tres mujeres continuó donde la habían dejado, entre risas y críticas irónicas y más risas, mientras nosotros pedíamos nuestros platos. En un momento dado decidí conseguir algo de información, de modo que ante tanta frialdad pregunté:

– ¿Cómo está mi padre?

En ese momento se hizo el silencio en la mesa, y sólo se oía el suave hilo musical de la sala. Mi madre me miró nerviosa, como si hubiera estado esperando que jamás pronunciara esas palabras.

– Tu padre... –tartamudeó–. Tu padre fue en busca de tu abuelo, que lleva dos años desaparecido.

– ¿Cómo? –respondí rápidamente. No podía creer lo que estaba oyendo.

Al parecer mi abuelo había desaparecido misteriosamente una tarde de otoño, y se puso en marcha un dispositivo de búsqueda, pero la policía jamás consiguió dar con su paradero. Estaba muy enfermo y temíamos por su vida, aunque los investigadores daban por perdida la misión, aun sin haber encontrado el cadáver o pista alguna. Daba la impresión de que mi abuelo se hubiese volatilizado, como si jamás hubiese existido. De modo que ante la escasa colaboración de la justicia mi padre salió también a buscarlo... y jamás se volvió a saber nada de ellos.

– ¿Y quién los está buscando? ¿Quién lleva la investigación? ¿Se sabe algo? –pregunté atropelladamente.

– No, no se sabe nada, y hace tiempo que abandonamos la tarea de encontrarlos –dijo tranquila y fríamente mi tía. Acto seguido miró a mi abuela–. Pero señora... no negará que así se vive mejor, ¿verdad?

Y mi abuela, a quien pocas veces había visto sonreír, lanzó una carcajada y dijo:

– ¡Gloria bendita!

Mi madre, riéndose con las dos mujeres y mirando a mi tía como si esa fuese la enésima vez que tenían esa conversación, añadió:

– Lo dicho... ¡Ya se apañarán!

Y siguieron riéndose.

Algo oscuro se removió en mis entrañas, una mezcla de dolor e ira, de frustración y pérdida, de impotencia y ansiedad. ¿Perdidos? ¿Los dos? Nunca había tenido una relación estrecha con mi abuelo, pero el hecho de que mi madre se despreocupara tan descaradamente por mi padre tras tantos años de convivencia y experiencias se me clavó en el corazón como una daga ardiendo.

– ¿Y esto es lo que hacéis cada día mientras tanto? ¿Vivir la buena vida y reíros de dos personas que os querían y que puede que estén sufriendo muchísimo? –les pregunté enfurecida. Ellas me miraron como entendiendo mi enfado, pero no respondieron nada: simplemente bebieron de sus copas. De modo que añadí:– Acompáñame a casa, mamá.

Ella me miró extrañada.

– ¿Casa? No podemos volver a ese piso, hija. Nosotras nos alojamos aquí, hemos olvidado el pasado, no queremos volver.

Y siguieron las risas y las bromas, y ya no nos hicieron caso.

Salí velozmente del local, con una única idea en la cabeza.

– Voy a ir yo sola –le dije a mi compañero ante su idea de ir conmigo–. Cogeré algunas cosas y volveré al hotel; nos vemos allí.

No imaginé que aprendería algunas cosas en las que nunca antes había pensado.

El viaje en metro se me antojó rápido, y apenas recuerdo nada de él, pues iba yo enfrascada en mis pensamientos y en el torrente de intensos sentimientos que me invadían. Pero cuando llegué a mi dormitorio a oscuras me obligué que serenarme, recuperar la calma y pensar con frialdad.

El piso estaba desierto y olía a cerrado. Todas las que habían sido las pertenencias de mi familia continuaban allí: los cuadros de las paredes, los muebles, mis libros y álbumes de música, el ordenador, incluso el cajón de la tierra de los gatos estaba aún en el pasillo. Parecía que habiendo abandonado la vivienda, con ella había muerto una parte del mundo: el silencio era más profundo que de costumbre, y se escuchaban con demasiada claridad los ruidos del exterior.

Abrí el armario y rebusqué entre mi ropa: cogí todas las prendas que fui capaz de meter en una bolsa granate, pues tampoco quería cargar mucho peso y, en el fondo, la esperanza me obligaba a creer que un día volvería a vivir allí. Me negué a aceptar que quizá era la última vez que pisaba aquel suelo, que me tumbaba en aquella cama, que me miraba en aquel espejo.

Entonces un vecino dio unos golpes en la pared. Toc toc toc, y me sonreí recordando la de veces que, ante golpes, yo había dicho: “Si estás aquí, manifiéstate”, a lo que la gente solía responder: “De verdad que me das miedo”. Yo devolví los golpes. Y una voz se oyó claramente a través de la pared: “¡Hola! ¡Has vuelto!”.

Salí al balcón por la ventana (truco que había aprendido de pequeña y que me ahorraba tiempo) y, subiéndome sobre el fregadero, miré con curiosidad al edificio de al lado. Tres muchachos estaban allí, jugando a videojuegos y tomando unas cervezas, y me miraron sonrientes. El más alto me dijo:

– ¡Hola de nuevo! Te echábamos de menos.

– Lo siento, pero... ¿os conozco? –respondí yo titubeante.

– Bueno, deberías –rió otro de ellos–. Nosotros te conocemos bien a ti, ¿no ves que a través de estas paredes se escucha todo?

“¡Claro!”, pensé, y ligeramente asustada me acordé de todo lo vivido en aquella habitación: conversaciones por teléfono, unas con risas y otras con llantos, películas y música, y otros detalles más íntimos. En mi fuero interno sentí que mi intimidad había sido violada, y que algo parecido a un Gran Hermano conocía hasta mis pensamientos más animales. Y me sentí desnuda.

Mientras mi mente se paseaba por todas aquellas situaciones en las que yo había creído estar sola, los tres muchachos me miraban sonrientes, y en su cara se dibujaba una expresión que decía: “Al fin entiende”. Pero, si mi intimidad había sido invadida sin mi permiso y sin ser yo consciente de ello, estaba claro que ya no podía hacerle nada. De modo que les devolví la sonrisa y me resigné, y les dije:

– Sí, he vuelto, pero me voy de nuevo, y no sé si volveré.

El más joven cogió una cerveza, bebió un trago y me miró triste:

– Vaya... Qué lástima. Estábamos preocupados por ti... Los últimos meses que viviste aquí parecías muy triste, siempre estabas llorando. ¿Puedo pedirte al menos que nos digas si todo se ha resuelto? ¿Conseguiste superar aquella ruptura? ¿Y tu amiga se casó al final?

– Por favor, déjala en paz –le cortó el más mayor. Luego me miró:– Es cierto que echamos de menos saber de ti, tu vida parecía una serie de sobremesa, era muy interesante. Pero si no quieres contarnos nada no importa. –Y sonrió.

– Bueno... –les respondí yo bajando la cabeza–. Os puedo decir que las cosas han cambiado mucho... Y que todo aquello forma parte del pasado. –Volví a mirarles y les sonreí.– Gracias de todos modos... por preocuparos tanto por mí.

– Estaremos siempre aquí para lo que necesites –dijo seriamente el más mayor–. Sabes que nos preocupamos por ti. Vuelve cuando quieras, este es tu hogar y estaremos deseosos de saber de ti y de apoyarte.

– Gracias –les dije, y entonces me sentí calmada. Quién iba a decir que el hecho de que mi intimidad hubiese sido invadida estaba lejos de molestarme; aquellos desconocidos se me antojaban hermanos o ángeles de la guarda, que habían estado velando por mí durante tantos años. Y de hecho habían sido ellos quienes, ante mi fugaz vuelta a casa, me habían dado la bienvenida con sinceridad. Perdida en el tiempo me sentía un poquito más como en el hogar.

Y sonriendo me volví a meter en casa, cogí mis cosas y abandoné el edificio.

Cuando llegué a la calle me sentía más ligera y menos sola. En el portal estaba mi compañero:

– ¿De veras pensabas que te iba a dejar sola?

No preguntó qué había sucedido durante la hora que estuve arriba, ni yo sentí la necesidad de dar explicaciones. Era, paradójicamente, mi rinconcito de intimidad.

Cogimos el metro de vuelta al hotel. Iba bastante lleno, y en una de las estaciones se subió una chica hermosísima, de pelo castaño y lacio y rasgos orientales, que cantaba una canción. Mi pulso se aceleró al escuchar la letra, sencilla para quienes conocieran el idioma, y mi corazón se alegró enormemente, ya que por un momento me trasladé a aquella época a la que nunca podría volver y sentí aquella canción como mía. Con una amplia sonrisa miré a la muchacha y empecé a cantar con ella, queriendo hacerle saber que, aunque el resto de personas la miraran de manera extraña, no debía sentirse sola, pues yo conocía la melodía y su significado, y canté con ella: 「歌いたい あなたのために... 歌いたい 聴いている人達に... 何かを感じたり 伝えられたら... それだけで私は幸せ...」. Cogí fuerte la mano de mi acompañante, que me miraba sonriendo también, ya que él conocía también la canción y sabía sin que yo se lo dijera lo importante que era para mí.

La muchacha hizo ademán de bajarse del vagón, pero con las últimas notas se detuvo y se dirigió a nosotros:

– Veo que sabes la letra, pero ¿conoces su significado?

– Claro –le respondí yo con emoción–. “Quiero cantar para ti, quiero cantar para quienes escuchan; si te hace sentir o te transmite algo, sólo con eso ya soy feliz”.

– Exacto –me interrumpió ella con una sonrisa. Y añadió:– Jamás olvides esta canción.

Y se apeó en la siguiente parada.

Mi compañero y yo decidimos que a partir de entonces viviríamos siempre en el hotel que habíamos elegido y en el que también se alojaba mi familia. Me pareció una buena idea, ya que eso me facilitaría localizar a mi padre y mi abuelo cuando nadie se interesaba por su paradero. Yo los traería de vuelta al hogar y las caras de felicidad y despreocupación desaparecerían.

De modo que me puse manos a la obra. Primero contacté con el que había sido mi jefe: una persona a la que respetaba muchísimo tanto personal como profesionalmente, y que había sido mi inspiración durante mucho tiempo para seguir avanzando y aprendiendo. De hecho, cuando hablaba con él solía decirle: “Yo de mayor quiero ser como tú”, aunque era apenas tres años mayor que yo, y él me respondía: “Anda boba” y nos reíamos. Nos vimos un jueves por la tarde, y parecía estresado, pero se alegró de verme, aunque lo noté ligeramente distante.

– Cuéntame –me dijo rápidamente. No le gustaba andarse con rodeos.

– Mi padre y mi abuelo están desaparecidos, y nadie los está buscando. ¿Crees que podrías ayudarme?

Me miró pensativo durante unos minutos y luego me respondió:

– Sabes que siempre has tenido mi apoyo... Pero creo que en este caso no puedo hacer nada. Si me entero de algo te avisaré. Estaremos en contacto.

Y dicho eso me dio la espalda y desapareció girando una esquina.

Les expliqué lo sucedido a mi madre, mi tía y mi abuela, buscando su apoyo e intentando convencerlas de algún modo para que se unieran a mi búsqueda, pero parecían sumidas en un letargo de felicidad e indiferencia que sólo conseguía enfurecerme. De modo que decidí buscar otras opciones, acudiendo incluso a aquellas personas a quien no quería volver a ver. Y una de ellas era un bombero.

– Hola, soy yo –me presenté por teléfono–. Supongo que te acuerdas de mí, y de mis padres.

Se hizo el silencio unos segundos al otro lado de la línea, y luego una voz masculina me respondió:

– Claro que me acuerdo. Me sorprende tu llamada. ¿Sucede algo?

Secamente le respondí:

– Sí. Mi padre y mi abuelo están desaparecidos. Mi madre no sabe que te estoy llamando, y un compañero del trabajo no cree poder ayudarme. Pero quizá tú puedas echarme una mano y averiguar algo, ya que eres bombero. Tendrás influencias, ¿no? Y es lo mínimo que puedes hacer después de todo lo que pasó. Espero un sí como respuesta.

De nuevo, silencio. Y tras unos minutos:

– De acuerdo. Haré lo que pueda. Quedamos en una hora en el centro de la ciudad; ha habido un incendio allí. No tardes.

Y colgó la llamada.

Avisé a mi compañero y, con un par de mochilas al cuello, comenzamos a caminar por una estrecha avenida mientras comíamos unos bocadillos. Me sentía nerviosa ante la idea de volver a ver a aquel hombre; muchas veces me había acordado de él, pensando dónde estaría y que haría, y de golpe me encontraba a menos de una hora de verle para que me ayudase a encontrar nada más y nada menos que a mi padre. El destino era una compleja telaraña de irónicos reencuentros.

Cuando quedaba un cuarto de hora para la cita sonó mi móvil. Era él.

– Os estoy viendo; estoy unas calles más adelante.

Le hice un gesto a mi compañero para que mirase por la calle. Efectivamente, a unos cientos de metros se observaba una inmensa humareda de color blanco y varios camiones de la policía local y nacional estaban acordonando la zona.

– Sólo podréis pasar si os hacéis pasar por bomberos. Manteneos detrás del cordón de seguridad y os traeré unos trajes.

Miré a mi compañero con preocupación mientras guardaba el teléfono en un bolsillo. ¿Qué hacer? Si nos introducíamos en el perímetro acordonado tenía la certeza de que no saldríamos en mucho tiempo, y además nuestras vidas correrían peligro. Y entonces dudé: ¿realmente estaba siendo buena idea recurrir a aquella persona para buscar a mi padre y a mi abuelo? Sentí miedo y angustia al imaginarme rodeada de llamas y ceniza, y aunque mi compañero me apremió a caminar, le detuve y le dije:

– No es buena idea, no ahora. Pero al menos sabemos que podemos contar con él. Piénsalo: ¿para qué nos necesita presencialmente? Que busque él solo y que nos mantenga informados.

De modo que volví a llamarle, algo más tranquila al saber que no tendría que ver su cara de nuevo.

– Hola. Vemos que hay mucho follón donde estás... Mejor lo dejamos para otro momento. Aun así, por favor, si consigues algo no dudes en llamarme. Estaré esperando... Gracias.

Y sin esperar respuesta, colgué.

Nos dimos la vuelta y nos alejamos del incidente, de las sirenas de las ambulancias y de las cámaras de televisión que comenzaban a llegar al lugar, para caminar tranquilamente por una calle soleada y cálida. El mundo, de algún modo, parecía más tranquilo. Y entonces algo en mi mente hizo ‘clic’ y entendí, tristemente, que nadie me ayudaría en mi búsqueda. Recorreríamos calles, presentaríamos fotografías y preguntaríamos en comercios, empresas y lugares públicos, pero jamás los encontraríamos.

Pero no pensaba renunciar al intento. “Arrepiéntete de lo que no hagas, no de lo que hayas hecho” era uno de mis lemas en la vida. Y lo seguí fielmente, aferrándome a mis principios.

Pasaron meses de búsqueda interminable, durante los cuales fui conociendo a gente, haciendo nuevos amigos (mayoritariamente en el hotel), encontrando nuevos rincones en la ciudad y escribiendo sin descanso. Desgraciadamente mis esfuerzos nunca tuvieron éxito: parecía que mi padre y mi abuelo jamás habían existido, y con el paso del tiempo, cada vez que explicaba la situación en busca de ayuda aumentaban las miradas de compasión, y mis fuerzas fueron debilitándose. Me costó mucho darme por vencida, y la sola idea de no ver jamás a mi padre me hacía llorar por las noches y escribir durante el día. Para olvidar, acudía a las innumerables fiestas que se celebraban en el hotel, siempre sola, pues mi compañero no se atrevía a ir. Cierto es que yo siempre había sido más abierta a conocer a gente nueva y a moverme en distintos ambientes: podía acudir a un banquete de la alta sociedad o al barrio chino y hablar con prostitutas y drogadictos, y siempre fui respetada y querida, pues siempre respeté y quise. A donde fuese, recogía siempre tarjetas de restaurantes, en memoria de un buen amigo con el que, tras tan extraño viaje, había perdido el contacto por completo. Fue duro resignarse a tantas certezas...

Nuestro querido amigo del restaurante me informó una noche de una nueva fiesta: había una presentación de una novela y se celebraba la misma con gente importante del mundo de la cultura y las letras. No dudé ni un instante en acudir a ella, y por una vez conseguí convencer a mi compañero para que viniese.

La sala de fiestas había sido preparada para mostrar un ambiente de júbilo y despreocupación: poca luz y muchos focos de colores, barra libre y música con ritmo para recibir con energía al nuevo escritor y su obra. Rápidamente entablé conversación con los asistentes, y aunque hacía tiempo que mis esperanzas se habían ido apagando, hablé de mi padre y mi abuelo intentando no darle demasiada importancia y cambiando rápidamente de tema. No era mi intención aburrir ni dar lástima, sino hacer amistades que quizá un día pudieran ser realmente valiosas. Y de hecho, esa noche conseguí muchos contactos.

En un momento dado presenté a mi acompañante, que me seguía tímidamente a donde fuera, y él, poco hablador pero muy agudo, en seguida se sintió integrado en aquel ambiente al que no estaba acostumbrado. De hecho acabamos comiendo copiosamente, sobretodo la estupenda mousse de chocolate negro que había preparado nuestro amigo del restaurante: no podíamos parar de servirnos el mismo plato una y otra vez.

– ¿Ves? –le dije sonriendo y orgullosa de él–. No era tan difícil. –Y le guiñé un ojo, mientras él me devolvía una sonrisa de tranquilidad, como si se hubiera quitado un peso de encima.

Y así continuamos viviendo durante un año, haciendo amistades y sintiéndonos cada vez más integrados en el tiempo al que habíamos llegado, olvidando poco a poco el pasado que había sido nuestro futuro. Rehacíamos nuestra vida, aunque de mi interior nunca desapareció esa amargura que provocaba el haber sido forzada a amoldarme a un tiempo y un espacio que no eran míos. No volvimos a saber del bombero o de mi jefe, y ninguno de mis intentos por encontrar pistas acerca del paradero de mis familiares dio frutos. Y fueron precisamente esos sentimientos, unidos a la tristeza de no volver a ver a mi padre, los que me inspiraron para escribir una trilogía de fantasía, al más puro estilo Dragonlance, en un breve espacio de tiempo. Y fue publicada.


«En un hermoso valle entre el Mar del Tiempo y las Tierras Baldías se encuentra una próspera ciudad rural sin murallas, en la que las gentes conviven en paz y armonía. No hay miedo a lo desconocido pues se considera que lo desconocido no existe; las leyendas sobre animales fabulosos y un pasado mítico son meros cuentos para niños y el ambiente es de tranquilidad y sosiego. No son necesarios ejércitos ni comandantes, aunque los que lo deseen pueden estudiar las artes militares en caso de que decidan visitar otras tierras más peligrosas. El orden público es un hábito, y la muerte se acepta como algo natural, pues siempre la preceden enfermedades típicas de la vejez.

Pero lo que no saben esas tranquilas gentes es que un terrible peligro les acecha.

Cuando la leyenda empieza a preocupar a un solo corazón éste traslada su miedo al resto, pero el que no quiere ser escuchado es rechazado y considerado mudo. En un ataque de locura abandona la ciudad gritando un extraño nombre y muere en un bosque cercano con un objeto en la mano, pero nadie quiere preocuparse, y todos hacen caso omiso a las señales.

Un día la bestia alada abandona su nido rocoso y ataca la ciudad, cuyos edificios de madera arden al instante bajo el fuego azul que exhala la quimera por sus fauces. Nadie había creído en ella, largo tiempo olvidada. Los dioses siempre deben ser respetados, pues en caso contrario la despreocupación de sus hijos se convertirá en la ira sagrada del padre y creador. Y así, con sus alas de murciélago extendidas, su brillante pelaje negro como el azabache brillando bajo la luz del sol, su pico de periquito engullendo a mujeres y niños, y sus garras de dragón destrozando lo que su ardiente aliento no puede quemar, la enfurecida quimera arrasa la ciudad por completo, lanzando una maldición sobre la misma: jamás dejará de arder.

Pocos habitantes sobreviven a la desgracia. Muchos consiguen huir a los bosques o por mar, pero la mayoría de ellos morirán a los pocos días. Sólo una chiquilla de unos doce años tiene el coraje suficiente para no huir y, aun así, salvarse de la muerte que la rodea. Cuando la bestia alada abandona el lugar, ella sale de su escondite con lágrimas en los ojos y tose ante el humo y las cenizas. El asfalto de las calles ha quedado inundado de cadáveres, pero la niña nunca encuentra los de su padre y abuelo. Se reúne con dos o tres personas más que, como ella, han conseguido salvarse, pero nadie puede ayudarla.

Y así la niña se convierte en mujer en un larguísimo viaje en busca de sus familiares, pues en su corazón algo le dice que no han muerto. Viaja por lugares conocidos y desconocidos, se enfrenta a otras costumbres y a muchos peligros, y al cabo de veinte años vuelve sola a la ciudad que la vio nacer.

Allí se reencuentra con su madre, y la alegría invade a ambas, aunque la búsqueda no ha dado sus frutos. La maldición sigue en pie: los edificios continúan ardiendo sin pausa, y el mundo se ha vuelto de color gris anaranjado. La ira del dios alado no se ha consumido, y reclama lo que es suyo: el recuerdo y la veneración.

La chica abandona la búsqueda de sus familiares, pero un día, paseando por el bosque cercano, encuentra medio oculta una cueva en cuyo exterior hay un pequeño huerto de hortalizas. Sorprendida y curiosa se adentra en la cavidad rocosa para encontrar sencillos muebles hechos a mano y unas mantas imitando una cama.

– ¿Hola? –pregunta titubeante al vacío–. ¿Hay alguien ahí?

De las profundidades de la cueva aparecen dos hombres, uno de ellos cojeando, el otro delgado y encorvado. Su padre y su abuelo están vivos.

Tan lejos ha ido la muchacha, tantas experiencias ha vivido para que finalmente sus familiares estuvieran tan cerca. Su abuelo le explica cómo huyó de la ciudad el día del ataque y encontró la cueva, donde se quedó para siempre, con miedo a volver. El padre de la muchacha, su yerno, había ido en su búsqueda a petición de la madre, y no tardó en encontrarlo, pero con el paso de los años creyó que todo estaba perdido y que no era posible volver a la ciudad, de modo que ambos habían estado viviendo allí durante todos esos años.

– Dime, nieta –le pregunta el abuelo al cabo de un rato, tras cambiarse la venda de la pierna lesionada–, ¿qué has aprendido en tu viaje?

La mujer se queda pensativa y entonces comprende: allá donde fuera, las divinidades eran respetadas y se aprendía de las guerras y las diferencias. En la historia de la humanidad siempre hay una balanza entre el bien y el mal, y unas veces se decanta hacia un lado, otras hacia el contrario, pero es imposible que se quede nivelada para siempre en el centro. Y así reflexiona ante su padre y su abuelo, a quienes convence para volver a la ciudad.

Y cuando entran por la calle principal y se acercan a la plaza en la que se encontraba su casa, las llamas que han ardido durante más de veinte años empiezan a extinguirse, la ceniza vuela hacia el mar y el humo se dispersa poco a poco. Una suave y refrescante lluvia limpia las calles y los escombros, y finalmente sale el sol.

Al fin han entendido.»


El primer domingo después de las rebajas de invierno, cuando los comercios seguían abiertos para presentar sus nuevas colecciones, me dirigí a un conocido centro comercial con la ilusión de ver en formato libro mis escritos. Al principio me resultó difícil encontrar la sección de literatura, ya que en una sola noche había cambiado toda la disposición de las tiendas, hasta que al fin entré en una sala repleta de libros y con unos enormes ventanales que daban a la zona de recreo del complejo. Las novedades se encontraban expuestas en una mesa en el centro de la sala, y allí vi mis libros, una edición humilde en tapa blanda. El diseño de las portadas poco tenía que ver con el contenido fantástico de las novelas: en tonos azulados, una inmensa y solitaria playa de arena blanca y un mar azul en calma, con un sol semioculto tras la niebla matinal. Y a lo lejos, al lado de las olas, la figura de una mujer con un vestido azul claro.

Una gigantesca sensación de orgullo me invadió al ver, al fin, lo que siempre había deseado: mis obras en papel impreso. Pero mi alegría se vio rápidamente empañada al ver que mi nombre no figuraba por ninguna parte, sino que se leía RHNE ZULUAGA por encima del título. ¿Rhne? ¿Se debería a un error de imprenta? ¿O quizá habían pretendido que utilizara un sobrenombre sin mi conocimiento? Rápidamente dejé sobre la mesa de libros mi chaqueta y mi bolso, cogí mi móvil e hice varias fotos de los tres tomos para enviárselos a mi compañero, informándole de lo que a mí me parecía un desastre. Una vez enviadas las fotos, rebusqué por las estanterías para encontrarme de bruces con otras ediciones similares de mis novelas, cada una con un nombre de autor distinto; en una de ellas ni siquiera aparecía mi apellido, sino que se le atribuía la autoría a un supuesto Alberto Gallarín. En todas las contraportadas se elogiaba la calidad de la obra, pero en ninguna de ellas, ni en las páginas interiores, aparecía mi nombre. Jamás se sabría que yo era la propietaria real de todas aquellas palabras. Incluso pude encontrar un cuarto volumen, escrito por un autor extranjero, y por lo que pude ojear había seguido la historia cuando yo ya la había cerrado, reinventando mundos e insertando personajes y situaciones extraordinarios, lo cual rompía completamente con el mensaje real de mi obra, lo que yo había querido transmitir: sentimientos antes que hechos, estados de ánimo, pasiones y dolor, antes que descripciones interminables de elementos sin importancia.

Mi obra había sido robada y transformada en algo de lo que yo siempre había intentado escapar: la falta de originalidad.

Desesperada, compré varios ejemplares de las distintas ediciones y volví al hotel para explicar a mi amigo del restaurante, que en ese momento se encontraba preparando los postres, lo sucedido. Él se entristeció enormemente ante la noticia, pero me agradeció que le regalase la trilogía bajo el nombre de Rhne Zuluaga, el nombre que más se acercaba al mío. Y entonces me dijo:

– No registraste la obra. De ese modo, cediste todos los derechos a la editorial, que ha tenido total libertad para hacer con ella lo que quisiera. Lo siento mucho, pero... –Y en ese momento su semblante mostró dolor–. Jamás podrás demostrar que esto lo has escrito tú.

Mis ojos se llenaron de lágrimas, y la gente que estaba a mi alrededor intentó animarme con palabras agradables.

– No te preocupes, nosotros sí sabemos la verdad y nos sentimos muy orgullosos de ti –me decían unos.

– Tranquila, seguro que encuentras la manera de reclamar lo que es tuyo –seguían otros.

– Además, tu sueño era ver publicada tu obra en formato de novela, y lo has conseguido. Esto no volverá a pasarte –me sonreía el resto.

Y mi buen amigo de color me miraba sonriente y orgulloso de mí, y yo le dije:

– Tienes razón, quizá no podré demostrar jamás que esto es mío, pero no volverá a sucederme. Tengo otras historias preparadas y no caeré en el mismo error. Y además –añadí tras unos segundos de silencio–, estoy convencida de que mi padre estaría orgulloso de mí. A través de estas novelas es como si ya lo hubiese traído de vuelta... Sé que de algún modo estará siempre conmigo. Y por otro lado la gente que realmente me conoce y me apoya sabe la verdad, y respetan y admiran lo que he hecho. Con eso ya me basta. El resto... llegará poco a poco. –Y volví a sonreír, animada a cumplir mis sueños.

Y de este modo me dirigí hacia la lavandería con algunas de mis pertenencias, y mientras disponía sobre la bandeja de una de las máquinas todos los objetos que iba a lavar, reflexioné y me di por vencida: ése era el tiempo y el mundo en el que tendría que vivir, y rompería con mi pasado, y sería feliz... Aunque jamás olvidaría.

07 febrero 2008

De un anillo y el TransMarítimo

Hace un tiempo tuve que tomarme una tarde libre, pues sin conocer muy bien el motivo me sentía muy cansada. Había acompañado a mi madre a dar una vuelta y mis piernas parecían agotadas y rígidas, costándome horrores caminar dos pasos seguidos. De hecho, en el metro me encontré con M, una vieja amiga del colegio, que había jugado a básquet pero que había tenido que dejarlo, según me explicó rápidamente, por las dificultades que se vivían en su familia. "Estudio empresariales para poder ayudar a mi hermano en el negocio familiar que queremos montar", me dijo sonriente. Admiré su valentía y aunque deseaba abrazarla apenas pude levantarme para darle dos besos. Cuando al fin, tras muchísima angustia y esfuerzo, conseguí llegar a casa, puse la tele, reí un rato y cogí fuerzas, animada y con muchas ganas de salir de nuevo. La tarde se había vuelto fría y húmeda, pero aún así había quedado con un buen amigo para mirar libros. Él buscaba unos cómics en concreto (una serie manga de incontables números), y yo no me sentía interesada por nada. De hecho mi ánimo parecía haberse amoldado al ambiente: apagado, lúgubre y pesimista,.

Llegamos a la tienda tras subir una cuesta pronunciada: un pequeño cubículo sucio y maloliente abarrotado de revistas, libros, cómics y merchandishing de todo tipo. Como es de esperar en este tipo de comercios, no faltaban las sortijas y amuletos de series de anime, manga, cómics europeo y americano y, por supuesto, películas. Mientras mi amigo no paraba de mirar nervioso todo lo que le rodeaba ("¡Mira esto! ¿No te gusta? ¡Es genial!"), yo deseaba que llegara la hora de pagar e irnos. Iba deslizando mi mirada por los polvorientos estantes hasta que tropecé con un anillo. Con su destello plateado parecía destacar bajo la blanca luz entre tanta baratija, y me pareció hermosísimo: un grueso aro con una argolla y una finísima cadena de la que pendía un puntiagudo alfiler. Le pedí a la dependienta, una muchacha llena de piercings y tatuajes con un acento muy correcto y educado, que me dejara probar el anillo, y aunque me hice daño al ponérmelo y me iba enorme, me quedé enamorada de él. Pero no tenían más tallas: ése era el único que les quedaba. Me pregunté qué pasaría en caso de querer arreglarlo: ¿quedaría la marca? Seguramente el alfiler parecería demasiado grande al colgar de tan pequeña sortija. Y como no me decidía y me había pinchado y hecho sangre, la dependienta, muy amablemente, me hizo pasar a una sala contigua para atenderme.

Se puso unos guantes de látex mientras me indicaba que me sentara en una silla en uno de los extremos de la sala. Sólo había dos fluorescentes colgando del techo, un montón de armarios con puertas de cristal llenos de potes con pastillas, gasas y demás material sanitario, una camilla, un fregadero mohoso y una silla de oficina negra y desvencijada. En la pared al lado de la cual me senté se podía observar un agujero del tamaño de una persona adulta, como si de un nicho se tratara. La luz no llegaba a su interior, aunque pude entrever algo similar a una figura humana envuelta en una sábana amarillenta y sucia. Curiosamente, ese detalle macabro no me preocupó en absoluto.

La muchacha me curó la herida de la mano, por otro lado inexistente, pues aunque sentía el dolor como si me hubiese cortado con un cuchillo, no había señal alguna en mi piel. Me recomendó que me lavase con suero y que intentase mantener siempre las manos bien limpias, para que el dolor no volviera. Y regresamos a la tienda, en la que mi amigo aguardaba tras comprar varios libros y cómics. Me preguntó si me apetecía ir a cenar o a tomar algo, pero en ese instante llamó mi madre al móvil: estaba nerviosa, su tono era urgente, y tenía que darme una gran noticia. "¿Quieres cambiar de casa?". Había encontrado algo que quizá me interesaría y que a su parecer me iría como anillo al dedo, nunca mejor dicho. Es curioso cómo había estado un buen rato debatiéndome por un anillo demasiado caro y demasiado grande para mí, y de repente se me presentaba el gran dilema de cambiar de vivienda.

De modo que me disculpé ante mi amigo y me dirigí a casa. A la mañana siguiente mi madre nos informó a mi padre y a mí de que había oído un anuncio por la radio que informaba de la inauguración del TransMarítimo, un gigantesco puente que cruzaba todo el Mediterráneo y que parecía consistir, básicamente, en una autopista y casas adosadas a su lado, todo siempre sobre unas plataformas elevadas unos metros por encima del nivel del mar, como si de estaciones petrolíferas en miniatura se tratase. Al parecer mi madre ya había tomado nota del número de teléfono de contacto, había llamado y había reservado hora en las oficinas de una sucursal para pedir folletos y recibir toda la información que necesitáramos. Y nos pusimos en camino.

No recuerdo por qué extraña razón mi madre llegó antes a las oficinas, pero mi padre y yo nos quedamos rezagados, resoplando mientras subíamos unos interminables escalones metálicos que nos llevarían a los despachos de la empresa promotora de TransMarítimo. En varias ocasiones estuvimos a punto de caer al vacío, ya que en las pasarelas faltaban placas y teníamos que pasar corriendo, como si nos persiguieran, por miedo a caernos. Mi padre, que iba delante, no paraba de hablar de mi madre y de gritarme "¡Cuidado!", mientras yo iba respondiendo "Sí sí, ya lo he visto, ya veo" una y otra vez. Cuando finalmente nos encontramos ante las paredes y puertas de cristal de las oficinas, nos miramos y nos pusimos a reír: "¡Ay, si tu madre hubiese visto cómo subíamos! Seguro que nos criticaría por algo", me decía sonriente.

Entramos en uno de los despachos, y aunque esperamos pacientemente nadie vino a atendernos. De hecho todo el edificio parecía estar desierto. Ante nosotros había una mesa redonda también de cristal, y sobre la misma un cenicero limpio, tres vasos vacíos y una jarra de agua transparente, así como un montón de folletos explicativos de qué era el TransMarítimo. Fue la primera vez que vi una foto de la estructura. Y no me gustó en absoluto.

Tras muchos años de estudios y construcción en secreto ("¿En secreto?", me pregunté yo. "¿Y los pesqueros? ¿Los cruceros? ¿Los satélites?"), y habiendo pasado unos estrictos controles de calidad y seguridad, se había abierto al público con un enorme éxito el TransMarítimo, el puente más largo del mundo que atravesaba el Mediterráneo de punta a punta. Una autopista con dos carriles, cada uno en una dirección, y bloques de casas adosadas a su lado, conformaban el gigantesco y fino gusano que se decía superaba con creces incluso a la Gran Muralla China, y que se convertiría en el más importante y avanzado canal de transporte entre diversos puntos del planeta, residiendo su originalidad en las viviendas que discurrían a lo largo de todo su recorrido. Pero al ver las fotos sólo vi una carretera mal cuidada que acabaría oxidándose y llenándose de moho por culpa del salitre y el agua marina, y un montón de pequeñas chabolas tercermundistas que se convertirían con el tiempo en la residencia principal de camellos y ladrones. Parecía que pudiese observar la mayor obra de ingeniería del mundo pudriéndose en la lejanía del tiempo.

Cada casa tenía dos pisos de poca altura, una buhardilla y un pequeño párquing, así como un pedazo de tierra que querían hacer pasar por un "jardín propio, como en las casas señoriales de tierra firme". Toda la estructura era de metal negro y amarillo, lo cual le confería un aspecto de abejorro moribundo. "Qué mal gusto han tenido los diseñadores", comenté en voz alta. Nadie dijo nada, pero la cara de decepción de mi madre hablaba por sí sola. En ninguno de los folletos y revistas se mencionaba el tamaño de las viviendas, aunque no dejaban de repetirse términos como "amplitud, comodidad, excelencia y hermosas vistas". En todo el trayecto no había distinción entre una vivienda y otra, y por supuestas razones de seguridad se impedía a los inquilinos que las modificaran en cuanto a color, tamaño u objetos exteriores. De hecho, durante miles de kilómetros sólo se distinguiría una casa de otra por el número asignado. Nada más.

Entonces caí en uno de los principales problemas: la duración del trayecto entre extremo y extremo. ¿Dónde se supone que trabajaba toda la gente que se desplazara a vivir allí, en mitad de la inmensidad del mar, sin avistar jamás tierra firme, suspendidos siempre sobre un lecho infernal de agua gélida? ¿Dónde irían a comprar o de tiendas, o a divertirse, si no había más que casas y casas? ¿Cuánto se tardaría en llegar de una punta a otra? No aparecía ninguno de esos datos en el material informativo, aunque se hablaba del bajo coste de las viviendas, toda una ganga: menos de seis mil euros cada una, con gastos de peaje incluidos de por vida al ser residente (se aplicaban unas tarifas muy elevadas a los turistas y visitantes). Y al parecer ya se habían vendido más de la mitad de las viviendas, por lo que era necesario apresurarse para no perder tan suculenta oportunidad.

"Mamá, lo siento pero yo no me fío", dije. Luego miré a mi padre: "Es barato, pero está claro por qué. Y la gente pagará poco y podrá pavonearse ante los amigos, pero dentro de un tiempo la única ventaja, el precio, no será nada ante todas las desventajas". "Pues yo lo cogería, luego puedes alquilarlo", comentó mi madre con cierto tono despectivo. "¿A quién?", le respondí yo, "Nadie querrá alquilarlo cuando la gente empiece a cansarse de vivir entre cielo, agua, metal y asfalto...". Mi madre me miró y pareció entender. "Hagamos una cosa", continué con paciencia, "dejad que busque información en internet, sobretodo de las familias que ya se han trasladado allí, y entonces decidimos, ¿vale?".

Pero en ese momento alguien entró en el despacho: un hombre con traje marrón y un reloj enorme, medio calvo y con gafas, que con ademanes nerviosos nos sonrió y dio la mano: "Caballero, señora, señorita, les he estado observando y son la familia ideal para una de nuestras instalaciones. De hecho, incluso añadiría que pueden ser la familia ideal para DOS" (y en ese momento hizo hincapié en la palabra con un gesto de su mano derecha) "de nuestras instalaciones. ¿Qué les ha parecido?". Pero cuando me disponía a responder, me atajó rápidamente (buen vendedor... no dejes que el cliente potencial replique o ponga en duda, simplemente vende, vende, vende): "No respondan, aún no: les mostraré más información que aún no han visto y que, estoy convencido, les ayudará a decidirse". Y sacó un portátil de no sé dónde, en el que empezó a mostrar supuestas páginas web y vídeos de las primeras familias que se habían instalado.

Dejé que mis padres se tragaran toda esa porquería mientras yo me quedaba por detrás de ellos sin hacer demasiado caso. Finalmente el comercial empezó a discutir con ellos precios, contratos y demás papeleo, y en un momento de despiste pude acceder al ordenador. Fui rápida: www.youtube.com, Buscar: TransMarítimo. Muchos resultados. Todos los titulares eran negativos.

Puse un vídeo, y tan sólo ver las primeras imágenes quedé horrorizada. Ciertamente, nadie parecía haber pensado en las terribles tormentas que suceden en alta mar. Se trataba de un documental casero en el que se presentaba una de las viviendas en un hermoso día soleado, siempre con el sonido de los coches pasando por la carretera, por supuesto. La cámara sube unas escaleras metálicas, se encuentra ante una puerta, la puerta se abre y se ve a un niño pequeño con una bicicleta y a una madre consumida por los nervios, con delantal y el pelo enredado. Al fondo se observa la autopista. La madre se dirige a la cámara: "Vean, vean, cuarenta metros cuadrados y lo que ven es la cocina". Efectivamente tan sólo entrar en la casa uno ya se topaba con un escalón que daba a una pequeña habitación habilitada como cocina y lavadero: no cabía ni un alfiler. "Comodidad y lujo, nos dijeron", repetía la mujer, "pero lo único que deseo es irme de esta chabola". Y dicho esto, la mujer desapareció por la puerta tras despedirse de su hijo.

El niño, de unos diez años, miraba alegre la cámara, como extrañado, y cogiendo la bicicleta se dirigió al exterior. Pero entonces una emisora de radio empezó a informar de la terrible tormenta que se avecinaba. El reportaje era tan real que incluso pude sentirme en la piel del cámara. El cielo se oscurecía de repente, empezaba a soplar un fuerte viento y las olas lo inundaban todo, y todo eso en tan sólo unos pocos minutos. En la radio, claramente clandestina, se escuchaban unas palabras: "Nadie parece recordar que esta zona es la principal castigada por las llamadas 'Tormentas de Arena', curioso nombre en medio del océano". Pero no pudo oírse más: una gigantesca ola de agua y tierra azotó la estrecha autopista y la casa, y el cámara apenas pudo agarrarse para no perecer ahogado. Cuando pasó la ola el niño estaba ante su bicicleta, llorando y llamando a gritos a su madre, completamente sucio de lodo y algas. Paredes y suelo se habían cubierto por una fina capa espesa de arena húmeda, y la mujer llegó casi arrastrándose y escupiendo arena, sollozando y gritando: "¡Esto es lo que le ocultan al mundo! ¡Casas pequeñas y siempre sucias, indefensas ante la fuerza de los elementos! ¡Y nos tienen aquí encerrados, y no nos permiten hablar de ello, mientras ellos están tranquilamente pisando tierra firme! ¡Y no nos dejan marchar! ¡Preferiría morir antes que seguir aquí!". Y se introdujo en la casa con su hijo, cerrando la puerta tras de sí.

Entonces volvía a escucharse la radio de manera entrecortada: "Varios muertos... equipos de rescate... testigos presenciales... suicidios colectivos...". Palabras nada alentadoras. Pero en ese momento el comercial se dio cuenta de lo que yo estaba viendo, y no tardó nada en cerrar el portátil, mirarme enfadado y decirme: "Tus padres estaban a punto de firmar un contrato. Pero la cláusula de silencio ya está firmada. Podéis iros, pero jamás podréis hablar de ello con nadie". Y nos echó con muy malas maneras, aunque lo cierto es que me sentí aliviada al salir de allí.

No articulamos palabra durante un buen rato. Volvíamos a casa, decepcionados y sorprendidos, y yo ligeramente enfadada con mis padres por haber firmado aquél maldito papel. Pero ya no podía hacerse nada: dejaríamos pasar el tiempo y nos olvidaríamos de todo.

Aunque yo soy algo cabezota y la curiosidad me puede...

De modo que decidí visitar uno de los extremos del TransMarítimo. Busqué a alguien que se dirigiera al mismo lugar que yo, y lo cierto es que me sorprendí agradablemente cuando en unos veinte minutos a una velocidad estable (aún no llego a entender cómo no se producían atascos en la estrecha autopista) llegamos a nuestro destino: un pueblecito de tierra y casas bajas, lleno de árboles y en el que se respiraba un aire limpio y fresco. Tan sólo apearme del coche me dirigí a un humilde puesto de información en el que podían adquirirse mapas del pueblo y los alrededores, así como información básica acerca de los distintos servicios al ciudadano (sanidad, ayuntamiento, cuerpos de seguridad, etc). Me hice con un mapa y caminé durante un rato por un despejado camino de tierra, rozando con la yema de mis dedos la corteza de los árboles, hasta llegar a una inmensa construcción: la catedral del pueblo. No recuerdo muy bien lo estudiado en Historia del Arte, pero el estilo era una mezcla de románico y gótico, con enormes pináculos puntiagudos alzándose hacia el cielo y minúsculas ventanas oscuras en sus paredes. Había muchos niños y jóvenes por los alrededores, y a uno de ellos le pregunté acerca de tan magnífico edificio. "Es la Universidad", me dijo amablemente, "aunque antes era la catedral del pueblo. Pero ante la falta de espacio se decidió hace unos años reaprovechar el espacio llenándolo de libros y de aulas", finalizó. Me pareció impresionante: un remanso de tranquilidad y recogimiento para el estudio.

Me perdí entre los estudiantes, escuchando atentamente sus conversaciones, las cuales giraban, como es de esperar, en torno a los amigos y los exámenes. Hubo un detalle que me llamó la atención: nadie parecía quejarse, sino más bien todo lo contrario, se aceptaban las normas educacionales como correctas y se daba lo mejor para llegar a lo más alto. Rivalidades sanas y nada de estrés en unos jóvenes que amaban lo que hacían. Y en mi fuero interno no pude evitar preguntarme cuánto tiempo duraría su paz hasta que el TransMarítimo llenara sus costas de turistas ávidos de fotografías y recuerdos. La universidad era claramente el centro del pueblo, y a su lado se encontraban comercios y algunos de los edificios más importantes. Pero me había impactado de tal manera la filosofía de vida de aquellos jóvenes que finalmente pasé el día entero con ellos. Rápidamente me sentí integrada y quise quedarme allí para siempre, siendo un miembro más de una enorme familia bien avenida. Y el tiempo pasó como un suspiro...

Nunca les expliqué a mis padres mi experiencia en aquel pueblo. Sin mediar palabra habíamos firmado un pacto de silencio al respecto. Si nos preguntaban, simplemente decíamos que no nos interesaban ese tipo de anuncios y que no necesitábamos trasladarnos. Únicamente una vez se pronunció una frase al respecto, y la pronuncié yo.

Fue una mañana de sábado en la que mis padres y yo decidimos ir a visitar el puerto de nuestra ciudad. Alquilamos un helicóptero que pilotó mi madre, cualidad que hacía tiempo que tenía pero que no solía poner en práctica. Pero ese día parecía decidida: "Tengo ganas de pilotar. No os importa a dónde os lleve, ¿verdad?". Yo sólo quería ver de nuevo la ciudad desde el cielo y a mi padre le pareció una oportunidad perfecta para hacer fotografías, de modo que mi madre se puso delante, mi padre detrás y yo a su derecha. Y como era imposible comunicarse debido al intenso rugir de los motores de la aeronave, me puse los cascos y empecé a escuchar una canción en concreto, un mix de música electrónica de una hora de duración de uno de mis grupos favoritos. El helicóptero se elevó poco a poco, y aunque también me había puesto los cascos reglamentarios para volar, apenas podía escuchar la canción. Miré por la ventanilla sin temor a caerme y pude observar, mientras girábamos hacia la izquierda, la hermosura de la tecnología uniéndose al mar. Vi puentes y bloques de piedra y arena y turistas y petrolíferos y barcos de crucero, y dejé que mi mente vagara sin controlarla. Entonces vi uno de los puentes de hierro, de color negro y muy estrecho, y recordé el TransMarítimo. Le hice señas a mi padre para que hiciera una foto, y cuando hubo acabado volví a mirar por la ventanilla y, recordando el terror que había sentido al ver el vídeo en aquella oficina, murmuré: "Realmente el TransMarítimo debe ser un sitio horrible para vivir".

En ese momento el mundo pareció quedarse mudo...

29 enero 2008

De los pendientes y la gran tormenta

En nuestro país (desconozco si esto es igual en otros países) es costumbre poner pendientes a las niñas al poco de nacer. En mi caso no fue diferente, y hasta los catorce años llevé pendientes de todo tipo: de oro cuando era todavía un bebé, aros de plata cuando fui haciéndome mayor, e incluso estrellas, serpientes y arañas pequeñitas en la última época. Pero de tanto cambiar me hice daño en las perforaciones, y desde entonces no he soportado llevar nada en las orejas, por lo que poco a poco los agujeros se fueron haciendo pequeños hasta el punto de que creí que se habían cerrado.

Hace un mes y medio aproximadamente acudí a la tienda de una buena amiga mía, en la que vendía productos de esotería, aromaterapia, feng shui y todo aquello relacionado con el new age. Le dije que desde hacía un tiempo estaba pensando en volver a ponerme pendientes, y que me enseñara los que tenía. De modo que me sacó dos bandejas de medio metro de largo repletas de pendientes de distintas formas y tamaños, aunque todos seguían un patrón común: mi amiga, conocedora de mi pasión por los dragones orientales, había seleccionado aquellos que imitaran su forma o bien que llevaran algún carácter chino o japonés (que por otro lado yo disfrutaba traduciendo; "¡Mira! Éstos me gustan mucho, llevan el kanji japonés de sueño, yume", le decía con una sonrisa). Otros eran de piedra roja cilíndrica o circular, tallados con formas de dragones, fénix o simplemente cenefas orientales. Eran todos preciosos, y aunque muy parecidos entre sí, cada par tenía algo que los distinguía del resto, especialmente los de acero negro en forma de media luna, que llevaban inscripciones y dibujos. Pero lo que más me gustaba de ellos era que no parecían estridentes, ni demasiado grandes ni demasiado pequeños: incluso los de piedra roja eran elegantes y discretos. Quedarían preciosos con un vestido y una bonita cadena al cuello, pensaba contenta.

Finalmente me decidí por tres pares distintos: unos dragones chinos de plata, algo alargados, unos de piedra cilíndrica roja, y unos de acero con el símbolo de sueño y dragón. Mi amiga no quiso cobrármelos: "Cuando te hayas abierto de nuevo las perforaciones y las tengas curadas, ya hablaremos. No puedo cobrarte por algo que todavía no puedes utilizar". De modo que los metió en una bolsita de tela que introdujo después en un sobre de papel, y me los entregó. Me levanté poco a poco del sofá negro y destartalado en el que había estado sentada (y entonces me di cuenta de lo desvencijado que estaba el local, en el que apenas entraba la luz del sol), aparté las bandejas y me despedí de mi amiga, dándole las gracias y prometiéndole que la llamaría para tomar un café.

Aún era pronto, de modo que se me ocurrió pasar a ver a una compañera de trabajo de la empresa en la que yo había trabajado durante algo más de cuatro años. Estaba por la zona y quedaba relativamente cerca de mi casa, por lo que podría pasar el resto de la tarde con mis antiguos compañeros, disfrutando egoístamente de los elogios de las muchachas que tanto me querían, y observando lo que había cambiado y lo que parecía inamovible en el tiempo y el espacio.

Me sorprendió notar lo oscuro que estaba el cielo: nubarrones del color de un televisor sintonizado en un canal muerto oprimían el ambiente, y la gente caminaba por la calle con los hombros caídos y la vista baja, como si soportaran el peso del firmamento sobre sus espaldas. Cielo, suelo y fachadas de edificios eran tan grises como los abrigos de esas gentes, y el resto de colores eran apagados y sin vida. Se avecinaba una increíble tormenta.

Llegué al portal del edificio en el que se encontraba la oficina. Era una entrada estrecha y oscura, con una antigua y pesada puerta de hierro negro y vidrio opaco, y los fluorescentes parpadearon como relámpagos antes de alumbrar la estancia con su luz blanca y fría. La pintura de las paredes del pasillo se desprendía debido a la humedad, y a cada paso una nubecita de escombros me empolvaba los pies. Subí dos pisos por una irregular escalera en la que apenas se veía nada, hasta que llegué a mi destino: una puerta de roble oscuro que estaba abierta de par en par. No se veía luz alguna en el interior.

Entré poco a poco, preguntándome cuánta gente habría trabajando a esas horas y si la persona a la que yo deseaba ver estaría allí también. Entré en el recibidor y giré a la derecha por un angosto pasillo hasta llegar a una pequeña habitación, toda a oscuras a excepción de las luces de dos ordenadores y una pequeña lámpara de sobremesa. El que fuera mi jefe estaba sentado en una silla de tela marrón, y mi compañera en una de color negro, casi codo con codo. Ambos se alegraron enormemente al verme, y me recibieron con abrazos, cafés y sonrisas. "¿Cómo va todo?", me preguntaba mi jefe, "aquí seguimos como siempre", continuaba. En mi fuero interno siempre había imaginado mi respuesta a una pregunta que nunca llegaba: "¿Qué te parece volver a trabajar con nosotros?". Tampoco la escuché ese día.

La habitación en la que ambos trabajaban estaba repleta de trastos: archivadores y carpetas a reventar, tarjetas de visita esparcidas por las mesas e incluso el suelo, piezas de armarios viejos en los rincones, y un sofá verde oscuro raído por el tiempo y el descuido. Se respiraba un ambiente ligeramente asfixiante y pesado, y el olor a ceniza empezaba a hacerse insoportable. Mi compañera, al ver mi cara de asombro ante tal desorden, se apresuró a despejar una silla negra y rota para que pudiera sentarme. Pero entonces su jefe se levantó y se despidió de mí, excusándose en una importante reunión a la que debía acudir. "Si te quedas por aquí, tal vez nos vemos cuando vuelva", me dijo. "Me quedaré", le respondí con una sonrisa. Él me miró con sus profundos ojos azules, una pequeña nota de color en la oscuridad gris que todo lo rodeaba, y en ese momento supe lo que estaba pensando: "¿Por qué sigues viniendo aquí? ¿Realmente nos tienes tanto cariño? No te pediremos que vuelvas, porque debes seguir tu vida, avanzando, madurando y consiguiendo nuevas metas. Aquí ya no hay sitio para ti, esto se te ha quedado pequeño". Y lo vi marcharse.

Estuve un rato charlando con mi amiga, poniéndola al día de todas las cosas que me habían pasado y de las que no habían llegado a pasar, y ella iba trabajando, respondiéndome con un "Qué me dices" e interrumpiéndome de vez en cuando para preguntar por algún detalle o darme su opinión. Le enseñé los pendientes, que le encantaron. Aproveché también para verbalizar mi sorpresa al ver el oscuro rincón en el que trabajaban. "Al menos tenemos balcón, y desde allí se ve la calle", me respondió ella, "pero hoy es un día raro, está todo muy oscuro, normalmente no es así". "Cierto", le respondí, "se avecina tormenta".

Y como si el cielo hubiese accedido a mis ruegos, un relámpago iluminó el mundo por unos breves instantes, y un trueno ensordecedor hizo que los cimientos y las paredes temblasen. "Vaya, ya ha comenzado", le dije con una sonrisa. "De verdad, me asustas a veces", me respondió ella. Luego, una llamada de teléfono, un ordenador que no funcionaba, y un favor que hacer: me puse manos a la obra, y de repente, mientras las calles se anegaban de agua plateada, me encontré trabajando, pues a cada tarea finalizada aparecía un nuevo problema por resolver. Finalmente mi amiga me recomendó que lo dejara todo y me fuera. "Si sigues así, te pedirán que vengas mañana, y pasado, y así hasta que quedes aquí encerrada. No te mereces esto. MA debe estar a punto de llegar; será mejor que no te lo cruces: ha llamado hace un rato y no parecía de buen humor". De modo que recogí mi abrigo y mi bolso y decidimos irnos juntas, ya que a ella, por un día y con la descomunal tormenta que caía, no quería quedarse trabajando hasta bien entrada la noche. "He oído la puerta de abajo", me dijo algo alterada. "Corre, sígueme, te llevaré por otra escalera y así no nos lo cruzaremos".

Pudimos llegar a mirar la escalera principal, y nos asustamos al ver el revuelo que se había levantado: una multitud salía a empujones de las oficinas del edificio, luchando por llegar a la salida, entre gritos, tirones y tropiezos. "¿Qué estará pasando?", me preguntó mi amiga con la voz temblando. "Debe ser la tormenta, la gente no está acostumbrada", respondí yo con cierta tranquilidad. "De verdad que nunca dejarás de sorprenderme", me espetó, y me guió hacia la escalera secundaria, en la que no había nadie. Durante el descenso aprovechó para llamar a su marido: "¿Puedes venir a buscarnos?", le dijo con cierta urgencia. Pero no era posible: al parecer las calles estaban inundadas y no se permitía la circulación de vehículos, excepto los autobuses, y el metro tampoco funcionaba. Ella me comunicó la noticia con cara de preocupación, pero le dije con calma: "Tranquila, cogeremos un autobús hasta mi casa, y de allí a la tuya no tendrás que caminar mucho. Si quieres te acompaño". Pero ella negó con la cabeza: "No, saliendo de aquí solo tengo que subir una avenida y llegar a casa, daría demasiada vuelta con el autobús". "¿Estarás bien?", le pregunté algo preocupada, pues conocía sus miedos a las tormentas y a la muchedumbre. "Sí, no pasa nada, me estarán esperando en el portal". Yo no llevaba paraguas y tenía un buen paseo hasta las paradas de autobús, pero no me importaba: siempre me había gustado la lluvia. Pero por otro lado, había confiado en poder disfrutar de ella en compañía; no me apetecía quedarme sola. Y eso me entristeció enormemente.

Al llegar a la entrada tuvimos que hacer grandes esfuerzos para llegar a la puerta principal. El gentío estaba completamente enloquecido, y el ensordecedor ruido del agua cayendo a ráfagas no conseguía sino excitarlo más. Todo estaba a oscuras y parecía noche cerrada, aunque una tenue luz brillaba con debilidad confiriendo al ambiente un cariz metálico y pegajoso. El agua bajaba a borbotones por las calles, los coches quedaban medio inundados, la gente hacía esfuerzos por caminar y entre sus gritos de prisa, pánico y estrés se oían a lo lejos las sirenas de las ambulancias y los coches de bomberos. Me despedí de mi compañera, que empezó a subir la calle bajo su paraguas negro, y yo le di la espalda y crucé la calle hasta llegar a un enorme paseo, en el que no había sitio para guarecerse. Me puse mi música, que siempre me acompañaba en momentos de melancolía y lluvia, y mientras el mundo no dejaba de moverse a mi alrededor hasta volverse borroso, yo me sentía quieta, en calma y sola, muy sola y única en el mundo. Miré hacia atrás, y vi los autobuses acercándose lentamente. "Creo que los dejaré pasar", pensé. Y le envié un mensaje a mi amiga: "Ya estoy en casa".

22 noviembre 2007

De la ciudad en la que nunca sale el sol

Hay una pequeña ciudad de aspecto medieval en la que se dice que nunca sale el sol. Es única en todo el planeta, no aparece en mapas o guías turísticas, poca gente sabe dónde está y nadie le ha hecho fotos nunca. Pero quienes pasan algunas "noches" en ella jamás la olvidan y siempre quieren volver, aunque sólo se puede estar allí una vez en la vida.

Las calles son de antiguos adoquines desgastados por el paso de carretas y las pisadas de caballos y mulas, y aún quedan caminos de tierra en los que la maleza marca el paso del tiempo y de años de historia. Se puede pasear a caballo por toda la ciudad, aunque se requiere un permiso especial para ello, nada fácil de conseguir; sólo el alcalde, un viejo tacaño y agradablemente gruñón, concederá tal deseo al visitante mediante una tarjeta plastificada. No hay vehículos a motor, pero sí bicicletas y tranvías; no existen televisores y apenas se encuentran aparatos eléctricos, como lavadoras o radios. Podría compararse a primera vista con el Londres del siglo diecinueve, pero no tiene nada que ver: todas las avenidas están impecables, hay papeleras en cada esquina y rincón, y el aire es puro y limpio. No se huelen el estiércol ni los deshechos humanos, sino que siempre flota una agradable sensación a comida, fiesta y frescura en el ambiente. Y tan sólo en ocasiones especiales se goza de las hermosas vistas de las montañas a su alrededor: picos escarpados y nevados y montes verdes y frondosos a los cuales está prohibido el paso, ya que son patrimonio de la humanidad.

Al ser siempre de noche, las calles y fachadas están adornadas por bellos faroles de hierro de los que emana a todas horas una suave luz anaranjada. La noche es cerrada y pocas veces se pueden observar la luna y las estrellas, por lo que el visitante desprevenido puede llegar a sentir claustrofobia, como si se encontrara encerrado en una cajita de terciopelo negro. El único momento del día que más se parece al resto de pueblos y ciudades del mundo es el atardecer, cuando el cielo adquiere una brillante tonalidad azul oscuro, y ese instante marca el inicio de la vida: los comercios abren, las calles se llenan de gente y todos los ciudadanos se reúnen en plazas y avenidas para cenar copiosamente banquetes dignos de un rey: cerdo asado, jabalí, las mejores morcillas, exóticas ensaladas, pato con una gran variedad de salsas, y también manjares de todo el mundo: sushi, tallarines fritos, algas...

Es durante ese momento y las horas siguientes en las que la ciudad entra en plena ebullición, y la mayoría de calles, principalmente la plaza del ayuntamiento en el centro, se convierten en un mercadillo que recuerda a los tenderetes típicos de Navidad: carpas y comercios al aire libre presentan todo tipo de productos, desde enseres del hogar hasta anillos, baratijas y juguetes. Predominan ante todo la joyería de plata, las cerámicas y las velas, así como la ropa de lino y, por supuesto, los exquisitos productos alimenticios de la tierra. Todo es alegría que se transmite mediante una sorprendente explosión de color: toldos azul cielo, granate y verde esmeralda se entremezclan con las vistosas ropas de los ciudadanos, siempre vestidos de rojo, azul o amarillo brillante. Y pese a ello, la luz es siempre cálida y el ambiente, aunque alegre y festivo, es tranquilo, e incluso los gritos y las risas parecen un murmullo calmado que apenas perciben los turistas de las grandes ciudades.

Pero la fiesta, la luz, la felicidad y el bullicio de tan peculiar día a día finalizan cuando aparece la niebla. Debe ser precavido el visitante recién llegado: tendrá que volver entonces a su alojamiento, cerrar a cal y canto puertas y ventanas y dormir plácidamente, o quizá leer bajo la tenue luz de una vela. Y entonces parece que la vida termina; el mundo se vuelve del color de la ceniza mojada, desaparecen las tiendas, la música y la comida, y el pueblo duerme. Cuando se acerca ese momento de metálico ensueño se respira miedo y tensión, ya que el toque de queda prohíbe salir a la calle a nadie, e incluso los perros callan. Visitantes y autóctonos deberán esperar a la retirada de la niebla y no preguntar: nadie sabe qué hay más allá de los límites amurallados de la ciudad, y es imposible recordar cómo se llega hasta ella.

Por eso el pueblo es una leyenda, y quizá no me creeréis o incluso diréis que todo esto me lo invento, pero soy una de las pocas personas que saben que, en realidad, el sol sí aparece. Pero es tan espesa la niebla que todo lo cubre, que sus rayos no llegan a penetrarla e incluso las farolas parecen apagadas. Tuve la oportunidad de pasear por los húmedos adoquines poco después del comienzo del día, y pude observar la melancólica soledad de una ciudad vacía y abandonada. Nadie se dio cuenta de que me encontraba allí: el tiempo se había detenido, los habitantes eran fantasmas del pasado y la ciudad, un triste pueblo abandonado. El aire era espeso y el frío calaba hasta los huesos, empapando mis ropas y mi estado de ánimo. Y entonces entendí que las noches que imitan al día son una simple farsa, y que los habitantes de la urbe son tristes marionetas de trapo bailando al son de unos elementos que no sólo no quieren comprender, sino de los que también reniegan.

Y quizá ese es el más bello detalle de tan peculiar ciudad: observar ambas caras de la moneda haciendo equilibrios sobre su canto. Si alguna vez tenéis ocasión de ir, no dejéis de contármelo... si lo recordáis.

14 noviembre 2007

Componentes del sueño: Introducción

Recordar los sueños puede considerarse una suerte para unos o una desgracia para otros, o ambas cosas a la vez, pero debemos reconocer que nos pueden ayudar a conocernos en profundidad. Escribirlos nos permitirá desgranar y entender todas aquellas formas recurrentes que forma nuestra mente, para darnos cuenta al cabo de un tiempo de que ciertos patrones se repiten, algunas imágenes nunca cambian, y las sensaciones y sentimientos son más fuertes de lo que pensábamos.

Al buscar un sueño para escribir, me sumerjo en los recuerdos de mi mundo onírico para seleccionar aquél que mejor refleje mi estado de ánimo en ese momento, o quizá el que más me apetezca describir por su belleza visual o su riqueza emocional y sensorial. Y mientras realizo la selección observo la baraja completa extendida sobre la mesa, con algunos sueños, los más borrosos o confusos, escondidos bajo otros que recuerdo mejor o con más detalle, y veo de manera global lo que hay en mi mente, hasta que señalo con el dedo y susurro: "Éste". Y comienzo a escribir.

Tras haber narrado ya algunos de ellos, empiezo a discernir los componentes que forman tan extrañas ilusiones. No he leído a Freud en profundidad ni me baso en ningún autor para desarrollar mis humildes conclusiones, así como tampoco creo en los libros de interpretación de los sueños ("Si sueñas con la muerte de alguien le estás alargando la vida", dicen. "Si sueñas que encuentras dinero es que lo vas a perder o corres un grave riesgo de perderlo", afirman). Tan sólo pongo por escrito las ideas desordenadas que tengo en la cabeza y que -seguramente- irán variando, transformándose, madurando e incluso volviéndose ridículas con el tiempo.

Existen tres componentes principales del sueño o pesadilla, que luego se ramifican en diferentes características, y que a continuación enumero:

- Componentes del sueño I: Emociones
Miedos y temores, fobias, deseos, habilidades, formas de pensar, personalidad.

- Componentes del sueño II: Experiencias en la vigilia
Hechos, situaciones y lugares, cercanos o lejanos en el tiempo, que vuelven a nuestra mente tergiversados o siendo copia fiel de la realidad.

- Componentes del sueño III: Estímulos externos
Sonidos, luces y sombras, posturas, objetos e incluso el estado físico de nuestro cuerpo -enfermedades, fiebre, cansancio corporal o agujetas-.

Una mezcla de los tres componentes acaban creando situaciones realistas y surrealistas, tejiendo una maraña de imágenes que se transforman en el sueño o pesadilla, y que hay que saber detectar e interpretar. Y no hay mejor intérprete de los sueños que uno mismo, que es quien mejor conoce su yo, su entorno y sus circunstancias. Pero a veces las interpretaciones ajenas también pueden ser de ayuda, ya que poseen la capacidad objetiva del desconocimiento y por lo tanto una visión más clara o global de lo sucedido.

Cada noche es un nuevo camino a recorrer; cada segundo durmiendo, una nueva aventura. ¿A dónde iré hoy? Y quizá más importante: ¿por qué?

10 noviembre 2007

De una tarde libre

Esta semana he cambiado mi horario laboral. Y ¡cómo se nota tener la tarde libre! Haciendo las mismas horas que en mi turno normal, he aprovechado cada día haciendo cosas para las que antes no tenía tiempo. Claro que a veces no todo sale como uno espera...

Una de esas tardes, tal y como había decidido, visité un nuevo centro de fisioterapia de mi barrio. Aunque ya hacía un tiempo que acudía a una fisioterapeuta autónoma con la que estaba muy contenta, en cuanto supe de la existencia del nuevo centro decidí que era una buena posibilidad para mejorar lo que ya tenía; un amplio grupo de profesionales del sector me atendería, y con sus avanzados métodos y su tecnología me ayudarían a estar mejor mucho más deprisa que de forma convencional.

Pero como suele suceder en estos casos, no es oro todo lo que reluce...

Llegué a la consulta poco antes de las cinco. Se trataba de un enorme y moderno edificio de cristal y hormigón de dos plantas: en la de abajo, una amplia recepción con mesas de vidrio y plantas de plástico; en la de arriba, las habitaciones para los tratamientos. Todo el recinto desprendía una aséptica y de algún extraño modo cálida luz azul, y la única separación entre ambos pisos era una enorme escalera de baldosas grisáceas que le confería al recinto un aire a aeropuerto. Todo era amplitud y espacios abiertos, pero se respiraba un ambiente de recogimiento, hermandad y cariño.

Me atendió una agradable señora con una bata blanca, como si de una enfermera se tratase. "Buenas tardes, es tu primera visita, ¿verdad?". Su sonrisa me relajó y me hizo perder el miedo a ser engañada: una persona con esa simpatía no podía desearme nada malo; de hecho, tanto ella como sus compañeros estaban allí exclusivamente para ayudarme y ganarse la vida de una forma honrada. De modo que le devolví la amable mueca susurrando un tímido "sí", y ella, con un ademán, me guió hasta las escaleras. "Sube y entra en la sala de la izquierda, querida", me indicó, "y ponte cómoda. En seguida estaremos contigo". Y diciendo esto, se fue alegremente a despedirse de una paciente que ya había salido de su visita. Mientras subía las escaleras aproveché para mirar a mi alrededor: un enjambre de personas yendo de aquí para allá sin descanso, pero sin perder nunca los modales y siempre con cara feliz. Definitivamente, me encontraba en una especie de aeropuerto en el que los médicos eran las azafatas y los pacientes, los viajeros.

Una vez arriba, me introduje en la sala que me había indicado la enfermera. La puerta era de cristal opaco y las paredes de color amarillo suave. No era una habitación cuadrada, sino que tenía cinco lados; en el más estrecho se observaba una frondosa planta artificial y una mesa baja cubierta de revistas y panfletos. En medio, la camilla donde me estiraría para los masajes; a mis espaldas, en la parte más larga del pentágono, un armario lleno de libros y utensilios. El zócalo anaranjado contrastaba con el verde suave del suelo, y en general, la sala desprendía tranquilidad y profesionalidad.

Me descalcé y me desnudé hasta quedarme en ropa interior. "Suerte que me he depilado", pensé vergonzosamente. Aunque habían bajado las temperaturas en el exterior y no vi ningún radiador o aparato eléctrico de calefacción, no tuve frío. Algo más tarde picaron a la puerta y, tras responder yo un "Sí" más decidido que el que había pronunciado antes, entraron otra enfermera y una mujer de unos cuarenta años que era claramente mi doctora. Llevaba una bata blanca con su nombre bordado en azul eléctrico en el bolsillo, pero no pude leerlo, y de hecho no recuerdo si la mujer llegó a decirme su nombre. Sólo sé que me sonrió, me dio la mano con firmeza y me invitó a que me sentara sobre la camilla. "Hola", me dijo sin dejar de sonreír, "¿cómo estás? Bueno, eso lo sabremos dentro de poco", y me guiñó un ojo. Ante ese gesto de complicidad dejé de sentirme nerviosa otra vez. "Eso es", agregó, "relájate. Estamos aquí para ayudarte y para que te sientas mejor, pero eras tú quien debía dar el paso". Al instante se dirigió a la puerta de la habitación y dejó entrar a tres o cuatro personas, todas ellas con bata blanca. Me miraron sonrientes mientras la mujer, alta y atractiva, se apartaba el pelo rizado de la cara y me decía: "Siempre trabajamos en grupo, para aprender los unos de los otros. Así nuestro tratamiento es más eficaz, como hemos comprobado". Yo miré sus caras y perdí todo el miedo, aunque una parte de mí estaba recelosa: ¿podía ser todo tan perfecto? Pero ya había llegado hasta allí; había confiado en ellos y les iba a dar una oportunidad.

"Bien, túmbate sobre la camilla boca abajo, por favor", me indicó la mujer. Yo le hice caso, y ella pasó sus manos cálidas por mi espalda, deteniéndose en aquellas zonas en las que detectaba mayor tensión. "Bien bien", iba murmurando. "Ahora ponte de pie". Todos me observaban con ojos de interés, como si estudiaran una nueva mariposa en una vitrina de cristal. No hablaban entre sí, pero parecían estar conectados de algún modo: se miraban, asentían y volvían a estudiarme. "Antes de nada necesitamos conocer tu cuerpo para poder tratarlo como es debido", me dijo la mujer. "Por favor, apóyate únicamente sobre la pierna derecha y mantén los brazos en alto".

Tal pose me intranquilizó ligeramente. "Todo sea por mi bien", me dije. Pero a los dos minutos de estar allí plantada, la mujer y sus colegas empezaron de golpe a hablar y a reírse, y poco después parecían haberme olvidado. No pude seguir sus conversaciones ya que estaba concentrada en no perder mi extraña posición, y tras unos momentos de titubeo les dirigí la palabra. "Disculpad", pronuncié un poco nerviosa, "se me empiezan a cansar los brazos...". En ese momento mi doctora se giró y haciendo ademán de sorpresa espetó: "¡Ah, sí!", y dirigiéndose a sus compañeros agregó: "Chicos, seguimos en un rato. Tú", dijo señalando a un joven muchacho, "quédate". El joven, a todas luces novato e inexperto, la miró con respeto y asintió. La mujer se sentía muy cómoda dominando la situación.

"Bien, jovencita", me dijo, "se trata de mantener el equilibrio. Quizá no lo creas, pero estamos nivelando tu cuerpo. Necesitamos que te pongas en diferentes posturas". Y así empezó a indicarme que me tumbara de lado, que me pusiera de cuclillas o que simplemente me sentara, haciéndome mantener la posición durante algunos minutos mientras ella y su colega hablaban de fiestas pasadas y de planes futuros. Pasó una hora y yo no me sentía más tranquila o relajada, sino más bien todo lo contrario: me iban a cobrar cincuenta euros por estar de cháchara mientras mi cuerpo se cansaba y tensaba. Definitivamente, me habían tomado el pelo.

Pero no dejaría que ellos se diesen cuenta, pues la venganza, como leí en Sinhué el Egipcio, es un plato que se sirve frío (aunque esta vez no habría ninguna calavera debajo). Tímidamente les pregunté: "¿Esto me va a ayudar? No me siento mejor...". La mujer se rió y el chico esbozó media mueca de ironía, y ella me dijo: "Claro que sí, jovencita, pero no lo notarás hasta dentro de un tiempo. Te esperamos aquí la semana que viene". "Por supuesto, creo que esto me va a venir muy bien", mentí con una sonrisa, y ambos salieron de la estancia para que me vistiera. Aunque había mantenido el tipo ante ellos por dentro me moría de rabia: me habían engañado y, aún peor, se creían que seguirían engañándome. Pero tuve claro que no volverían a verme.

Y mientras le daba vueltas a mi forma estúpida de regalar el dinero me vestí, descendí las escaleras y pagué, aún no recuerdo cómo ni a quién. Es curioso cómo el conocimiento cambia por completo nuestra forma de ver las cosas: ya no me rodeaba gente hornada y capaz realizando una bondadosa labor, sino que se habían convertido en lobos sedientos de dinero llevando a su cueva a ovejas descarriadas.

Al cruzar el umbral de la puerta miré las nubes: cielo encapotado en una tarde que se apagaba lentamente. Pero no me importaba: aún me quedaban cosas por hacer. Llamé a mi madre al móvil. "¡Hola! Acabo de salir de la fisio, ni se te ocurra probarla". Conozco bien a mi madre: se deja engañar tan fácilmente como yo. "Quiero comprarme un reloj, ¿me acompañas? Cojo el autobús" (me encontraba a dos paradas de mi casa) "y llego a casa, y desde ahí voy al centro comercial". Mi madre me respondió incrédula: "¿Andando? ¡Pero si está en la otra punta de la ciudad, casi en el estadio de fútbol!". "No, mamá, cómo se nota que sales poco. Está muy cerca, a unos quince minutos caminando". Y así cogí el autobús que me dejaría a medio camino entre mi casa y el centro comercial. Cuando bajé mi madre me estaba esperando. "¿Ves?", le dije, "estamos en el Puente del Trabajo; de aquí a las tiendas es un ratito caminando", añadí mientras señalaba con el dedo a la imponente estructura de metal blanco. Ella decidió ir en autobús: "Ya nos encontraremos allí". Y empecé a caminar, para darme cuenta al cabo de veinte minutos que el camino era más largo de lo que había creído y que, era cierto, tenía que cruzar muchas travesías para llegar. Andando, era un mundo; en autobús, un suspiro.

Aunque tardé mucho rato en llegar, el tiempo parecía haberse detenido, ya que el cielo seguía con su color gris pero sin nubes. El paseo en el que me encontraba estaba repleto de tiendas, y al apearme del metro (finalmente había optado por no pasarme la noche deambulando por las frías calles), vi una tienda de libros. "¡Mira!", te grité, pues nos habíamos encontrado bajo la fría y blanca luz de un vagón de metro, "¡libros!". Y me sentí como una niña rodeada de caramelos, y me dirigí corriendo al escaparate, mientras tu sonreías y te despedías de mí. Cuando me di la vuelta habías desaparecido. "Tendrá prisa...", pensé. Y me olvidé de los libros, y empecé a caminar por la calle.

Lo cierto es que no se trata de una calle normal, sino de un enorme centro comercial cubierto por una altísima cúpula de cristal. La avenida está siempre repleta de tenderetes en los que se vende de todo, como en un mercado de Navidad: ropa, accesorios, relojes, perfumes, libros y música. Desde la parada de transportes (autobús, tren y metro) se entra automáticamente al gigantesco recinto a través de una abertura de acero plateado; imagino que casi no había gente al tratarse de un día laboral. Empecé a pasear entre las tiendas mirando vitrinas llenas de anillos, colgantes y relojes: yo buscaba un reloj pequeño, cuadrado y a ser posible con la correa metálica. Al cabo de un rato, tras haber visto varios modelos y mientras intentaba recordar las tiendas a las que debería volver más tarde, me encontré con mi madre, quien me dijo que no había visto nada que le interesara. Paseamos juntas mirando más tiendas durante un rato, pero tengo que reconocer que con ella pierdo fácilmente la paciencia y me saca de mis casillas: cualquier cosa que vea y que me guste, para ella tiene como mínimo un defecto por el cual no debería ser comprada. A mí me hacía ilusión probarme algunas prendas de ropa que nunca antes me había planteado utilizar, como fulares, toreras y faldas cortas, y cada vez que veía algo que me quedaba bien mi madre le encontraba algún problema. Por ejemplo, encontré un hermoso pañuelo azul cielo con bordados en plata para el cuello y quise quedármelo, pero mi madre empezó a decirme que ese no era mi estilo, que cuándo me lo iba a poner, y que ahora que llegaba el invierno y el frío no podría utilizarlo ni lucirlo. Finalmente insinué que podríamos volver a casa ya y que yo no había visto nada interesante, pero mi intención real era dejarla a ella en casa y volver en autobús o en metro (cada viaje supondría tan sólo cinco minutos).

Cuando volví al centro comercial repasé de nuevo las tiendas en las que había visto relojes que me habían agradado. En una de ellas me probé uno de correa granate y esfera negra, y como no me decidía a comprarlo, el dependiente me permitió llevármelo, dar una vuelta con él y decidirme. "Vuelve cuando quieras, no te preocupes", me decía sonriente. Y aunque ya no me fiaba de las caras amables, me di cuenta de que realmente en esta persona podía confiar: ¡me dejaba que me llevara el reloj sin pagarlo! Y lógicamente, ante tal muestra de confianza yo no iba a defraudarle: si no se lo compraba se lo devolvería esa misma tarde y a cambio le compraría otro artículo.

Volví a casa mientras pensaba qué hacer con el reloj. Pasadas las siete llamé a una amiga al móvil y tras un par de bromas, unas risas y preguntarme por cómo me encontraba, me sugirió que quedásemos ese fin de semana. Yo le dije que ya la avisaría, ya que me apetecía quedarme tranquila en casa. Cuando volví al centro comercial, sin haber decidido aún qué hacer con el reloj, ya había anochecido, pero dentro del centro comercial parecía vivirse una eterna tarde de verano: el sol nunca se ponía. Esta vez entré por una puerta trasera, y hasta llegar a la avenida de tiendas tuve que recorrer multitud de oscuras y frías estancias marrones y vacías, probablemente pertenecientes a los trabajadores de tan gigantesco entramado comercial. "Hacen jornada intensiva durante todo el año, estoy convencida", pensé mientras escuchaba el sonido de mis zapatos de tacón alto golpeando el suelo de piedra (había decidido cambiarme y dejar mis Buffalo en el armario para ponerme algo más elegante, a juego con el reloj que llevaba. Básicamente, me había apetecido arreglarme, algo que ocurría con demasiada frecuencia últimamente). Salí a la gran avenida y sin mayor dilación me dirigí a la tienda del amable señor que me había prestado el reloj. "¿Ya te lo has pensado?", me preguntó pacientemente. "No, la verdad es que aún no sé muy bien qué hacer", le respondí con algo de vergüenza mientras me lo quitaba y se lo entregaba. Él sonrió complacido y yo me quedé merodeando por la minúscula tienda, observando todos sus rincones. Aunque no sabía si quedarme con el reloj que me habían prestado, sí había tomado una decisión: realizaría mi compra en ese local. Sólo por la atención, la confianza y el respeto que me habían mostrado, se merecían ganar una clienta más. Y les compraría un artículo, por pequeño que fuera. Por eso miré de nuevo guantes, pañuelos, anillos y perfumes, intentando convencerme a mí misma de que necesitaba comprar algo. ¿Una colonia quizá? La verdad es que la que usaba me irritaba la piel del cuello... pero no encontré ninguna otra colonia cuyo olor me agradara realmente y, cuando la encontraba, no podía comprarla (hay marcas que por orgullo, dolor y rabia no puedo utilizar, al menos de momento). Mi madre volvió a entrar en la tienda, preguntándome si pensaba volver a casa. "Claro que sí, pero ahora déjame sola, por favor, necesito concentrarme", le respondí. "No te preocupes", agregué, "volveré en bus, ya sabes que tardo diez minutos".

Me quedé merodeando un rato más en la tienda, buscando algo que comprar; salía y me sentaba en uno de los bancos grises de la avenida, entre sus palmeras y sus papeleras verdes, y miraba la multitud de minúsculas tiendas de cristal que me rodeaban. Si habéis estado alguna vez en la madrileña estación de tren de Atocha, os podréis hacer una idea de cómo era el centro comercial. Finalmente, y como ya estaba oscureciendo, me decidí: compraría un reloj; no el que me había llevado, sino otro de esfera redonda y correa de metal. "Hola de nuevo", le dije sonriente al hombre que me había atendido. "¿Ya te has decidido?", me respondió devolviéndome la sonrisa. "Sí...", le dije, y mirando la vitrina enfrente mío señalé el reloj que quería y añadí: "me llevaré este". "¿Estás segura?", me preguntó. "¡Claro!", respondí yo, y entonces me pregunté por qué me había costado tanto decidirme por un reloj si el que realmente quería lo tenía ante mis narices. El hombre volvió a sonreír, me cobró el artículo (aproximadamente sesenta euros que pagué en metálico) y lo guardó en una cajita de madera marrón que introdujo en una pequeña bolsa de terciopelo granate. "Aquí tienes, preciosa", siguió sonriendo, y no sé si fue por el piropo, por su educación y trato amable o porque al fin me había decidido, me despedí alegremente y salí de la tienda sintiéndome feliz. Al fin había conseguido lo que quería.

28 julio 2007

De la isla

Hay una pequeña isla, invisible para aquellos que no saben mirar, perdida en medio de la nada de agua que es el Océano. Esa isla, desconocida por muchos y demasiado poco familiar para otros, contiene secretos que nadie conoce; es un reflejo vivo de nuestros miedos y terrores más infantiles. En ese pequeño trozo de tierra lo imposible se hace realidad y lo normal desaparece tras el velo oscuro y multicolor de la locura. A esa isla van a parar las personas agotadas, desesperadas, perdidas, desoladas, desesperanzadas, tristes. Y cuando llegan quieren irse, pero es una isla de la que es imposible escapar: únicamente se puede desaparecer, para pasar a formar parte de la isla misma.

Cuando una persona llega a la isla, despierta en una cama, perdida y desorientada. No se encuentra en la cálida comodidad de su bien conocido dormitorio, sino en una sala grande, con otras camas como la suya, todas ellas deshechas y vacías. Las sábanas son de color blanco, o quizá verde pastel, o quizá azul cielo. No hay paredes en la sala, sino enormes ventanales sin cristal por donde se filtra la plácida luz del sol; se pueden observar las frondosas copas de los árboles en el exterior, lo que indica que se está en un piso superior. Al abrir los ojos el recién llegado queda cegado por la intensidad de la luz y la fuerza de los colores, que al principio le dañan la vista, tan acostumbrada al mundo gris y sucio de la ciudad. Poco a poco se despereza, se sienta sobre el mullido colchón, y entonces empiezan las preguntas.

"¿Dónde estoy?" y "¿Cómo he llegado hasta aquí?" son las primeras que acuden a su mente. El viaje ha debido ser largo, aunque la persona no lo recuerde y aunque se sienta descansada y libre de pesos y cadenas. Al lado de la cama hay una pequeña mesita de mimbre, sobre la que hay una bandeja blanca con dibujos azules, una jarra de zumo fresco y un platito con tostadas, mermelada y mantequilla. Pero el viajero está aún desorientado y no quiere probar bocado; preferirá indagar por los alrededores, descubriendo el nuevo entorno sin prisa y con mucha curiosidad, deseando encontrar respuestas a sus muchas preguntas y dudas.

Se encuentra en una gigantesca mansión de planta cuadrada, cual caja de zapatos. Hay muchos pisos, y el viajero, en esta ocasión una joven, se encuentra en el piso superior. A su izquierda hay una puerta desvencijada y unas escaleras que, extrañamente, ascienden a otro piso, o quizá la azotea. El umbral de la escalera está a oscuras, y por un momento la joven cree notar una presencia oscura, triste y pesada, arrastrándose por los escalones. La equilibrada calma del exterior contrasta duramente con el frío oscuro de los recodos de la mansión, llenos de polvo, olvidados y descuidados por la luz. Una sombra de melancolía se mueve en ellos, y la joven no quiere mirar, pero su curiosidad es más fuerte y sigue adelante.

Desciende hasta el comedor, en la planta baja: un enorme salón a oscuras donde las motas de polvo flotan en el espeso aire, que parece guardar los recuerdos de cientos de años. Una enorme mesa marrón en medio de la sala, rodeada por antiguas sillas de alto respaldo, quieren invitar a sentarse y probar un delicioso bocado de los platos que se acumulan sobre ella; pero sólo hay restos de comida, platos amontonados y cubiertos desperdigados por su superficie. Un enorme reloj al fondo del salón marca lentamente un tic-tac sin compás, ahora más rápido, ahora algo más lento. Las cortinas se adivinan verdes, pero la suciedad lo cubre todo como un manto cenizo. Y traspasado el comedor, se llega a la sala principal, con una gigantesca puerta de madera maciza y cerraduras enormes sin llave. La muchacha, oprimida por tan desolador lugar, decide salir al exterior.

Y cuál es su sorpresa cuando se encuentra en mitad de un frondoso bosque. A sus espaldas, la mansión parece mucho más pequeña y baja que desde su interior; sus paredes marrones cubiertas de hiedra parecen llorar angustiadas, pero en su azotea se adivina paz y bienestar. La casa se encuentra rodeada por multitud de árboles de tronco enorme y espeso follaje, pero no pía ningún pájaro; el sonido parece lejano y denso, como si de un recuerdo se tratara.

La muchacha se dirige hacia su derecha, hasta encontrar un porche de blancas columnas y con dos bancos del color de las hojas de los árboles, y entonces decide preguntar en voz alta: "¿Hay alguien ahí? ¿Alguien sabe dónde estoy?". Pero no recibe respuesta, y sigue caminando alrededor de la mansión hasta rodearla tres veces, para más tarde sentarse en uno de los bancos del porche. Y entonces, al fin, ve a alguien.

Es un niño de unos seis años, delgado y con gafas, de piel y ojos claros. "Hola", le dice con una voz cantarina y dulce. "Hola", responde la joven, para luego añadir: "¿sabes dónde estoy o cómo he llegado hasta aquí?". El niño la mira con una sonrisa tranquila y le responde: "No lo sé, pero todos vamos y venimos, y rara vez alguien se queda. No te fíes del entorno; guarda secretos más oscuros de lo que te podrías imaginar". Y dicho esto, el niño transforma su cara en una horrible mueca, le da la espalda y echa a correr. "¡Espera!", grita la joven, "¡vuelve!". Pero es demasiado tarde; de repente se siente atemorizada, perdida y sola. Pero extrañamente se siente rodeada de gente, gente a la que no puede ver pero que presiente que sí pueden verla a ella, y eso aumenta su sensación de soledad. Un miedo infantil e irracional empieza a apoderarse de ella, y mirando a su alrededor se siente encerrada en una caja de árboles, sin saber qué hay más allá, aunque puede imaginarlo: más árboles, y luego el azul del mar y del cielo. Y nada más.

Entonces vuelve a meterse en la mansión, pasando por el apagado comedor, cruzando la cocina (en la que antes no se había fijado) y subiendo un piso tras otro, a cuál más tenebroso, hasta llegar a la sala donde despertó. Tiene miedo, y aunque no cree que hayan pasado muchas horas, ha empezado a anochecer en el exterior. Se tumba sobre su cama, quedando sus pies muy cerca de la puerta abierta. "Ahora la cerraré", piensa, pero no puede moverse: está demasiado oscuro y tiene miedo. Y de golpe, como si una voz en su interior le hablara, se percata de que tiene que pasar una noche allí, sola y asustada, y solo piensa en dormir, pero está demasiado desvelada como para cerrar los ojos. Y entonces llega la gente.

Algunos de ellos son caras conocidas; otros, en cambio, no son más que extrañas figuras de humo con voz hueca y risas estridentes. También hay insectos gigantes y pequeños mamíferos, y todos pasean por la sala, sin tocar el suelo, atravesando las paredes, sin mirarla. La muchacha se esconde cada vez más bajo su fría sábana, aunque tiene mucho calor a causa del miedo. Y entonces, de repente, aparece él en su cama. Un antiguo amigo y compañero de la vida al que hacía demasiado tiempo que no quería ver; y ella le pide que se vaya, pero él se ríe y le dice: "Tranquila, sólo tienes que pasar aquí una noche". Y entonces todo desaparece: la gente, las voces y el ruido, y una ensordecedora calma lo envuelve todo como una tela oscura y estrellada, y ella se asusta más, y entonces, tumbada sobre el costado derecho y mirando hacia los ventanales, piensa repetidamente: "Sólo una noche... Sólo una noche...". Intenta mantener la calma pero no puede, y cuando la angustia empieza a obligarla a respirar demasiado rápido, recuerda una canción y decide ponerse a cantar, porque siempre ha creído que la música alegra el alma y el corazón de los hombres, pero no tiene voz, y su garganta sólo produce sonidos ahogados y desafinados, pero ella sigue intentándolo hasta acabar la canción, una melodía sin letra del medioevo que resuena en su mente sin cesar. Y finalmente acaba riendo histérica, pero su risa tampoco tiene sonido, sino que es una risa ahogada y triste, aunque en su interior sólo oye sus propias carcajadas. "Me estoy volviendo loca", piensa desesperada. "Tengo que evitarlo...". Pero sigue riendo, y no puede parar, y el sonido de su risa no le gusta en absoluto, porque no parece suyo y no se reconoce.

Y entonces siente una mirada sobre ella. Todo está a oscuras, pero de la puerta a sus pies emana una tenue luz naranja, como el color sepia de una foto antigua y desgastada. Ella se gira lentamente, y aunque al principio no ve nada extraño, de repente se da cuenta: hay un bulto extraño en la puerta. Es de color marrón, y no sabría decir qué textura tiene, pero parece líquido y sólido al mismo tiempo, y es similar a la rugosa corteza de un árbol, y al mismo tiempo parece liso como la piel de un recién nacido. Y el cilindro gira lentamente sobre sí mismo, como buscando algo, pero no tiene ojos, y aunque acaba deteniéndose, la muchacha se siente observada y atrapada por su mirada. Y entonces algo estalla en su mente, un pequeño click en el mecanismo que la mantenía a salvo de la locura, y ella empieza a reírse a carcajada limpia, esta vez con ganas y fuerza, y señala al cilindro con el dedo índice, y le chilla una y otra vez entre risas: "¿¡Y tú qué eres, eh!?". Quiere reírse de lo que la atemoriza, y eso empeora las cosas, porque ella sabe que está faltándole al respeto a algo que ni siquiera sabe lo que es y que la estaba buscando y vigilando, pero ella no puede parar, y cuando nota que el cilindro está un poco más cerca de su cama, deja de reír en seco y sólo piensa en gritar pidiendo ayuda.

Pero de su garganta, de nuevo, no salen más que susurros ahogados. Le ha dado la espalda al cilindro y a la puerta, y con los pies encogidos intenta llamar a alguien que pueda ayudarle: un amigo, su madre, el niño del porche. Y sus sollozos angustiados son como el aleteo de una paloma en medio del silencio de la isla, y la oscuridad oprime su mente cada vez más, pero ella sigue intentándolo; quiere gritar, necesita gritar, porque sabe que si lo consigue, si finalmente logra alzar la voz en un desesperado intento por conseguir ayuda, quizá alguien vendrá a buscarla y sacarla de esa isla. Y recuerda todas aquellas pesadillas en las que siempre intentaba gritar pero no podía, y se sentía como dentro de una pesadilla, pero esa vez era real, y siendo real y no una pesadilla, lograría gritar.

Y en la tranquila oscuridad de la noche en la isla se alzó débilmente una voz ahogada, como de ultratumba, un último grito que llevó a la muchacha a otro lugar...

21 julio 2007

De cuando me ahogué en el mar

Llega el verano: mucho sol, demasiado calor, poca sombra al mediodía, aire cálido y bebidas refrescantes en terrazas de bares, con pantalones cortos o faldas y sandalias de todo tipo. Extranjeros que vienen de fuera y ciudadanos que un día fueron extranjeros se mezclan con los trabajadores que aún no tienen vacaciones o que ya las han disfrutado. Una explosión de color que no llega con la primavera sino con los primeros grados de más.

Con este panorama, a todo el mundo le apetece un buen chapuzón en la playa: pasar del calor más sofocante al frío helado del agua salada, una especie de auto castigo (todo el mundo lo pasa mal al meterse en el agua) en playas a rebosar y en las que parasoles y toallas cubren por completo la arena.

No suelo ir a la playa; es un hábito que quiero cambiar, ya que de pequeña me gustaba mucho: no había quien me sacara del agua, siempre jugando con la colchoneta o con una pelota. Me encanta nadar, aunque no muy lejos de la orilla, ya que el mar me produce un profundo respeto y un dulce temor: no pertenezco a él. Y esa lección la aprendí hace aproximadamente dos años.

Salí de la boca más cercana de metro, la que me llevaría directamente a la playa tras cruzar tres calles. Quizá fuese producto de mi imaginación, pero todo el barrio producía una extraña sensación de calor que invitaba a seguir caminando dirección al agua: una avenida amplia, con edificios y asfalto del color de la arena, contrastaba contra el azul impoluto del cielo; los bares hacían su agosto (qué peculiar frase) con sus terrazas, y todos los comercios, fueran del tipo que fuesen, vendían helados.

Yo llevaba días esperando ese momento: mi falda corta recién estrenada, mi camiseta de tirantes todo terreno, mis sandalias frescas, y mi mochila al hombro con lo esencial para un día de playa (una toalla, protección solar, las llaves de casa, la funda de las gafas, algo de dinero, documentación y tarjeta de metro). Mi acompañante de último momento estaba acostumbrado a ir a la playa, y conocía bien mi vergüenza: demasiado blanca a la luz del sol, me sentía como un copo de nieve en pleno desierto. Qué extraña ironía; hace siglos, las mujeres de piel blanca eran reconocidas como nobles, en contraste con la gente morena, signo de necesidad de trabajos en el campo. Ahora es al contrario: la tez blanca es sinónimo de rata de biblioteca o de complejidad. Yo, ese día, me armé de confianza y decidí olvidarme de mis libros y mis complejos.

Llegamos a la playa: un pequeño escondite en forma de U, tranquilo y no muy concurrido. Comenté con mi acompañante que me parecía divertido que todo el mundo pareciese querer ir siempre al mismo sitio: playas abarrotadas en las que se siente más el calor humano que el del sol; las playas vacías, le dije, siempre están vacías, para la gente que las busca. Él me respondió que ya se había dado cuenta de ello, pero que nunca se sabía qué sorpresas se podía encontrar uno en una playa.

No nos fue difícil encontrar sitio; extendimos nuestras toallas sobre la arena ardiendo y nos tumbamos al sol, observando a la gente de alrededor: parejas jóvenes, grupos de amigos, y alguna familia con los niños. Había poca gente en el agua, que estaba en calma, su superficie lisa como una sábana de seda azul. A nuestras espaldas quedaba la vía de tren, y un poco más lejos, unas cortas escaleras que llevaban a la pequeña plataforma con tres o cuatro carretas, lugares reservados para privilegiados (ese día yo era uno de ellos) donde descansar del sol y comer o echarse una siesta. De hecho, la mañana pasó rápido, y después de comerme un helado de chocolate, nos metimos en nuestra carreta.

Era pequeña, como una caravana, y oscura y fresca. Tenía una cama, una mesita con una tele, un montón de cortinas y una nevera pequeñita. Estuve tumbada un rato, mirando por la ventana en dirección a la playa (que quedaba a unos cien metros), observando cómo se iba llenando de gente poco a poco. Decidí esperar a que volviera a vaciarse por la tarde para volver a ella y nadar un rato.

Por la tarde no hacía tanto calor, pero el sol parecía no haberse movido del horizonte. Me senté en mi toalla, viendo cómo la gente se marchaba poco a poco. Quizá era producto de tanto sol, pero la playa parecía ensancharse y estrecharse; a veces parecía ser kilométrica, y otras veces me daba la sensación de estar en una pequeña cala perdida. Para despejarme un poco, me metí en el agua a nadar.

Hay un buen truco para superar los primeros momentos de frío al contacto con el agua: mojarse nuca, muñecas, cuello y torso, coger aire y, con paso decidido, meterse de cabeza en el agua rápidamente. De modo que eso hice, ¡y qué maravillosa sensación!, sumergiéndome en el agua, sin oír más que un ruido sordo, sintiéndome rodeada por un líquido refrescante, estando yo sola por unos instantes. No recuerdo cuánto tiempo estuve nadando, pero me sentí realmente bien al salir del agua. Debió ser bastante rato, porque cuando volví a la orilla, ésta era mucho más estrecha y su pendiente mucho más pronunciada, como si hubiera subido la marea.

Me senté de nuevo en mi toalla, mirando embobada cómo las olas iban acercándose a donde yo estaba, hasta que el agua me tocó los pies. Empecé a sentirme ligeramente inquieta, ya que la marea estaba subiendo demasiado rápido, pero la gente a mi alrededor parecía no darle más importancia, de modo que moví mi toalla de sitio y volví a tumbarme.

Y en la calma de esa tarde que parecía una mañana, alguien lanzó un grito. No entendí qué decía, pero la gente comenzó a correr de un lado para otro. La pendiente de arena ahora era muy empinada, y mirando a mi derecha vi que el mar estaba comiéndose literalmente la playa: la gente recogía rápidamente sus pertenencias y subía con esfuerzo la pendiente, y cuando llegaban arriba se quedaban mirando el mar con preocupación, gritando a los demás que subieran sin falta. Yo tardé un poco en reaccionar, y cuando cogí mi toalla y mi bolsa y empecé a subir la pendiente, una ola me golpeó en la espalda, haciéndome caer hacia atrás.

Intenté incorporarme, mirando hacia la gente que me observaba desde lo alto, y pedí ayuda. Pero nadie bajó a ayudarme; sólo me miraban con angustia en los ojos, apremiándome a volver a intentarlo. La arena bajo mis pies era muy poco estable y me costaba moverme; cada vez que trataba de subir la pendiente, se deshacía y me devolvía al mar, en el que las olas se peleaban por engullirme. Seguí intentándolo, agarrándome desesperadamente a la arena como si fuese una barandilla, sabiendo que eso no serviría de nada, sintiendo cada grano de arena clavándose en mi piel; el pánico se iba apoderando poco a poco de mí, y mis ansias por escapar eran cada vez más fuertes: ¿por qué no había sido más rápida cuando oí el primer grito? Y en un último esfuerzo desesperado, cuando casi estaba en la cima de la barrera de arena, una ola gigantesca me atacó por la espalda y me arrastró al mar.

Pude ver cómo la gente cogía mi toalla y mi bolsa, para luego mirarme con tristeza y pena. Al principio quedé muy aturdida, sintiendo todas las burbujas de aire recorriéndome el cuerpo, los finos granos de arena hiriéndome la piel por la fuerza de la corriente, el agua introduciéndose en mis oídos y nariz y obligándome a toser y atragantarme; y no sabía dónde estaba el arriba y dónde quedaba el abajo. Pude sacar la cabeza del agua unos instantes, y vi que la orilla quedaba ya muy lejos, pero las olas eran fuertes y me volvían a introducir en el agua, dejándome sin aire. Quise nadar y salir de allí; quizá si me aproximaba lo suficiente a tierra firme, alguien me lanzaría algo a lo que asirme para salir de allí. Pero cuanto más intentaba luchar contra el agua, más me engullía ésta, con el ensordecedor rugido del agua revuelta en mis oídos y la furia de las burbujas y la arena en mi piel.

La última vez que conseguí asomarme a la superficie, pude ver que la playa estaba ya muy lejos, y que unas espesas nubes grises cubrían todo el cielo. La gente apostada en lo alto de la cima de arena miraba desesperada y, poco a poco, fue dando la espalda al mar y marchándose; y supe que todo era en vano, y que no había manera de salir de allí. Entonces decidí que la próxima ola que me encontrara sería la última. Cogí aire, y cuando ésta llegó, me dejé llevar por la corriente, rindiéndome a la fuerza del líquido elemento al que tanto había respetado y temido, y que ahora me reclamaba enfadado, cual sacrificio humano. No pude evitar en ese momento: ¿aprenderán algo de esto? Y así, dejándome llevar, me adapté poco a poco a la fuerza del mar, y éste pareció relajarse y soltarme, pero yo ya estaba demasiado hundida, y entonces mé arropó con sus aguas cálidas y oscuras y me mimó mientras yo exhalaba los últimos restos de aire de mis pulmones...

03 marzo 2007

De los perros y la torre oscura

A los trece años tuve que tomar la primera elección importante de mi vida, y cuanta más información recibía menos sabía qué camino elegir. "De esta decisión depende vuestro futuro", nos decían los profesores. "Elegid bien, pues aunque después decidáis cambiar habréis perdido el tiempo", no se cansaban de repetirnos.

En ese momento, cuando aún existía la EGB, el BUP y el COU, y cuando las dos únicas posibilidades eran BUP y su orientación universitaria o Formación Profesional y el salto al mundo laboral, tres tipos de personas se presentaron ante mis ojos: por un lado, aquellos que lo tenían muy claro y que sabían perfectamente qué hacer con su vida; por otro, aquellos a los que no les importaba qué elegir, porque odiaban estudiar o porque no se les daba bien; y por último, el grupo al que yo pertenecía, el de la gente que no sabía qué hacer y que se dejó guiar por los consejos de los adultos.

Pero para ayudarnos (en teoría) en nuestra elección, se programaron una serie de tests psicotécnicos y de conocimientos a partir de cuyos resultados nos indicarían, como si fuéramos ganado, qué debíamos hacer. Los tests empezaban a las siete de una fría tarde de invierno, y estuvimos encerrados en el aula unas dos horas mirando series gráficas y numéricas, recordando nombres de autores y respondiendo preguntas claramente estúpidas del tipo "¿Qué prefieres ser, un águila que sobrevuela el mundo o una foca en la playa rodeada de un montón de focas?" (por dios, ¿por qué nunca ponen la opción "Depende"? Depende de por donde vuele el águila y hacia dónde se dirija, y depende de la playa y las focas, y depende del entorno y del estado de ánimo y de otro montón de factores que no podemos controlar...).

Al terminar los tests, la profesora, una mujer de unos cuarenta años muy inteligente y muy amargada, guardó todos los papeles en su cartera de piel marrón claro y nos indicó que podíamos irnos. Pero cuando empezamos a levantarnos de nuestros asientos entró otro de nuestros profesores, un adulto depresivo y sin autoridad que se había convertido en el hazmerreír de todos los alumnos. Con ademanes nerviosos nos indicó que no nos moviéramos de donde estábamos, mientras tras él entraba otro profesor que, para gracia o desgracia del anterior, consiguió captar nuestra atención y explicarnos qué sucedía: no podíamos irnos, ya que el exterior de las aulas era peligroso. Aun sin darnos más datos, su contundente voz nos convenció de que debíamos hacerle caso, y siguiendo sus indicaciones apagamos la luz y nos quedamos en la más absoluta oscuridad de la noche, asustados y callados, deseando obtener respuestas e irnos a casa.

Yo siempre me sentaba al lado de la ventana, y aunque ya era noche cerrada y todas las luces del colegio habían sido apagadas pude observar en el patio las figuras de decenas de perros que vagaban en busca de comida. Vi entonces que eran perros hambrientos y famélicos, sucios y enfermos: algunos cojeaban, otros tenían cicatrices por todo el cuerpo, y parecían rabiosos. Entonces, sin acabar de creérmelo, vi que cuando encontraban los restos de un bocadillo en la basura se producía una fiera pelea que, a veces, dejaba a alguno de los animales inerte en el suelo. Al preguntarle al profesor qué era aquello, éste me indicó en susurros que no osara mediar palabra. Los otros alumnos que se sentaban al lado de la ventana explicaron a sus compañeros más cercanos lo que sucedía, y pude ver el pánico contenido en sus miradas, pero no dijeron nada. Y en silencio pudimos escuchar los gruñidos y ladridos de las fieras, y sus pisadas y sus fosas nasales oliendo y buscando, y otros sonidos que preferí no visualizar.

Pasaba el tiempo y nadie venía a por nosotros, y lo que al principio fue curiosidad acabó convirtiéndose en una extraña urgencia por investigar de dónde habían salido esos perros hambrientos y, como si de la protagonista de una novela para adolescentes me tratara, me pregunté si sería capaz de controlarlos y retenerlos mientras el resto de la clase salía por la puerta. Sabía que tenía que existir algún modo, y el tedio estaba acabando conmigo. Me levanté, y una de mis compañeras me cogió por el brazo y me dijo: "No lo hagas", pero los demás se me quedaron mirando, algunos con esperanza, otros con miedo. La profesora, que se había desplomado sobre su silla, me miraba con ojos ausentes y no intentó detenerme. El profesor había ido en busca de información hacía un rato, de modo que nada ni nadie me retenía, y finalmente salí por la puerta.

El colegio estaba desierto, y aunque no había luna ni estrellas la visibilidad era perfecta. Cuando bajé las escaleras y salí al patio todas las señales de violencia habían desaparecido: no había restos de comida ni cuerpos, y todo estaba en calma. Era como si todo lo que había visto desde mi ventana se hubiese esfumado, o quizá había estado mirando un patio distinto. Mientras dirigía mi mirada hacia las ventanas del aula, desde las cuales algunos alumnos me miraban, vi a dos compañeras aparecer por la misma puerta con paso decidido. "Vamos contigo, por si necesitas ayuda", me dijo una de ellas. Acto seguido me indicó que nuestras batas azules destacaban en la oscuridad de la noche y que seríamos presa fácil de los animales si no nos las quitábamos. La otra me miró como si esperara órdenes, y entonces les señalé que las tiraran a la papelera más cercana.

Atravesé el patio con paso decidido mientras mis dos compañeras esperaban atrás, y me dirigí hacia la entrada principal, cuyas escaleras de subida llevaban a las aulas de BUP y las de bajada al enorme comedor. Por un momento intenté recordar el suave color crema de las paredes y el gris gastado del suelo, ya que al mirar al edificio observé que éste había cambiado: me encontraba a la entrada de una alta y oscura torre circular y deforme, acabada en un destrozado pináculo y con pequeñas ventanas alargadas que me observaban, y me sentí amenazada. Y también sentí entonces mucho miedo, pero la curiosidad era más fuerte, y armada de un valor antes desconocido entré por la gigantesca puerta de hierro forjado y comencé a subir las estrechas escaleras de caracol, irregulares y polvorientas.

Aunque desde el exterior la torre me había parecido alta, desde su interior parecía no tener fin. Subí y subí sin parar, casi sin aliento, y con cada paso el espacio era más reducido, y cada poco rato miraba hacia abajo para ver únicamente un suelo negro y blanco que antes no estaba allí, como si de un irregular tablero de damas se tratase. Y cuando miraba hacia arriba veía una gigantesca campana dorada, cada vez más cerca pero siempre a la misma distancia. El camino era lento y difícil, y aunque sé que tardé muchísimo en llegar a lo alto de todo no recuerdo casi nada del trayecto, más que escalones y escalones y un extraño olor a humedad y polvo. Cuando finalmente llegué arriba la torre se había estrechado tanto que debía desplazarme agachada, y al mirar hacia abajo vi a mis dos compañeras que me miraban, y me di cuenta de que se habían puesto de nuevo sus batas, y en su mirada sólo había vacío y rabia, y entonces supe que había sido una encerrona: su sonrisa mientras subían los escalones y sus furtivas miradas a las ventanas a mis espaldas me alertaron... Bastaba un empujón para que todo terminase. Y la valentía que hasta entonces había sentido me abandonó por completo y la certeza de lo que me podía suceder me provocó pánico, y me quedé paralizada mientras mis compañeras subían las escaleras y me gritaban que no me moviera. Entonces vi que de la campana colgaba una gruesa soga por la que quizá podría bajar para encontrar un escondite, y al agarrarme a ella con fuerza la campana estalló con un sonido estridente y profundo, y mis compañeras gritaron...

No recuerdo qué sucedió después. Sólo sé que al día siguiente, o quizá al cabo de unas semanas, volví a la escuela con la sensación de haberlo soñado todo, y los alumnos y profesores ya no estaban preocupados y parecían no recordar nada. Todo parecía haber vuelto a la normalidad, o quizá nada de aquello había sucedido. Pero a la hora de comer, cuando mis compañeras y yo nos dirigíamos hacia el comedor y observé las paredes de suave color crema y el gris del suelo desgastado, la inquietud me invadió y no quise entrar por la puerta...